Antes que nada quiero agradecer a mi beta por su gran ayuda.
Gracias. AriCat_hg... 3
Sin más que decir, aquí les dejo la segunda parte, espero la disfruten.
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—Sasuke, lo siento...— miró como mordía su labio inferior y tragar grueso, sea lo que quisiera decir, no le daba buena espina- pero todo se termina aquí.
El tiempo se detuvo a su alrededor, las palabras giraban en su cabeza sin poder entender, ¿Terminar? ¿Por qué?
Miró su espalda a lo lejos. No dijo ni una sola palabra más, sólo quedó ahí, quieto en aquella avenida al igual que el reloj de su corazón, que poco a poco se agrietaba. Se marchó al igual que esa lluvia que escurría por su rostro llevándose aquellas lágrimas.
No era verdad. Tenía que ser un sueño...
•••
Sus ojos se abrieron con lentitud, nuevamente el vacío en su pecho estaba presente debido a aquella pesadilla que lo perseguía desde ese día. La causa y culpable de su insomnio.
La oscuridad de la habitación no lo dejaba ver más allá que su rotunda soledad.
Retomó su postura.
Con su mano buscó el apagador de aquella lámpara de escritorio, en cuanto se iluminó pudo notar el desorden de su escritorio. Lápices esparcidos al igual que hojas manchadas de tinta.
Chasqueó sus dientes con fastidio. Nuevamente se quedó dormido en su estudio. Miró la hora; aun era temprano o al menos para él.
Talló sus ojos una y otra vez, tratando de alejar el cansancio y dolorosos recuerdos. Al ponerse de pie se apresuró a encender la luz de toda la habitación.
Varios cuadros de distintos tamaños se encontraban al fondo de la misma, una manta blanca los cubre, así no se maltratará o dañarán.
Caminó en busca de su mochila.
La colocó sobre el escritorio y comenzó a guardar sus pertenencias. Al desbloquear su celular encontró un sin fin de llamadas, de nuevo ella ¿Hasta dónde pensaba llegar?
Rechazo tras rechazo, pero ella sigue ahí, apegada a él como el más terco cachorro.
Amigos le han dicho que deje atrás el pasado. Es hora de comenzar una nueva vida. Pero esta se desvaneció hace dos años.
El seguro de la puerta se escuchó a sus espaldas, al mirar sobre su hombro la observó. Mejillas rojizas al igual que el color de ese cabello húmedo.
Estaba molesta y cómo no estarlo, cuando no le contestó ni una sola llamada.
—¿A qué has venido?— preguntó sin verdadero afán.
Ella caminó hasta estar a su lado.
—¿Me quieres decir por qué no respondiste ninguna de mis llamadas?— reproche en la voz, gesto torcido; reclamó.
—Tayuya, ya habíamos hablado de esto, no hace falta que te preocupes por mí.
Ella cruzó de brazos y lo miró de pies a cabeza, su tono de desinterés le irritaba. Debería pensar que es una tonta como para no darse cuenta que no ha ido a casa, y lo más seguro es que ni a probado bocado. Arqueó una de sus cejas y miró a su alrededor, justo detrás de él se encontraba un caballete, el cual tenía un lienzo a medio pintar con carboncillo.
Sintió un nudo en su garganta al ver aquellos rasgos tan finos que no estaban remarcados aun. Nuevamente la pintaba a ella.
Suspiró desechando ese deseo de llorar.
—Vamos, te invito a cenar.
Él la miró fijamente, no era tonto. Pero no se disculparía por algo que ya ha dejado claro. Asintió aceptando dicha invitación.
—Te espero en el auto, date prisa. No quiero volver a cruzar esa calle bajo esta lluvia y sacarte de este lugar de las orejas.— rio ante lo dicho pero afirmó con un asentimiento.
En cuanto ella cruzó aquella puerta fijó su mirada en aquella pintura.
No entendía por que nuevamente ella era la musa de sus obras de arte. Tal vez era el modo de recordarla y que está no se borrará de su mente. La única manera de que fuera suya.
