Capítulo 2 Decisión
Crucé la habitación hasta mi guardarropa y abrí las puertas, deslizándome al cajón inferior y levantando una bolsa de terciopelo verde que contenía una pequeña daga enjoyada. Había sido un regalo de mi padre en mi decimosexto cumpleaños, un regalo que nunca se me permitía usar, o al menos de forma abierta.
Agarré unas pocas pertenencias, envolviéndolas en una camisola, y las até todas con una cinta para asegurarlas.
Opal volvió de vestirse, me miró por unos segundos hasta que le tendí las cosas.
—Me ocuparé de esto —dijo, un revoltijo de nervios ante los últimos minutos de preparación. Dejó la habitación justo cuando mi madre volvió con el manto.
—¿Ocuparte de qué? —Preguntó mi madre.
—Le di unas cosas que quiero llevar conmigo.
—Las pertenencias que necesitas fueron llevadas en baúles ayer —dijo ella mientras cruzaba la habitación hasta mi cama.
—Había unas pocas que olvidamos.
Ella sacudió la cabeza, recordándome que había una pequeña cabina en el carruaje y que el viaje a Omashu era largo.
—Me las arreglaré —respondí.
Con cuidado puso el manto sobre mi cama. Deslicé los dedos a lo largo del tejido de terciopelo. El azul era tan oscuro como la medianoche, los rubíes, turmalinas, y zafiros rodeando los bordes eran sus estrellas.
Las joyas probarían su utilidad. Era tradición que el manto debería ser situado en los hombros de la esposa por ambos padres, y sin embargo mi madre había regresado sola.
—¿Dónde está…? –Comencé a preguntar, pero entonces escuché varios pasos haciendo eco en el pasillo.
Mi corazón se hundió más bajo de lo que ya estaba.
No Había venido solo, incluso para esto. Mi padre entró en la habitación seguido por el Canciller, el Erudito real y varios subordinados de su consejo desfilando sobre sus talones.
Me disgustaba bastante verlos, sentía un poco de culpa por ello hasta que me enteré que el sentimiento era mutuo. Probablemente eran los primeros en alegrarse al poder deshacerse de mí.
Mi padre se acercó, me besó ambas mejillas, y dio un paso atrás para mirarme, finalmente soltando un cordial suspiro.
—Tan bella como tu madre el día de nuestra boda.
Me preguntaba si la habitual reproducción de emociones era para el beneficio de aquellos que miraban dentro. Raramente veía un momento de afecto pasar entre mis padres, pero entonces, en un breve segundo vi sus ojos levantarse de mí hasta ella y permanecer ahí. Mi madre le devolvió la mirada, y me pregunté lo que pasó entre ellos. ¿Amor? ¿O arrepentimiento ante el amor perdido y lo que podría haber sido?
La incertidumbre solo llenó un extraño agujero en mí, y cientos de preguntas saltaron a mis labios, estando a punto de preguntárselo a cualquiera de sus súbditos, tal vez ese era el propósito de mi padre.
Un hombre regordete y ojos saltones, sacó su siempre reloj de bolsillo. Él y los otros escoltaron a mi padre como si fueran los únicos que regían el reino en lugar de otra forma.
—Estamos carentes de tiempo, su Majestad —recordó a mi padre—, no queremos hacer esperar a la familia real de Omashu en esta crucial ocasión.
El hechizo y la mirada se rompieron. Mi madre y mi padre levantaron el manto y lo situaron sobre mis hombros, asegurando el broche en mi cuello. Volvió a besarme ambas mejillas, pero esta vez con mucha más reserva, solo cumpliendo el protocolo.
—Sirve al reino de Zaofu bien este día, Asami.
Busqué su cara. El leve rastro de cariño de hace un momento se fue, sus pensamientos moviéndose ya sobre las cuestiones de estado, pero sostuve su mirada, esperando más. No había nada. Levanté la barbilla, permaneciendo más alta.
