CAPÍTULO I
"Puntas agudas ensucian el cielo
como la sangre en la tierra.
Diles a esos hombres que traten de usar
a cambio de las armas, su cabeza"
León Gieco
En el aire se respiraba el doloroso olor de la pólvora, la guerra y la muerte. Habían pasado cinco años desde que aquella lucha por la justicia se transformó en un caos chocante y atroz; donde aquellos idealismos solemnes y orgullosos que se alzaban en el rostro de la gente, cayeron al olvido acompañando el heroísmo de sus líderes muertos.
Lejos quedaban los días tranquilos, donde familias podían disfrutar del fresco olor de los parques verdes; aquellos que ahora, tan extensos como marchitos, se habían convertido en un refugio para vagabundos y desquiciados. Las avenidas, antes limpias y pintorescas que presumían un desfile de casas bien hechas, sólo era un triste paraje gris soportando escombros negros y cachivaches apestosos.
A mediados de julio, en uno de esos días de calor insufrible y asfixiante, el cielo azul casi no podía verse por las nubes de polvo que iban y venían, espesas por los tiroteos y cañonazos abundantes. Incluso el sol, quién de todos modos se las ingeniaba para matar con su calor, era un círculo en llamas lejano que no dolía mirar; avergonzado quizás por hacerlos todavía más miserables.
—¿Es todo?
Un cuerpo joven, vestido con pantalón mezclilla y una vieja sudadera naranja, se deslizó por el hueco de una ventana cubierta de tablones astillados. Sus brazos, desnudos porque se había subido las mangas hasta los codos, tenían unos cuantos raspones recién hechos. Cauteloso, abrazó con fuerza la gran bolsa blanca de plástico que un par de brazos le extendían.
—No olvides mandarle saludos a Sakura de mi parte —le pidió la mujer, escondida en las sombras de su guarida—. Dile también que si quiere, puedo seguir enseñándole unos trucos de medicina. Esa Tsunade no puede saberlo todo —rió—. Ah, por cierto, metí una chaqueta verde. Recálcale muy bien a Iruka que es un regalo para él y que ni se le ocurra cortarlo para hacerles calcetines, ya lo conoceré—. Ese tono burlesco hizo sonreír a ambos, porque sólo Iruka era capaz de eso y más. Un poco más seria, agregó—: Ten mucho cuidado, porque aunque sea de día, esos militares no se contienen para hacerle la vida más dura a la gente. Cuida tu boca, ¿de acuerdo?
Cuando finalmente asintió un tanto renuente, sacándole un resoplido de advertencia a la mujer, tapó el hueco por el que había salido y ella se perdió en la oscuridad de la casa.
Sacudió un poco la cabeza, quitándose algo de polvo de yeso y miró una vez más la ventana por donde había salido. Probablemente la vieja tenía un rostro serio y hosco, curtida por la edad y las experiencias, pero Naruto veía como su bondad continuaba refulgiendo al fondo de sus tristes ojos negros. Quizás en la bolsa no habría demasiadas cosas, ropa usada y apolillada más que nada, pero estaba llena de las buenas intenciones de Chiyo y serviría para que algunos de los nuevos huérfanos se arroparan en las noches.
Inspirado, el rubio se enjugó el sudor que le resbalaba de la frente, pegándose lo más que podía a la delgada sombra que se formaba del techo vetusto y puntiagudo de las casas que aún lograban mantenerse en pie. Observó las calles de piedra zigzagueante, curtidas por el peso de los tanques y la fuerza de las armas, incluso algunas fisuras lucían tan grandes y profundas que parecían hechas más por bestias que por humanos.
Con humor negro, pensó que no estaba muy errado, tanto metafórica como literalmente. A veces ese juego de significados lo llevaba a burlarse de sí mismo, a negarse como tal, sintiéndose un hipócrita de grandes dimensiones. Falso, pero al mismo tiempo, verdadero. No era como si engañara a los demás, se contestó al brincar una lata que apareció en su camino, sólo guardaba secretos. Y a veces, añadió cohibido, también los de los demás.
Al adentrarse a una callejuela inclinada, chocó de improvisto con las miradas huecas de unas personas que aún seguían llorando a sus muertos, empapando el suelo con lágrimas y sudor. Arrugó el gesto. Era tan difícil mirarlos, porque era imposible ayudarlos una vez entraban a ese estado catatónico. Él, que lo había intentado un millón de veces, lo sabía más que nadie.
