A través de los ojos de Paidi se abrió un nuevo mundo.

Lo más cercano a aquel destino dorado y glorioso que Hipólito le dibujara en sus conversaciones llenas de sabiduría y de consuelo en su angustioso universo infantil. Paidi suspiró. ¡Cuánto apreciaba hoy aquellos momentos que aquel generoso hombre le regalara! Y sin embargo, algo en la calidad de las charlas que tenía con Hipólito las hacían muy diferentes al haberse convertido hoy, él, en un protegido del Sumo Sacerdote del Santuario de Athena.

Los entrenados por el Patriarca eran seres que eran vistos con algo de recelo1, pero esto no era algo que molestara al muchacho de cabellos azules. No más. Sus días de desvalidez estaban muy lejanos. La sabiduría del Representante de la Diosa había permitido que el muchacho hallara los términos para lidiar con su propia naturaleza.

Y así, desde esa posición de privilegio, Paidi había hallado paz consigo mismo. Se sentía feliz de que su marginación con los otros aspirantes a Santos lo hicieran invisible cuando recorría los pasillos ocultos, vedados a todos los demás, con excepción de los Elegidos por El Patriarca. Mismos pasadizos que recorría diariamente para llegar a un patio amplio, en medio de varias columnas, donde el sol pegaba a plomo en su punto máximo durante el día, sitio que se convirtió en su aula y área de entrenamiento.

Esperando pacientemente la llegada de su Maestro, Paidi observó el cielo claro y azulado aquella tarde. A pesar de la cercanía con el mar y de encontrarse en la cúspide de la Colina Zodiacal, no llegaba nada de aire. El niño miraba, invadido por aquella sensación de placer al sentirse hoy como se sentía, cómo los manchones de nubes que veía arriba no parecían moverse: unas raquíticas líneas de vapor que nunca amenazaban en convertirse en tormenta.

Se puso de pie rápidamente, al abrirse la puerta de los aposentos papales, desde donde venía siempre Shion. Paidi no evitó sentir el surgir de adrenalina que, usualmente, acompañaba como reacción al saber que comenzaría a ser entrenado nuevamente. Sin embargo, hoy algo lo hizo permanecer impávido al encontrar que, junto con su Maestro, venía otro muchacho, aproximadamente de su edad, cuyo aspecto era muy diferente al suyo: piel extremadamente blanca, facciones tan finas como las de una mujer, cabellos morados y sus ojos... tan claros, tan limpios que parecían darle un aire de inocencia tal que lo hizo estremecerse. Sobre sus ojos no había cejas, rasuradas, aparentemente; en su lugar encontró un par de lunares del mismo color del cabello del desconocido acompañante del Patriarca2.

"¡Su Santidad!" se inclinó Paidi, renunciando a la confianza usual para saludar con más soltura a su Maestro al hallarse en frente de un desconocido.

"Paidi" respondió Shion, con aquella paz usual que solía acompañarle. "Te presento a Mu."

Al escuchar su nombre, el muchacho que acompañaba al Patriarca hizo una reverencia respetuosa, casi con timidez, para responder con un breve.

"Saludos."

Paidi, aún más escueto, no hizo sino responder con una ceremoniosa inclinación de su cabeza. Miró hacia Shion sin comprender lo que ocurría. ¿Quién era este muchacho que salía de las mismísimas Cámaras Patriarcales?

"Es mi nuevo alumno, Paidi. Espero que los dos puedan llegar a ser buenos compañeros" fue la explicación ansiada pero insuficiente que recibió el niño de cabellos azules, que cayó en una especie de desesperación a causa de unos celos que apenas descubría.

"¿Qué significaba esto? ¿Me está cambiando? ¿Se ha aburrido de mí? ¿Qué hice mal?" se preguntó, angustiado, saboreando el sabor amargo de aquellos sentimientos helados que parecieron apoderarse de su corazón de pronto, que disimuló al observar a Mu con un frío desdén.

Si aquel muchacho estaba ahí para quitarle lo suyo, para disputarle el destino que le habían prometido, estaría ahí en el peor momento de su vida. Uno que, quizá, podría costarle aquello mismo.

Sí, razonó cada vez más tranquilamente mientras la tensión de sus músculos logró disimularse y sus manos aflojaron los dedos en un movimiento que había hecho sin control.

"Le mataré" pensó sencillamente Paidi.

El sudor de aquel momento inesperado hizo que el joven sintiera un estremecimiento por todo su cuerpo. Justo había llegado en aquel momento una corriente de aire a aquel sitio usualmente ajeno a ello. No era remordimiento, era la determinación de haber aceptado su propia manera de ser, pensó el muchacho acertadamente.

No estaría haciendo otra cosa sino aplicar lo que le habían enseñado.

POLLUX DIOSCUROS presenta:

CRÓNICAS ZODIACALES: ESCORPIÓN: NATURALEZA

Capítulo 2: Addendum.

"¡Concéntrense!" ordenó Shion firmemente a los dos niños sentados a la mitad del patio. "Midan la grandeza del Universo y háganse uno con él. Todos nosotros no somos más que extensiones del Sol que brilla en el Cielo, del agua que ruge en el mar, de la Madre Tierra que nos cobija y que protegemos de vuelta." Los niños aspiraron fuertemente mientras cerraban sus ojos en este ejercicio de desarrollo del Cosmos. "Al final, incluso, somos extensión de la materia de los propios Dioses."

Habían transcurrido algunos meses desde aquel primer encuentro entre Mu y Paidi. Poco a poco, el nuevo alumno pareció ir alcanzando al que, por naturalidad y por tiempo, le aventajaba. Durante varios meses el comportamiento de Paidi se había modificado del todo, convirtiéndose en un ser taciturno. Y tampoco ayudaba el hecho que el propio Mu fuera también alguien tan encerrado en sí mismo. El Máximo de los 88 Santos de Athena sentía frustración al encontrar a sus dos alumnos tan distantes entre sí cuando sus destinos estaban tan claramente trazados, mas encontraba consuelo al pensar, en que algún día ellos llegarían a ser parte de la Élite de los Doce Máximos Guerreros de la Diosa.

