Capítulo 1
Destino: Nuevo México
La frente me sudaba a chorros. Había hecho esto mil veces, pero siempre en presencia de Will.
Encender un coche sin llaves era sencillo; requería práctica y un poco de fuerza para abrir el capó, sí, pero cualquiera podría hacerlo. A mí, esa vez, me estaba costando bastante.
Llevaba más de diez minutos intentándolo con un sedán gris, bueno y poco llamativo. Las manos me temblaban, y esta vez no estaba Will para sujetar algún cable, guiarme si veía que estaba un poco despistada, susurrando palabras de ánimo. Me faltaba su respiración en mi cuello, vigilando lo que hacía o si alguien venía.
Casi como si lo hubiera reclamado en alto, alguien apareció por la esquina del parking del hotel. Me escondí en el lateral del coche. Un hombre trajeado atravesó con prisa el parking haciendo zig zag entre los coches y entró en uno para, segundos después, desaparecer por la carretera.
Debía tener mucha prisa si no se había fijado en que el capó de un coche estaba abierto.
«Menos mal que no era el suyo», pensé mientras volvía a ponerme manos a la obra.
Entonces, se me ocurrió la pensar qué podría hacer aquella alma a altas horas de la noche.
Necesitaba el coche cuanto antes.
Minutos después, satisfecha al escuchar el rugido del motor al despertarse, cerré el capó y subí en él. El olor a cuero me dio la bienvenida. Era un coche nuevo, pero no sentí pena por el alma que lo había comprado. Me alegraba mucho que las almas olvidaran siempre cerrar los coches como de antaño se hacía.
Mi alegría aumentó al ver una copia de las llaves en la guantera y que el depósito de gasolina estaba lleno. Con eso tendría para, como poco, la mitad del viaje.
O eso deseaba.
Salí a la carretera, siguiendo el mismo camino que el hombre pero sin verle delante de mí. Cuando me aseguré estar lejos del hotel (uno solitario, en mitad de la carretera para aquellos conductores que la noche los había pillado desprevenidos) me detuve junto a unos matorrales que había siguiendo la línea que formaba la carretera. Juliet salió de ellos, corrió hasta el coche cargada con las tres mochilas en la que habíamos metido todos los suministros que habíamos recogido a lo largo de las últimas dos semanas, las tiró en el asiento trasero del coche y se subió delante, junto a mí. No puse pegas: para mí, nueve años eran más que suficientes como para ir de copiloto. Además, pronto cogería el sueño y se acostaría en los asientos de atrás.
―¿Por qué has tardado tanto?―preguntó encendiendo la radio.
Gruñí algo ininteligible. Me fastidiaba un poco tener que admitir que la vida se volvía más complicada sin él.
Juliet sabía que Will ya no estaba con nosotras. Era una chica muy espabilada, y era plenamente consciente de que las probabilidades que había de que Will siguiera vivo en este planeta eran prácticamente nulas. Quizás su cuerpo caminaba por las calles, pero no era él.
Y la otra opción era que se hubiera cansado de nosotras y hubiera decidido abandonarnos.
Juliet intentó darme algo de conversación, pero pronto empezaron los bostezos y los intentos de mantener abiertos los párpados. Me reí y le pregunté:
―¿Por qué no te duermes?
No me respondió: ya había caído en el mundo de los sueños.
Nos esperaban casi diez horas de viaje. Llegaríamos al amanecer al centro de Nuevo México.
Intenté escuchar algo la radio, saltando de emisora en emisora, captando una y otra vez esas frases sueltas. Desde que oí por primera vez el comentario de las ovejas, había empezado a atender aquellas frases. De distintas formas, esa voz (siempre era la misma) me decía una y otra vez que estaría a salvo en Alburquerque (o al menos en el desierto que lo rodeaba). Las almas parecían no darle importancia a esos cortes de voz. Lo achacarían a la mala emisión de la cadena.
Sin querer, sentí un nudo en el pecho que fue subiendo hasta impedirme hablar.
Will.
Tantas veces repitiéndome lo mismo, llevando la santa radio a todas partes, entrando en casas ajenas cuando necesitaba pilas, poniendo su vida en riesgo... y yo solo me reía de él. Quería que estuviera aquí para que me perdonara, para decirle que tenía toda la razón del mundo.
Y probablemente jamás lo sabría.
En los últimos meses, intentaba no pensar en Will sin mucho éxito. El recuerdo de la primera vez que nos encontramos solía acudir a mi mente una y otra vez. Aunque, más bien, él nos encontró a nosotras.