No obstante, cuando lo hacía y se mordía muy duro el corazón por dentro, sólo era para darse fuerzas; grabárselo muy hondo en la cabeza para no terminar como ellos cuando la desgracia le tomara desprevenido. Aunque era demasiado duro, especialmente cuando sabía que podía terminar mucho peor que todos ellos juntos.
Un escalofrío le puso la piel de gallina cuando se llenó de pensamientos oscuros, sacudiéndose fuertemente la cabeza para espantarlos. No era momento para pensar tonterías.
Dobló una esquina, viendo con desinterés al hombre ebrio que descansaba contra un bote de basura, soltando un fétido aroma rancio, con la boca abierta y los ojos muertos. Había más hombres como ese, unos que en su desgracia olvidaban cubrirse hasta del sol, y sólo querían estar lo suficientemente perdidos para no sentir la muerte cuando viniera por ellos. La gente caminaba sin esperanzas, asustada y mugrienta, buscando cosas útiles en los basureros. Era horrible para él ver cómo el espíritu de todos flaqueaba vez tras vez, hundiéndose en la tierra como una gota de lluvia lo hace en tierra muerta.
Resopló dando pasos largos. Ese pensamiento derrotista de las personas seguía dándole arcadas, no sólo por su penosa compasión, sino más bien por el repugnante egoísmo que le transmitían. Muchos de los niños habían quedado huérfanos por esa estúpida razón: con tanto sufrimiento a cuestas, sus padres preferían suicidarse antes que hacerse cargo de ellos.
Negándose a seguir mascando esas cosas, porque si seguía haciéndolo agarraría a uno de esos hombres del cuello y les gritaría en vano un par de verdades por un largo rato, Naruto apretó los puños y caminó todavía más deprisa, cruzando calles y pateando escombros, hasta llegar a una de las avenidas principales.
La plaza lo recibió más tranquila de lo que se esperaba. Con tanto calor, los soldados se mantenían confinados en las sombras de sus campers con aire acondicionado; algunos tan descarados que incluso se habían quitado el caso, confiados de tener domadas a las personas, dando tragos largos a sus bebidas frías. Se relamió los labios al darles la espalda, sintiendo la boca seca y palpitante, ansiosa por sumergirse en la hielera de agua helada donde los soldados tenían los refrescos.
De inmediato, se dio cuenta que no era el único haciéndolo. Algunos ni siquiera parpadeaban, con la vista fija y perdida.
—¿Qué ven?
Al instante, y para orgullo del soldado, algunas personas trataron de enfocarse en otra cosa. Naruto quiso callarlo de inmediato con una tanda de su tan especial puñetazo rompe-dientes.
—¿Acaso quieren un poco, eh? —Siguió gritándoles el hombre, dirigiéndose hasta un hombre mayor, que veía totalmente perdido la botella transparente llena de agua—. Entonces bébanla del suelo, estoy más que seguro que así se sentirán como en casa.
Y tiró el medio litro del agua en la tierra, haciendo un pequeño charco que pisó después, arrojando el bote de plástico vacío en la frente curtida del viejo.
—¿No creen que soy una persona fabulosa? —volvió a gritar, divertido—. ¿Qué esperan para agradecerme? Malditos cerdos…
El anciano se estremeció al inclinarse, tan sediento que incluso pretendía agradecerle y comerse el lodo. A punto estaba de hacerlo cuando Naruto no pudo soportarlo más, explotando de pura indignación, arrojando la bolsa al suelo y señalando fieramente al oficial con el dedo extendido.
—¡Tú, bastardo abusivo!
El hombre echó una ojeada alrededor hasta toparse con el niño rubio que lo apuntaba y le gritaba de lejos. Una mujer al verlo, se cubrió la boca con las manos, abrazando a su hija y protegiéndola en su pecho, deseando que alguien callara a ese niño antes que fuera muy tarde. Rebelarse era causarles más dolor, abrir heridas viejas, recordarles lo que pudo ser y no fue.
—¿Cuál es tu maldito problema? —el soldado caminó hacia él, cogiendo la pistola que tenía atorada en el cinturón. Una malvada sonrisa burlona iba dibujándose en su boca conforme le daba alcance—. ¿Te molesta lo que acabo de hacerle a ese viejo repugnante? ¿Eh?
—¡Por supuesto que sí! —le escupió arrugando el ceño, con los ojos azules furiosos—. ¡Nadie tiene derecho de tratar una persona así como tú lo haces! ¿No te enseñaron eso en la escuela qué?
