II

Jean avanza sonriente por la primera planta de su casa. Va enseñándole al ruso los detalles más impresionantes de la casa de sus padres: quiénes son las personas en los cuadros, qué significa la pintura de allá, dónde compraron tal mueble… Yuri no lo escucha realmente, pero finge hacerlo, por el bien de su empresa. Jean se ha llevado una botella de cerveza nueva consigo, él tiene la propia, y así continúan avanzando a través de los pasillos.

—Esta es mi parte favorita —confiesa el canadiense, afirmando los codos en la baranda del balcón—. Puedes ver todo desde aquí.

Yuri se acerca a mirar. Efectivamente, la vista allí es fenomenal: a lo lejos las luces de la ciudad crean una atmósfera luminosa que contrasta con la oscuridad natural del cielo nocturno, y bajo ellos el patio se extiende a sus pies como una alfombra plagada de bichos ruidosos y alcoholizados. Distingue a algunos a pesar de la altura: Chris y Viktor están acosando, literalmente, a un ruborizado Yuuri que lleva la corbata puesta en la cabeza...otra vez; Otabek parece haber escapado de la atención de Mila y se le ve sentado junto a Seung (Yuri no quiere imaginarse lo fluido de esa conversación), alguien ha subido el volumen de la música y hay varias personas bailando alrededor de la piscina; en una esquina el chico divisa el vestido rojizo de la prometida de Leroy bastante distraída entre un grupo de amigas. Sonríe satisfecho.

A su lado, Jean le dedica una sonrisa sincera, con la mirada fija en algún punto del horizonte.

—¿No te parece agradable, Yuri-chan?

Él asiente con la cabeza.

Jean está contento. De verdad. Ha podido pasar un rato agradable conversando con el rubio y este no se muestra arisco a su presencia; al contrario, Yuri se ve muy amable y relajado a su lado. Quizá las cosas entre ambos puedan dar un giro y cambiar, tal vez puedan llevarse mejor, incluso podrían llegar a ser amigos o algo cercano a ello. Aunque Jean no lo admita a viva voz el ruso siempre le ha parecido un chico interesante, alguien con quien le gustaría compartir su tiempo. De ahí las constantes bromas de su parte que el muchacho acabó por malinterpretar devolviéndole insultos muy bien versados para alguien con su apariencia de hada inocente. Já. O tal vez solo se trate de una amistad pasajera producto de las cervezas que ambos han estado consumiendo. De cualquier modo, Jean está contento de estar hablando con él.

Y hablando de cervezas, la suya parece haberse acabado.

Yuri mira a su compañero observar la botella con el ceño fruncido como si tratara de desentrañar los misterios de las cervecerías alemanas con solo leer la etiqueta. Levanta una ceja rubia en demanda. Jean desvía los ojos hacia él.

—Creo que necesito otra —dice, moviendo la botella entre los dedos. Pero antes que el chico se vaya en busca de su licor, Yuri entiende que no puede dejarlo salir de su lado; si se va, lo pierde. Le ofrece la suya, que apenas ha tocado en la caminata de reconocimiento del lugar.

—Luego bajamos por más —dice, a modo de explicación. Jean la acepta sin reparos.

Cuando Yuri ve a Jean sonreír tan fácilmente mientras le habla de su casa y otras cosas sin importancia entiende el porqué está allí en ese momento; comprende el motivo que lo ha orillado a actuar de forma tan caprichosa. No es un simple crush lo que le pasa con ese idiota, al menos por la forma en como su propio cuerpo reacciona a los gestos del otro él sabe que está jodido, figurativamente hablando. Es cierto que el mayor lo saca de sus cabales con todas sus bromas pesadas y doble sentido, le fastidia la mayor parte del tiempo; pero también es cierto que esas sonrisas torcidas, brillantes a veces y misteriosas otras, le envían cosquillas extrañas a través de los músculos de la espalda, hacen vibrar su columna con espasmos eléctricos y la sensación se ramifica por su estómago, comprimiéndolo de forma incómoda. Realmente le gusta ese tonto. Le gusta al nivel de querer besarlo y golpearlo a la misma vez. Besarlo porque es la única forma de sacárselo de la cabeza y golpearlo por ser simplemente él, el canadiense idiota que va por la vida sonriendo feliz, haciendo poses ridículas con las manos y arrastrando consigo una molesta novia que pronto será una molesta esposa.

