Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi.
A favor de la campaña con Voz y Voto, porque agregar a favoritos y no dejar reviews es como manosearme una teta y salir corriendo.
Capitulo corregido por la hermosa y sexi Danperjaz.
EpílogoRin intentaba con demasiado esfuerzo, y sin dejar de sentir la espalda tensa, continuar caminando lento y firme, manteniendo entre sus manos, en un apretado puño, las tiras de su cartera marca Lish. Ella no había mostrado mucho interés en comprarla, pero una sola mirada bastó para que su marido la viera y le concediera el tenerla sólo por complacer sus caprichos. Su cartera poseía un hermoso color vino, y una cadena dorada la adornaba al rodearla. Se le antojó de un hermoso tono y hasta de un uso interesante. Atractivo modo de manchar ese color.
Los que la conocían sabían que ella no era una persona de ideas violentas, siempre había sido tierna y dulce con todos porque no tenía razón alguna para que la vieran como un ser desagradable; no obstante, últimamente, más bien, desde que había aprendido a convivir con esas voces persiguiéndola, intensos deseos de utilizar esa cadena dorada, para deshacerse de esos susurros, se le habían insertado en la mente con el claro fervor de querer apoderarse de ella, por completo.
Cualquier mujer en su lugar comprendería, o podría volverse demente. Sólo esas dos opciones se le podían presentar y no tenía de donde más elegir.
Desde que conoció a Sesshōmaru, su vida había dado un giro inmenso, iniciando por el hecho de que no era un ser normal como ella, y había cometido la osadía de convertirla en su compañera de por vida. Una muy larga por cierto. Ella no podía quejarse, porque la idea le agradaba mucho; sin embargo, los defectos de aquello podría ser que su demonio le proporcionara ciertas cualidades a su cuerpo, cualidades no humanas, tanto como escuchar los bajos susurros de esas mujeres que la observaban con envidia, sea por el bolso de caro valor, o por tener el don de dominio sobre su hermoso y atractivo marido. Las detestaba por no poder deshacerse de muchas de ellas. El trabajar en las oficinas de la empresa de su esposo, les proporcionaba ciertos privilegios, como el no poder ser despedidas si demostraban ser eficaces y ejemplares en sus respectivas tareas. Sin embargo, aquello no era seguro suficiente ante la furia de la señora de todo ese emporio empresarial.
Cada día que Rin se dignaba a visitar a su marido, para obligarlo a salir con ella como una pareja normal, debía recorrer el largo pasillo que la separaba de la oficina del presidente. Le reclamaría por el ascensor que estaba demasiado lejos de él. Lo peor de la situación era tener el talento de oír con clara nitidez, las conversaciones entre las empleadas. Palabras que trataban sobre ella misma o sobre la intensa búsqueda de una razón, que pudiera explicar la decisión de Sesshōmaru de elegirla exclusivamente a ella de entre tantas modelos hermosas y de más poder económico. Sonrió suavemente al oír lo último. Realmente era privilegiada y esas mujeres no tenían idea de cuánto.
Años atrás, se le antojó terrorífico el notar que podía oír muchas cosas, ahora, acostumbrada, ya no podía volver el tiempo atrás, porque sólo aceptaba y disfrutaba de las despectivas miradas, también de poder enterarse de temas privados de esas personas que la molestaban tanto.
¿Qué diría su marido si supiera que una de ellas intentó mancillar la imagen de su prestigiosa empresa?
Otro valor importante era oír los celos que les causaba a todas cuando se encerraba en la oficina de su demonio y dejaba escapar gemidos altos para ellas.
Al parecer, su esposo no sólo le proporcionó dotes a su cuerpo, sino también había hecho que, algo de su personalidad descarada, se inmiscuyera en su ser. Ahora, lo comprobaba.
—Señora Rin —la voz de la secretaria de Sesshōmaru—. Bienvenida.
Realizó una pequeña reverencia cuando obtuvo la atención de la sonriente mujer de su jefe.
Rin le sonrió en repuesta y asintió con la cabeza.
—No tienes que hacer esto cada vez que me recibas, Nami —la reprendió en un suave tono—, es un poco repetitivo.
La tímida joven se sonrojó y esquivó la mirada intensa que poseía la hermosa mujer ante ella. Le resultaba un poco difícil de entender, a Rin, como es que hacía esa tierna joven para soportar a su exigente demonio.
