Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

Notas de la autora:

+ La historia es Original de Jazzi W. y baso este fan-fic en la adaptación de "Esta vez sí" de Betsy. Uchiha -Song Hyo Wook que amablemente me la cedió (¡Muchas gracias!)

+ Habrá claros OoC y mi redacción no es buena, pero espero que sea de su agrado.

Agradezco también sus Reviews, me motivan a seguir escribiendo. Siento la tardanza, pero había cosas que no encajaban y estoy en semana de exámenes. Ya tengo listo el capítulo dos, así que ya no tardará tanto. Cualquier pregunta, sugerencia, comentario o mentada de madre, no duden en comunicármelo. Al principio estará un poco confuso, pero luego las cosas se aclararán.

Let's go!


-Esta vez sí-

Capítulo I:

Cisne

—Licenciada, está aquí la señorita Rangiku —escuché a mi secretaria por el intercomunicador.

—Gracias, Kiyone. Por favor dile que pase —le respondí antes de dirigirme rápidamente al tocador. Había quedado en cenar con mi mejor amiga y necesitaba echarme un vistazo.

Me observé en el espejo durante unos segundos, acomodé unos cuantos cabellos y quedé conforme con el resultado. Estaba a punto de salir cuando mi mente recordó la "fascinante" sorpresa en mi correspondencia.

Se me revolvió el estómago al recordar ese nombre.

—¿Hay alguien ahí? —la inconfundible voz de Matsumoto me sacó de mi trance. Me reí de mi misma, y de mis traumas, y salí del cuarto dispuesta a truncar el asunto— ¡Hola, desconocida! —exclamó afablemente mi invitada, sentándose en el sillón que se localizaba enfrente de mi escritorio. Ella vestía un hermoso y elegante vestido negro, un color muy poco común en su vestuario, unos tacones y un brazalete azul eléctrico, con un bolso pequeño lleno de lentejuelas multicolores para complementarlo con su estilo.

En definitiva, ella era mi modelo a seguir.

—Hola —respondí con una sonrisa—, sólo déjame recoger unas cosas y luego nos vamos —ella asintió y señaló su Blackberry. Supuse que ella también necesitaba un poco de tiempo y me dediqué a buscar los objetos que requería.

Rangiku organizaba eventos, propiamente bodas y siempre estaba con su agenda y el teléfono en la mano. Su trabajo era fantástico, pero también la volvía muy sentimental. En mi opinión, el sentimentalismo era una debilidad… ¿Mi profesión? Jefa de redacción en una, no es por presumir, importante revista de negocios. Quizá nuestras ocupaciones eran muy distintas entre sí, al igual que nuestras personalidades, pero esa loca mujer era mi mejor amiga y la única persona que en verdad sabía que jamás me dejaría en algún momento difícil. No podía negar que en ocasiones deseaba ahorcarla, pero así era nuestra amistad.

Cuando terminé mis pendientes, descubrí horrorizada que Matsumoto había encontrado la invitación en mi contenedor de basura.

—¿Fiesta de ex-alumnos? —inquirió con los ojos brillantes y una sonrisita maliciosa, sosteniendo el arrugado papel. Ella sabía la historia completa de mi vida al derecho y al revés; debía intuir como me sentía.

—¿Qué? —pregunté haciéndome la desentendida, dirigiéndome a la puerta.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —se levantó enérgicamente, tomó su bolso y nos dispusimos a salir de mi oficina.

—Déjame ver… Nunca, porque no iré —contesté tajantemente mientras caminábamos por el pasillo y ella rodó los ojos. Aún traía la invitación y yo estaba deseando poder arrancársela y quemarla. Tomamos el ascensor junto a Shūhei Hisagi, uno de los editores, que nos sonrió pícaramente. Sin embargo, ni siquiera me digné en verlo. Estaba demasiado desesperada por aquella dichosa invitación.

—¿Cuándo le vas a sonreír al menos? —preguntó Matsumoto divertida, ya en el estacionamiento. Subimos a mi coche, ya que ella había tomado un taxi para llegar a mi oficina.