El militar se carcajeó, enfadándolo todavía más.
—Resultaste ser una basurilla ruidosa —entretenido, colocó la boquilla de la pistola negra en la frente del rubio, donde el ceño se le fruncía más—. Pero mira cómo se te quita lo valiente nada más aprieto del gatillo. Aquí mandan los fuertes; y si no te callas, te mueres —y despectivamente agregó, parafraseándolo con un tono socarrón—: ¿No te enseñaron eso en la escuela o qué, mocoso?
Temblaba. El árido desierto donde estaba parado le llenaba de ira, como si absorbiera las malas vibras flotantes en el aire. Estaba tan furioso que casi no podía controlarse. Odiaba esos soldados, su indiferencia, su estúpida cobardía disfrazada de crueldad.
Sus dientes crujieron haciendo un sonido parecido a un gruñido. El corazón se le agitó de una violenta sacudida y su mente empezó a oscurecerse de un color escarlata. Pensó lo fácil que sería arrancarle la pistola de las manos y destruirla frente a sus petulantes ojos cafés. Los papeles finalmente se intercambiarían. Tan fuerte y letal se sentía que un poco más y...
Lo prometiste.
El brillo rojizo que tenía en los ojos desapareció rápidamente, sustituido por un creciente miedo que hizo al soldado sonreír, satisfecho.
—¿Ya te diste cuenta?
Sí, ya se había dado cuenta. Había hecho una promesa importante y por eso no podía actuar de esa manera. No otra vez, no cuando era el punto de atención de todos y los soldados a lo lejos observaban asciendo sus armas, listos para capturarlo si hacía un movimiento en falso. Apretó los puños. Era demasiado peligroso arriesgarse.
—Seh, otro bocón cobarde que no entiende su situación… —El hombre disparó al cielo unas cuantas veces, riéndose de las personas que asustadas, se apresuraban a buscar un refugio. Mientras Naruto se quedaba de pie, congelado, frustrado y tembloroso, hundido en recuerdos hostiles; el soldado lo arrojó al suelo de una patada dura, disparándole un par de veces a la bolsa que estaba en el suelo—. ¡Anda, coge tus porquerías y vete de aquí! Das tanto asco, que si te mato, seguro este lugar apestaría mucho más. ¡Vete a llorarle a tu madre, si es que no está muerta por ahí! —Pateándolo de nuevo, le lanzó descuidadamente la bolsa, pisándole el pecho con brutalidad—. ¡Lárgate! ¡Fuera!
Herido tanto en el cuerpo y como en el orgullo, mordió sus labios con fuerza agarrando la bolsa y corrió lo más rápido que pudo, cubriendo con sus manos los agujeros de la misma, para que la ropa no se saliera en el camino.
Su pecho dolía, las miradas paralizadas de las personas que sólo se resignaban a verlo marchar, lo hacían todavía más insoportable. La odiosa risa del hombre lo enloquecía, lo humillaba, le reventaba los tímpanos y hacía ecos en su cabeza.
Alterado al sentírsela tan caliente, se adentró a un callejón solitario, escuchando su respiración desbocada, hundiendo con salvajismo las uñas en la pared sucia de una casa; tratando calmar las ansias que no dejaban de hacerlo temblar. Gruñó un par de veces, respirando hondo.
La ira no podía controlarlo más. Nunca. Debía controlarse lo más rápido posible. Por sus amigos, por los niños; por Iruka y su amor de padre.
Iruka, sí, por Iruka estaba haciendo todo. Ese hombre tan gentil que se había sacrificado frente a sus ojos para salvarlo de un espantoso destino. Aquel que antes de la guerra le enseñaba cosas y cuando tenía días malos, le compraba un gigantesco tazón de fideos en el mercado ambulante.
Su querido padre postizo seguramente seguiría esperándolo en el orfanato, mientras distraía a los niños leyéndoles cuentos o enseñándoles a hacerlo por sí mismos. Quizás estaría felicitando a Sakura otra vez, o regañando al flojo de Shikamaru por no cuidar a los niños adecuadamente al quedarse dormido; o tal vez estaría leyendo un viejo periódico recordando aquellos buenos tiempos.
Recargó la espalda contra la pared y se escurrió hasta el suelo, arrojando la bolsa a un lado. Sí, pensar en el orfanato siempre conseguía calmarlo. Iruka se las había ingeniado muy bien para crear un pequeño y humilde paraíso ahí dentro, donde la guerra no se sentía tan dura y los niños podían comer, dormir, jugar y hacer muchos amigos mientras se cuidaban entre todos. Ese cálido lugar donde la muerte no era tan fría, y se enseñaban a seguir viviendo cuando algunos de sus compañeros más pequeños, caían presas del desasosiego y las enfermedades.
