Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar n.n
He aquí la segunda entrega del fic, desde ya muchas gracias a todos los que los han leído y favoriteado, espero que la propuesta siga siendo de su agrado.
Aprovecho este espacio para saludar a los anónimos zariitha kuchiki, muchas gracias por leer y comentar n.n y Anon01, thank you!, jejeje, muchas gracias por el apoyo.
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
II
Las primeras palabras
Al principio fue difícil, pero ya había anticipado que le costaría. Era la primera vez que se mudaba solo y la casa por momentos le parecía demasiado grande y ajena como para creerse que ahora, temporalmente, le pertenecía.
Ichigo apartó las mantas y bostezó ruidosamente. Los rayos del sol se colaban por las rendijas de la persiana impidiéndole dormir más. Todavía le parecía raro despertar en una cama y en una habitación tan distintas de las anteriores, pero desde que se instaló allí procuraba mentalizarse para aceptar la realidad.
Se levantó con pereza y se dirigió al baño. ¿Aceptar la realidad? ¿Quién? ¿Ichigo Kurosaki? Se echó agua en el rostro y luego contempló su desaliñada imagen en el espejo. Maldito sea si consiguiera lidiar por fin con la condenada realidad.
Era el hijo mayor de una familia compuesta por tres hermanos y un solitario aunque dicharachero padre, su madre había fallecido muchos años atrás. Sus dos hermanas menores vivían aún con aquél en la casa familiar, en cambio él había preferido irse a vivir con la única persona que supo ganarse su obcecado corazón. Inoue Orihime fue la única mujer que, desde que ambos vestían aún uniformes escolares, lo atrajo hasta el punto de olvidarse de sí mismo.
Su belleza eclipsaba a la escuela, pero él había visto a través de ella. Su ternura y su generosidad se ganaron su confianza a la edad en que ostentar determinado capital cultural parecía ser la única aspiración entre los adolescentes de su generación. Orihime era una joven que se esforzaba por ser ella misma, no por resaltar, y para su adusta forma de ser ese era un rasgo de belleza mucho más atrayente que cualquier atributo físico.
Terminaron el secundario, realizaron sus estudios universitarios y, a su debido tiempo, a solas, se comprometieron para casarse y ratificaron su promesa yéndose a vivir juntos. Ninguna de las dos familias objetó, en parte porque ya eran mayores y en parte porque lo veían venir. Isshin, el padre de Ichigo, derramó aparatosas lágrimas de despedida según su atolondrado modo de quererlo, pero nadie cuestionó una relación tan armónica y conveniente.
Ichigo sonrió con melancolía al recordar esas lágrimas, aunque en aquel entonces le resultaba molesto cada uno de los arrebatos paternos. En el presente, por el contrario, los entendía, y en ocasiones hasta los necesitaba. Y siempre le había sorprendido que no reaccionase del mismo modo cuando volvió cuatro años después con la valija, la noticia del casamiento suspendido y el corazón notoriamente fracturado.
Roto, como se decía tradicionalmente, no. Fracturado, esa era la palabra que lo definía mejor. La vida que había imaginado junto a ella, la familia que había soñado y todos los planes que habían trazado juntos se habían hecho añicos, y él se quedó quebrado, escindido. Nada de lo que había dado por sentado conservó algún valor, ninguno de los pilares sobre los que se había apoyado se mantuvieron indemnes. Todo se vino abajo, despedazándose en mil piezas. Tal vez Isshin lo percibiera mejor que nadie y por eso suprimió el melodrama habitual.
Todavía era incapaz de explicarse la ruptura. Ichigo se miró en el espejo y volvió a preguntárselo, pero de nuevo se quedó en suspenso, vacío de argumentos concretos. Ella simplemente le dijo un día que había conocido a alguien más y que se había enamorado. Escuchó sus palabras desde lejos, desde el otro lado de la grieta que iba abriéndose entre los dos, con el vértigo del que sabe que tarde o temprano tendrá que saltar.
