Disclaimer: Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi-sama.


Medicina.

Capítulo 2: 2 milígramos.

Lo primero que Mousse notó cuando despertó, fue el hecho de que veía perfectamente.

«Me he vuelto a dormir con los lentes puestos… Increíble…» pensó con cierto fastidio, llevándose la mano a la cara.

Más no halló nada allí.

Se sentó de golpe y empezó a tantearse el rostro con ambas manos. No llevaba los anteojos. Dejó caer sus manos, al ver que sus cristales estaban apoyados en su mesita de noche. Los tomó, pero al ponérselos, vio todo con demasiado aumento. Tuvo que cerrar los ojos, apartando la cara.

Esto definitivamente no venía en la prescripción.

Decidido, apartó las cobijas y enfiló al baño que tenía su habitación, lavándose la cara –con agua tibia, obviamente- y mirando su reflejo en el cristal.

Sonrío.

Eso definitivamente no venía en la prescripción.

Si bien la mayoría creía que su pobre vista se debía a su madre –que también usaba lentes-, ella sólo tenía la vista cansada debido a la edad. Él, por otra parte, tuvo una fiebre cuando era pequeño, la cual afectó parte de su nervio óptico y le arruinó la vista.

Le habían dicho que tuvo suerte de no quedar ciego por completo.

Sintiéndose más feliz que de costumbre, se cambió y bajó al restaurante, preguntándose si alguien notaría sus ojos nuevos. Una vez abajo, el mono reseco que tenía por jefa lo mandó a trapear el piso antes de abrir. Usualmente, algún improperio hubiera escapado de sus labios. Ese día, en cambio, aceptó mansamente la tarea y hasta le regaló una sonrisa y un "Buenos días" a Cologne. Cosa que a la vieja matriarca le preocupó un poco, pero no lo dejó notar, sólo miró a Mousse con los ojos entrecerrados, preguntándose qué bicho le había picado.

El muchacho hasta se puso a silbar mientras limpiaba.

Shampoo estaba preparando la cocina para que su bisabuela cocinara en cuanto diera la hora de abrir para el desayuno. Al terminar, fue a avisarle a la anciana y vio a Mousse. Lucía tan contento que no pudo evitar sonreír. Después de todo, cuando no estaba acosándola y gritándole que la amaba, el chico podía llegar a ser de lo más agradable. Por algo él era su amigo de la infancia.

—Buenos días, Shampoo… —le dijo con una voz que por un momento no reconoció como la de Mousse, pues era más ronca y más… ¿seductora?

Fuera, lo que fuera, hizo que sintiera las rodillas como gelatina.

—Buenos días, Mousse —le dijo rápidamente, antes de girar sobre sus talones y ver si su bisabuela necesitaba algo.

Y Mousse sonrió, en una manera casi maliciosa, muy poco propia de él…


Shampoo se paró de puntitas, tratando de alcanzar la estantería para guardar un estúpido frasco de especias que su bisabuela acababa de utilizar. No era muy pesado, pero debido a la altura no llegaba a ponerlo en su lugar.

Una mano con una manga blanca y negra tomó el frasco y lo colocó prolijamente en la estantería.

—¿Necesitabas ayuda con algo más? —preguntó Mousse, nuevamente con esa voz ronca.

—No, eso ser todo —aseguró intranquila, algo no andaba bien y… ¿por qué estaba tan cerca el chico pato de ella?—. ¿Tú sentir bien, Mousse?

—Me siento fantástico —le aseguró sonriente.

—Qué bueno —comentó Shampoo, antes de dirigirse a la puerta de la despensa.

Sin embargo, ésta se cerró bruscamente cuando Mousse le cortó el paso.

—¿Qué estar tú haciendo? —preguntó la joven amazona divertida, encarándole con falso regaño.

Inocentemente, pensaba que esa era otra de las estrategias de Mousse para llamar su atención, preguntándose si le daría un ramo de flores o una caja de chocolates o simplemente le regalaría un poema. Sería mentira el decir que no le gustaban esas cosas, las flores siempre era las más frescas y las más hermosas, los chocolates siempre eran sus favoritos y los poemas eran tiernísimos. El chico de lentes realmente se esforzaba, había que admitirlo.

Sin embargo, esa vez no hubo flores, chocolates o poemas. En su lugar, Mousse acercó su rostro al suyo lentamente y ella puso un dedo sobre sus labios, frunciendo el ceño.

—¿Qué estar tú haciendo? ¡Yo estar comprometida, pato tonto!

—Mira cómo me imp0rta… —le contestó antes de sellar sus labios con los suyos.


Mousse sonreía recostado en su cama, la noche había caído y él no podía estar más feliz. Esa tarde había besado a Shampoo y, la verdad, ¡wow! La muchacha hasta le había correspondido. Ese debía ser el mejor día de su vida.

«Increíble en verdad…» aprobó una voz extrañamente parecida a la suya.

—¿Quién anda ahí? —preguntó sentándose y escaneando la oscura habitación.

«Sólo nosotros»

—¿Nosotros, quién?

«Tú y yo…».

—¿Estás en mi cabeza? —preguntó frunciendo el ceño confundido.

«Así es».

Volvió a recostarse, más tranquilo, la única explicación que pudo encontrar fue que aquél no era más que un extraño efecto secundario de las píldoras, ¿debería descontinuarlas?

«No» regañó suavemente la voz. «Consérvame. Me necesitas»

—Es cierto —aprobó dócilmente Mousse, sin saber por qué no le parecía extraño que hubiera una voz en su cabeza—. ¿Cómo te llamas?

«No tengo nombre. Ponme uno».

El muchacho de cabello negro, se tomó la dosis diaria de una pastilla y, cuando estaba por cerrar el frasco, la voz volvió a hablar.

«NO. Toma otra dosis».

—¿Qué?

«Tienes que mantenerme fuerte o no podré ayudarte. Toma otra dosis».

Por alguna razón, aquello parecía lo más lógico del mundo, por lo que Mousse realizó lo que la voz le pedía.

«Muy bien, Mousse. Ahora ponme un nombre».

Miró el frasco de pastillas en su mano izquierda durante unos segundos y lo guardó.

—Medicina —decidió.

«Medicina será mi nombre, entonces» aprobó la voz.