Miró lo alto del cielo, opaco por el humo pero brillante de todos modos, tratando de tocarlo con su mano. Sus problemas eran realmente insignificantes entre tanta longeva profundidad azul. Las nubes parecían tan ajenas cuando vivía ahogándose en la tierra ruin manchada por la pólvora.
Quiso gritar. ¿Qué demonios había estado a punto de hacer? Un sólo paso en falso y habría arrojado a la basura sueños y esperanzas. Promesas valiosas que había hecho a un sinfín de personas importantes.
Era un estúpido impulsivo. ¡El más grande de todos! ¿Dónde estaba su palabra? ¿La promesa que había hecho con Iruka? Él era una excelente persona, no se merecía su traición. Le llenaba una enorme tristeza imaginarse lo que pudo haber pasado si se hubiera olvidado sí mismo, del juramento que ambos se habían hecho ese horrible día de septiembre, cerca de tres años antes, cuando había descubierto que él era parte de los niños malditos que cazaba el gobierno.
Iruka había matado un hombre, reventándole el cráneo de un certero disparo en la frente, sacrificando cada uno de sus principios para protegerlo. Tan grabado estaba en su memoria que seguía aterrorizándole, enmudeciéndolo cada vez que oía tiroteos cerca, culpándose una y otra vez.
Si tan sólo ese día… No. Ya no podía hacer algo. Era una horrible cicatriz que se había cerrado mal. Tensó la mandíbula con los ojos tristes. Sí, ahora sólo eran lecciones duras, que aunque injustas, le habían enseñado realidades mientras rompían su niñez de un martillazo.
Rodó sobre sí mismo, extendiéndose sobre el pavimento agrietado, disfrutando la delicada brisa que meneaba su cabello. Afortunadamente estaba solo y no había ninguna persona cerca. El ruido se hundía a la lejanía, acariciándole los oídos luego de tantos escándalos. La cabeza no dolía más, ni siquiera los brazos o el pecho, que ahora parecían nuevos, y eso en vez de alegrarlo, lo mortificaba, porque no hacía más que recordarle su maldición.
Suspiró.
Tenía que refrescarse antes de llegar al orfanato y tenía que hacerlo rápido, porque si no se haría demasiado tarde. Algo torpe, tomó fuerza de sus piernas y se irguió tambaleándose un poco. Se encontraba mucho mejor, así que recogió la bolsa, apretando fuertemente el agujero para que no se hiciera más grande y salió de su escondite, encandilándose por la luz del sol que hacía brillar las aceras.
Dejó todo pensamiento atrás, incluso la marca de garras hundidas en la pared, invisibles entre las sombras, pero tan furiosas por sí mismas que parecían contener la ira de un monstruo: su maldecido y temible verdadero yo.
A primera vista, el orfanato se veía como una finca abandonada de tres pisos, apilados y centrados como una torre de pastel; con cuartos amplios y paredes largas pintadas con un deslavado y maltratado color melón. Tenía una especie de balcón, cacarizo por los rastros de balas y bombas, donde Iruka había colocado montones de tablas que hacían de barricada, y en invierno, solían utilizar de combustible para avivar el fuego de las fogatas.
La planta más alta, un ático estrecho y alargado, era ideal para que los mayores hicieran guardias nocturnas: gracias a los gruesos ladrillos de las paredes, difícilmente un hombre armado podía herirlos sin que antes se dieran cuenta de su presencia. Incluso las pequeñas ventanillas sin vidrios eran perfectas, porque dejaban ver lo suficiente sin asomarse demasiado.
Después de una lenta caminata, donde tuvo que doblar varias calles y cruzar por un puente de llantas para no caer dentro de un asqueroso charco gigantesco, negro y grasoso como el aceite, Naruto sonrió por estar finalmente en casa. A pesar de la basura y los escombros que la rodeaban, el lugar se veía bastante acogedor, ayudado quizás por la risa de los niños, que justamente improvisaban un juego de fútbol con algunas latas de aluminio.
Siempre pensaba lo mismo cada vez que clavaba los ojos en las altas paredes despintadas: ese humilde lugar era hermoso, el verdadero futuro de la ciudad, no lo que había visto antes pudriéndose en las calles.