—No quiero una relación —le espeté con voz cansada. No podía negar que él era lindo e inteligente… pero no tenía tiempo para esas cosas. Además, nunca habíamos hablado más de 5 minutos.

—Nadie dijo una relación… No está nada mal para una buena noche.

La miré con los ojos desorbitados mientras arrancaba. Por el espejo podía comprobar que el ardor de mi cara también era visible con un bochornoso tono carmesí.

—Lo dice la señorita "Una boda para toda la vida" —expresé con ironía.

Ella se rió de mi tono y encendió la radio.

—Bien, dejemos ese tema —mencionó resignada— Deberías haberte ordenado de monja… —murmuró entre dientes.

Me paré en un semáforo en rojo y la miré.

—No quiero otro divorcio como el de mis padres —dije con voz seria— o que jueguen conmigo. Esto del amor simplemente no es lo mío…

Ella había sido mi amiga desde la Universidad.

Había conocido a mi único novio y a unas cuantas citas. Hisagi… no era mi pareja perfecta. Quizá era un buen compañero de trabajo, pero hasta ahí. Los otros hombres en mi vida, solo fueron citas que acabaron en una noche y que en realidad me dejaron sin ningún buen sabor de boca. Patético a decir verdad, pero estaba feliz en mi vida. Tenía unas buenas inversiones, un departamento a mi gusto, un auto y una buena amiga… No necesitaba nada más.

—Lo es y lo sabes, sólo es cuestión de esperar al indicado —luego me dedicó una mirada maternal. El resto del camino conversamos cosas triviales: como había estado su día, sus planes próximos, cantantes que vendrían a la ciudad, la relación con su novio, etcétera hasta que ella no se contuvo y terminamos en el tema que había estado inquieta por tratar ¿No te da curiosidad? —preguntó al fin, vacilante.

Lancé un suspiro e intenté concentrarme en el tráfico.

—No —contesté sin chistar y observando fijamente a los autos de enfrente.

—¿No te estarás escondiendo? Creí que todo eso de la pesadilla de la preparatoria estaba superado…

—Si lo está —cuchichié sospesando mis palabras— pero no por eso debo ir a verlos.

Hubo un prolongado silencio hasta que llegamos al sitio que deseábamos, ese restaurante italiano que habíamos descubierto en una tarde luego de una jornada intensa de compras. Era un poco costoso, pero valía la pena. La comida era deliciosa y el lugar estaba exquisitamente decorado. El local solo tenía unas cuantas mesas ocupadas y una mesera nos llevó a la nuestra.

Matsumoto pidió un refresco de dieta y una ensalada. Yo estaba hambrienta y deprimida, así que pedí una pizza, pasta y una copa de vino. Todas las personas que me conocían no se explicaban cómo podía ingerir tanta comida teniendo un cuerpo tan pequeño.

—Lo siento, Rukia —susurró mi acompañante. Sabía que mi carácter era duro y no daría mi brazo a torcer hasta que se disculpara.

Mis brazos estaban cruzados y fingí meditar, pero no había nada que pensar. Estaba más que disculpada.

—Acepto tu disculpa —le dije con mi tono habitual y le sonreí. No tenía que descargar mi ira acumulada en una persona que era inocente y solo había sido buena conmigo— Tú sabes cómo me ponen estas cosas.

—¡Como loca! —exclamó haciendo berrinche y ambas concordamos. La chica que nos había atendido al principio, regresó con nuestra orden. No debía tener más de 20 años. Las personas a nuestro alrededor empezaron a mirarme raro cuando comencé a devorar yo sola la pizza tamaño familiar. Matsumoto ya estaba acostumbrada.

—No iré al encuentro —le comenté casualmente. Si no hablaba de ello con Matsumoto ¿Con quién lo haría?

—¡Pero ya pasaron 10 años, Rukia! —Exclamó de repente— ¿No te gustaría ir y ver como abren la boca como bobos? Cómo dices que se llamaba —se preguntó a sí misma, tratando de exprimir al máximo sus recuerdos—… ¡Kaien! —Gritó feliz ante su éxito, llamando la atención de la pareja de ancianos de la mesa contigua— Ese era el chico que amabas ¿No? ¡Imagínate como te vería ahora! —puso cara soñadora y no pude evitar reírme, mi amiga tenía bastante imaginación.