Como en una maldita pesadilla… Todo era muy reciente como para revivirlo de otro modo, de una forma más sana, o práctica, o desprovisto de todo asombro. Ichigo tomó la toalla y se secó el rostro como si con eso pudiese borrarse la imagen de ella de la retina, la imagen de la mujer que lo dejó por otro y todavía no podía explicarse por qué. Sin embargo, su cara seguía allí.
Nada como el amor para hacer felices a los hombres. Y nada tan efectivo para acabarlos.
No obstante, aún contaba con la suficiente presencia de ánimo para evadir la tentadora senda del resentimiento. Salió del baño, se vistió, se preparó dos tostadas que comió sin aderezo y bebió el café sobrante del día anterior. La vida del soltero. Por último dejó los trastos en el fregadero, donde ya se acumulaban, tomó su bolso deportivo y salió pensando, por suerte, en el trabajo.
Hacía varios días que vivía allí, pero una vez afuera igual le ocurrió. Cerró la puerta y, al empezar a recorrer el camino de tierra que lo separaba del portón, se sintió confuso, desorientado. Fue por una fracción de segundo, pero bastó para hacerlo titubear en la mitad del recorrido. ¿Hacia dónde quedaba la parada del autobús…? Cierto, dos calles a la derecha. Por un momento había creído que salía de su viejo apartamento.
Levantó la vista, giró el rostro y se topó con la mirada de la dueña de casa, que estaba de pie en el jardín regando las flores. Lo miraba de un modo extraño, por lo que dedujo que él, quizás, había hecho algo extraño.
-Buenos días –saludó, aproximándose sólo unos pocos pasos.
-Hola, ¿qué tal la casa? –indagó Rukia-. ¿Te estás adaptando bien?
Ichigo vaciló con el bolso al hombro.
-Eso intento.
Rukia asintió con la cabeza, entendiendo.
-¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que te explique de nuevo dónde está el mercado o…?
-Oh no, gracias, lo recuerdo todo –repuso él con aspereza. Le disgustó que la mujer se diera cuenta del estado en el que se hallaba y se sintió algo expuesto y vulnerable. ¿Tanto se le notaba? ¿O luciría peor de lo que suponía? A veces, sus amigos insistían en que hiciese terapia. Tal vez debería considerarlo-. Se hace tarde, nos vemos –se despidió, encaminándose otra vez al portón.
Rukia lo vio alejarse, contrariada por su sequedad. Luego se encogió de hombros.
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Las dos primeras semanas con inquilino nuevo transcurrieron sin mayores novedades para Rukia. Apenas si se cruzaban algunas veces, y lo único que hacían era intercambiar los convencionalismos típicos de la situación. Se saludaban de forma impersonal, ella le preguntaba si todo iba bien y él le contestaba con respeto, aunque escuetamente. Terminó por suponer que ese sería el mejor modo de convivir: civilizados, pero distantes. Cada uno con su vida, en su espacio, y nada más.
De todas maneras no le importaba demasiado, la novela en la que trabajaba demandaba toda su atención. Se sentaba frente a la computadora y escribía durante horas, olvidándose incluso de las comidas u otras necesidades hasta que un gruñido del estómago le hacía retornar a la realidad. Nunca había escrito tan febrilmente y no quería desaprovecharlo.
Curiosamente, luego de la muerte de Renji, aunque perdiese aquella beca y en un arranque de rabia desechase lo poco que había escrito, unos meses después una vieja idea que había relegado comenzó a darle vueltas otra vez. Las ideas eran raras, caprichosas. Cuando se le había ocurrido años atrás, la había desestimado terminantemente, pues se creyó incapaz de poder plasmarla o le dio pereza de solo pensar en el trabajo que llevaría. Pero tres meses después de enviudar, ahí estaba revoloteando en su cerebro, aguijoneándola sin piedad.
Pese a la abulia que la acometía en ese entonces, un impulso misterioso e inflexible la empujó a la computadora para comenzar a escribir. Y las primeras palabras surgieron instantáneamente, como si se hubieran estado incubando dentro de ella en un nivel inconciente. Sólo así pudo explicarse que de pronto, en medio de la tristeza y la desesperación, tuviese fuerzas para emprender una tarea que en mejores circunstancias había descartado.