Un brillo de Cosmo dorado comenzó a ser despedido por Mu en medio de su meditación. Entregado de lleno a las lecciones de su Maestro, el joven ariano había comenzado a vislumbrar los linderos de alcanzar el Séptimo Sentido. Abriendo sus ojos con alegría, el niño de cabellos morados sonrió exclamando.

"¡Maestro, mire!" dijo emocionado.

La exclamación rompió el silencio, obligando a Paidi a abrir los ojos para observar como hoy, su compañero, demostraba su poder ante la vista de Shion y de él mismo de manera descarada. Una sensación de desagrado surgió en Paidi al descubrir un asentimiento jubiloso de parte de su Maestro.

"¡Muy bien hecho, Mu!" dijo Shion poniéndose de pie, observando cómo el joven Lemuriano comenzaba a emitir una luz cada vez más potente conforme pasaban los minutos, aprendiendo a manejar su propia Cosmoenergía.

El Patriarca se aproximó hasta Mu para posar su mano sobre el hombro de éste, quien sonriendo dejó de mirar sus manos que brillaban para ir apagando poco a poco el brillo de su vida y observar a Shion con una sonrisa satisfecha.

"¡Maestro!"

"Mu, has dado un enorme paso. Athena, en su misericordia, el día de hoy me ha permitido observarte crecer delante de mí en tu camino por la Armadura Dorada."

Esta clase de expresiones tan cálidas no eran comunes en otros Maestros del Santuario, y esta clase de manifestaciones incluso eran imposibles de observar de parte de Su Santidad en cualquier otro sitio. Ahí, sintiéndose borrado del todo, Paidi fue incapaz de comprender que él se encontraba ya igual de preparado, pero que su inestabilidad no lo permitía demostrarlo como lo hacía Mu.

"¡Paidi, debemos de sentirnos felices por Mu este día!" dijo Shion con júbilo. "Estoy seguro que ver a tu compañero lograr esto te motiva a ti y que pronto nos darás una satisfacción similar."

En sus adentros, el odio que Paidi sentía por Mu se concentró en el centro de su estómago. No reaccionó, mostrando sólo su saber de lo que se le había dicho con un tenso movimiento que lo puso de pie.

El mar rugió su canción perenne mientras el disco de Efebo se ocultaba en el horizonte. La luna ya anunciaba su llegada, así como algunas estrellas brillantes que comenzaban a asomarse en las partes más oscuras del cielo.

Sentado, recargando su mentón sobre sus brazos que reposaban en sus rodillas, Paidi dejó pasar el tiempo compadeciéndose de sí mismo.

Ausente de sus clases últimamente, su mente se había convertido en un filtro que únicamente era capaz de canalizar emociones y responder a ellos, tal como el mar se violentaba a la salida de la luna llena.

Tal era su amargura que había olvidado del todo lo que era sentirse feliz como lo había hecho apenas unas semanas atrás. Todo lo que importaba ahora era deshacerse de aquel que había llegado para robarle el afecto del Patriarca y que luchaba con quitarle su Armadura Dorada.

Sentía odio contra su Maestro. Pero también lo quería. Era una situación conflictiva la de intentar definir sus sentimientos; y en su confusión, llegó a la determinación que lo único que podría ayudarle a recuperar la paz que sentía antes era quitar de su camino el obstáculo que se le dibujaba enfrente.

Frunciendo el ceño, pareció dibujar sobre el manto azul nocturno que se iba extendiendo ahora, el rostro de Mu brillando en Cosmo Dorado. Si había de hacer algo en contra de él, ahora era el momento que todavía podrían estar en igualdad de condiciones.

Poniéndose de pie, Paidi gritó, cerrando sus ojos y concentrándose en la energía que el odio le otorgaba. Una explosión de Cosmoenergía emanó de su cuerpo como hacía mucho no le ocurría. Sus ojos en blanco, su cuerpo rígido mientras comenzaba a vibrar al tiempo que su conciencia se sumergía en la oscuridad de la inconciencia.

La fuerza de la explosión de su ki fue tal, que el borde del risco donde se encontraba parado comenzó a desmoronarse. Esforzándose por recuperar la conciencia aplicando las técnicas aprendidas en su entrenamiento, Paidi recuperó el conocimiento instantes antes en que la tierra a sus pies se desmoronaba e iniciaba su caída, fatal, hacia el risco violento a los pies del mar. Con rapidez asombrosa, el niño de cabellos azules logró sostenerse con los dedos aferrados al nuevo límite de piedra.

Pujó, pero la explosión Cósmica lo había dejado exhausto. Mirando hacia abajo, observó como la garganta del risco, totalmente empedrada, parecía abrirse abajo como si se tratara de una enorme serpiente a punto de engullirlo. Batalló una vez más, haciendo el esfuerzo por empujarse hacia arriba, pero el risco volvió a ceder, dejándole suspendido de una sola mano, mientras que la que se zafara se hiriera con piedras que rasparon su piel y comenzaron a sangrar.

¡Sintió miedo!

"¡Auxilio!" gritó finalmente, casi de manera involuntaria. "¡Alguien que me ayude, por favor!"

El mar pareció ser el único que respondió a sus palabras, con un amenazadora ola que golpeó contra el precipicio provocando que algunas piedras y arenilla se zafaran de la orilla. Algo de tierra entró en los ojos de Paidi, así como en su boca. Tosiendo, intentó llevar su mano herida a la orilla, pero la viscosidad de su sangre lo hizo resbalar nuevamente, ahora lastimándose también el hombro del brazo que lo sostenía, cada vez más débilmente, a su única esperanza de vida.

Cansado, el niño de cabellos azules decidió rendirse ante lo que, aparentemente, era ahora su destino. Comenzaba a soltarse cuando sintió un par de manos que le tomaban del brazo que lo sostenía.

"¡Aguanta!" exclamó una voz que le resultó conocida.

