II. Simbiosis.

Hacía tiempo que cojear dejó de ser un técnica de despiste, como también hacía tiempo de la última vez que pudo saborear la pequeña fortuna de cuatro monedas de bronce y una de plata. Las palomas volvieron a ser su alimento diario y el desprecio recibido ya no se debía a temblores y toses fingidas, los hombres y las mujeres pentoshis se apartaban del chico herido que aún goteaba sangre.

Pentos también tenía puerto y compradores dispuestos a vaciar los bolsillos, la diferencia estaba en que esa nueva sombra caída en el lamento en la que se había convertido no pasaba tan desapercibida como le gustaría. Se fue tan rápido como pudo de Myr, dejando atrás mágicos encajes y temibles ballesteros. El ladrón de la cicatriz no tendría oportunidad de sufrir una dulce venganza, se temía, ni de encontrarse arrinconado en un callejón con el suave y afilado filo de tres dagas tatuándole lentamente la piel. Quiso pasar a recoger su alijo en la posada de Lanny, pero no necesitaba comprobar que ya no estaba allí. Los tres ladrones se habrían beneficiado de él después de matar a sangre fría a la desvalida posadera. Por suerte para Varys, siempre fue bastante precavido, por lo que antes de irse de Myr, cogió unos pequeños ahorros que tenía escondidos en otro lugar.

Intentó acostumbrarse a las costumbres de Pentos. Caminó delante del Templo Rojo en el que se rendía culto a R'hllor y escuchó las peroratas de sus sacerdotes, presenció los sacrificios a los dioses y observó el contrato fraudulento de criados, en realidad simples esclavos. Los pentoshis lucían barbas aceitadas, comerciaban con señores de los caballos y edificaban grandes edificios de ladrillos. Intentó de mil formas observar e imitar lo más rápido posible sus costumbres, pero el terrible acento myrense lo traicionaba.

Y la primera reyerta llegó antes de lo que esperaba. Había robado algo insignificante, pura hojalata, ni oro ni plata ni siquiera bronce. Los otros rateros lo habían pillado en esas calles que le eran desconocidas y lo habían atacado con palos adornados con púas de hierro, le quitaron lo poco que tenía y lo dejaron desnudo. Una honda risotada había nacido de sus gargantas, señalando como primates la ausencia de miembro viril. Lo patearon, le escupieron y pronto fue llevado de manos y piernas de un sitio a otro de la ciudad. No fue la única ocasión, hubo otras y no perpetradas por las mismas personas. Con el paso de los días, Varys solo era un esqueleto sangrante que deambulaba sin rumbo fijo.

Pero su suerte estaba cambiando.

—Estás tan cerca de los cánones ponientis de caballeros valientes y príncipes de ensueño que ya oigo los laúdes sonar por el gran Illyrio, el jaque más chorizo de Essos.

Se apoyó en una fuente, alejado de las miradas indiscretas. Había comprendido que si quería seguir vivo debía adaptarse a un horario diferente. Se levantaba cuando los hombres más trasnochadores regresaban a sus hogares y evitaba los barrios poblados por estafadores. Desde que había conocido al jaque, sus bolsillos se habían llenado de nuevo, aunque corría el mismo peligro.

Alto, esbelto, atlético y bello. Una melena rubia y larga, una espada —tan fina como un estilete— y una sonrisa calma e inteligente. Ambos habían cerrado su pacto una luna atrás en ese mismo sitio, con las manos tan sucias que corrían el riesgo de contraer algún tipo de infección. En un principio, Varys no tenía una opinión favorable sobre los jaques. Eran casi una plaga, habían empezado a llegar a Myr, pero era en Braavos donde se concentraban. Veían afrentas en cualquier esquina, desesperados merodeaban en la noche buscando una pelea, toqueteando nerviosamente sus espadas y vistiéndose de colores lo más llamativos e hirientes posibles para la vista.

—Pierdes el tiempo —le había dicho en su primer encuentro, leyéndole los pensamientos.— No tengo nada de valor encima, nada excepto mi espada y mi audacia.