Tuvo sus altibajos, desde luego, pero con todo ya había logrado avanzar veinte de los treinta y cinco capítulos que tenía planeados. Se trataba de una novela experimental, un género en el que siempre había querido incursionar. Sin embargo, el trabajo sobre la estructura y el lenguaje en ese tipo de relatos solía demandar un esfuerzo muy grande, razón por la cual en su momento había desistido. En el presente, no obstante, el trabajo le convenía y la escritura se había convertido en un método de supervivencia. Mientras más costosa y ardua fuese la tarea, mejor.
Por eso, en más de una ocasión la jornada transcurría sin que ella se percatase de tal acontecer, sumida como estaba en el mundo que edificaba con signos. En ese mundo, de repente, halló más que un simple refugio o un consuelo. Allí experimentaba motivación, encaraba una causa, se veía a sí misma como un sujeto con una función. Anclando en las palabras era como dejaba a la Rukia de las tragedias, la Rukia que la gente veía, y se convertía en la Rukia provista de un enjambre de sentidos que transmitir.
Sólo Rangiku comprendía su necesidad de alzarse por encima de la compasión que irremediable e inexorablemente despertaba en los demás. Al carecer de una religión con la cual identificarse, nunca había pensado en Dios como entidad especial, por lo que tampoco lo culpaba ni buscaba una explicación para los reveses que había tenido que afrontar. Le dolía como el demonio, pero no se volvía loca; le angustiaba hasta lo indecible, pero no se lanzaba a gemir y a reclamar. No quería entender, sólo pretendía vivir.
Aun así, tenía sus momentos de oscuridad, lapsos indeterminados de tiempo cuando el abismo se abría de nuevo bajo sus pies y amenazaba con devorarla. En esas ocasiones hubiera querido tener una respuesta, pero como sabía que jamás llegaría, porque nunca nadie la conocía ni la obtenía, se concentraba en mantenerse de pie, de este lado, aferrándose con toda su voluntad a aquello que todavía le daba un motivo para seguir viviendo, para seguir siendo Rukia.
La literatura había representado eso para ella, siempre. Sobre todo la escritura. Por eso, durante mucho tiempo, nunca reparó demasiado en lo que sucedía alrededor. Algo le había dicho Rangiku de la reciente separación de su primo a un paso del altar, y ella tomó la información con la indiferencia que profesaba. Sin embargo, al verlo regresar una tarde particularmente cálida con el ceño fruncido del que se retrotrae a otro tiempo, recordó aquel comentario de su amiga.
Ella bebía de pie una taza de café en el jardín para observar el cielo y dejarse acariciar por la maravillosa y cálida brisa. El verano tocaba su fin. Había escrito mucho y había logrado avanzar en varios de los relatos que conformaban su novela, por lo que se había permitido esa pausa.
-¿Un día difícil? –dijo al verlo, a modo de saludo. Ella era la menos indicada para devolverlo a la realidad, pero también la que mejor podía comprender aquel ensimismamiento.
Y no se equivocaba, porque al oír sus palabras Ichigo frenó como si se hubiese golpeado contra una roca que le surgiera repentinamente en el camino. La buscó con la mirada, algo extraviado, hasta que la encontró de pie en el centro del jardín.
-Algo –respondió, confuso por el inesperado abordaje. Sus pensamientos habían viajado a varios kilómetros de distancia y le costó trabajo descender a la realidad-. ¿Tu novela? ¿Marcha bien?
Rukia se sorprendió un poco, pues nunca le había contado a qué se dedicaba. Después, entendió que Rangiku se lo había comentado. Terminaría por ser igualmente conveniente y problemático para ambos compartir semejante clase de amiga, estimó.
-Avanza –repuso, imitándole adrede la parquedad, aunque sólo ella pudiera divertirse con eso-. Hace un calor inusual –agregó.
-Sí, lo hace.
-¿Quieres un café?
Él negó con la cabeza.
-Tengo que entrar –adujo, señalando hacia la casa como si regresar allí fuese una especie de imperativo categórico.