Yuri suspira pesado, casi con enfado, mientras trata de despejar su cabeza de nuevo. Y la pregunta que le atormenta sale a borbotones, sin permiso, a través de sus labios.

—¿Por qué vas a casarte con Isabella?

Estúpida ansiedad.

La pregunta lo pilla desprevenido; Jean gira a verlo con duda, pero Yuri no cambia su expresión. Trata de buscar una respuesta adecuada entonces, frunciendo el ceño en el proceso.

—Bueno… —hace una pausa, estudiando la respuesta— llevamos años juntos. Nos conocemos hace bastante y decidimos casarnos un día. Ella está feliz con eso.

—¿Y tú?

Esta vez Jean no puede evitar tragar saliva. Ahí está la verbalización ajena de la pregunta que él mismo se ha estado haciendo más de una vez desde que su compromiso tomó ese rumbo ¿estaba feliz por casarse? ¿de verdad quería casarse? Apenas llegaba a los veinte años… carraspeó, procurando que su voz sonara confiada.

—Claro. Si mi prometida es feliz yo también lo soy.

Yuri siente una patada en el estómago. Dura, contundente. Quizá JJ realmente sea un maldito idiota, pero él no es quién para juzgarlo cuando está a punto de robarle el trono de idiotez mundial.

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¿Por qué odias a JJ?

Yuri mira a su amigo como si éste hubiera preguntado algo totalmente obvio, algo así como si le gustaba comer pirozhki, pero Otabek no parece estar bromeando. Arruga un poco las cejas.

Es un egocéntrico —resopla.

Un poco —concede el kazajo, encogiéndose de hombros—, pero no es un mal tipo. ¿Solo por eso?

Me molesta continuamente. Se burla de mí pretendiendo darme apoyo… y me trata como a un niño ¡odio que me trate como niño!

Otabek levanta una ceja ante la afirmación enojada. Una de las cosas que facilitaba su amistad era que él no hacía diferencias de edad con el rubio, pero sin ir más allá el mismo Viktor, incluso Yuuri a veces, seguían tratándolo como el adolescente de dieciséis que era y Yuri no parecía mosquearse demasiado por ello, apenas lo necesario. ¿Por qué, entonces, el trato de JJ le afectaba tanto? Yuri se había referido expresamente a Jean al decir que odiaba ese tratamiento, no incluía a los demás.

Además —continuó despotricando el ruso—, siempre va del brazo de la vieja bruja que tiene por novia. Me enferman.

Otabek entendió entonces. No era odio lo que Yuri sentía por JJ.

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Ambos están riéndose de las payasadas de los mayores allá abajo. Aún con la música sonando fuerte se puede oír a Viktor cantar desafinadamente lo que pretende ser una canción de amor en ruso para Yuuri… pero ya sea por el idioma natal o porque el alcohol le hace más idiota (en palabras de Yuri) la tonada suena más espeluznante que romántica. Desafinadamente espeluznante, con Viktor gritando las palabras y Georgi aplaudiendo feliz.

El rubio menea la cabeza ante la imagen de sus compatriotas.

A su lado, Jean se ríe en voz alta, claramente contento. Se acerca más para decirle algo.

—¿Te estás divirtiendo, Yuri-chan? ¿Qué es lo que más te ha gustado de la casa del Rey? —levanta la voz para hacerse oír por encima del barullo que ha nacido gracias a que alguien subió el volumen de la música a niveles apenas decentes para evitar alguna multa. Yuri sospecha que la cerveza ya ha hecho su camino inexorable hasta el cerebro algo idiota del muchacho mayor. Bueno, no importa, no es como si eso vaya a afectar su plan inicial. Mirándolo fijamente a los ojos, el rubio decide que es momento de dar el paso siguiente: le coge una mano y echa a andar fuera del balcón, llevándolo consigo.

