Gusto.
No todo empieza con un beso. A veces es solo un roce, suave, un inconsciente movimiento de la mano que se dirige por inercia hacia su cabello, enredando sus dedos en él mientras se va quedando dormido en su regazo, con el libro de aritmancia cuyas páginas hace casi diez minutos que no lee y con "Yesterday" sonando de fondo, llenando la habitación de un ritmo lento que invita a recostarse y dormir.
A veces es un movimiento, rápido, un giro en la cama que hace que se acerquen inevitablemente, una mirada en el pasillo cuando se cruzan -Remus camino de la biblioteca, él camino del entrenamiento- y un consecuente tirón del brazo para acercar al otro, quizás acompañado de un "Buenos días, Lunático" y el suave rubor marcando las mejillas del susodicho.
Pero, sin duda, los mejores comienzan con un beso. De esos que no se piensan, solo se sienten, que son fruto de un rápido estímulo o un pensamiento que no llega a concluir, algo como "Tengo ganas de..." y entonces se vuelve y le besa, cogiéndole suavemente de la barbilla o arrinconándole contra la pared más cercana, pasando la mano por su cintura o por su nuca, eso no importa, solo importa sentir su respiración agitada, el sabor de sus labios y recordar esos besos que hacen que le tiemble el corazón.