Es tonto, patético ¿Pero qué podían esperar de un chico enamorado y con un corazón roto? Sus penas y su dolor se encontraban en esa habitación, incrustadas en cada una de esas pinturas. Mismas que lo llevaron hasta donde está.
Siempre supo que ella sería su amuleto de la suerte.
Los días pasaban, pero él, parecía no sentirlos. Cuando menos esperó ya era lunes por la mañana, mismo día en que su madre le marca por teléfono para saber como está.
Como siempre, ella no dejaba de hablar y relatar como si estuviera escribiendo el diario de una quinceañera. Preparaba un café cuando sus dedos se paralizaron dejando caer la cucharilla.
Tenía que mencionarla.
—Dice tu padre que sigue igual de radiante, ya había escuchado que ella venía cada fin de semana a ver a sus padres. Hay muchos rumores que dicen que su hermana cayó enferma,— su mano se empuñó dejando ver aquellas venas sobresalientes.
—Me he aguantado las ganas de ir a ver a Mebuki. Pobre mujer, debe de estar pasándola mal y más Sakura. Estando lejos de casa sin nadie que...— un carraspeo desde el otro lado línea la hicieron callar.
—Mamá, —apretó su mandibula— tengo un día atareado ¿Podemos hablar otro día?— el silencio del otro lado de la línea se formó.
Incomodó a su hijo.
—Claro, no te preocupes... hablamos otro día con más calma para ponernos de acuerdo. Ya quiero verte.
—También yo, hablamos luego.
Colgó sin decir más y dejó caer su celular sobre la barra.
Sus brazos se recargaron sobre la misma, con sus manos apretó su cabeza entrelazando sus dedos con su cabello.
Su corazón volvía a sentirse culpable. Si él se la pasaba mal, no quería imaginar el cómo se encontraba ella.
Si tan sólo no hubiera sido tan egoísta, si tan sólo no la hubiera hecho de lado en cada uno de sus proyectos.
Si se hubiera tragado su orgullo y hubiera ido tras ella rogando su perdón y diciendo esas sinceras disculpas atoradas en su boca...
Ella no estaría sola en estos momentos pasando amargos ratos y él no se estaría sintiendo la peor de las escorias.
Tuvo que verla partir para darse cuenta del gran daño que él hizo, de los miles de errores que tuvo durante esos tan preciados ocho años de relación. Que gran modo de desperdiciar todo.
Debería de admitir que más de una vez se vió tentado a buscarla. De ir a casa de sus padres esperando encontrarla con más facilidad en las pequeñas calles de aquel pueblo. Cosa que no pasaría en la gran ciudad de Tokio.
La vida no era un manojo de casualidades y milagros.
Tantos "debí", "hubiera", pero sin embargo no la buscó y mucho menos la olvidó. Ahora ese era su martirio en aquella época del año.
Esa misma tarde Tayuya se encargó de sacarlo de su burbuja gris.
Una salida con amigos harían que se olvidará de lo que sea que lo estuviera atormentando. Risas y copas fueron la recuperación de su sonrisa, que si bien no era sincera, al menos era algo.
Antes de ir a casa Sasuke prometió pasar por su pastelillo favorito en aquella cafetería y así fue.
Mientras ella se encontraba en la fila, él decidió esperarla , recargando su peso junto a una columna. Su vista se encontraba hacia al frente, viendo a la nada con una mente vacía.
Por mas que tratara, ella seguía revoloteando sobre su cabeza provocando esa incomodidad en su pecho, ese nudo en su estómago y garganta.
Quería verla y abrazarla.
Sintió las gotas de agua comenzar a caer.
Justo cuando iba a mirar por aquel ventanal, Tayuya tomó su mano robando su completa atención.
—Sasu-ke,— Canturreó— muchas gracias por esto, realmente tenía antojo de uno.
Ella infló sus mejillas haciendo puchero y cerró sus ojos mientras negaba suavemente con su cabeza. Siempre dándole gestos infantiles.
Pero él no pudo evitar sonreír ante tal acto, ella era encantadora cuando se lo proponía. Alboroto su cabello mientras ella se colgaba más de su brazo.