—Sí, serviré al reino bien como debo, su Majestad. Soy después de todo, un soldado en su ejército.
Él frunció el ceño y miró escépticamente a mi madre. La cabeza de ella se levantó con suavidad, en silencio desmintiendo el hecho.
Mi padre, siempre primero rey y después padre, estuvo satisfecho al ignorar mis palabras, porque como siempre, otras cuestiones presionaban. Dio la vuelta y se alejó con los súbditos, diciendo que me vería en el monasterio.
Su deber conmigo ahora cumplido. Deber. Esa era una palabra que odiaba tanto como tradición.
—¿Estás lista? —Preguntó mi madre cuando los otros dejaron la habitación.
Asentí
—Pero tengo que atender una necesidad personal antes de marcharnos. Te encontraré en el pasillo inferior.
—Puedo…
—Por favor, madre… —Mi voz se rompió por primera vez—. Solo necesito unos minutos.
Mi madre cedió, y escuché el solitario eco de sus pasos mientras se retiraba por el pasillo.
—¿Opal? —Susurré, golpeándome las mejillas.
Opal entró a mi habitación, muy silenciosamente. Nos miramos la una a la otra, sin palabras necesarias, claramente comprensible lo que yacía ante nosotras.
—Todavía hay tiempo para que cambies de opinión. ¿Estás segura? —Me preguntó, dándome una última oportunidad para retirarme.
¿Segura? Como podía preguntármelo. Era lo que más anhelaba, en lo que más pensaba día y noche desde que mis padres me dieron la noticia. Era hoy o nunca.
—No hay marcha atrás, la elección fue hecha por mí —respondí—. Desde este momento, éste es el destino con el que tendré que vivir.
—Ruego para que todo salga bien, amiga mía. —Dijo Opal, sosteniendo mi mano y asintiendo en comprensión.
Nos apresuramos a bajar el vacío corredor arqueado hacia la parte trasera de la ciudadela y luego a bajar la oscura escalera de los sirvientes. No pasamos a nadie, todos estaban ocupados con las preparaciones en el monasterio o esperando en la parte delantera de la ciudadela a la procesión real en la plaza.
Emergimos a través de una pequeña puerta con diminutas bisagras negras.
El viento golpeando nuestros vestidos y arrojando atrás mi capucha. Visualicé la puerta de la fortaleza que solo se usaba para las cazas y salidas discretas ya abierta como se ordenó. Opal me condujo a través de un enlodado prado hasta la sombreada pared escondida de una cochera, donde un chico del establo con los ojos abiertos esperaba con dos caballos ensillados.
Sus ojos se ampliaron aún más al verme.
—Su alteza, ya tienen el carruaje preparado para usted. —Dijo, tropezando con las palabras—. Está listo en frente de las escaleras de la ciudadela. Si usted…
—Los planes han cambiado —Dije con firmeza, recogiendo mi vestido en grandes montones como pude para conseguir un punto de apoyo en el estribo.
La boca del chico se abrió por completo mientras miraba el dobladillo ya embadurnado con lodo, con las mangas ahora manchadas junto con el corpiño de encaje, y peor, el enjoyado manto de boda de los Sato.
—Pero…
—¡Deprisa! Ayúdame a subir —Espeté, estirando mi brazo.
Él obedeció, ayudando a Opal en manera similar.
Ambas tomamos las riendas de los caballos. El chico, en un intento por escoltarnos, no se dio cuenta de la mirada que le dirigí a Opal, dimos unos pasos hasta que…
—¡Ahora! —Grité lo más fuerte que pude.
—¿Qué diablos…?
No escuché lo demás que dijo, los cascos al galope estampando contra todos los argumentos del pasado y el presente. Con Opal a mi lado, en un rápido acto que nunca podría ser desecho, un acto que terminaría miles de sueños pero que daba nacimiento a uno, salí huyendo por la cubierta del bosque y nunca miré atrás.
