Sí Bita... Sé que la viñeta anterior no era lo que esperabas leer y seguramente no lo será esta ni el resto xD pero es a propósito, obvio... Vos me conoces y sabes que no me gusta ser demasiado obvia ja ja, ademàs, me da da ese gustito extra de hacerte leer algo que tal vez por tu cuenta no habrías hecho... Sí, todo es un plan maquiavélico MUAJAJAJA (?)

En fin, SE que hay gente leyendo porque me llegan las notificaciones pero no se muestran (picarones...) así que, les hablo igual aunque ustedes no lo hagan conmigo :B. Espero que les guste esta segunda viñeta :)

Mi intención era subir todos los primero de mes y hacer un total de doce viñetas, para que empiece y termine en tu cumpleaños Bita... pero bue, como sabes, mi internet no quiso andar así que recién hoy estoy subiendo la segunda... Espero que no vuelva a pasar con el tercero :S

Sin más que decir, me despido hasta el mes siguiente. Gracias por leer :)

Le péché française

—¡Anda, dilo de nuevo!

—Ya basta, ¿Quiegues? —le reprochó, sacando a la pequeña Victoire de su juego en la arena.

—Ay, ¡Vamos! Sólo una vez más —insistió, cual niño aburrido. Ella resopló, fastidiada… pero él siempre lograba lo que quería, ya sea de sus padres, de sus hermanos o de cualquiera… Tenía la maldita cualidad de comprarse a cualquiera.

—Chaglie…

Soltó una risotada y revolvió el cabello de la pequeña, antes de darse vuelta y encaminarse hacia el Refugio. Fleur movió negativamente su cabeza, aunque una pequeña e involuntaria sonrisa asomó en sus labios… Y se giró para verlo alejarse de ella.

Charlie llevaba sólo unos días en casa de Bill y Fleur, pero parecía que hacía años que estaba allí. Había ido por el casamiento de su hermana Ginevra, la cual contraería matrimonio en unos días, pero la madriguera estaba tan llena de gente que había decidido mejor pasar aquellos días en la casa de su hermano mayor. Su simpatía y demostrada pasión por la vida era tan contagiosa que la niña siempre reía con él, Bill se prendía en todos sus juegos y Fleur soportaba la burla por su acento; incluso, empezaba a reírse ella también de eso, especialmente por esos chistosos hoyuelos que se formaban en las comisuras de su boca cada vez que sonreía o por su sincera y contagiosa risa, que destilaba felicidad. Sabía que su cuñado era un hombre diferente al resto de los magos que había conocido, sus quemaduras y callos mostraban su ferviente entusiasmo por su trabajo y su valentía, aunque le extrañaba el hecho de no haberlo visto nunca con una mujer. Su marido le había asegurado que no era homosexual, refiriéndole varias historias sobre haberlo visto a los besos con alguna compañera de Hogwarts y, en algún que otro caso, llevando más al extremo aquellos encuentros, en los que había manos explorando por lugares "nada permitidos para una señorita bien", como le había dicho su madre una vez que los había descubierto. Y era por eso por lo que Fleur siempre imaginaba cómo sería Charlie con una mujer; viendo sus lastimaduras y el orgullo que ello le traía, a veces pensaba que tal vez fuera masoquista o algo por el estilo. Eso le hacía reír, aunque luego aquella noche, en sus sueños, su cuñado mostraría su otra faceta: la del hombre pasional, ese que no le teme a nada… el que exuda masculinidad y sexualidad por sus millones de pecas.

Despertó sudorosa y confundida, presa de un ininteligible sueño. En El Refugio reinaba la calma y el silencio de la noche, sólo interrumpido por el constante ronquido de Bill. Cerró los ojos, intentando volver a dormir cuando el repentino llanto de Victoire lo impidió… indudablemente tenía una pesadilla.

Se levantó de un salto y corrió hacia la habitación de su pequeña, pero a pocos pasos de su puerta, notó que se había calmado. Miró hacia adentro y pudo ver la razón de aquello; Charlie había llegado antes. Estaba sentado en la cama de su hija y le hablaba con aquella endiablada sonrisa suya, de la cual estaba segura que podía calmar al dragón más enojado o, peor, a su hija asustada.

