2.- Soñar.
Entre los trece y catorce años de edad, Kyle supo que algo andaba mal con él, cuando se descubrió a sí mismo observándole los labios a su mejor amigo, Stan.
Las primeras veces se empeñó en creer que era algo normal. Así como había personas que se fijaban en la nariz, los ojos, las orejas, o el cabello, él se fijaba en los labios de su amigo. ¿Entonces, qué diferencia tenía?
Entre charla y charla, en una ocasión Kenny mencionó que cuando alguien observa demasiado los labios, no significa otra cosa que estarse muriendo de ganas por besarlos y un montón de cosas más.
Pero su caso no era así.
Para nada.
O eso pensó durante un buen tiempo.
No fue hasta una tarde de diciembre donde notó que eso ya no se trataba de una simple y común fijación por los labios. Un viernes después de clases que se habían reunido en su casa para comer pizza y jugar videojuegos. Una típica tarde de amigos nada fuera de lo normal.
A Stan se le había ocurrido traer pequeñas tortitas de chocolate, con la misma forma de un brownie. Y, sin darse cuenta, se les había quedado viendo, porque Stan no tardó en ofrecerle una.
-Amigo, si quieres puedes tomar una. Por eso las he traído.
-No puedo, sabes que el azúcar no me hace muy bien. -Suspiró.
-Vamos, una no te hará ningún daño. -Le insistió.
-De acuerdo... -Antes de poder decir alguna otra cosa, o detenerse a pensarlo más, Stan ya tenía la mano tendida hacia él con el bocadillo de chocolate.
Kyle le dio un mordisco, y en su rostro se formó un gesto de asombro.
-¿Saben bien, no? -Él asintió, en lo que Stan tomaba otro y comenzaba a comerlo.
Entonces bajó la mirada hacia los labios de su amigo, como llevaba un tiempo haciéndolo. Observaba atentamente cada movimiento que hacía. Cada mordida, las veces que masticaba, y como un pequeño, casi diminuto pezado de chocolate se le había quedado en la comisura.
Kyle se mordió los labios. Moría de ganas de quitar la migaja con la yema de los dedos. O mejor con sus propios labios, de besar los de su amigo y mordisquearlos hasta que quedaran rojos e hinchados.
Eso no era normal, pensó para sí mismo, sin apartar la vista de ahí.
Pero nadie tenía que enterarse. Sólo sería algo que se guardaría para sí y jamás lo revelaría a nadie. Se lo llevaría a la tumba. Y estaba bien con eso, lo único que le preocupaba era si realmente soportaría no abalanzarse encima algún día.
Esa vez, el bocadillo de chocolate quedó olvidado sobre sus manos, mientras pensaba y comprobaba por sí mismo que lo dicho anteriormente por Kenny era, para su muy mala suerte, completamente cierto.
Se relamió los labios y trató de volver a concentrarse en ver cómo Kenny y Cartman se lanzaban insultos mientra casi se tiraban con el mando de la consola.
No prestó más atención y ni siquiera le importaba descubrir por qué discutían en esa ocasión. Se maldijo al no poder sacar la imagen de los labios de Stan de su mente.
Desde entonces empezó a soñar platónicamente con el día en el que pudiera besar -y todo lo demás que había imaginado- los labios de su mejor amigo. Y al carajo si eso no era "normal". En su imaginación podía pensar lo que quisiera, y a los demás tendría que importarles una mierda.
No tenía la culpa de que Stan tuviera unos labios tan jodidamente irresistibles.
