En primer lugar, quiero darles las gracias nuevamente a GiygaShade y a lagenerala por sus reviús del primer capítulo. ¡Muchísimas gracias (otra vez)! :)
En segundo, quiero recordar al resto de posibles lectores que no muerdo y que los reviús inundan mi corazón de arcos iris.
Y por último, aquellos que posean la Lente de la Verdad podrán ver una ligera insinuación de Link x Zelda en este capítulo (¡en serio!).
II. Ira
Los humanos la sorprendían cada vez más, aunque ignoraba en qué sentido. En los últimos siglos, su cultura había dado pasos gigantescos: no solo habían desarrollado una manera de medir el tiempo en días, que a su vez dividieron en horas, minutos y segundos («¿de verdad tuvieron que basarse en las puestas de Sol para medir el tiempo?», pensó la Diosa con sorna), sino que se habían convertido en la raza más avanzada de aquella tierra, desafiando por completo las predicciones que la Diosa. Curiosamente, aunque eso también implicó que dejaran de adaptarse a la Naturaleza tanto como las otras razas, se apropiaron de algunas de sus costumbres, entre las que destacaban la lengua común y el culto a la Diosa.
Sí, los humanos que durante tanto tiempo habían ignorado Su existencia ahora la reverenciaban como un ser supremo; la adoraban con fervor. Incluso le dieron su nombre a todo el territorio que conocían como su reino, un nombre que en la lengua común sonaba a algo como «ailia». Compusieron himnos en su nombre; en el centro de sus dominios le esculpieron una estatua de proporciones monstruosas y de aspecto, si debía ser sincera, también monstruoso. Su orgullo divino se sentía bastante herido al contemplar aquel pedrusco de talla tan sumamente tosca; mas los humanos se sentían extrañamente satisfechos de su hazaña de haber capturado la imagen de su divinidad en… algo gordo, feo y viejo. En estos últimos siglos también habían desarrollado una fortaleza y una persistencia infinitas: por mucho que fracasasen sus intentos, siempre se levantaban y seguían adelante. La Diosa, en un principio, no supo si calificar aquella actitud de estupidez, mas terminó por ver en su persistencia ecos de los chiquillos humanos que le pidieron ayuda en aquella ocasión.
Y ahora que los recordaba… desconocía el verdadero aspecto del muchacho encerrado en un cuerpo ajeno, pero la chiquilla tenía unas orejas puntiagudas, igual que las de la Diosa y diferentes a las del resto de sus semejantes (a los que Ella había conocido hasta ese momento, al menos). No obstante, hace unos siglos comenzaron a aparecer, por azares del destino, humanos con largas orejas puntiagudas como las de la niña. Los vastos poderes mágicos de los que eran poseedores fueron el motivo principal por que acabaron imponiéndose ante sus congéneres de orejas redondeadas. Afirmaban que sus orejas especiales les permitían oír la voz de los dioses en cualquier momento; sostenían que eran el pueblo elegido de la Diosa y se dieron el nombre de hylianos.
Pero si de verdad fueran capaces de oír la voz de los dioses, sentirían auténtico pavor ante los bufidos de la Diosa a causa de tal título. ¿Pueblo elegido? Ella ni siquiera había participado en la creación de los humanos ni de ninguno de los seres de aquel mundo. Desconocía con qué propósito las antiguas diosas habrían hecho a unos seres de aspecto tan parecido al suyo, o si acaso lo habían hecho a propósito (¿pero no harían todo con un propósito específico?). Desde su posición de dominio, los humanos que se autodenominaban hylianos batallaban constantemente contra el resto de seres en búsqueda de un mayor territorio; la Diosa tenía la sensación de que por cada paso que daban hacia delante, debían dar dos hacia atrás.
Decidió intervenir. La Trifuerza representaba a las antiguas diosas y todo lo que le dejaron al mundo: la misma tierra, la ley, la vida. Si debía proteger la Trifuerza, debía proteger también el legado de sus creadoras.