"¿Mu?" preguntó Paidi asombrado. Haciendo un esfuerzo por abrir sus ojos, que ardían, observó al aprendiz de Shion esforzándose por levantarlo del risco. Poco a poco fue subiendo hasta que ambos quedaron tirados a la orilla luego de que el niño de cabellos lilas lograra su cometido.

"¿Estás bien?" preguntó Mu a Paidi luego de un momento. El entrenamiento le proporcionaba una magnífica condición, aunque Paidi se veía frágil luego de la explosión involuntaria de poder.

"¡Debiste haberme dejado caer!" respondió el rescatado amargamente.

Mu escuchó aquellas palabras y cambió su expresión por una de mutismo. Al igual que ocurría con Paidi, él también era un joven rechazado por muchos en El Santuario. Su apariencia notable que lo resaltaba como alguien diferente incluso a muchos extranjeros que rondaban aquel lugar, lo habían hecho objeto de muchas agresiones y antipatías. Descubrir ahora de cierto, que su compañero de entrenamiento no era diferente no vino como una sorpresa.

"Me voy."

"¡Espera!" ordenó Paidi al niño que comenzaba su partida. Poniéndose de pie poco a poco, el niño de cabellos azules se acercó al de cabellos morados. Ambos tenían casi la misma edad. Mu 7 años, Paidi 6. Aunque ante sus ojos tal diferencia no era visible, y con ello, el conocimiento que pudiera haberle proporcionado al rescatado del error en el que había caído acerca de Mu.

"¿Qué quieres?" preguntó Mu hoscamente. Hacía poco había sido golpeado en el comedor, de no haber sido por la intervención de los mismísimos Maestros Aiolos y Saga, quizá no estaría ahí. Cuando ocurriera aquel incidente, también habría conocido a un joven llamado Aldebarán3 que le había ofrecido su amistad, el cual le había enseñado a no permanecer tan sumiso ante situaciones como ésas. Mostrar su agresividad no era algo que Mu disfrutara, pero comprendió que este era uno de aquellos momentos y, pensando en la desaprobación de su amigo Aldebarán, decidió responder. "¿Vas a golpearme por haberte salvado?"

Paidi sonrió. Esa actitud le facilitaría lo que le diría. Escupiendo con firmeza los restos de arenilla que le habían entrado en la boca durante su accidente, el niño observó a Mu con desprecio.

"En verdad que no será así, aunque, el haberme salvado también te costará algunos golpes" amenazó.

"¿Así pagas el favor de que alguien te salve la vida?" preguntó Mu intentando razonar con su agresor.

Acercándose y sintiendo que sus fuerzas iban una vez más recuperándose, Paidi se aproximó ignorando el dolor de su hombro dislocado y el ardor de su mano ensangrentada. Llegando hasta donde se encontraba Mu, el joven de cabellos azules abofeteó al Lemuriano con fuerza mediana. Era una provocación.

"¡Te mataré pagándote el favor de estar aquí y tus intenciones de querer hacerme a un lado!" respondió con furia contenida.

Mu permaneció con los ojos cerrados tras haber recibido el golpe. Volviéndose hacia su compañero, él respondió.

"No sé de qué estás hablando, Paidi."

"¡Defiéndete!" exclamó el agresor adoptando una postura de combate. "¡Esto terminará ahora mismo!"

Mirando Mu a Paidi, negó con la cabeza.

"No puedo hacer eso y lo sabes bien. No están permitidos los combates a muerte sin autorización del Patriarca" concluyó Mu.

"¡Cobarde!" exclamó el niño de cabellos azules lanzando un golpe con su mano herida.

Con un fuerte apretón, Mu detuvo a Paidi provocándole algo de dolor mientras que volvía la mano herida a su vista.

"Estás herido, Paidi" respondió el Lemuriano. "Tu hombro también está mal, no sería un combate justo."

"¡Tú sólo estás poniendo pretextos para no pelear!" escupió el otro.

"No, no es así, francamente, no te tengo miedo" respondió Mu firmemente. "Pero respeto mucho al Patriarca y sé que esto lo disgustaría. No sé porqué crees lo que crees ni me interesa..." añadió el Lemuriano ahora irguiéndose molesto. "...Lo que sí puedo decirte es que lo mejor será que sanes pronto de esa mano y ese hombro para que puedas combatir contra mí." concluyó el ariano girando su cuerpo, alejándose de Paidi.

"¿Vas a ir corriendo con El Patriarca para que me expulse, verdad?" gritó.

Volviéndose con una sonrisa burlona, Mu negó con su cabeza para responder con voz tranquila.

"No. No lo haré. Tu problema es que crees saberlo todo de mí ya. Sana, Paidi, quizá en los entrenamientos tengas la oportunidad de poder cumplir tu intento del día de hoy."

Paidi permaneció en silencio observando al Lemuriano alejarse hasta desaparecer en medio de la oscuridad de la noche.

A los pies de Star Hill hay un bosque, en donde se encuentra la llamada "Fuente de Athena", sitio donde los guerreros de la Diosa suelen ser curados. Se cuenta que aquel lugar era un regalo del propio Dios Zeus, que obsequiara un bosque de sus características a la Diosa de los Ojos Grises al erigir, ahí mismo, un altar en nombre del Rey de los Cielos.

Desde tiempos mitológicos, se decía, que la calidad de su agua era suficiente para refrescar al guerrero más febril. Y en lo que se había convertido en un franco Sanatorio, se encontraba, de generación en generación, la Amazona de Plata de la Paloma como encargada de practicar las curaciones de los Guerreros de Athena.

Cubierta con una máscara ritual, como era costumbre entre las Amazonas de la Diosa de los Ojos Grises, Higia de Columba, envuelta en una toga que cubría su armadura de elegantes diseños, se aproximó hasta Paidi para aplicar, por última ocasión, una emanación de su poder regenerativo de plata.

Paidi, forzado a una especie de retiro involuntario, había recuperado algo de su serenidad. Parte de ello era que le había hecho muy bien el haber podido expresar sus sentimientos hacia su compañero de entrenamiento. ¡Jamás se imaginó el brillante fuego que encontró en la mirada de Mu cuando le respondiera! Ahora sólo le restaba recuperarse para poder combatir contra él y terminar con sus problemas.

