1. Acurrucarse en algún lado

Simon nunca se había subido a un avión.

Si uno se sentaba a pensarlo un segundo tenía mucho sentido considerando que había pasado un poco más de la mitad de su vida como un huérfano con una lejana esperanza de algún día conseguirse una vida propia con familia incluida. Y la otra intentando descubrir qué hacer con esa vida propia que había conseguido y que ahora prometía matarlo en cuanto se descuidara un segundo. Ninguno de los dos escenarios le daba mucha oportunidad de salir de su natal Inglaterra.

Ahora finalmente estaba entrando a la tercera etapa de su vida. La cual incluía un título universitario que no estaba muy seguro de cómo había conseguido y un sexi novio vampiro lleno de magia que aún no lograba creer que conservara de su segunda etapa de vida.

Y también estaba Penny, su compañera de departamento de los últimos cuatro años y mejor amiga, con un novio en Estados Unidos con el que se acababa de mudar y que insistía en que él y Baz debían ir a pasar unas vacaciones con ellos antes de que la vida de adultos los consumiera por completo a los cuatro.

Así que ahí estaba, en una fila para que lo revisaran y pudiera entrar a la lata de metal que lo sostendría kilómetros por encima del mar. Y ya estaba bastante atemorizado.

—Asegúrate de no parecer nervioso, porque los idiotas piensan que tienes algo que esconder y se ensañan contigo, y no queremos que descubran nada que nos cueste explicar.

Un escalofrío recorrió la espalda de Simón.

—¿Podrías recordarme otra vez que es lo que tenemos que ocultar?— murmuro por debajo de su aliento, para que nadie más lo escuchara.

—Tus alas— respondió Baz, mirándolo como si fuera un idiota.

No era especialmente raro que lo mirara así, pero aun así el golpe le dio duro. No hablaron en lo que restó de la fila, pero cuando llego el turno de Simon (que iba adelante), Baz tuvo que disculparle al policía que le ladro en la cara por la actitud de su novio.

—Es la primera vez que viaja en un avión, y tiene ese miedo tonto que todos hemos tenido alguna vez de que se caiga al mar.

De algún modo que probablemente tenía que ver con razones divinas ambos lograron llegar sanos y salvos hasta sus respectivos asientos, uno al lado del otro, en la lata gigante de metal. Pero lo verdaderamente aterrador no empezó hasta que esta empezó a despegarse del suelo.

Simon se aferró con fuerza al pecho de su novio en busca de protección y este correspondió el contacto rodeándolo con sus brazos. Después del par de minutos que podrían competir por el puesto de los octavos más aterradores de su vida (porque está bien que estaba asustado, pero eso nunca se compararía con enfrentar a la nada que resulta ser tú mismo), el avión finalmente se estabilizó y Baz le preguntó si ya podía soltarlo.

El pelinegro nunca solía ser así de afectivo en público, y la verdad es que Simon se sentí bastante cómodo en esa posición, así que se acurruco más cerca de su novio.

—No, creo que tendremos que permanecer así todo el viaje.

A diferencia del anterior, ame como quedo este. Espero que a ustedes al menos les haya gustado.

Los quiere: yo.