Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción
Notas de la autora:
Lovetamaki1, Akisa, Otonashi Saya, Roxiele, Iana Walker, Doremi Ku, Lukia36 y IchiLoveRuki ¡Muchas gracias por sus reviews! Ahorita solo paso rápido a dejarles esta pequeña actualización.
El sapo
«Sigue besando sapos mientras este príncipe te espera»
Había una vez, una pequeña princesa llamada Rukia. Ella era la única hija del monarca Byakuya, de la dinastía Kuchiki. Su reino era el más grande y próspero de toda la región. Sin embargo, jamás había salido del castillo. Desde la muerte de su madre, Hisana, el rey decidió protegerla, confinándola en su habitación. Ella al principio no protestó, pues no concebía otro tipo de vida, pero, al paso de los años, cada vez tuvo más curiosidad acerca del mundo exterior. Pasaba largas horas observando por su ventana, deseando ser libre. Hasta que un bendito día, se le ocurrió una idea para salir y visitar el pueblo: le pediría a su doncella que intercambiaran sus ropas y así podría pasar desapercibida.
Tardó para convencerla, pero aceptó.
Y ahí estaba, caminando alegremente por el bosque. Sus pulmones se llenaron del aire fresco y su nariz olisqueó la fragancia que despedían las flores. Se sentía muy feliz por ser libre, al menos por unas horas.
No se creía capaz de volver a su cárcel de cuatro paredes.
Se tumbó un rato, cerca de un estanque, para contemplar al claro azul del cielo. Su imaginación formó mil y una formas, hasta que un extraño sonido llamó su atención. Se incorporó con emoción, deseosa de resolver el misterio. Aguzó sus sentidos. Luego descubrió la fuente de los ruidos detrás de unos matorrales. Los movió con lentitud y encontró:
—¡Un sapo naranja! —gritó conmocionada.
—No, idiota. Soy un poni —respondió el anfibio.
Ella se talló con frenesí los ojos.
¡No podía ser real!
—Y-y… y habla… —tartamudeó para sí misma.
—¿Podrías hacerme el favor de largarte? —inquirió el sapo malhumorado, dando unos brinquitos.
Entonces recordó el viejo cuento que alguna vez su madre le contó, acerca de un príncipe que había sido hechizado y que se convirtió en un sapo. La cura era…
—¡Espera! —Exclamó, siguiéndole— Yo sé como curarte.
—Cura, mis cojones —musitó, acercándose aún más el estanque. La ojiazul corrió y pudo atraparlo, sin importar sus intentos por zafarse de sus manos— ¡Déjame en paz, no funcionará! —le espetó, estirando sus zancas.
Entonces ella hizo lo impensable, lo besó. Una nube de humo se formó alrededor de ellos. Rukia, con alegría, pensó que el hechizo se había roto con su encantador beso de princesa, pero pasó algo inesperado. Cuando la capa de humo desapareció, tomó conciencia de que ahora era del mismo tamaño del sapo.
Sí, ella también se convirtió en sapo.
—Te lo advertí —comentó el sapo, burlonamente.