"¡Y ya está!" escuchó la voz amable que provenía de debajo de la máscara de Higia. "Mueve tu hombro" pidió.

Poniéndose de pie, el niño llevó su brazo bueno al que tuviera herido para moverlo de manera circular y confirmar el diagnóstico de la médica del Santuario.

"Me siento bien, gracias." dijo, seriamente.

"¡Alabada sea Athena!" dijo Higia como era su costumbre al concluir con cualquier tratamiento. Alejándose un poco, se despojó de la túnica blanca que la cubría para mostrar sus cabellos negros, enmarcados por una tiara que mostraba un par de alas a los costados de su cabeza. Su armadura, plateada, era elegante y elaborada con incrustaciones de joyas color esmeralda en sus caderas. Sin la toga, con que la había visto durante toda su convalecencia, Paidi pudo ver que el diseño de la máscara de Columba incluso parecía tener un gesto amable. Dejando de lado la prenda recién retirada, la mujer pudo sentir la mirada de Paidi. "¿Se te ofrece algo más, Paidi?" preguntó un poco incómoda.

"En realidad observaba su armadura, señora Higia." respondió Paidi. "Me preguntaba por qué Athena otorgaría una armadura a alguien que no combate."

La impertinencia del comentario del chiquillo estuvo muy lejos de molestar a la mujer de cabellos negros.

"¿Y cómo sabes que no combato?" preguntó interesada en conocer los motivos que habrían llevado a aquel chiquillo a llegar a aquella aventurada conclusión.

"No creo que haya muchos combates estando cobijado por el Bosque de Athena" respondió Paidi, intentando sonar menos impertinente.

"Hm." replicó la mujer, esta vez volviendo la mirada volviendo a prestar atención al doblado de su túnica. "Veo que eres un chiquillo con mucha imaginación."

"¿Qué?" preguntó el niño de cabellos azules, sin comprender la respuesta.

"Es natural, Paidi, que creas que lo que te imaginas que es verdad. Sin embargo, como un consejo de Maestra del Santuario, te diría que antes de actuar intentes averiguar si tienes o no la razón, un aspirante a Santo, y mucho menos un Santo de Athena, se puede dar el lujo de pasar juicios tan aventurados y tomarlos como una verdad absoluta."

"Tengo que irme" replicó Paidi un poco apenado ante la respuesta que obtuviera.

"¡Paidi!" exclamó Higia con voz firme. El niño se detuvo en el quicio de la puerta del salón para volverse. "Procura no ser soberbio, puede llevarte a cometer errores que pudieras lamentar toda la vida."

Volviéndose nuevamente hacia el exterior, Paidi asintió humildemente al consejo de la Curandera del Santuario para decir.

"Gracias por todo."

Los pasos apresurados de Paidi se escuchaban hasta dentro del Sanatorio. Mirando hacia la puerta, Higia de Columba permaneció reflexiva.

El sol aquella mañana en El Santuario era glorioso, como solía serlo la mayor parte del año. Habiendo puesto un pie fuera del Bosque de Athena, el que parecía usualmente más oscuro que el resto del complejo de la Ciudadela, el niño de cabellos azules olvidó por completo las recomendaciones de Higia para enfocarse en sus propios planes.

"¡Hoy al mediodía entrenaré con El Maestro y podré combatir contra Mu finalmente!"

Su camino hacia el núcleo del Santuario lo hizo pasar por La Villa de Rodorio, una de las dos poblaciones alrededor de la Ciudadela.4 El ajetreo de la vida diaria de las mañanas de la Villa lo recibió, perros que salían a su paso ladrándole mientras le movían las colas amistosos, mujeres que llevaban la comida que en el mercado local les compartían de forma gratuita al ser servidores de Athena, niños que jugaban a ser guerreros emulando las leyendas con las que los instruían desde pequeños. Paidi no era notado especialmente, pero tampoco era rechazado, aquí él sencillamente era "uno más".

Sintiendo el sudor recorrer su frente, decidió hacerse un espacio en su caminata, calculando que todavía tendría el tiempo suficiente para llegar puntual a su cita con Mu y su Maestro. Tomando asiento, pudo observar una conmoción que se sucedía cerca de donde se encontraba. La gente sonreía y se arremolinaba alrededor de la imponente figura de un personaje que, precisamente, era material de las leyendas con la que la gente vivía: Saga, Santo Dorado de Géminis, el cual era visto como un posible sucesor para convertirse en el nuevo Patriarca.

Paidi no pudo evitar sentir una súbita admiración por la sencillez con que el personaje correspondía a las atenciones de los aldeanos. Pudo ver cómo estrechaba algunas manos y recibía, con amabilidad, los vasos de agua y los asientos que le ofrecían. Delante de él tenía a un personaje que había superado todas sus batallas y que lo habían llevado a alcanzar su sueño. Ignoraba la clase de precio que habría tenido que pagar por ello, pero parecía que eso había quedado atrás: Hoy era uno de los miembros de la Élite más poderosa del Santuario.

Era curioso, como en medio de los secretos que envolvían a muchos de los personajes del Santuario, sobre todo los más importantes, tanto Saga como Aiolos se habían convertido en personajes tan populares. La gloria que les precedía era demasiado grande como para que pudiera ser ocultada bajo el Cielo de los Dioses.

"Para poder llegar a ser como él..." pensó Paidi admirado. "... Debo de hacer todo lo posible por superar mis obstáculos."5 Esperando un tiempo prudente, el chico de cabellos azules dejó que el Caballero de Géminis se alejara, llevándose consigo la estela de personas que no querían perder la oportunidad de poder ver a un Santo entre ellos.

Observó como el Sol había pasado su lugar de mediodía apurando el paso. Corriendo, ingresó por los pasillos que lo llevaban directamente al patio trasero de entrenamiento, donde encontró a Shion y a Mu sentados, callados, aguardando su llegada.

"¡Maestro!" dijo algo agitado. "¡Discúlpeme por favor!" Agregó haciendo una reverencia.