Fleur lo observaba apoyada sobre la puerta de la habitación de la niña, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Charlie se giró hacia ella, tornó su mirada hacia Victoire y rápidamente la volvió hacia su cuñada, esta vez deteniéndose en ella y contemplándola de cabeza a pies para luego otra vez retornar hacia la pequeña. La francesa arrugó el ceño extrañada por aquella actitud y pensó que tal vez lo había alarmado su presencia al no haberla escuchado llegar. Su cuñado se levantó y se dispuso a salir, para darle lugar a la madre de la niña.

—Ggacias Chaglie… —le dijo, cuando pasó por su lado.

Pero esta vez Charlie no rió, ni se iluminó su mirada, ni sonrió apenas de lado, sino que asintió con su cabeza, mirando hacia otro lado y le pareció ver que su pecho se convulsionó por un momento, aunque tal vez había sido idea suya. Aquello le pareció muy extraño, ¿Estaría enojado por algo? Miró a su hija y vio que se había dormido otra vez, por lo que decidió salir de allí y seguir a su cuñado, algo preocupada. Lo encontró abriendo la puerta de su habitación y lo frenó, tocando su hombro, a lo que él respondió con un pequeño sobresalto, lo que la sorprendió aún más.

—¿Pasa algo Chaglie?

—No, nada, nada… Tengo dolor de cabeza, eso es todo —respondió, sin girarse.

—¿Quiegues que te de algo paga…?

—No, está bien Fleur, sólo necesito dormir, buenas noches —soltó apresurado, metiéndose en su habitación luego de ello y dejando a la rubia completamente atónita.

Sintió un poco de frío y se abrazó el cuerpo… y fue ahí cuando se dio cuenta de llevaba un camisón completamente transparente, que dejaba poco a la imaginación. Fue como si su cabeza de pronto se llenara de imágenes y palabras, como si toda la información que buscaba hacía unos pocos segundos le hubiera caído encima como un baldazo: Estaba casi desnuda y Charlie la había visto. Recordó como la había examinado por completo y se ruborizó, retornando a su cuerpo aquél calor que la había abandonado hacía unos instantes. Entre azorada y confusa, volvió rápidamente a su habitación y se acostó, aunque le costaba conciliar el sueño. Sintió de pronto que Bill se movía y cerró los ojos fingiéndose dormida, cuando notó que su esposo se levantaba.

Despertó a la mañana y se giró hacia el otro lado de la cama, comprobando que Bill ya no estaba allí. Se dirigió a la cocina y los encontró desayunando, aunque la escena era de lo más extraña: Bill reía con jocosidad, mientras Charlie simulaba hacerlo, aunque no engañaba a ninguno… ambos conocían muy bien la alegre risa del pelirrojo y no era ésta la que acompañaba a su hermano, si no una más bien fingida, de esas que surgen cuando el ánimo no acompaña. Charlie miró a Fleur, se levantó y salió apresuradamente, excusándose con que necesitaba ir al baño. Para sorpresa de la francesa, su marido rió más fuertemente y fue ahí cuando se decidió a indagar sobre ello.

—¿Qué es lo que está sucediendo, Bill? Chaglie está muy extraño esta mañana y tú no pagas de geigte, a pesag de que se nota clagamente que tu hegmano no lo compagte.

— ¡Es una tontería, no sé por qué se puso así! —exclamó, entre sorprendido y divertido —. No es la primera vez que pasa esto y sin embargo, actúa como si fuera un chiquillo… Aunque, a decir verdad, la primera vez que lo encontré de la misma manera era un chiquillo y se rió de aquello… No sé, algo le pasa…

—No entiendo a qué te refiegues —indagó, cada vez más confundida.

—Por cómo reaccionó a esto, creo lo mejor es que no te diga nada —aseguró, aunque se notaba su esfuerzo por contener la risa.

Allons! ¡Qué tanto misteguio! —soltó fastidiada, haciendo una mueca de disculpa cuando su marido le rogó que bajara la voz.

—Bueno, es que… Bien, te lo diré, pero procura no reírte y hacerte la desentendida ante él… Anoche me levanté para ir a la cocina a tomar un poco de agua y al pasar por la habitación de Charlie, pues… —tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa y ante el gesto de reproche de su mujer, siguió —bueno… escuché unos ruidos raros… Como… gemidos —Bill se mordió el labio para reprimir una sonrisa y Fleur arrugó el gesto.

—¿Estaba con una chica? —inquirió. Sintió como si el corazón se le parara.

—Sí, en sus pensamientos —Bill cada vez tenía que esforzarse más para reprimir la carcajada.