—¿Se encuentra en su oficina? —preguntó.
No era necesario mencionar su nombre, ni escuchar la respuesta porque Rin podía sentir una opresión en su pecho al verse víctima de la ansiedad, el aroma tan conocido de esa adicción que provocaba en ella, surgía desde la oficina, a pocos metros de distancia de ella, y separados por una simple e insípida puerta. Era peligroso en un alto grado lo que ocasionaba en ella el saber de la presencia de su marido, tan absurdo y ridículo, que él podría doblegarla a tal punto de hacerla su esclava. Tragó saliva con dificultad antes de volver a prestar atención a la apenada Nami.
—De hecho, sí, pero está ocupado en una reunión privada con dos arquitectos. Pidió que no lo molestaran.
Ya lo sabía. No sería necesario avisarle porque cada vez que a ella se le antojaba irrumpir en las reuniones laborales de él, una mirada bastaba para que los demás desaparecieran. Sabían de antemano, y por experiencias anteriores, que no debían dar ninguna queja u observarla de mal modo, porque la furia de Sesshōmaru sobrepasaba cualquier sentido cuando se trataba de la imagen manchada de su esposa.
—No te preocupes Nami —dijo—, él no se enfadará contigo.
Luego de decirlo avanzó dos pasos, tomó el pomo de la puerta y la giró para hacerla a un lado. Aun así, escuchó claramente el murmullo de la joven detrás de sí.
—Siempre dice lo mismo.
… …
Tres semanas atrás, en una reunión de inversionistas, muchos se pusieron de acuerdo para plantear a Sesshōmaru la construcción de una nueva empresa e invertir en los recursos naturales que proporcionaran la materia prima.
Una idea excelente, muchas ventajas y beneficios financieros. No obstante, la única falla en ese plan, un minúsculo, pero significativo detalle, era el hecho de tener que pasar más tiempo en aquella oficina, encerrado con los arquitectos encargados de la construcción de la que sería la nueva sede de dicha empresa, y el gran defecto que iba de la mano con el anterior, era despreciar tiempo valioso en el que podría estar junto, o dentro del cuerpo de su hermosa mujer.
No la tocaba desde hacía una semana atrás por un tema relacionado a una amiga suya. Ayame cumplió treinta y dos años, y el tema que mantenía a su Rin ocupada en sus pensamientos, era el ver como el vientre de esa mujer crecía cada mes en su primer embarazo, uno muy difícil por cierto.
Imaginaba que le afectó en demasía observar no únicamente la felicidad de Ayame, sino también el contemplar una vida idealizada como normal.
Envejecer y parir hijos era un tema subjetivo y se lo podía considerar un tema muy cuestionado en el mundo del cual él era originalmente. Sin embargo, él no se preocupaba por temas tan banales y humanos, ni desperdiciaba su tiempo en pensarlos, porque consideraba que poseía mucho tiempo para darle a su Rin todos los hijos que quisiera. Como siempre, él la complacía en todo. Ahora, lo único que le importaba era poder disfrutar un poco más de la entera atención de ella y que la compañía femenina le perteneciera exclusivamente a él, por ahora.
El término "posesivo" se aplicaba de modo exacto en este caso.
—… estos materiales resultarían ser muy efectivos a pesar del gran costo que presenta adquirirlos en un estado bueno.
Estaban de pie, alrededor de su escritorio, donde se encontraba desplegado el plano representativo del diseño que quisieran cumplir en la nueva tarea de construcción. Su asistente y dos ineptos arquitectos eran los que lo acompañaban justo ahora.
Se suponía que los contrataba por el buen renombre de la compañía de ambos, pero además de gastar el dinero que les proporcionaba, sólo se dedicaban a consumir horarios valiosos de su importante tiempo en dudas y cuestionamientos inútiles.
—El costo no debería ser inconveniente para adquirir tales materiales. Debería ser suficiente el dinero que mi propia empresa invirtió en este proyecto.
Él se mostraba con el ceño fruncido y un enojo notable en el aura que desprendía su persona.
Uno de los profesionales, el que se acomodaba constantemente y en un gesto demasiado molesto, sus anteojos sobre el puente de la nariz, hacía que Sesshōmaru se preguntara intensamente el porqué de su autocontrol en una reunión inútil, además de la fastidiosa presencia que lo acompañaba.