El Patriarca asintió levemente aceptando la excusa, mientras que en el rostro de Mu se dibujó un gesto de tensión.

"Por un momento pensé que seguías convaleciente, Paidi" dijo el Patriarca al joven.

"Lamento mi tardanza, Gran Maestro" se excusó nuevamente apenado el niño de cabellos azules. "¡No volverá a pasar!"

Sentado aún donde se encontraba desde el comienzo, Paidi escuchó como el Patriarca tosía tres ocasiones seguidas débilmente. Su postura no era la usualmente orgullosa y llena de poder que proyectaba, se le veía cansado, enfermo.

"Bien, retomemos donde te quedaste. Desde tu convalecencia Mu ha seguido avanzando en la utilización del Cosmos, Paidi, tienes mucho que recorrer" puntualizó El Patriarca.

Poniéndose de pie prestamente, Mu se aproximó hasta donde se encontraba Paidi y se observaron durante unos cuantos momentos frente a frente. Ambos gestos eran tensos. Sabían que estaban cumpliendo un acuerdo secreto. Asombrosamente, Paidi saludó con una inclinación de cabeza al ariano, mismo que correspondió en un asentimiento secreto entre hombres.

El entrenamiento comenzó.

Shion no había mentido al respecto de que Mu era ahora mucho más diestro en el uso de su Cosmos, Paidi pudo notar que el brillo y constancia de su aura era ahora mucho más regular, mientras que él seguía atrapado en una especie de bache del cual no podía pasar para desarrollar su propia emanación de energía.

Las horas transcurrieron lentamente. Ambos niños sabían que, con el final del entrenamiento de Cosmos vendría una sesión de combate, como parte de sus ejercicios. Durante todo este tiempo, Shion no se movió demasiado, limitándose a hacer pequeñas observaciones que precisaran mejor en cuanto a lo que sus alumnos hacían.

Cayó finalmente la tarde. Los niños respiraban agitados, a causa del entrenamiento, pero también de la anticipación del momento que se aproximaba.

"Bien" dijo finalmente Shion. "El día de hoy la sesión de combate no será muy larga." aclaró. "Lamentablemente no me siento bien, como han podido notar, por lo que me gustaría retirarme pronto."

En las miradas de ambos niños, un gesto de preocupación por el bienestar de su Maestro pudo verse reflejado.

"¡No se preocupen tanto!" declaró el Patriarca. "Es cuestión de mi edad, seguramente" agregó con un dejo de nostalgia, a pesar de intentar tranquilizar. Aplaudiendo un par de ocasiones, Shion hizo de lado su actitud de malestar para invitar a sus alumnos a despejarse para la pelea. "¡Vamos! ¡Que se hace tarde!"

Ambos jóvenes reverenciaron hacia el sitio donde se encontraba el Maestro para volverse a ver una vez más el uno al otro. Mu, conservando su mirada de cristal, se veía tenso mientras estudiaba a Paidi. El otro, llenándose de una fría ira que lo recorrió de pies a cabeza. Para el ariano quedó claro que las intenciones de su rival no habían cambiado en lo mínimo, aceptando resignadamente su destino, respiró para adoptar una postura de defensa. Cuando éste se movió, Paidi se lanzó contra su compañero iniciando el ataque con un grito. Su movimiento fue rápido y certero, lanzando golpes al rostro de su rival.

"¡Te venceré, Mu!" exclamó.

El niño de cabellos morados se limitó a permanecer callado, ocupado en no recibir ninguno de los golpes de su rival sin comenzar a contraatacar, un hecho que no dejó de pasar desapercibido para Shion quien sintió, de pronto, una alerta repentina que le proporcionaba el desarrollo de su Sexto Sentido.

"¿Sigues sin quererte enfrentar conmigo, doncellita?" preguntó Paidi burlón, intentando obtener una reacción diferente de su enemigo y poderlo golpear finalmente. "¿Qué pretexto tienes ahora? ¡Ya no estoy herido!"

"Ninguno." recibió como respuesta. "Sencillamente, no quiero combatir contra ti."

"¿Qué palabras has dicho?" preguntó Paidi indignado al escucharle. "¿Te rehúsas a seguir las órdenes del Patriarca?"

"¡Tú sabes perfectamente a lo que me refiero, Paidi!" dijo Mu esquivando una vez más otro de los golpes que lanzó el niño de cabellos azules.

"¡Y tú también!" exclamó Paidi indignado. "¡No hay forma de que puedas escapar a nuestro trato!"

Algo comenzó a brillar en el interior de Paidi, un calor que pareció comenzarse a extender a lo largo de todo su cuerpo. Su ira le daba poder, sus movimientos comenzaron a hacerse cada vez más rápidos. Mu se sintió asombrado al comenzar a recibir múltiples golpes que impactaron su rostro traspasando su defensa en el vientre. Shion abrió los ojos, debajo de su máscara lustrada ante el despliegue de combate que su alumno estaba demostrando.

"Algo no está bien" se dijo Shion ahora con certeza. "Mu ni siquiera está haciendo nada por defenderse, mientras que los ataques de Paidi parecen hacerse cada vez más peligrosos."

Moviéndose a gran velocidad, una emanación dorada comenzó a desprenderse del cuerpo de Paidi, mientras que algo del polvo que los rodeaba se levantó en una nube que pareció ser invocada por el soplo de un viento salvaje.

Superando fácilmente la velocidad del sonido, la secuencia de golpes que Paidi comenzó a lanzar contra Mu era una cacofonía de ira y salvajismo.

"¡Pelea!" ordenó Paidi a su rival.

"¡No lo haré!" reiteró Mu en medio de sus dificultades por defenderse.

"¡Peor para ti!" replicó el niño de cabellos azules, que dobló sus dedos para atacar con puños certeros al joven ariano en una nueva tormenta de golpes que fueron recibidos sin dificultad por parte del niño Lemuriano.