—Déjame enseñarte lo que más me ha gustado, "Rey".

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Sorprendido por el repentino contacto, Jean sigue al rubio con sorpresa pintada en sus facciones ¿habrá dicho algo que le hizo enojar otra vez? —Yuri… —comienza a hablar— ¿estas…? —pero el chico se detiene frente a una de las puertas cerradas y la empuja con la mano libre, tirando a Jean consigo.

JJ queda de pie mirando confuso su propia habitación. Detrás de él, el ruso ha cerrado la puerta. Jean no entiende ¿le ha gustado su habitación? ¿por qué? Quizás es la decoración… se da media vuelta para preguntar y se encuentra con la mirada decidida del más pequeño. Esos ojos verdes parecen brillar tras la cortina de cabello rubio mientras su dueño lo observa reclinado en la puerta. Jean se siente paralizado en su lugar. Yuri avanza dos pasos.

—Lo que más me gusta de la casa del rey —dice, con un tono de voz tan bajo que parece ronronear las palabras y el mero timbre envía sensaciones extrañas a los nervios de JJ—, es el Rey.

Y de pronto Jean siente la garganta seca.

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—¿Seung, has visto a Yuri?

El coreano niega con la cabeza, indicando hacia la casa de los Leroy: Hace un rato estaba por allá, pero no he vuelto a verle.

Otabek frunce el ceño, pensativo. No ha visto al ruso desde hace un rato, cuando se escabulló para dejarlo a merced de Mila; le preocupa que esté por ahí bebiendo más de lo normal por despecho, pero tampoco lo ve cerca de la barra en la sala. Entonces busca con la mirada a los anfitriones: Isabella conversa amenamente con su grupo de amigas al otro lado del patio; Jean no está con ella. Se encoge de hombros, tratando de restarle importancia; quizá su amigo decidió irse antes después de todo.

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—Yuri —susurra, con miedo a hablar más fuerte y romper el hechizo extraño que se ha levantado en la atmósfera del momento—, estas… ¿hablas en serio? —Yuri asiente con la cabeza— ¿Por qué?

Y entonces, por primera vez en toda la velada, Jean ve las mejillas pálidas teñirse de un leve tono rosa, visible apenas en la iluminación tenue de la habitación. Yuri duda un segundo, parece algo avergonzado, y Jean puede jurar que esa imagen es una de las cosas más adorables que ha visto.

—Tómalo como un presente de tu despedida de soltero.

Hay una puntada traicionera en la parte baja del abdomen de Jean cuando su cuerpo avanza con decisión propia para tocar al rubio frente a él. En otro momento quizá su mente le habría advertido que aquello no era correcto, que estaba mal, pero ahora mismo solo piensa en el cuerpo delgado de Yuri entre sus brazos y en esos ojos verdes que le miran con decisión, dándole vida a un rostro casi perfecto donde reposan, ansiosos, unos labios pálidos que prometen ser tan suaves como se ven. La voluntad de Jean termina por caer. La boca suave tiene un ligero sabor a cerveza cuando la suya la toma apresurada, buscando algo que hasta entonces no sabía que anhelaba. Yuri le echa los brazos al cuello y su cuerpo sigue avanzando hasta acorralar al chico contra la pared.

Quizás es un calentón del momento, quizá las cervezas se le subieron a la cabeza a ambos, o incluso puede que en realidad haya bebido de más y a esa hora se encuentre tendido roncando en el sofá de la sala y eso solo sea parte de su imaginación retorcida, pero lo cierto es que mientras pueda sentir el cuerpo del menor aplastarse entre el suyo y la pared y la lengua suave moverse a la par con la suya, Jean no pretende dejarlo ir. No ahora.

Los labios de Yuri están sensibles, siente su estómago contraerse bajo el toque apresurado de las manos del canadiense que parecen querer recorrerlo todo. Tirando del cabello oscuro hacia atrás parar separar la boca pegada a su cuello Yuri susurra, dispuesto a llegar al final.

—¿No vas a reclamar tu regalo, JJ?

Y esa es la gota final que Jean necesita para abandonar la razón.

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