"Cierto. No saben que soy un demonio que podría retorcer sus cuellos con sólo una mano y volver polvo hasta sus huesos."
—Creemos señor que…
El interesante y molesto parloteo de uno de los ineptos, fue abruptamente interrumpido por la acción de alguien que abrió la puerta que daba a su oficina.
Una diminuta y casi imperceptible sonrisa se empezó a formar lentamente en los labios del demonio blanco. Había estado tan sumergido en su cúmulo de cavilaciones, ese molesto enojo y el olor desagradable de aquellos humanos, que no había sido consiente de cómo el aroma de su esposa se acercaba cada vez más a ellos, e internamente era de su total agrado, la acción que ella había decidido tomar de irrumpir en su lugar de trabajo, con total gracia de una persona en un sitio y lugar normal. Le complacía que ella actuara así, porque definitivamente, todo lo que era de su pertenencia, le concernía a su bella esposa.
… …
—Señores, la reunión ha culminado, deben retirarse —una excelente idea de Jaken—. Necesitan pedir una nueva cita en caso de que quieran continuar con el debate.
Ni siquiera se había detenido a escuchar las protestas de los extrañados arquitectos, sólo bastó observar cómo la mirada ambarina de su jefe había brillado al contemplar el rostro femenino, coronado de un par de ojos claros y una sonrisa alegre. Aunque la bella dama se había mantenido de pie en el marco de la puerta, con su porte elegante, firme e inerte, y un precioso vestido negro resaltando su blanca piel, Jaken sabía que en pocos minutos estaría atrapada entre las redes que conformaban los brazos de su amo y lo que más se les antojaba ahora era privacidad. Los empleados no tenían ni el más mísero derecho de presenciar un acto íntimo entre compañeros demonios. En este caso, demonio y humana.
… …
Rin ensanchó su sonrisa cuando avistó la punta de la lengua de su esposo recorrer con exactitud y parsimonia el contorno de su labio superior, allí inclinado sobre su escritorio, enseñándole la belleza pura que podía poseer un demonio. Luego, disfrutó de verlo ante su cuerpo en sólo segundos, para acercar el rostro a su hombro, rodear su cintura con los fuertes brazos y sentirlo aspirar su aroma en un contacto tan suave. La nariz fría sobre su cuello provocando escalofríos en su delicada piel y un hormigueo que recorrió su sensible cuerpo humano. Tensó sus labios evitando gemir cuando una presión deliciosa se instaló en su estómago.
No era necesario guardar apariencias porque el aroma de los hombres había desaparecido de la oficina, suponía acertadamente que se debía a la anterior presencia de Jaken. Él sabía cuándo desaparecer y lo agradecía tanto en este momento.
Sesshōmaru realizó más presión en sus brazos para lograr pegar el abdomen femenino a su cuerpo. Él debía inclinarse un poco sobre ella porque era alto. Le resultaba un tanto excitante aquello, era muestra fehaciente de que él podía tener el completo control sobre el pequeño cuerpo, y aun así, ella poseía más poder sobre él, quien era más poderoso. Irónico, realmente.
—Mi señor —pronunció ella, quedamente por morder su labio e insertar sus uñas en los músculos de los brazos que la rodeaban.
Un calor abrazador la quiso consumir porque sintió en ella misma la intensidad del deseo de su demonio. Lo comprendía. Había impuesto cierta distancia entre ellos últimamente y lo dejó abandonado varios días.
La nariz fría de Sesshōmaru no cesó en su tarea de aspirar el rico aroma que tenía impregnado la piel de su humana, y ascendió rozando la piel hasta tocar una de las mejillas, deslizándose sobre el rostro y acariciar ambas narices, como si fuera un cachorro en el seno de su madre. Ciertamente ridículo, pero carecía de real importancia en ese preciso momento.
Los ojos dorados chocaron con los ojos claros produciendo que un suspiro ahogado escapara de los labios rosados de ella. Labios que a él se le presentaban tentadores, adictivos e irresistibles, llevándolo al borde del deseo cuando pegó sus labios a la comisura de la boca de su esposa, un beso suave, pero demandante, tierno y fuerte en la delicadeza de los movimientos que realizaba hasta desplazarse por completo sobre la boca femenina y succionar con intención de causar dolor en el labio inferior. Lo único que pudo producir y resultar como música al oído masculino, fueron gemidos deseosos de más.