"¡Basta!" intentó gritar Shion en su debilidad, pero no lo logró. Sintiendo aún sus miembros débiles por la misteriosa enfermedad que le había atacado en los últimos meses6

Adquiriendo una rapidez mayor, Paidi comenzó a dejarse llevar por el ritmo de la sinfonía de poder que ahora parecía emanar de sí. ¡Ahora comprendía la unidad de la que tanto le había hablado Shion en sus entrenamientos para alcanzar el Séptimo Sentido! Combinando ahora sus golpes con giros y con patadas, Paidi brilló en más poder antes de asestar un golpe parándose sobre su pierna derecha mientras que, asombrosamente, doblaba su pierna izquierda por encima de él de una manera que resultaba prácticamente inhumana, mientras que detrás de él se dibujaba la figura de un Escorpión gigante.

"¡Paren!" gritó ahora Shion, pero su orden no fue escuchada por ninguno de los dos combatientes, en medio del caos de la batalla. Embriagado de poder, Paidi observó como la última patada había hecho que Mu cayera luego de golpearse contra una de las columnas del patio. Mirándole de vuelta, el Lemuriano aceptó, como lo hiciera semanas atrás de quien ahora lo victimaba su destino fatal, rindiéndose ante lo que ahora parecía inevitable.

Sabiéndose en su momento ganador, Paidi se lanzó contra Mu con todas sus fuerzas mientras comenzaba a vibrar, ahora de manera premeditada, para detener los movimientos de su enemigo. Lanzándose en el aire sonriendo saboreando el momento final de su víctima que parecía entregarse como un cordero al sacrificio, sintió de pronto un abrazo misterioso que lo detuvo a la mitad de su salto con una fuerza inusitada.

"¿Qué pasa?" se preguntó, mirando que Mu no era el responsable de aquello. Mirando sorprendido hacia Shion, vio cómo el Patriarca se había puesto de pie y extendía su mano emanando Cosmoenergía. "¡Maestro!"

"¡Dije basta!" exclamó Shion firmemente, arrojando su mano hacia un lado y alejando al mismo tiempo a Paidi como si se tratara de una marioneta que jalara con hilos invisibles. El niño de cabellos azules, cayó pesadamente al piso del patio.

Poniéndose de pie, poco a poco, Mu comprendió que había observado un despliegue de psicokinesis de parte de su Maestro. Caminando lentamente hacia donde se encontraba el sorprendido Paidi, el Lemuriano ofreció su mano para ayudarle a ponerse de pie.

Asqueado ante aquel despliegue de amabilidad, Paidi rechazó la ayuda lanzando un manotazo.

"¡Déjame!"

"¿Qué está ocurriendo aquí, Paidi?" preguntó Shion caminando hacia donde se encontraban los chiquillos. Apenado, Paidi desvió su mirada sin confrontar al Patriarca. "¿Mu?" preguntó severamente El Patriarca al Lemuriano. El cuestionado bajó la mirada, avergonzado. "¿No piensan responderme?"

La cara de Paidi se sonrojó, sintió un cúmulo de piquetes en su cara, producto de la vergüenza. Mu de pronto habló.

"Es mi culpa, Gran Maestro."

"¡No es verdad!" exclamó Paidi una vez más rechazando cualquier tipo de ayuda que su compañero quisiera darle. "¿Por qué haces esto?" increpó el niño de cabellos azules a Mu con reproche. "¿Qué te hace creer que te voy a agradecer todo esto?"

"Sólo estoy intentando ser un compañero tuyo" replicó Mu bajando la cabeza, apenado igualmente. El rechazo de Paidi, que creyó que no le dolía, terminó por dolerle, al no ser capaz de encontrar un compañero que lo comprendiera en las mismas circunstancias que él vivía por ser alumno de Shion.

"¡No necesito de tu amabilidad ni de tu compañerismo!" exclamó Paidi molesto. "¡No te necesito! ¿Entiendes?"

"¿Pero qué es todo esto?" preguntó nuevamente Shion interrumpiendo el ataque histérico del niño de cabellos azules. "¿Qué está pasando aquí?"

"¡Sucede que lo odio, Su Santidad! ¡Lo odio a usted y a este mequetrefe que ha venido aquí a disputarme mi destino y mi lugar como Santo Dorado!" gritó desgarrándose la garganta.

"¿Qué dices?" preguntó Shion, asombrado al escuchar aquellas palabras.

"¿Qué quería que sintiera por aquel que ha venido aquí a ser mi rival en la búsqueda de mi sueño? ¡No puedo hacer otra cosa sino odiarle!" explicó Paidi, furioso.

"¿Pero de dónde has sacado tal tontería, Paidi?" preguntó el Patriarca, contrariado. "¿No te dije yo claramente que ustedes dos eran compañeros de entrenamiento?"

Paidi asintió indignado para agregar: "En incontables ocasiones también dijo que Mu estaba en el mejor camino para alcanzar la Armadura Dorada." Su mirada se volvió rencorosa contra el Lemuriano. "¿No es cierto?"

Shion escuchó aquellas palabras sintiendo el peso de la responsabilidad del mal entendido que, sin querer, había propiciado con su falta de explicaciones. Se sintió avergonzado por haber sido tan descuidado, tan miope de no haber adivinado desde antes lo que ocurría en el corazón de su alumno. El malestar cayó sobre él como una pesada loza, dándose cuenta que su enfermedad, que había comenzado ya hacía mucho tiempo, lo había envejecido finalmente. ¿Cómo juzgar a Paidi? Él sólo estaba siguiendo sus propios instintos, algo que él mismo le había dicho que debía de hacer. Miró a Mu con remordimiento igualmente.

"Yo les ofrezco una disculpa a ustedes dos" respondió Shion finalmente. "Tienes razón en lo que estás diciendo, Paidi... y sin embargo, no la tienes."

Sin comprender lo que el Maestro había intentado decir, el niño de cabellos azules abrió los ojos sorprendido, tratando de descifrar el mensaje que había detrás de esas palabras.

Sentándose con tranquilidad, Shion suspiró, tal y como lo hacen muchos ancianos antes de hablar, para explicar.