Rukia asintió con un gesto y un intento de sonrisa, y él hizo otro tanto y se alejó sin añadir nada más. El lacónico intercambio se repetiría otras tantas veces a lo largo de ese primer mes, casi por obligación y sin muchas variaciones. Era natural que, por más encerrados que vivieran, hubiera ocasiones en que se cruzasen y tuviesen que decir al menos las palabras corrientes, pero ninguno de los dos tenía tiempo de pensar en ello para plantearse mejorarlo.
Ella, en particular, a pesar de todo experimentó cierto alivio. No sólo no tenía que cuidar de dos casas, sino que había dejado la más querida en buenas manos. La discreción y al apocamiento de su inquilino, si bien algo inquietantes, le vinieron como anillo al dedo para dedicarse a su trabajo y a su solitario acontecer sin preocuparse por lo que sucedía del otro lado del jardín.
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Rukia decidió que era hora de ponerse a leer. Cuando empezaba a repetirse, cuando la mente se le nublaba y escribía palabras gastadas, había llegado el momento de frenar y hacer algo diferente, algo que la nutriera y renovara su lenguaje. Y la lectura es el alimento del escritor.
Algunas semanas atrás Rangiku le había comprado libros, pues ella estaba tan sumida en la labor escrituraria que no quería salir de su casa ni siquiera para eso. Su amiga, desde la librería, la llamó por teléfono y decidieron los títulos, un poco distraída de su parte, pero no al punto de comprar cualquier cosa. Las novelas en cuestión se acumulaban en un rincón de su escritorio, solitarias, esperando adquirir sentido con la lectura.
La joven las observó durante algunos instantes, meditabunda. Luego apagó la computadora, se desperezó, estiró un brazo y tomó la primera, una edición de tapa rústica de El último lector, de Ricardo Piglia. No era una novela, pero un poco de literatura ensayística le vendría bastante bien para comenzar.
Cualquier libro le daría ideas, ella lo sabía. Sólo era cuestión de tiempo y de relajación, de desentenderse por un momento del trabajo realizado. Fue hasta la sala, quitó algunos cojines del sofá y sólo se dejó uno para reposar la espalda. Luego se arrellanó y empezó a leer.
Dos horas más tarde, cuando empezaba a identificarse con el retrato de Kafka trazado en esas páginas, colocó el señalador y se levantó con el libro debajo del brazo para dirigirse al jardín. Afuera, la tarde todavía iluminaba un poco y quería terminar de leer el capítulo respirando el aire fresco, bajo el cielo pálido. Era su hora del día favorita.
Al poco rato, sin embargo, sobrevino la irremediable interrupción. De nuevo se identificó con Kafka, a quien le exasperaban, encogiéndose mentalmente de hombros. El portón hizo un leve pero sonoro chirrido y supo que su inquilino acababa de llegar.
Miró en dirección al camino, hacia la derecha de donde estaba parada, y lo vio avanzar igual que otras tantas veces: taciturno y ensimismado. Vestía ropa deportiva, en más de una ocasión lo había visto llevarla, con el sempiterno bolso al hombro, y esta vez le generó cierta curiosidad. Al fin y al cabo, de algún modo tendrían que socializar.
-Hola –saludó, alzando la mano.
Ichigo se detuvo de golpe, casi como si se hubiese asustado. Rukia tomó nota de esa reiterada reacción. ¿Es que nunca recordaría por dónde iba y quién era su vecina más cercana?
-Oh, hola –dijo él, deteniéndose indeciso.
-Lo siento, te asusté –se disculpó ella, adrede, pues quería saber qué clase de explicación le daría al respecto.
-No me asustaste, desde luego, es que estaba pensando en otra cosa –repuso Ichigo, evasivo.
Durante algunos instantes ninguno de los dos supo cómo seguir la conversación, ella porque esperaba algo más y él porque ignoraba qué debería hacer a continuación. Una vez más, fue Rukia quien salvó el bache.
-¿Vas muy seguido al gimnasio? –indagó-. Sueles llevar un atuendo deportivo. ¿Vas al que tiene vista a la calle? ¿O al que queda en el sótano y nos permite cierta privacidad?