—¿Quiegues decig que… estaba… mastugbándose? —no podía ser por ella y su camisón… ¡Por Merlín que no fuera así!

—¡Y buena inspiración habrá tenido! Uff, estaba como poseído —ya no pudo contenerse… Soltó una risotada tan potente que era imposible que Charlie no hubiera escuchado.

—Shh, ¡Callate que te va a oig! —protestó, visiblemente preocupada. Charlie se había masturbado después de verla a ella… Lo había hecho por su culpa, por ella… su cuñado…

Charlie volvió y encontró a su hermano riendo y a su cuñada pálida como el papel. Bill intentó hacerle creer por todos los medios que su risa se debía a otra cosa y aunque no logró convencerlo, el avergonzado pelirrojo decidió que lo mejor era hacer de cuenta de que nada había pasado, especialmente porque tenía que pasar aún unos días más allí.

Esos días pasaron, pero Charlie no siguió siendo ese alegre fortachón minado de pecas que celebraba cada minuto de su vida, sino que estaba extraño, como incómodo, a pesar de sus esfuerzos por no demostrarlo. Bill le había pedido disculpas y le había jurado una y otra vez que Fleur no sabía nada, por orden de ella, pero Charlie no estaba muy convencido de ello, especialmente porque la francesa lo miraba de manera diferente desde aquella fatídica mañana.

Y todo empeoró cuando llegó el día de la boda. Bill había salido temprano hacia la madriguera con Victoire y Charlie pero no Fleur, ya que debía esperar a que su hermana le llevara el vestido que había mandado a buscar a la diseñadora. Aprovechó que era temprano y se metió en la ducha; le haría muy bien un baño relajante.

Cerró sus ojos al sentir la cálida lluvia cayendo sobre ella y comenzó a enjabonarse, muy lentamente, disfrutando de la suave caricia en cada parte de su cuerpo. Charlie vino a su mente como un rayo y se encontró imaginando que sus pequeñas y delicadas manos eran en realidad las grandes y calludas de él. Mordió su labio, mientras su pecho subía y bajaba, al ritmo de los roces de sus propias manos, que se acercaban cada vez más a aquellos puntos más sensibles de su cuerpo, sintiendo como su interior se encendía cada vez más y su respiración se entrecortaba.

Chaglie…

Era Charlie quien mordisqueaba sus labios, quien acariciaba sus senos. Eran sus quemadas manos las que la tocaban, las que se deslizaban suavemente sobre su vientre, para culminar en su, ya, muy palpitante intimidad. Y lo disfrutaba, como tal vez nunca lo había hecho… y tan ensimismada estaba en todas esas sensaciones que no escuchó cuando la puerta se abrió.

—Oh, Chaglie…

Pero sí escuchó el ruido de un objeto cayendo al suelo y abrió los ojos, horrorizada. Charlie la observaba, estupefacto, completamente enrojecido.

—¡Chaglie! —Salió de la bañera de un salto y cogió la primera toalla que encontró a mano, aunque ésta no llegaba a cubrir ni la mitad de su cuerpo. El pelirrojo la observaba con intensidad, lo que hacía que el azoramiento de la rubia creciera. Allí estaban los dos, mudos, observándose, sin hacer absolutamente nada más que eso, como si intentaran no olvidarse de que debían respirar. Y fue ahí cuando Charlie rompió aquel insoportable silencio, diciendo aquello que Fleur nunca hubiera esperado escuchar:

—Por favor… ya no digas mi nombre… —Fue más bien un tartamudeo, aunque cargado de ansiedad y desesperación. —Nunca más vuelvas a decirlo o me volveré loco…

—Pues, ¿Cómo te llamagué? ¿Chagles? —Su voz era un estropajo de nervios, pero aún así, el pelirrojo había sentido aquella sensualidad que siempre la caracterizaba, como si con simplemente hacer un sonido, lo estuviera invitando a satisfacer todas sus fantasías.

¡Y si era casi una maldita veela, ¿Quién en su sano juicio podía con ello?! El podía con los dragones, con mortífagos y destrozaría al mismísimo innombrable si se le pusiera adelante, pero no podía resistirse a aquella visión de esa mujer mojada, ruborizada y claramente excitada… Y por eso avanzó hacia ella, como un poseso y la apresó contra la pared, hundiendo su sedienta boca en el blanco cuello de su cuñada, mientras retiraba con violencia la estúpida toalla que entorpecía su visión de aquel maravilloso y perfecto pecado francés. Continuó con el trabajo empezado de la platinada, aunque esta vez sí eran sus grandes manos las que la acariciaban y era ahora su boca la que mordía esos tentadores labios, que movían su mundo cuando pronunciaban su nombre.