—¡Eh, idiota, justo estaba esperándote!
La voz coreada de un ladrido que se aproximaba pertenecía a Kiba, un amigo suyo que tenía un fuerte y anormal apego a los perros. A pesar de conocerlo de años, continuaba sorprendiéndole las ropas que usaba: una casaca gris de gorro peludo cubriéndole casi siempre la cabeza. Tal vez no hacía tanto calor como antes, pero todavía era un suicidio ponerse eso en vez de una camisa suelta. Quizá Ino, otra amiga suya de boca grande, tenía razón: a Kiba realmente le gustaba sudar.
El muchacho se acercó hasta quedar a su altura, ignorante del escudriño al que era sometido por su camarada. Lucía un poco consternado.
— Iruka-sensei casi nos manda a buscarte si te tardabas un segundo más —continuó—, ¿en dónde te metiste? La vieja no vive tan lejos. ¿Qué excusa idiota vas a ponerle ahora?
Naruto tragó saliva antes de contestar, sintiéndose de nuevo un poco culpable, y agradeció más que nunca haberse controlado en la plaza.
—Por ahí, dando vueltas —carraspeó—. Aunque ya sabes, caminando se le hace tarde a cualquiera.
Kiba se mostró de acuerdo. También solía pasarle de vez en cuando.
—Total… ¿qué te dio ahora la vieja Chiyo?
—No sé —encogió los hombros—. Algo para Iruka-sensei y los nuevos, creo.
—¿No traerás algo de comida sin saberlo? —Instó, mirando la bolsa con un palpable interés—. Seguro que la vieja recordó que también cuidamos animales y le trajo algo a Akamaru. Quién sabe…
Naruto rodó los ojos. El amor de Kiba por ese perro, el cachorro blanco parecido a un gran pirineo que coreaba con ladridos su voz, a veces resultaba bizarro, porque ese idiota siempre prefería alimentarlo que alimentarse. Kiba podía comer basura y estaba bien, pero pobre de aquél que dijera que Akamaru también.
—Pues seguirán soñando tu perro y tú, que aquí traigo ropa y ya.
—¡Dijiste que no sabías lo que había! —ladró—; ¡Dame esa bolsa porque no te creo nada, pelmazo!
—¡Me importa una mierda si me crees o no! ¡Vas a romperla más de lo que está! —Fastidiado, tiró de bolsa de nuevo—. ¡Estúpido! ¡Es para Iruka-sensei, no para los perros! ¡Quítate!
Divertido, Akamaru veía como esos dos se arrancaban la bolsa de las manos, lanzándose uno que otro insulto, llamando la atención de los huérfanos que apenas salían de la finca para jugar un rato, antes que anocheciera por completo.
—¡Naruto no nichan! —la vocecilla inconfundible de Konohamaru les llamó la atención, que se acercaba jadeante hasta ellos—. ¡Naruto no nichan, hasta que llegaste! ¡Vamos, te reto a un juego!
Alguien tosió a sus espaldas, aclarándose la voz.
—Eso tendrá que esperar —antes que Naruto dijera algo, Iruka cogió a los muchachos de lo alto de sus cabezas, molesto—. Tienes mucho que explicarme, empezando por qué tardaste tanto en volver si te fuiste desde mediodía. Y tú… —se dirigió a Kiba esta vez, que sonreía burlón por la regañina del otro—, se supone que me avisarías inmediatamente cuando llegara Naruto, no ponerte a pelear y gritonear con él como de costumbre.
—¿Acaso no entiende lo tontos que están, Iruka-sensei?—un muchacha rubia levantó la voz, haciendo acto de presencia, fulminando con ojos celestes a sus compañeros—. Será mejor que se los diga como si sufrieran algún tipo de retraso.
—¡Eh, Ino, no te metas en lo que no te importa! —Kiba se apresuró a defenderse. Iruka se apretó el tabique nasal con los dedos, soltando a los adolescentes, tranquilizándose para no callarlos de un grito como solía hacerlo.
—¡Claro que me importa! Siempre andan preocupando a los demás.
—Tampoco exageres —empezó a decir distraídamente—. No ha sido para tanto ni hemos hecho algo malo.
Ella se cruzó de brazos.
—Claro, como eres tan idiota, no te das cuenta de los dolores de cabeza que provocas.
—¡Sin insultar que luego no aguantas!