El interpelado la miró a la cara, tal vez por primera vez desde que se instalase allí. A la distancia a la que hablaban, a Rukia le resultó imposible dilucidar si se había dibujado un atisbo de sonrisa en su cara o si sólo se trataba de una mueca.
-Ninguno de los dos –respondió Ichigo, de pronto más distendido-. Soy entrenador.
Rukia, algo admirada, cayó en la cuenta de que desconocía su ocupación. Rangiku y su arbitraria forma de compartir información.
-¿Entrenador de fútbol?
-Entrenador de béisbol –corrigió él-. Estoy a cargo de los equipos de dos escuelas secundarias y de la preparatoria de la ciudad.
Ella lo miró con más asombro aún y se acercó un poco hasta el sendero de manera inconciente.
-¿De béisbol?
-De béisbol. Sé que no es un deporte muy tradicional por estos lares, pero…
-¡Me encanta el béisbol! –exclamó Rukia todavía con el libro entre las manos, como si éste fuera un ancla para contener el entusiasmo. Jamás hubiera imaginado que el tipo se dedicase al béisbol, uno de sus deportes favoritos y de cuya dinámica se jactaba de conocer-. En la secundaria tuve una profesora que nos enseñó, y milagrosamente, siendo mala para la mayoría de los deportes, con el béisbol me apasioné.
Ichigo la miró, algo perplejo por su desenvoltura. Sin embargo, al notar su franqueza, sintió como si uno de los nudos en que se había enrollado su vida cotidiana de repente cediese, se aflojase. Estaba sosteniendo un diálogo normal con una muchacha normal y el mundo no se desplomaría sobre sus hombros por hacerlo.
Además se trataba de su vecina, la mujer a la que le alquilaba la casa. ¿Por qué había demorado tanto en entablar una adecuada comunicación? Al fin reparó en el detalle y se sintió algo estúpido por conducirse de una forma tan antisocial.
-Vaya –repuso. Orihime se había interesado mucho en su trabajo, había aprendido la dinámica del juego y había asistido a los partidos, pero era la primera vez que se topaba con alguien espontáneamente interesada-. A veces pasa que lo más raro termina por atraernos –dijo, y ante la visión del estupor de Rukia comprendió que realmente se había comportado muy huraño los días anteriores-. El béisbol es un gran deporte –concluyó, algo avergonzado.
La joven en verdad se impresionó al oírle decir algo más que lo básico, pero al entrever que lo había puesto en evidencia con su reacción procedió a suavizar su semblante. Se trataba de crear una conexión, no de amilanar al pobre tipo.
-Ya lo creo, lo he jugado hasta en videojuegos. Renji al principio no entendía nada, pero como yo ya lo había jugado en la escuela, le expliqué y pasamos horas en la pantalla. Después compramos un bate, la pelota y guantes, y empezamos a practicarlo en la vida real. Era muy divertido para ambos –comentó-. Más tarde se sumaron algunos amigos... Como bien has dicho, no es un juego de lo más popular.
Ante la mención tan natural de su esposo, que por su prima Ichigo sabía que había fallecido, volvió a sentirse algo desconcertado, aunque procuró disimularlo. De nuevo adquirió conciencia de que necesitaba conocerla mejor y entablar alguna confianza para dejar esas aprensiones.
-¿Sigues las grandes ligas por televisión?
-Hace tiempo que ya no –respondió Rukia-. Seguir los partidos insume muchas horas y necesito ese tiempo para escribir, aunque hoy decidí que me tomaría unos días para leer.
-Ya veo.
Luego se produjo otro lapso de silencio, menos incómodo que el anterior, pero de todos modos inconveniente. Rukia ya no sabía cómo sostener el libro y lo pasaba de una mano a otra, nerviosa, buscando el modo de cerrar el intercambio. Para su sorpresa, esta vez fue Ichigo quien tomó las riendas de la situación.
-¿Qué estás leyendo?
-Oh… –profirió ella, reparando en el detalle-. Es un libro que medita sobre la figura del lector.
-Parece interesante.
-Lo es. ¿Tú lees?
-Muy poco, la verdad. Pero me gusta.