"Verás, Paidi: Mu está aquí entrenando para obtener la Armadura Dorada, pero no la de Escorpión, sino otra" reveló finalmente. "Él tiene un destino similar al tuyo, pero con trofeos diferentes."

Al escuchar aquellas palabras, Paidi abrió los ojos sorprendido.

"¡Paidi! Procura no ser soberbio, puede llevarte a cometer errores que pudieras lamentar toda la vida" resonaron en su mente las palabras de Higia, Amazona de Plata de la Paloma.

"¡Pero...!" exclamó apenado Paidi sintiendo que las lágrimas querían asomar por sus ojos. "¿Tú lo sabías, Mu?" preguntó el joven escorpión al ariano.

Mu asintió calladamente.

"¿Por qué no me lo dijiste, entonces?" preguntó él, desesperado.

"Por la misma razón que jamás tú me habías dicho que buscabas la armadura de Escorpión, Paidi" respondió el joven ariano. "Yo como tú, ignoraba que estábamos en búsqueda de diferentes armaduras; pensé que eras parte de las pruebas que tenía que superar para convertirme en un Caballero de Athena" explicó. "Tú sabes tan bien como yo que comentar esa clase de cosas no puede hacerse a menos que nuestro Maestro lo autorice."

Ante la voz de la razón, Paidi calló bajando la cabeza. Sabía que había obrado mal y que, tal vez, esto pudiera costarle la obtención de la armadura que tanto ansiaba.

"Les suplico que me disculpen, por favor, a ustedes dos" dijo finalmente. "Maestro, le ofrezco a usted mi renuncia por no ser digno para ser parte de los Santos de Athena."

Mu abrió los ojos sorprendido ante las palabras de Paidi. Shion escuchó pacientemente. Poniendo su mano sobre el hombro del Lemuriano, el Patriarca dijo.

"Mu, el entrenamiento por el día de hoy ha terminado. Vete ya y trátate esas heridas, te veré aquí mañana."

"Sí, Gran Maestro" respondió Mu haciendo una reverencia. Volviéndose hacia Paidi, el niño de cabellos morados ofreció su mano. "Paidi, tal vez hasta ahora no hemos podido ser amigos, pero espero que me des la oportunidad de ahora en adelante de intentar serlo."

Paidi miró hacia la mano franca de Mu extendida hacia él, ofrecida con una sonrisa de un rostro que mostraba los signos de la golpiza que le propinara momentos atrás.

"¡No te apenes!" dijo Mu con una sonrisa. "Todos cometemos errores, eso me lo ha enseñado un amigo mío."

Paidi, aún con la resaca moral de sus actos, correspondió al saludo sin sonreír.

"Me gustaría mucho que así fuera, Mu" concluyó.

"¡Bien!" dijo Mu sin dejar de sonreír. "¡Ahora me voy! ¡Que Niké les corone!"

El muchacho echó a correr por el patio para salir por la puerta trasera. Paidi bajó su mirada al sentirse a solas con Shion.

"Bien, Paidi, ahora que estamos solos podemos hablar al respecto de tu renuncia" pronunció finalmente Shion.

"Sí, Su Santidad..." suspiró Paidi, sabiéndose fuera de toda posibilidad de cumplir su destino.

"Hijo, quiero decirte que tu comportamiento, si bien fue irreflexivo, no estuvo ausente de soberbia; aunque yo mismo admito mi parte de culpa en esto" aceptó. "No te quedes callado ante una duda, ¿acaso no tenemos confianza entre nosotros?" preguntó.

"Yo... ¡no sabía que estaba pasando!" replicó Paidi una vez más a punto del llanto.

"No, no llores" ordenó Shion. "Paidi, yo no puedo aceptar tu renuncia."

Al escuchar aquellas palabras, los ojos azules del niño se abrieron en sorpresa.

"¿Qué?"

"Durante el combate, pude observar que comenzaste a despertar de una manera mucho más efectiva que el propio Mu, el Séptimo Sentido. Detrás de ti pude observar cómo Athena y las estrellas confirmaban el propósito de tu nacimiento en esta era" explicó el anciano Patriarca. "El dejarte ir sería ir en contra del destino predestinado por los Dioses y las estrellas para ti; y eso es algo que no puedo hacer, pues tú eres uno de los Elegidos de Athena para ser uno de sus guerreros."

"¡Su Santidad!" dijo Paidi sonriendo, aliviado. "¡Muchas gracias! ¡Lamento haberme comportado de esta manera!"

Posando su mano en el hombro del chico, Shion agregó.

"Tú has sido otorgado con un don, Paidi. Estás aquí por un propósito. Espero que siempre aceptes con tal alegría el peso de la responsabilidad que este don te otorga" mirándole sin comprender lo que decía, Shion concluyó con una frase que sonó más como una advertencia. "No hay nada que los Dioses otorguen que no signifique que te quite otras que a veces podamos desear."

"¡Señor!" exclamó Paidi emocionado, haciendo caso omiso a aquellas palabras. "¡No hay más nada que yo desee con fervor que convertirme en un Santo Dorado de Athena! ¡Acepto mi destino con gusto!"

Debajo de la máscara, Shion miró con preocupación al niño. ¡Todavía era tan joven y tan inocente, a pesar de todo!

"¡Seré tan poderoso y tan glorioso como el señor Saga!" dijo finalmente Paidi, con ilusión impresa en la totalidad de sus palabras.

Asombrado ante esta declaración del niño, Shion no pudo menos que evitar sentir un estremecimiento al conocer todo lo que Saga había tenido que hacer para llegar hasta donde estaba, y la clase de conflicto que él mismo, como Patriarca, tenía al respecto del destino que parecía dibujarse para el Santo de Géminis.

"Yo te seguiré entrenando un tiempo más, hijo mío" informó el Patriarca. "Hasta que sea el momento en que tengas que partir para seguir tu crecimiento como Santo."

Paidi asintió.

Los meses transcurrieron después de esto, y Paidi y Mu lograron superar las diferencias del pasado, para convertirse en buenos compañeros. Sus propias diferencias de carácter quizá impedían que se convirtieran en los mejores amigos, pero existía entre ellos el sentimiento de camaradería y cordialidad suficiente para hacer de sus entrenamientos sesiones muy productivas y amenas.