El control del beso le pertenecía a Sesshōmaru, lo demostraba en la insistencia que imponía, y el hecho de que se inclinara más provocando que la espalda de Rin se arquera contra él. Ella pensó que estaban realizando una escena clásica de romance.
Con tortuosa lentitud y la apariencia de que él no quería hacerlo, se alejó de la deliciosa boca de su mujer, situando su frente en contacto con la de ella, sin separarse demasiado de su calor y el aliento que dejaba salir de entre los labios femeninos.
—¿Interrumpo? —cuestionó ella con la respiración aún no recuperada, y mirándolo con ojos inocentes, sólo produciendo una sonrisa sensual en su esposo.
—Tú siempre eres oportuna, aunque interrumpas —respondió, respirando calmadamente—. Tienes mi entera aprobación para hacerlo cuantas veces quieras.
Ella sonrió gustosa y le contestó al mismo tiempo que escondía su rostro en el pecho masculino.
—¿Acaso, he necesitado de tu permiso todas las veces que me tomé la libertad para hacer lo mismo de hoy?
Se atrevió a observarlo desde abajo, y sonrió cuando vio la ceja en alto de su marido, en esa pose soberbia digna de él.
—Eres una desconsiderada insolente —comentó él.
Rin rió ejerciendo presión sobre los brazos de su esposo, deshaciendo el abrazo para escapar de él y en una actitud infantil rodeó el escritorio para situarse en el lugar del presidente del gran emporio empresarial.
Sesshōmaru giró su cuerpo lentamente, mas no se interesó en mantener la lentitud cuando en menos de un segundo estaba detrás de Rin.
Ella lo sintió acercarse y giró con una sonrisa mantenida inerte en su rostro.
—Lo siento.
Él se veía imponente, y un poco frustrado. Sabía a lo que se refería su humana cuando pronunció las palabras, pero no evitó fruncir el entrecejo porque le resultó ridículo que ella se humillara ante él. Como la compañera del gran Sesshōmaru, ella no debía jamás humillarse, ni siquiera por él cuándo la culpa de la situación que había surgido entre ambos no pertenecía a ninguno. Él jamás la doblegaría a comportarse inferior a él.
—Deberías imponerme una reprimenda...
—Silencio.
Su voz se escuchó potente y con la certeza justa de que ella debía callar.
Sesshōmaru abarcó la mejilla izquierda de su esposa con su mano derecha, inclinado sobre ella y avanzando más cada segundo, para provocar que ella apoyara su cuerpo sobre el escritorio, e incentivando que ella acabara acostada sobre la mesa de cristal.
Una garra se alzó sobre el cuerpo femenino, se situó sobre la piel de la clavícula y descendió arrasando con la tela del hermoso, demás está decir, costoso vestido que rodeaba el bello cuerpo y lo ocultaba de sus ojos. Le agradaba demasiado a Sesshōmaru que la piel femenina fuera más resistente a su tacto y ahora pudiera acariciarla a sus anchas sin preocupaciones de provocar cortes en ella.
Cuando los senos se mostraron duros y alzándose en el movimiento de la respiración de Rin, el demonio descendió sobre ella sin tocarla. El cabello blanco se apreciaba cual cortina y los rodeaba escondiéndolos del mundo exterior.
—Entonces me cobraré ahora mismo lo que me debes.
Los labios de él se estamparon sobre los de ella aún más fuerte y demandante que antes.
Rin gimió audiblemente y sonrió al pensar que las mujeres de afuera estallarían en celos si aumentaba el volumen de su voz. Enredó sus dedos en el cabello plateado y dejó que un gemido más alto se escuchara fuera de la oficina. Disfrutaría tanto aquello.
Fin
A pedido popular, les traigo el epílogo de Demon. Ojala les guste y les parezca merecedor de un lindo review.
Recuerden: ¡No al manoseo! De otro modo, podría acusarlas de acoso :(
Desde ya, muchísimas gracias por sus comentarios.
No puedo evitar mencionar a la linda Millyh porque, ella me dio la idea original de este epílogo. Mi mente ha estado un poco en blanco, y no tenía planeado realizar algún otro capítulo de este.
Como siempre, es un placer escribirles. Un beso enorme para cada una.
Dmonisa.