—Chaglie detente, por favog… —pedía, entre jadeos, aunque contrariamente a eso, sus manos bajaron a la cremallera del pantalón del pelirrojo, dispuestas a liberarlo.

—Ya deja de decir mi nombre, por Merlín —su pedido sonó más bien como un ruego desesperado, pero no se detuvo, sino que la ayudó en su labor.

Y allí, contra la humedad pared del pequeño baño la tomó, la hizo suya, desechando la acusadora voz de su mente que nombraba una y otra vez a su hermano, cambiándola por aquella excitante que lo señalaba a él una y otra vez, en cada movimiento, en cada intensa embestida cual dragón furioso.

La llamada a la puerta fue como una cachetada de la realidad. Ambos se detuvieron y se observaron por un momento, asustados, confundidos y… avergonzados. Fleur se cubrió con su bata de baño y corrió hacia la entrada, donde su hermana la esperaba para darle el vestido. Entre agradecimientos y disculpas apresuradas, se despidió de ella, excusándose con que se le hacía tarde para prepararse.

Cerró la puerta, apoyándose contra ella luego, mientras cerraba los ojos y daba un hondo respiro, cargado de culpa y perturbación. Charlie no tardó en aparecer allí, aunque simplemente se plantó ante ella, sin decir una sola palabra.

—Esto fue un egog… Quiego que sepas que amo a tu hegmano y no lo dejaguia pog nada en el mundo…

—Yo también amo a Bill, Fleur… Y soy perfectamente consciente de que esto no debió haber sucedido nunca y que no volverá a pasar. Supongo que ambos perdimos la razón y… eso es todo. Bill no tiene por qué saberlo, sólo le haríamos daño.

—Sí, estoy de acuegdo… Sólo fue una tonta equivocación y pog nada volvegá a guepetigse.

Bill regresaba de un arduo día laboral, pero, aún así, su cara no mostraba agotamiento, sino extrema felicidad. Abrazó a su pequeña, que ese día cumplía cuatro años de edad y le dio su regalo, sonriendo aún más ante la emoción de la niña. Fleur corrió hacia él, como si fuera otra de sus niñas y Bill la recibió con total entusiasmo, besando suavemente su frente y acariciando con amor el abultado vientre de su esposa.

—¡Cariño, tengo maravillosas noticias!

—¡Dejame adivinar! ¡Cambiaste de trabajo!

—No… Temo que tendrás que seguir aguantando a esos duendes por mucho tiempo más —bromeó, torciendo levemente la boca.

—¿Y entonces? ¡Vamos! ¡No seas tan misteguioso! —protestó, dándole un pequeño golpecito en el hombro.

—Muy bien… ¿Adivina quién vendrá a visitarnos la semana que viene? —Fleur frunció el ceño, dubitativa y su marido continuó —. Te doy una pista: Hace aproximadamente nueve meses estuvimos en su casa…

En sólo algunos segundos, distintas expresiones pasaron por el semblante de Fleur: abrió desmesuradamente los ojos, empalideció y enrojeció rápidamente, terminando en una sonrisa nerviosa que cambió a una exagerada en cuestión de segundos.

—Oh Bill, C´est magnifique!

—Sí… es raro, pero está loco por conocer al bebé y por eso quiere estar el día que nazca. Estaba pensando en preguntarle si quiere ser el padrino, ¿Qué opinas? A decir verdad, nunca lo vi tan emocionado por conocer a un niño, tanto como para dejar a sus preciados dragones —aseguró, riendo —. Bien, lo hablaremos luego, ahora Victoire, ¡Vamos a probar tu regalo! —Concluyó, tomando a la niña con una mano mientras con la otra sujetaba la pequeña escoba nueva y salían hacia la playa.

Fleur cerró sus ojos y suspiró hondamente… Padrino… Debía hablar con su cuñado seriamente sobre el tema, si no quería que se fuera todo al demonio. Bajó su mirada hacia su vientre y lo acarició, recordando aquella imprudente noche en que fue concebida y de su boca salió, como un susurro, cargado de preocupación:

— Chaglie…