Era una de esas noches frías de abril. Juliet estaba tan agotada que tuve que buscar un sitio en un parque público para que descansara. Ocultas entre arbustos, demasiado tarde como para que algún alma paseara por allí. Habíamos comido barritas energéticas que sobraron de la incursión de hacía dos días, y aun así nuestros estómagos reclamaban más. Acostumbradas como estábamos, conseguimos ignorar el hambre, y pronto, Juliet acabó dormida hecha una bola.
Recuerdo que esa noche pensé mucho en mis padres. Hacía año y medio que murieron. Solía imaginar que ese final era mil veces mejor que acabar sometidos por una presencia nada deseada en sus cuerpos.
Hacía mucho que no dormía y el lecho de hierba se me antojó tan cómodo...
Cuando desperté, no fue porque había amanecido ya. Es más, aun era de noche, una noche tan cerrada que apenas podía ver nada.
Alguien tapó mi boca y me arrastró hacia atrás para ocultarme aun más en las sombras que un grupo apiñado de árboles ofrecían. «Este es mi fin». Las palabras sonaron tan calmadas que me sorprendieron. Lo había pensado más de una vez. ¡Que los Buscadores me cogieran! Yo trataría de escapar y moriría en el intento, así estaría libre al fin de tanto sufrimiento. Tan solo los verdes ojos de Juliet hacían que la idea volara de mi cabeza. Pero siempre quedaba un suave rastro de ella, como las nubes que siguen a un avión. Casi me sentí aliviada.
Casi. Tenía que intentarlo.
Forcejeé, y estuve a punto de intentar gritar cuando vi algo que me dejó helada.
Un hombre pasó justo por el lugar donde segundos antes descansaba yo plácidamente. Paseaba a su perro, y, por unos instantes, miró justamente donde mi raptor y yo estábamos ocultos.
La luz de una farola le dio de lleno en los ojos, mostrando su condición de alma con aquel peculiar aro de plata brillante.
«Es humano», comprendí. La persona que me estaba asfixiando de tanto apretarme la boca para que me callara era un humano.
Pero eso no quitaba el hecho de que no veía a mi hermana por ningún lado.
¡Juliet!
Cuando el alma se hubo alejado lo suficiente de nuestro escondite, le mordí la mano con fuerza, consiguiendo que la impresión le invitara a soltarme. Intenté huir, salir de sus brazos, que, para mi desgracia, pronto volvieron a atraparme.
Era más fuerte que yo, así que no pude hacer nada más que dejarme guiar a través de los árboles hasta las profundidades de aquel parque.
―Tu hermana está sana y salva―me dijo su voz masculina.
Me liberó de su agarre.
Juliet dormía tranquilamente, ajena a todo lo que había sucedido, sobre una manta vieja. Nuestras mochilas descansaban junto a una tercera.
Me volví hacia mi secuestrado o salvador (según como lo viera) y fruncí el ceño, enfadada.
Era joven, pero por lo menos un par de años mayor que yo. Tenía el pelo rubio desordenado por culpa de mis intentos de fuga, y sus ojos oscuros me miraban con una fijeza que me incomodaba.
Entonces, comenzó a regañarme.
―¿Cómo puedes parar a dormir en un sitio como este? ¡Eres muy irresponsable, niña!
―¡No soy una niña!―replique alzando el mentón, orgullosa.
Lo que demostró que sí lo era.
―¿Te das cuenta del peligro que corríais? Si no llego a estar yo, estaríais muertas...
―Sé cuidar de nosotras...―respondí con el mismo brío.
―Lo que no entiendo es como aun seguís vivas...
―Pues si llevo casi dos años así, supongo que no lo estaré haciendo tan mal...
Se quedó mudo. Algo en su interior se ablandó, dejando paso a la compasión.
―¿Quieres comer algo?
Y así comenzó una curiosa amistad.
Al principio, odiaba a Will con todas mis fuerzas. No soportaba esos aires de superioridad que se daba, como si de verdad supiera que nosotras estaríamos perdidas sin él. Aun así, tenía que soportarle, porque Juliet le adoraba.
Un mes después me di cuenta de que mi espalda había dejado de doler por no estar tensa todo el rato, nuestros estómagos se llenaban con más facilidad y las risitas de Juliet volvieron a hacer acto de presencia. Nuestras condiciones habían mejorado. Tras nuestro encontronazo con Will, dormía más: no tenía que hacer la guardia entera yo sola.
Hasta que un día me sorprendí a mí misma deseando que Will no se marchará.