—Tu espada podría valer un pellizco —había murmurado el eunuco. Habría sido suicida robarle a alguien armado.

—No es la primera vez que te veo saltar de un tejado a otro por las noches, evitando a los otros ladrones —había proseguido.— Y tampoco me cabe duda de que ese olor que desprendes no es otro que el de la cloaca, no te servirá de mucho lavar tus harapos.

—Me estoy lavando yo —había sido la réplica.

Aquel día habían discutido largo y tendido a cerca de las injusticias que golpeaban al pobre, no sabiendo cuál de los dos era menos afortunado. Illyrio no era malo con la espada, pero no llegaba al nivel de excelencia. Mientras intentaba llenarse la barriga peleando, los otros jaques se unían en comanditas para tumbarlo y quitarle todo lo que brillase de encima.

Varys había pensado —todavía resentido por la última paliza, lavando con paciencia las heridas que decoraban su piel y tratando con hierbas la zona de los riñones, muy castigada— en que el tiempo lo curaba todo excepto la incompetencia, algo que solía decir su antiguo amo, el actor. Y comenzaba a creer que se había vuelto un auténtico inepto, su vida no era mejor que la de un gato callejero. Fue en ese momento cuando le propuso aliarse para salir lo más pronto posible de la indigencia.

—¿Quieres que detenga los golpes a cambio de un poco de calderilla? Viviremos cortas y paupérrimas vidas de ser así —había sido la respuesta de Illyrio Mopatis.

—No recibirás ni un solo cobre de mi parte —le había asegurado.— Tendrás tu propio sueldo. Oh, no te preocupes por los otros jaques, no sé si sabes que el mundo es una gran telaraña, que basta con tocar un hilo para que los demás vibren. Tus antiguos compañeros de la noche no querrán enfrentarse con el futuro salvador del pueblo, estarán demasiado ocupados fanfarroneando sobre quién puede mear más lejos. Unirse o morir, ¿qué decides?

Las predicciones de Varys se habían ido cumpliendo una tras otra, por lo que Illyrio nunca se arrepintió de la decisión tomada.

El joven sonrió, complacido, lanzándole una pequeña bolsa que sonaba deliciosamente metálica.

—Hoy ha sido un buen día para el pobre —dijo.— Esa es tu parte. Le he devuelto el medallón que le mangaste, ¿con qué preferiste quedarte? Me dio una lista absurdamente larga de cosas que debía recuperar. Le prometí que volvería con sus pertenencias, pero que no hacía milagros.

—Si te ha pagado lo acordado, nos conformaremos con que extienda la voz sobre cierto justiciero de calzones amarillos y jubón multicolor. Será suficiente.

—Deja de meterte con mi atuendo, harías bien en recordar que es mi espada la que mantiene a raya a tus fervientes opositores e iracundos adversarios.

—Hasta los grandes señores necesitan de subordinados y vasallos para seguir prosperando. Los llaman para presentar batalla cuando los necesitan y luego los prometen con sus hijas. —Illyrio le dio un codazo amistoso y rezongó algo que sonó como "difícilmente podrías ofrecerme a tu hija".— En Myr una posadera murió tras revelar mis secretos, con la daga de un rival dibujándole una sonrisa roja debajo del mentón.

—Bueno, chico, yo no soy una indefensa posadera —sonrió.— Me halaga que te preocupes por mi bienestar, aunque con toda seguridad pensabas en el tuyo, ya que están estrechamente ligados.

—Sí, hicimos un pacto de mugre —asintió.— Tu nombre se engrandece, yo muevo la mano en la sombra y ambos conseguimos un poco de trabajo. Podría decirse que, por ahora, no nos está yendo nada mal. Hoy desayuné, comí y pienso cenar.

—¿Paloma?

—Pato.

Varys rebuscó entre los bolsillos de su túnica el resto del botín y comenzó a repartirlo, seguro de que no sería el último y de que le seguirían otros incluso más cuantiosos.