-Comprendo.
Nuevo e inoportuno silencio. El cielo empezaba a estar más oscuro y apenas podían distinguir las facciones del otro. Los grillos comenzaron a cantar.
-Bueno, seguiré hasta casa –dijo Ichigo al final, pues había agotado ya sus recursos.
Rukia sonrió, entendiéndolo.
-¿Todo va bien por allí atrás? ¿Estás cómodo? ¿Necesitas algo?
Él lo meditó por unos breves instantes.
-Todo va muy bien, me estoy adaptando y por ahora no necesito nada. Gracias.
-Recuerda que si necesitas algo sólo debes acudir a mi puerta. Puede que demore en atenderte, pues si no estoy leyendo estoy escribiendo, y me aíslo de la realidad con demasiada facilidad, pero si insistes…
-Entiendo –le aseguró Ichigo, y aunque al parecer fuese incapaz de sonreír, sus ojos la miraron con mayor calidez que antes-. Espero que algún día me dejes leerlo –dijo, y por esta vez, lejos de sonar formal, se expresó con auténtica sinceridad.
Rukia supo percibirlo y le sonrió con agradecimiento.
-Si logro terminarlo, incluso te firmaré un ejemplar –bromeó.
-Te tomaré la palabra –repuso él. De pronto recordó que sus hermanas habían leído sus libros y por un momento sintió el impulso de comentárselo, pero al final se contuvo. No quería parecer fastidioso en la primera plática apropiada que sostenían, así que optó por despedirse-. Nos vemos luego –murmuró, empezando a retroceder.
-Nos vemos –saludó también ella, y permaneció allí parada observando cómo se alejaba.
Ahora que había cruzado con él dos palabras más que las de costumbre, ya no le pareció tan raro ni tan misterioso. Simplemente parecía un poco triste, y ella no era quién para juzgar ese estado de ánimo en las personas ni la forma como tal sentimiento influía en su carácter. Sí podía, en todo caso, percibirlo y empatizar.
Además, se solazó con la grata impresión de la coincidencia. Un entrenador de béisbol, ¡nada menos! Con lo que le gustaba ese deporte y el tiempo que llevaba relegándolo. Nunca más había vuelto a seguir las ligas, ni a practicarlo, tal vez porque le hiciese recordar a Renji.
Renji… Nunca transcurrían más de veinticuatro horas sin que su nombre o su imagen se colasen de algún modo entre los intersticios de la realidad. No obstante, se había esmerado en aprender a tomárselo con naturalidad. Se había convertido en una joven viuda, pero eso no significaba que la figura de su marido tuviera que volverse un tabú. Al contrario, era mucho más sano invocarlo que reprimirlo como si nunca hubiera existido.
Ya lo había experimentado con la pérdida de sus padres y en el presente tenía la edad adecuada y se consideraba con la inteligencia suficiente para huirle a cualquier tipo de inclinación dramática. Ni sus padres ni Renji se irían tan fácilmente de su interior, jamás se perdía del todo a las personas amadas mientras los sentimientos marchasen con uno. Aunque ya no se las pudiera ver.
Aun así, en ese punto del razonamiento, el dolor pinchó duro en su pecho. Levantó la vista hacia el ya oscurecido cielo nocturno y sintió frío, hambre y soledad. No, jamás se tomaría las tragedias de su vida como si fueran todo lo que la constituía. Ella era mucho más que eso.
De todas formas dolió. Respiró hondo, pero lo único que consiguió fue proferir una exclamación quejumbrosa. Se tapó la boca con ambas manos, temerosa de que alguien pudiera oírle, aunque nadie se encontraba lo suficientemente cerca para hacerlo. Antes de que pudiera evitarlo, las lágrimas surcaron sus mejillas.
Hacía tiempo que no lloraba, y tampoco se lo permitiría ahora. Se las secó con rapidez. Nada de dramatismo, nada de dramatismo, ¡nada de dramatismo!, se repitió para sí. Esa era su consigna ahora y así seguiría siendo sin importar qué. Luego se encaminó hasta su casa, angustiada todavía, pujando por deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.
