II. Caridad

17 de noviembre de 2010.

A Teddy le encantaba el otoño. Era su estación del año preferida. Si había algo que le fascinaba hacer, eso era pisar las hojas secas del suelo. Le encantaba escuchar el crujido de las hojas bajo sus pies. Siempre que podía, quedaba con Jazmine para dar un paseo y poder disfrutar de ese pequeño placer otoñal.

Como aquella mañana. Había quedado con su mejor amiga para dar un paseo por los alrededores del castillo y así poder deleitarse con el paisaje.

Al reencontrarse con su amiga, Teddy notó que algo no iba bien. Se la veía cabizbaja, sin la sonrisa que tanto la caracterizaba. El joven Hufflepuff se acercó a ella, quien intentó ocultar las lágrimas de sus ojos.

—¿Qué ocurre, Jaz?—preguntó preocupado.

—Nada, no te preocupes—contestó con una sonrisa forzada.

—No te creo.

—Me da igual—contestó de manera tosca—; no me apetece hablar ahora.

La cosa era más grave de lo que Teddy se pensaba. Cuando Jazmine no quería hablar, es que algo malo debía de pasarle. Ella siempre se pasaba las horas hablando de todo lo que le ocurría a lo largo del día y el hecho de que no quisiera hablar, era algo que le preocupaba a su amigo.

—Está bien. Cuando necesites hablar, ya sabes dónde estoy.

Teddy no era muy ducho a las palabras de aliento. Y mucho menos cuando no sabía ni de lo que se trataba. Tan sólo se limitó a acercarse a su amiga y la abrazó. Era lo único que se le ocurría hacer en esos momentos tan difíciles para la chica.

De pronto, la muchacha comenzó a sollozar en el hombro de Teddy y éste apretó más fuerte su abrazo.

—Van a echar a mi padre del trabajo—dijo al fin con un hilo de voz.

—¿Qué... qué ha pasado?

—Un imbécil, por no llamarlo de otra manera, ha metido la pata hasta el fondo y no ha tenido otra mejor idea que echarle la culpa de todo a mi padre.

Hubo un silencio. Jazmine empezó a contarle más detalladamente todo lo ocurrido. Al parecer, el culpable de lo sucedido era un chico nuevo que no entendía muy bien la mecánica de algunas de las cosas de las que se encargaba. Y el padre de Jazmine era el encargado de enseñarle el funcionamiento de la parte que se encargaba ese empleado. Según el chico, el señor Jerkins no le explicó algunas cosas y le ha culpado a él de todo lo que se le acusa.

—No es justo, Teddy.

—Lo sé, tranquila—dijo con suavidad, acariciándole el pelo—. ¿Puedo hacer algo por ti?

—No, no creo. Lo único que quiero es que ese idiota acabe en la calle y no mi padre—dijo entre lágrimas—. Y encima pilla todo esto en vísperas de Navidad. Serán las primeras Navidades que pasamos sin la abuela y ahora... esto.

—Por las Navidades no te preocupes, Jaz.

—¿Cómo que no me preocupe? Van a ser las más horribles de mi vida. Y se supone que deberían ser unas fechas alegres y va a ser justo todo lo contrario.

—Bueno, a no ser que las paséis con nosotros.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que, si lo deseáis, puedo hablar con mi padrino y celebrar la Navidad todos juntos.

—¿Quieres decir con toda tu familia?—exclamó Jazmine con los ojos como platos

—Por así decirlo, sí.

—Pero yo no sé si mis padres querrán y...

—Tú por eso no te preocupes. Yo me encargo de hablar con mi padrino y él ya hará el resto. Seguro que estará encantado de teneros en casa. Y ya verás cómo todo se arregla.

Una enorme sonrisa se asomó por el rostro de la chica.

—Gracias, Teddy, de veras. No sé cómo agradecerte todo lo que haces por mí. Aunque aún no sé por qué quieres hacerlo.

—Pues porque, aparte de ser mi mejor amiga, tal y como has dicho antes, las Navidades son unas fechas alegres y no quiero que estés triste para entonces por culpa de esto.

Jazmine abrazó tan fuerte a su amigo, que éste creyó que lo asfixiaría. Sin duda alguna, iban a ser las mejores navidades de su vida.