Mientras esos dos discutían, Naruto aprovechó para escaparse del anillo de niños que se formaba cada vez que alguien peleaba así. Si bien era entretenido, no tenía los ánimos suficientes para escucharlos pelear ahora. Caminó el delgado trecho de tierra, saludando a unos cuantos, hasta que cruzó por la puerta abierta.
No pudo ni dejar bien la bolsa en el suelo cuando escuchó como Iruka, ordenándoles a gritos que se metieran de una vez, les seguía los pasos por atrás. Faltaba poco para que le diera alcance y todavía no sabía muy bien qué decirle. Tendría que dar una buena explicación, especialmente cuando al mirar la bolsa, Iruka encontrara los agujeros en la ropa que el desgraciado del soldado había hecho con su pistola.
—¿Sabes lo tarde que es?
Sí, lo sabía. Todo el mundo se lo había dicho. Pero como estaba tan orgulloso de ser un completo idiota, no le daría demasiada importancia y así el problema no duraría por mucho tiempo en las cabezas de los demás.
—¿Estabas preocupada por mí, Sakura-chan? —Dándose una vuelta, se apresuró hacia la muchacha de cabello rosa con el ceño fruncido—. ¡Estoy bien! Es que me entretuve jugando por ahí —atinó a rascarse la nuca, algo desganado—; ¡Ah, por cierto! La vieja Chiyo te manda saludos… y dice que si te interesa, puede enseñarte otros trucos de medicina cuando quieras.
—Qué bueno —resopló mosqueada—. Pero con eso no te salvarás de darme una buena explicación.
A veces Sakura era muy lista, tanto como para no dejarse sobornar tan fácilmente por sus palabras despreocupadas.
—Me entretuve buscando algo útil en las casas de los barrios altos —continuó—, pero todo estaba carbonizado.
—Eso es viejo, me lo dijiste hace dos días —recordó cruzándose de brazos, golpeando el piso con la punta del pie derecho, impaciente—. ¿Cuántas veces piensas usar la misma excusa conmigo?
—Es que no es una excusa, Sakura-chan —agregó con retintín—, es la verdad, de veras. Nunca se sabe si pueden encontrarse cosas nuevas en el mismo lugar.
No mentía después de todo. Tenía la costumbre de visitar las antiguas colonias ricas, donde casi siempre encontraba algo de valor, oculto entre escombros y ennegrecido por el fuego. También habría alcanzado ir ese día si no se hubiera entretenido tranquilizándose y recuperando algo de sí mismo antes de volver a casa. Incluso se había tomado el tiempo de ir al riachuelo a tomar algo de agua y refrescarse la cara.
—Ah —Sakura pareció creerle, o al menos pretendió hacerlo—. ¿Encontraste algo interesante?
—La verdad no — sonrió—. Fue una pérdida de tiempo. Lo cierto es que se me hizo fácil irme al río después y perdí la noción del tiempo. Sabes lo tranquilo que está ahí, perdón.
—Ahora te creo un poco más —le sonrió un poco más tranquila, observando los niños entrar seguidos de Iruka, que seguía diciéndoles a todos que lo hicieran no o no habría cena para ellos. Naruto agradeció que usar su usual visita al río como excusa le funcionara, especialmente cuando era buena parte de la verdad—. ¿Te dijo algo más Chiyo-baasama?
—Que Tsunade no podía saberlo todo.
Después de llenar un poco sus estómagos con arroz y pedazos de panecillos que Chouji había traído de quién sabe dónde, a orden de Iruka, los niños se dirigían al gran dormitorio, sentándose en las camas o sillones que usaban para dormir. Los que llegaban tarde tenían la desdicha de dormirse en el suelo, donde había pedazos de colchonetas cubiertas por cobijas y cojines usados.
Naruto tenía todas las intenciones de dormirse en una cama esa noche, pero no contó que alguien interferiría en sus convicciones.
—Acabo de revisar la bolsa —la voz de Iruka llegó por atrás, sorprendiéndolo—. Tenemos una charla pendiente que ahora mismo vamos a empezar.
—Eh, pero Iruka-sensei —quejoso, dio un paso lejos de él, fingiendo un bostezo—, tengo muchísimo sueño. ¿No podría-?
—No, no puede. Y no voy a dejarte escapar esta vez. Sakura —la llamó con una seña—, estás a cargo mientras vuelvo. Si ponen mucha resistencia, pídeles ayuda a los demás. Quiero que todos estén, por lo menos, acostados cuando entre al cuarto.
—Bien.
