Los personajes de Twilight son de Stephenie Meyer, Helga es de mi autoría, al igual que la historia de este fic.
Disfrútenlo
Nein, nein, nein, Eduard!
Fräulein* Helga Schweitzer fue la encargada de educar y adiestrar al pequeño Cullen, el futuro médico y heredero de la gran fortuna familiar.
—Nein, nein, nein, Eduard! ¡Cepíllate los dientes después de la comida, y si te veo comiendo dulces, ya sabes el castigo! ―Una severa tunda, por supuesto―. No juegues en el pasto, ven a alimentar la mente, no admito que mis pupilos pierdan el tiempo. Nein, Eduard! ¡Debes dormir quieto! Apriétate ese cinturón, no andes con el pantalón caído y métete la camisa. Trae gel para aplacar ese cabello rebelde. ¿Cuántas veces he dicho que debes peinarte de lado y con la línea recta, Eduard?
Y la lista de regaños seguía y seguía. Así que conforme iba creciendo, sus costumbres eran sumamente rectas y caballerosas, pues nunca podía empezar a comer si antes no veía la vajilla perfecta sobre la mesa y en seguida haber corrido la silla de su señora madre y Fräulein Helga, de lo cual Esme Cullen se sentía muy orgullosa y presumía de su educado hijo cuando algunas amistades llegaban de visita.
En privado, Edward no era harina de otro costal, pues nunca se dejaba crecer la barba, no salía del baño hasta ver su rostro lampiño, ya que Fräulein Helga le dijo que las barbas eran sucias, cuna de infinidad de mugre que no debía estar sobre su cuerpo. Cuando se desnudaba, nunca dejaba un solo calcetín tirado o siquiera se atrevía a acostarse en una cama con la sábana arrugada, por lo cual el ir a dormir era todo un ritual que le llevaba por lo menos una hora, entre entrar a su habitación, elegir su pijama, ordenarla con pulcritud sobre la colcha, cepillarse los dientes, meterse dentro de las cobijas con brazos a cada lado de su cuerpo, columna alineada y por fin cerrar los ojos.
Fue creciendo y cuando Edward cumplió dieciséis años Fräulein Helga pasó su carta de renuncia, alegando que había cumplido con su labor, Edward ya era un muchacho grande y ella ya estaba muy vieja, quería pasar los últimos años de vida en su amada Alemania. Carlisle y Esme se llevaron una gran sorpresa y se miraron entre sí, pues Edward le había tomado cariño a la estricta institutriz, no sabían cómo iban a informarle lo sucedido; pero eso no fue problema, la misma Helga fue la encargada de comunicarle su decisión al directamente implicado.
Contrario a lo que creyeron, Edward se lo tomó muy bien y hasta fue él el encargado de llevarla al aeropuerto para despedirla, no sin algunas lágrimas de por medio, como es normal. Edward sí le tenía un gran aprecio a la vieja Fräulein Helga, no podía negarlo, era como si hiciera parte de su familia. ¡Dios! Prácticamente lo crio, pero no podía dejar de admitir que su régimen de enseñanza lo tenía cohibido y el hecho de que ya no estuviera le daba un respiro a su vida, algo que necesitaba con urgencia a su edad.
Fue entonces cuando Carlisle y Esme se enfrentaron de nuevo a la discusión que hace muchos años habían dejado guardada en el fondo del baúl de los recuerdos menos gratos; pero en este caso, quien ganó la batalla fue Carlisle. Matricularían a Edward en el instituto del pueblo, noticia que el principal implicado no se tomó muy bien, pues nunca había establecido relación con chicos de su edad. Debía aceptar que era un ermitaño, prefería pasar sus horas libres tocando el piano, escuchando música o leyendo uno de los tantos libros que su institutriz le había dado de tarea, ¿por qué no podían aceptar eso sus padres y dejarlo en paz? Está bien que debía, algún día muy lejano, compartir con más personas aparte de su limitadísimo círculo social —que incluía a sus padres, Helga y unos cuantos amigos de la familia—, pero no era para que lo lancen a la hoguera, así como así apenas su institutriz había partido.
—Papá, entiendo el punto de todo, pero sabes perfectamente que puedo aprender desde casa, en internet, en los libros se encuentra toda la información que quiera, guiado por Fräulein Helga, quien prometió comunicarse conmigo por Skype, puedo aprender mucho más que una miserable escuela de pueblo me pueda brindar.
Carlisle suspiró profundo y le pidió ayuda a su esposa con mirada suplicante, pero ella estaba a su lado de brazos cruzados; muda e implacable solo le regresó la mirada con un encogimiento de hombros, que le gritaba: "tú verás, yo no me meto". Ya habían discutido eso y ella misma le había dicho que Edward no aceptaría, pero como la idea era de él, él mismo tenía que ver cómo salía del problema.
—Lo entiendo, hijo, pero tú también debes entender y, como seguro has leído, el ser humano necesita relacionarse, necesitas tener amigos, una novia, no puedes pasar toda la vida encerrado en casa leyendo libros y tocando piano. —Bien, lo dijo, algo que llevaba por años ocultando. No quería que su hijo fuera un inadaptado social. ¡Por Dios, era hijo único! ¿Qué pasaría si él y Esme morían? No quería que quedara solo, no tenían más familia; Edward necesitaba tener amigos, su propio círculo social y conocer a chicas para formar su propio hogar.