Una sombra de acontecimientos nefastos parecían ahora seguir al Sumo Sacerdote, las tensiones entre Señores Poderosos dentro del Santuario se incrementaron, algunas de manera secreta, otras de forma totalmente obvias.

Impedido de seguir adelante con los entrenamientos para ambos jóvenes, Shion mandó a llamar un día a Paidi a su presencia.

"Su Santidad..." dijo el joven escorpión arrodillado ante el Máximo de los 88 Caballeros, quien se encontraba acompañado de su Kagemusha, Arles.

"Paidi..." respondió el Papa. "Te he mandado a llamar para informarte que has concluido tus entrenamientos conmigo." Asombrado, el niño de cabellos azules observó al Representante de Athena en La Tierra. "El Santuario se aproxima a tiempos críticos, tal cosa lo dicen los signos, así como el advenimiento final de Athena" añadió El Patriarca. "Que bendita sea Su Sabiduría."

"Sí, Señor" dijo Paidi escuchando atentamente.

"Es menester que los Santos Dorados se encuentren armados en poco tiempo, y para ello debes de partir hacia la Isla de Milos, donde te podrás seguir entrenando en tus pruebas finales para convertirte en el Santo de Escorpión" precisó El Patriarca. "¡Ve, hijo, conquista tu destino y regresa pronto acá para que pueda verte investido con tu sueño!"

Conmovido ante esta súbita muestra de afecto, para Paidi quedó claro que Su Maestro se encontraba más débil que en otras ocasiones y, a pesar de que le había dado gusto que éste fuera tan cálido, también sintió la preocupación de partir y no volverlo a ver.

"¡Su Santidad...!" comenzó a hablar.

Habiendo aprendido de su error al no ser observador, Shion se había esforzado por conocer del todo lo que pasaba por la mente de su alumno, para responder.

"Paidi, ve sin preocupaciones" dijo intentando sonar seguro de sí mismo. "La próxima vez que tú y yo nos veamos las caras me verás recuperado, me verás tan lleno de energía como si fuera un joven de 18 años nuevamente."

Intentando demostrar conformidad ante esta promesa, Paidi se puso de pie para despedirse.

"¡Así será, Su Santidad!" confirmó.

"¡Que Niké te corone, Paidi!" bendijo el Patriarca. "Por favor, Arles, llévalo hasta la puerta."

"Sí, Su Santidad." respondió el Kagemusha.

Caminando por el amplio salón alfombrado, ambos personajes permanecieron callados hasta llegar a la mitad del magnífico entorno.

"Señor Arles..."

"¿Sí?" preguntó el Kagemusha.

"Me encuentro muy preocupado por Su Santidad, me parece que está intentando hacerse el fuerte conmigo, pero lo veo muy deteriorado."

"Sí, así es" respondió la Sombra Fiel del Patriarca.

"Creo que desde la desaparición de Saga él no pudo recuperarse..." dijo Paidi.

"¿Pero, lo sabes?" preguntó el Kagemusha, fingiendo una sorpresa que no sentía en realidad.

"¿Quién en El Santuario no conoce esta verdad?" preguntó Paidi. "Ciertamente yo no... Saga para muchos era un ejemplo a seguir, y se dice que era como un hijo para Su Santidad."

"Su Santidad se interesa de igual manera por todos los Fieles a Athena" informó protocolariamente aquel que vestía ropajes parecidos a los de un Patriarca.

"Puede que eso sea verdad, pero eso no significa que todos le quieran igual" respondió finalmente Paidi. "Quiero encargarle, aunque sé que es redundante, al Patriarca... él es verdaderamente como un padre para mí."

Escuchando aquellas palabras desde debajo de la Máscara idéntica a la que usaba Shion, Saga de Géminis, asesino de Arles y usurpador del puesto asintió tranquilamente. Ambos personajes habían llegado hasta el final del Salón y ahora el Kagemusha abría la puerta para dejar salir al aspirante a Santo Dorado.

"Ve sin ninguna preocupación, Paidi" respondió. "Estaré muy cerca de él, como siempre, puesto que es también como un padre para mí."7

"Siendo así, me despido" dijo el niño de cabellos azules a Arles. "¡Que Niké te corone!

"¡Que Niké te corone a ti también, Paidi! ¡Que estos ojos que te ven partir hoy en búsqueda de una armadura puedan ver cumplido ese deseo!"

"¡Gracias!" concluyó el joven escorpión, mientras las puertas se cerraron poco a poco.

Dando media vuelta, Paidi caminó con determinación, prometiéndose que la próxima vez que recorriera esos pasillos, lo haría ya como un Santo Dorado de Athena...

Continúa...

1 Esta situación es descrita en las CRÓNICAS ZODIACALES: TAURO: HONOR.- Nota del Autor

2 Hoy sabemos que los lunares son marcas rituales que se han pintado sobre un rasurado. Esta información es vista en la GIGANTOMACHIA.- Nota del Autor.

3 Tal incidente puede ser conocido en las CRÓNICAS ZODIACALES: TAURO: HONOR y CRÓNICAS ZODIACALES: GÉMINIS: REVOLUCIÓN. – Nota del Autor.

4 En el Universo de las Crónicas Zodiacales, existen dos aldeas alrededor del Santuario: Rodorio, tal y como se menciona en el manga original y Athene. Mencioné este nombre por vez primera en el fanfic: "HUÉRFANOS DE LA DIOSA".- Nota del Autor.

5 Esta escena también es narrada en las CRÓNICAS ZODIACALES: GÉMINIS: REVOLUCIÓN.- Nota del Autor.

6 Misma enfermedad que también es referida en las CRÓNICAS ZODIACALES: GÉMINIS: REVOLUCIÓN.- Nota del Autor.

7 ¡Más de la historia de Saga matando a Arles y demás en las CRÓNICAS ZODIACALES: GÉMINIS: REVOLUCIÓN! Y más sobre lo que pasa con Shion.- Nota del Autor.