Will y yo nos fuimos acercando poco a poco. Él me contó su historia y, a cambio, le hablé sobre la mía. Cuando supo que podía confiar en mí, me desveló sus intenciones: buscar las colonias de las que tanto le había hablado su padre (mientras aun era un humano con pleno poder sobre sí mismo).
Ahora, veía con claridad cuanta razón tenía Will. Esos dos últimos años insistiendo, poniendo la mano sobre el fuego sin saber verdaderamente si era solo una chispa o un incendio forestal.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Parpadeé para quitarlas. Debía mostrarme fuerte delante de Juliet; no quería que se despertara y me viera con los ojos hinchados y rojos.
Pero lo cierto es que me veía otra vez en la misma situación de hacía dos años: como la chica de quince que intentaba cuidar a su hermana de tan solo siete años sola, a falta de unos padres que se encargaran de ambas.
Los añoraba a todos: a mamá, a papá, a Will.
Y al resto de los humanos.
La primera mitad del viaje lo pasé concentrada en mi destino. Aunque era de noche (las dos de la madrugada) me encontré con un par de coches en la carretera, y me asusté tanto que decidí ir por otro camino, uno menos conocido, más largo y, por lo tanto, más discreto. Tardaría más, pero con llegar al amanecer al desierto me bastaba.
Atravesar la frontera fue lo más fácil. Cuando iba con Will, atravesamos fronteras como las de Dakota del Norte y Montana, Wyoming y Nebraska, Kansas y Colorado (el lugar de donde partía) como si se trataran de puertas de nuestra propia casa. Según me había contado él, antes era más difícil: estaban controladas. Ahora, la confianza ciega que tenían unas almas con otras nos permitía huir a toda velocidad de un estado a otro. Por si acaso, solíamos evitar las carreteras principales.
Llegar a Nuevo México me hizo sentirme mejor. Fue en ese momento (cuando pasé a una velocidad considerable el cartel que daba la bienvenida al nuevo estado) en el que me percaté de que, tras diez largos años, volvía a estar en casa.
Una casa modesta, con un jardín que mamá cuidaba.
Papá sujetando a un bebé en brazos.
Un columpio.
Pasaríamos por Santa Fe, y lo añoraba tanto que no pensé que sería malo pasear con el coche por sus calles.
Estaba equivocada.
Cuando llegué (alrededor de las seis de la mañana), la rabia se apoderó de mí. No tenía muchos recuerdos de aquel lugar, pero reconocí el colegio al que asistía, el parque donde mis amigos y yo jugábamos y la casa en la que vivía. Mucho más de lo que probablemente Juliet recordaría.
Claro, tan solo era un bebé de tres meses cuando huimos a la casa de campo de la familia en Utah.
Se notaba que alguien vivía en la casa. El jardín de mi madre estaba cuidado a la perfección. Incluso las nomeolvides que tanto quería ella (le habían provocado muchos disgustos amar esas flores: los vecinos tenían un hijo que aspiraba a ser delantero en un equipo de fútbol) seguían conservándose a pesar de no ser su mejor época. Mi columpio aun aguantaba. En realidad era una rueda colgada al único árbol que daba algo de sombra al jardín. Mi padre lo había sujeto a una rama cuando tenía cuatro años.
Esto era lo que me habían arrebatado las almas.
No desperté a Juliet ni le enseñé nuestra casa; no quería que viera todo lo que había perdido por culpa de esos seres
La tristeza y la rabia embotaron mis sentidos hasta que, por detrás, un coche nos iluminó con los faros. Di un grito que no despertó a Juliet, pero sí me sacó a mí de mis ensoñaciones. Continué mi camino, olvidando lo que fue y lo que no pudo ser.
Rodear Alburquerque fue fácil porque me ahorró tiempo.
Pero no gasolina.
A las afueras de la ciudad, justo cuando conseguí incorporarme a la carretera 40, una luz roja me indicó el poco combustible que le quedaba al vehículo. Suspiré, porque ya que estaba amaneciendo; sería muy difícil trucar otro coche de día, y no estaba dispuesta a tener que esperar en mitad de la noche a que un coche pasara, detenerlo, hacer daño a la gente que hubiera en su interior (aunque me hubieran quitado la oportunidad de vivir una vida normal, no sería capaz de herir siquiera a una mosca) y salir huyendo a otro estado para que no me pillaran los Buscadores.
Bueno, siempre hay una primera vez para repostar.
Un nuevo capítulo. Intentaré publicar uno por semana a partir de ahora. Éste es una excepción (ayer publiqué el prefacio) para que no os quedéis con la miel en los labios tanto tiempo ; ) ¡El prefacio era demasiado corto!
Amanda Stryder Hawthorne