—Vayamos a casa.— ella asintió
—He comprado tu café favorito.— sonrió nuevamente.
—Ahora entiendo por qué eres mi mejor amiga.
—Siempre y cuando sea la única.
Tales actos no afirmarían lo que ellos dicen ante los ojos de alguien más; muy unidos y de algún modo íntimamente afectuosos. Pero ambos respetaban lo que sus corazones dictaban. Así, ninguno salía lastimado.
Desde aquel día un malestar inquietaba a Sasuke.
Como una corazonada que no pudo seguir.
Días ajetreados y muy estresantes.
El gran día estaba por llegar y aun quedaba mucho por hacer.
Por suerte contaba con aquella chica. Mirarla como organizaba todo era sorprendente. Una paciencia de dioses.
Si fuera por él, hubiera mandado todo al demonio hace mucho.
Nuevamente una tarde lluviosa.
Miraba como aquellas gotas escurrían por la ventana, un silencio rondaba su departamento.
Resopló sobre aquella taza de café que tenía en manos, el vapor inundó sus fosas nasales llenándolo con un poco de calma, después de todo... mañana tenía que ir por sus padres a la estación.
El timbre resonó sobre todo el lugar, colocó la taza de café sobre la mesa y se puso de pie, removiendo y haciendo un poco de ruido con la silla. Al abrir la puerta se asombro al mirar aquella sonrisa ¿Qué hacia ahí?
Se hizo a un costado para dejarle pasar.
—Mamá me llamó.
Le miro, colocó el paraguas junto aquel perchero seguido de su gabardina. Él cerro la puerta y lo siguió hasta la estancia.
—¿Qué te dijo?
—Que no te preocupes por ellos, tu debes descansar.
—Pero ellos no saben dónde vivo.
Itachi observó el lugar. Con esa ya eran dos mudanzas, esperaba que un día fuera estable al fin. Su vista quedó fija en aquel cuadro, verla sólo en pinturas no era lo que había pensado años atrás.
Cuando su relación aun era sólida, Itachi podía ver a un Sasuke distinto, alguien motivado y vivo por dentro. No como ahora; serio, frío y con una mirada siempre pérdida.
—Se quedarán conmigo, yo iré por ellos a la estación.
Cuando lo miró nunca imaginó que él también miraba la pintura, verlo en ese estado era deprimente para todos aquellos que conocían su pasado.
—Está bien.— fue su única respuesta
—¿Has cenado?
Lo miró al fin. Negó con la cabeza logrando sacar aquella sonrisa que lo reconfortaba.
Miró a su hermano desde la barra, él siempre ha sido bueno en la cocina y aunque le cueste admitirlo, siempre esperaba disfrutar uno de sus tantos platillos.
Una cena tranquila, pláticas reservadas y una buena bebida en compañía.
Al despedirlo quedó como antes: Solo. Solo en un lugar demasiado amplio para una sola persona. De camino a la estancia se topó de nuevo con ella. Su mirada estaba fija en otra dirección.
Cada una de las pinturas que él hacía siempre era así: ella nunca le miraba al frente ¿Por qué?
Tal vez él no quería pintar el reflejo de su decepción.
Apagó la luz de aquella habitación y caminó hacia la suya.
Ya ha pasado mucho tiempo, su dolor ya duró mucho.
Quizá ya era hora de avanzar y dejarla ir, junto con aquella exposición dedicada a ella.
Sí, era lo mejor.
Todo tiene que terminar.
El gran día había llegado, desde la primera hora del día se encontraba caminando de un lugar a otro.
La noche anterior fue casi en vela. Tuvo que dirigir al equipo de ayuda para que colocarán cada una de las pinturas en su lugar correspondientes.
Miraba aquel letrero en lo alto de aquella entrada.
Siempre imaginó que sería así.
Un agarre lo hizo viajar al pasado, cuando miró a un costado, sus ojos se toparon con lo que más quería olvidar, pero aquella voz distinta le hizo romper su ilusión.
—Sasuke, es hora de comenzar.
El comienzo para dar fin a un pasado.
Continuará...