—Sí, como no —murmuré incrédula.

Luego di un sorbo a mi copa.

—Créeme, has mejorado. No solo físicamente, también eres una mujer exitosa, independiente, sensual, con un carácter indomable —ella se rió ante sus halagos.

—No sabía que te gustara, amiga —bromeé mientras ella rodaba los ojos.

—Hagamos algo —comenzó con expresión maliciosa— ¿Por qué no vas, despampanante y hermosa, y no dices quién eres? Si alguien lo descubre, quedará atónito y si no lo hacen, al menos, saciarás tu curiosidad.

—Suena tentador —admití, probando mi deliciosa comida.

—¡Hey! Tal vez... Hasta podrían quedar prendados de ti ¿Te imaginas? La venganza es dulce y se sirve fría.

—Deja de fumarte esas cosas extrañas —gruñí mordiendo una rebanada de pizza— ¡Ya alucinas! Ahorita no se me antoja la venganza, solo deseo una buena rebanada de pastel como postre.

Después de terminar la cena, la dejé en su departamento y fui hasta el mío. Al entrar, me quité los tacones que me estaban torturando, puse un poco de música y comencé a desvestirme para ponerme un cómodo camisón. Cuando estuve cambiada, me quedé frente al espejo más tiempo del necesario y recordé mi imagen a los 17 años…

En algo Matsumoto tenía razón, no era la misma ni por fuera ni por dentro.

Mi cabello enmarañado, mis frenillos que en aquella época no eran tan cute como ahora, mis lentes gruesos y mis pantalones con sudaderas holgadas se habían esfumado. Ahora era una mujer de 27 años, con un estético corte de cabello, utilizaba lentes de contacto y además tenía unos bonitos anteojos de repuesto. El traje sastre en la cama dejaba atrás mi ropa poco femenil y mis dientes por fin se podían ver sin ningún aparato.

Solo había algo que odiaba cuando estaba sin mascaras frente al espejo: mi poca estatura, que me recordaba ese odioso apodo.

Negué con la cabeza mientras me sentaba en la cama. Tal vez sí necesitaba cerrar ese ciclo, despedirme de ellos y de la antigua Rukia.

La semana pasó más rápido de lo que yo hubiese previsto.

El miércoles llamé por fin para confirmar mi asistencia a la reunión. Me contestó, lo que a mí me pareció, una secretaria, tomó mis datos y me indicó la dirección exacta y la hora. Al día siguiente, había comprado un lindo vestido azul que llegaba justo debajo de la rodilla. Mi decisión por llevarlo aumentó cuando vi que se amoldaba a mi cuerpo como un guante, el color resaltaba mis ojos y la tela era delicada. El sábado llegó poniéndome los nervios de punta. Salí a correr para desestresarme, pero cada minuto era una columna sobre mi espalda. En la tarde Matsumoto vino para ayudarme a arreglar, me onduló un poco mi cabello y me prestó un bello collar de plata de su abuela.

Al final, después de algo de maquillaje natural, estaba perfecta —al menos eso fue lo que dijo ella— y yo me sentía bien, muerta de nervios. pero mucho más segura que a mis 17 años.

Aparqué el auto afuera del Hotel que estaba hermosamente iluminado. Pasaban de las ocho de la noche. El empleado del Valet me recorrió con la mirada. Bueno, al menos alguien había caído, pensé satisfecha y le sonreí antes de entrar. En la Recepción había una chica, por la voz me pareció ser la misma con la que había confirmado mi asistencia, saludó y pidió mi nombre.

—Creo que prefiero sorprender —dije intentando no tener que mencionar quien era.

—Lo siento, son indicaciones. Debe decirme su nombre tanto para checar si está en la lista de invitados, como también poder entregarle su carnet —señaló unas lindas placas metálicas con los nombres grabados.

No había nadie a mí alrededor, le digo el nombre rápido y guardó la placa.