Sakura le deseó suerte a Naruto, que la veía con cierta súplica antes que Iruka lo obligara a darle la espalda. Ino pasó a su lado arrastrando a Shikamaru y Chouji de las manos, regañándolos por razones distintas: al primero porque prefería dormir a la intemperie que con ellos y al segundo porque decía que con tanta hambre, no podría pegar los ojos en toda la noche.
—Eres muy ruda, Ino —se quejó Chouji, palpándose la barriga—. Deberías ser más considerada.
—Es problemático dormir con tanto ruido, tsk.
—No me importa —sentenció—. Ustedes hagan caso y digan que les fue bien. Si no lo hacen, verán como los termino obligando.
Sakura rió, mirando como su amiga rubia los metía casi de una patada a la habitación y luego se dirigía a ella, sacudiéndose las palmas de las manos, como si hubiera terminado un encargo.
—¿Necesitas algo de ayuda, frentesota?
Eso brillaba a reto.
—La que logre meter a la cama a Kiba, sin golpearlo antes, gana.
—¡Eh, dejen de usarme como sustituto de Naruto! —el aludido, quien traía a su cachorro en los brazos, respingó de inmediato, gruñendo tras Shino, su amigo amante de los insectos—. ¡A mí nadie me da órdenes!
—Trato hecho.
—¡Ey, las estoy oyendo!
Iruka lo había llevado a la cocina luego de tomar una lámpara de aceite de una mesa. Entre tanto, Naruto se las ingeniaba para hacer el ambiente menos denso, pero el hombre parecía inmune a su encanto.
—…pero ya, Iruka-sensei, no hagas tanto drama. No fue para tanto, me tardé un poco, sí… pero regresé sano y salvo, ¿qué no? —Entonces se interrumpió, mirando la chaqueta que el otro traía puesta—. ¡Ah, sí, sí…! La chaqueta, la chaqueta. La vieja Chiyo me dijo que era un regalo para ti, casi lo olvido. ¿Te gustó? Es verde, además, y…
—Alto ahí —el más joven cerró la boca—. ¿No crees que deberías decirme algo?
—¿Algo como qué? —tonteó.
—Algo sobre la bolsa que te dio Chiyo, por ejemplo. ¿Necesito ser más específico? ¿Qué fue lo que ocurrió allá fuera?
Naruto tragó saliva cuando el hombre dejó la lámpara en el suelo y se arrodilló frente a él, cogiéndole los hombros.
—¿Por qué habían agujeros de bala en la ropa? —Se aventuró a preguntarle, observándolo con fijeza—. Y no me digas que así estaban, porque a leguas se ven que son recientes.
—No fue nada —refutó, luchando para mantener la mirada firme en los ojos contrarios—. Cuando venía de regreso, me topé con un tiroteo de frente —mintió— y al esconderme, se me resbaló la bolsa. Por eso unas balas perdidas le cayeron encima.
—¿Y luego?
—Y luego me fui al barrio alto y después al río. Se me hizo tarde, es todo. Lo siento.
Iruka suspiró, bajando la cabeza y apretándole los hombros un poco más.
—Sé que no estás diciéndome la verdad, o por lo menos, buena parte de ella. Sólo quiero que sepas cuán preocupado estaba por ti. Eres tan imprudente y por eso pienso muchas cosas cuando llegas tarde, ¿entiendes?
—Sí, ya sé. Pero te hice una promesa —tomó la palabra con velocidad—. Y no es como si yo, Uzumaki Naruto, fuera capaz de romperla así como así.
Iruka frunció el entrecejo, pesaroso. Tenía algo en los ojos que siempre hacía sentir pequeño a Naruto.
—No, no lo hagas por mí —inquirió de nuevo el hombre, meneando un poco la cabeza— olvídate de mí. Esa promesa es una carga muy pesada para ti. Quiero que cuides tus espaldas, pienses antes de hacer las cosas; y si puedo ayudarte, mucho mejor. Para eso estoy aquí.
—¿Quieres ayudarme más de lo que ya lo haces? —ahora fue su turno de apretarle los hombros, mirándolo con todo el cariño que le tenía—. Neh, eres genial Iruka-sensei, y por eso mismo no puedo permitirme abusar más de ti —y le dedicó una preciosa sonrisa de dientes blancos—. Estoy bien, aquí siempre estaré bien. No te preocupes por mí.
—Y me lo dices tan quitado de la pena, como si fuera tan fácil… —resignado, pero más tranquilo, Iruka se recompuso rascándose la coleta de caballo que se hacía para sostenerse el cabello.
—¿De qué otra forma lo diría, si no?