—¡Puedo socializar cuando vaya a la universidad! —rebatió, entrecomillando la palabra: socializar, con los dedos—. Además, si salgo, voy cada semana al centro comercial y al bosque —las últimas palabras le salieron casi como un lamento mientras miraba a su madre, quien ablandó su mirada cuando su amado hijo la miró suplicante. Carlisle no pudo más que rolar los ojos.
—¿Salir le llamas a ir a librería, a la disquera e ir a perderte solo por horas en el bosque? —Edward dejó caer sus hombros, rendido y sin ningún argumento a su favor—. Por cierto, ¿a dónde vas cuando sales por tanto tiempo? —Preguntó su padre, reparando en ese detalle que nunca se había tomado el tiempo de analizar. Edward resopló y se llevó una mano a su cabello, un gesto tomado de su progenitor, pero solo encontró gomina, que se le embarró en la mano; acto seguido sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió. Nunca le diría a nadie el por qué, durante horas, se perdía en el bosque, es más, ni siquiera se lo quería contar a sí mismo.
—Como quieran —fue lo único que murmuró antes de salir a pasos rápidos de la estancia y subir de dos en dos las escaleras, caminó a su habitación, dejando a sus padres completamente mudos ante su reacción, pues nunca se había comportado como un adolescente rebelde y nunca les había respondido a sus padres; al parecer, la partida de Helga empezaba a mostrar sus consecuencias. Después de algunos minutos de silencio y de la sorpresa inicial, Carlisle suspiró aliviado, solo deseaba la felicidad de su hijo, al igual que Esme, quien comprendía el punto de Carlisle, pero aun así temía perder a su pequeño.
—Todo va a ir bien, querida —susurró Carlisle, en medio de un beso en la coronilla de su esposa
—Lo sé. Solo que… —Se le perdieron las palabras en medio de un sollozo—. Es tan vulnerable.
—Cariño —la alejó un poco del abrazo en el que la había envuelto—. Él ya es grande, tiene que hacerlo y sabrá hacerlo, confía en él.
—Confío en él, no confío en el mundo.
Carlisle sonrió y la besó en los labios trémulos por el llanto contenido.
—Nuestro hijo es fuerte y sabrá enfrentarlo. —Le guiñó un ojo, haciendo que también sonriera y volvió a abrazarla.
Edward cerró la puerta con una fuerza moderada y de inmediato puso el seguro, no quería que alguien lo molestara, estaba estresado y quería estar solo. Se tiró con brizos extendidos sobre su cama, pero de inmediato se se paró y asustado alisó la colcha. Segundos después se dio cuenta de lo que había hecho y soltó una risa baja, había actuado como si Fräulein Helga aún siguiera ahí y ya le parecía escuchar su chillona voz.
—Nein, nein, nein, nein! La cama debe permanecer sin arrugas, aun cuando estés dentro de ella, Eduard —dijo, imitándola y riéndose al segundo siguiente.
Pero ella ya no estaba, era libre de mandar a la mierda todas las estúpidas restricciones que le había puesto por años, y de hecho se planteó volver a tirarse en su cama o saltar sobre ella, cosa que nunca se le había permitido hacer; pero no fue así, aun le importaba… le importaba que las cosas estuvieran ordenadas y perfectas. Después de arreglar la cama se encaminó al sillón que tenía frente a la ventana.
¿A qué le tenía miedo? Fue la pregunta que le llenó la mente apenas la luz del crepúsculo se colaba entre sus cortinas. Quizá miedo a no ser aceptado, a no encajar… había leído en infinidad de artículos, libros de psicología, etc., de cómo los adolescentes del siglo XXI eran "normalmente", pero él era un adolescente del siglo XXI y para nada le gustaban las fiestas; y si hubiese estado en una escuela está seguro que nunca se le habría pasado por la cabeza escaparse de clases o siquiera responderle a un maestro, Fräulein Helga le había enseñado muy bien que a las autoridades se respetan y los maestros representaban una autoridad. Pero si Fräulein Helga no hubiese existido en su vida, ¿sería diferente? Nunca podría saberlo y se estremeció ante la idea, pues le era inconcebible.
Por largos minutos siguió cuestionándose sobre su situación, preguntándose qué cosa le faltaba o en qué estaba fallando, porque si lo que su padre le había dicho era cierto y lo matriculaban en el instituto, tendría que averiguar en internet acerca de las escuelas para saber a qué enfrentarse. Pero llegó un momento en el que sus párpados se cerraron y se entregó a un profundo sueño, donde la única que reinaba era una linda chica de ojos cafés.
Por primera vez en la vida, Edward durmió sobre un sillón.
Bueno, bueno… sí, aquí está el primer capítulo, después de ese lindo recibimiento por parte de ustedes a la historia, me animé a subirles de regalo el primer capítulo. ¿Qué tal? Un primer vistazo a nuestro querido Edward. ¿Opiniones, quejas, reclamos, tomatazos, amor? ¿Teorías? Espero todo eso y más en sus comentarios. Gracias por sus alertas y favoritos, espero saber de ustedes, que me digan qué tal la historia. Nos leemos pronto.
Besos.
Merce.