—Rukia Kuchiki —contesté al fin. Ella sonrío, buscó, y me entregó mi placa. Le devolví la sonrisa y me dirigí al salón donde todo estaba perfectamente decorado en tonos blanco, negro y plateado, y una enorme pancarta felicitaba a los ex alumnos.

Estaba casi lleno el lugar, aunque no lograba identificarlos o tal vez no quería hacerlo, solo quería estar ahí a ver qué pasaba e irme y dejara atrás el pasado. Miré varios nombres discretamente. Tal vez los populares también andarían por ahí… Aún los recordaba: Kaien Shiba, el chico que todas amábamos. Ichigo Kurosaki, el Playboy de la escuela… y el único chico que provocó un infarto a un profesor, y casi a mi también. Grimmjow, el secuaz en todo. Y por último, Senna y Neliel, ambas porristas, ambas odiosas.

Chicos, les presento a su nueva compañera Rukia Kuchiki.

La pequeña jovencita esbozó una pequeña sonrisa, intimidada por la multitud.

H-hola, espero que seamos bue…

Director, creo que hay un error —interrumpió un chico de cabellos naranjas.

¿Cuál error? —preguntó confundido.

Con su tamaño, ella debería estar en preescolar…

Si las leyendas y las películas tenían razón, ellos estarían viviendo en un basurero con una esposa fea, 10 hijos y sin un título universitario.

Sí, eso debía ser.

¿Pero a quién engañaba? Esos imbéciles podrían ser unos exitosos ejecutivos con una esposa linda a la cual habían conocido en la Universidad y a quien engañaban con su secretaria, con un BMW y con una aparente familia feliz.

Mi tranquilidad se había convertido en mierda.

El karma no existía; los cambios radicales, tampoco.

Mi padre Byakuya en el afán de brindarme lo mejor, había contratado a los mejores tutores sobre Japón para mi educación, pero no sabía las graves consecuencias que tendría para mí no asistir a la escuela, como el resto de los niños. Por caprichos de la vida, nuestros negocios tuvieron un declive y tuvimos que hacer recortes en el presupuesto. Eso significó ¡Hola, escuela pública! Además, la vida marital de mis padres se estaba yendo hacia la mierda… Lo que no sabíamos mi padre y yo, es que mi mamá prefería separarse de nosotros antes de hacernos sufrir con su grave enfermedad… Ese invierno nos abandonó y no volvimos a saber nada de ella hasta que mi papá dio con su tumba.

Sentía la garganta seca al recordar esos obscuros días. No había visto a nadie importante, así que fui hasta una mesa de bebidas y me serví algo de ponche. Estaba totalmente perdida en mis pensamientos que me giré sin divisar quien estuviera detrás de mí, choqué contra un cuerpo y la bebida salió disparada a una corbata negra y una camisa blanca. Levanté mi rostro y me topé con unos ojos en color miel…

Perdí la cabeza por un momento, hasta que el comenzó a sacudirse la ropa y recordé lo que había hecho.

—Lo siento —me disculpé apenada

Él levantó la cabeza y sonrío de forma torcida.

—No hay problema.

No necesité más para que mis piernas se convirtieran en gelatina, era él. Definitivamente tenía muy mala suerte. Miré la placa sólo para confirmar que no me había vuelto loca.

—No te vi, lo siento mucho —dije nerviosa a la vez que evitaba verlo a los ojos.

No quería que precisamente Ichigo Kurosaki supiera que estaba ahí.

—No te preocupes, aunque has arruinado el traje. Adiós a todo el sex apéele —bromeó mientras yo lo miraba incapaz de no hacerlo, parecía como si mis ojos tuvieran vida. Él estaba sonriendo y me observó, recorrió mi cuerpo haciéndome sentir desnuda, pero no fue una sensación desagradable… A decir verdad, fue bastante placentero. Cuando sus ojos regresaron a mi rostro, supe exactamente el momento en que me reconoció. Creí que no lograrían hacerlo, nadie parecía haberme reconocido hasta ese momento- Su cara estaba llena de contrariedad y por un momento no dijo nada, hasta que volvió a sonreír: —Hola, Enana.

Un saludo un tanto alegre, un tanto… molesto.