—Siempre actúas como un chiquillo petulante después de decir cosas grandes, ¿los sabes? —suspiró—. En fin, vete a dormir. Mañana será un día muy largo para ti, porque tú y Kiba van a ayudarme a limpiar los alrededores.
—¡¿EH?! ¿Estás bromeando, no?
—Bien merecido lo tienes por preocuparme no sólo a mí, sino también a tus amigos. Konohamaru parecía tarabilla con su Naruto no nichan cada cinco segundos.
—¡Pe-pero eso es completamente injusto!
—Vete a dormir —lo empujó un poco más a la puerta, sonriente—. Si voy y no estás en la cama, serán dos días seguidos. También me pondré estricto con los baños.
Cuando escuchó la última queja de Naruto, sobre que nunca nadie lo verían en ropa interior mientras le echaban cubetas de agua fría, el rostro de Iruka perdió todo rastro de su sonrisa.
Era tan difícil ser adulto cuando tenía un montón de niños a los lados que dependían de él. A veces resultaba tan difícil cuidarlos a todos, especialmente los del tipo de Naruto: impetuosos por naturaleza; pero tan nobles, que antes morían ahogados por sus problemas que manchar las manos de alguien más.
Quizás por eso ese niño rubio se sentía tan culpable, más que cualquier otra persona, por la decisión que había tomado años atrás. No se arrepentía, pero tampoco estaba orgulloso de haberlo hecho. La promesa era realmente una maldición. En noches de insomnio solía preguntarse si quizás pudo haber existido una salida diferente y menos espantosa, pero nunca la encontraba por mucho que pensara en ello.
Hundido en sus pensamientos, aspiró por la nariz y se metió las manos a los bolsillos, topándose con el papel doblado que Chiyo había metido cuidadosamente dentro. Inquieto, sacó la nota amarillenta y la introdujo en la lámpara, quemándola por completo después de leerla de nuevo.
El corazón le latió dolorosamente. Si lo que Chiyo le había escrito era verdad, tiempos aún más difíciles les esperaban. La cacería traía consigo más muertes y secuestros, incluso familias se disolvían por sí mismas, temerosas por el futuro incierto al que eran sentenciadas. Aterrado, Iruka apagó torpemente la lámpara y sin levantarla, se encaminó a la habitación donde todos parecían dormir. Verlos así, tan indefensos, le dio fuerzas.
Mañana sería otro día. Mañana volvería a prevenirlos sin asustarlos, como llevaba haciéndolo desde que descubrió que Naruto era uno de esos niños malditos, que la milicia buscaba tan afanosamente.
Están reclutando de nuevo, parece que dieron con una forma de rastrear a los niños superdotados, pero no estoy segura del todo. Ten mucho cuidado a partir de ahora, informa bien a los muchachos; sé que esos soldados no tardarán en hacerles una visita.
Mándame a Naruto y Sakura tan pronto como puedas, necesito hablar con ellos y darte un par de cosas más.
No están solos.
Sí, no estaban solos. Porque ellos eran el futuro del país, la única forma que tenían de salir de esa guerra. Y esta vez la revolución no saldría tan mal como aquella última y desastrosa vez.
Notas: Lamento la tardanza, pero he sido una completa despistada y olvidé por completo a mi pequeño Lechatnoir en clase. Tenía cerca de tres años con él, ciertamente; además era el cofre donde guardaba cuentos y tareas; incluyendo los capítulos de esta historia.
Oh, vaya. Seguramente a estas alturas alguien le ha borrado la memoria y por eso no podrá recordarme más. En fin, después de este diminuto e innecesario duelo, agradezco las visitas y comentarios de todos ustedes.
Café Amargo: Ya le he respondido en tanto acoso cibernético, así que básicamente, gracias de nuevo por las palabras durante el entierro personal de mi USB. Espero que le guste el capítulo. Tap tap tap
Sam: Bueno, estoy aquí para mejorar. Me agrada que le parezca interesante la historia, verá cómo me voy puliendo con el tiempo. Espero que disfrute el capítulo nuevo.
Sayo Río: Qué bien. Entonces espero que la historia progrese bien. La parte de esos hermanos tiene su razón de ser. Lo cierto es que hay mucha tristeza en las guerras.
Diana: Aquí el capítulo. Esperemos y siga gustándote. Gracias de nuevo.
Prometo actualizar cada mes y medio a partir de hoy, si la universidad y los proyectos de investigación me lo permiten. Tap tap tap