Entonces dividió el territorio: cada raza ocuparía una región diferente. No les prohibiría viajar de un lugar a otro, pero sí hizo especial hincapié en que no toleraría más guerras. Les advirtió a los humanos de las consecuencias que tendrían tales acciones con la sonrisa más alegre y radiante que jamás ensombreció su rostro. Por supuesto, los humanos aceptaron la paz que se les impuso.
El muchacho que una vez estuvo encerrado en un cuerpo ajeno apretó los puños.
Había conquistado el templo del pantano; había liberado a uno de los gigantes que se suponía que protegían aquel mundo tan extraño en el que se encontraba; había demostrado la inocencia de aquel pobre mono tras salvar a la princesa; había viajado a las montañas; había estado a punto de morir congelado; había prometido sanar el alma de un héroe caído.
Y ya habían pasado sesenta y ocho horas. Solo contaba con cuatro horas más antes de que la Luna cayera, destruyéndolo todo, y aún debía encontrar el modo de adentrarse en el templo de aquel infierno helado. E ir al océano y adentrarse, suponía, en otro templo. E ir al cañón y adentrarse, suponía, en otro templo. ¿Cómo podía hacer un simple niño tanto en cuatro míseras horas? Sonrió con ironía: ¿alguien que fue conocido como el Héroe del Tiempo, vencido de tal forma?
El búho con que se encontró en el pantano le dijo que aquella tierra estaba condenada a desaparecer. El muchacho maldijo su propio destino: por haberle quitado siete años; por haberle obligado a ser un niño encerrado en el cuerpo de un adulto; por haberle obligado a pasar penurias que la mayoría de adultos no soportarían; por haberle tenido sumido en la mentira durante la mayor parte de su vida; por haberlo separado de su mejor amiga; por haberle impedido ayudar a la chiquilla —mujer, se corrigió, pues ella había tenido la oportunidad de sufrir aquellos siete años; en momentos de cinismo como en el que estaba sumido, agradecía no tener que haber vivido esos momentos y también se odiaba por pensar así— a que el pueblo por el que habían luchado resurgiera de las cenizas; por haberle separado de ella, por la que albergaba unos sentimientos cuyo origen desconocía; por haberle hecho embarcarse en una búsqueda de la amiga y guía que lo abandonó; por haberle enviado a un mundo de miserias. ¿No había tenido el destino suficiente? ¿Debía seguir dirigiéndole esa odiosa sonrisa socarrona?
—¡Mierda!
Le dio un puñetazo a una de las paredes de la tumba del héroe caído. Otro. Otro. Otro. La piel que le cubría los nudillos comenzó a teñirse de rojo; algunas de las falanges de sus manos estaban sufriendo ya el impacto de los golpes. El dolor le recordaba que todo aquello no era una pesadilla sin fin, sino la realidad.
—¡Para ya, pedazo de idiota! —le gritó el hada—. ¿Crees que rompiéndote la mano vas a ayudar a alguien?
—Quedan cuatro horas para que caiga la Luna. ¿A quién vamos a ayudar? ¡Dímelo! ¡¿A quién vamos a ayudar?! —El muchacho paró de golpear la pared y se giró hacia el hada que lo… ¿qué? ¿Insultaba constantemente?
El hada calló. ¿Quién se creía ese mocoso para dirigirse así a ella? ¿Estaba enfadado? ¿Y qué pasaba con ella? Su hermano estaba en las zarpas de un duende al que se le había subido el poder a la cabeza. También había soportado el mismo viaje que el patán al que acompañaba, dándole toda la información necesaria para evitar que un lelo como él muriese antes de que acabaran los tres días. ¡Hasta le había pedido disculpas por su actitud anterior! ¿Y se lo agradecía gritándole de esa forma?
… Mas el muchacho tenía razón. Estaba muy claro que no lograrían nada en cuatro horas, y la senda que les quedaba por recorrer era larga y, sobre todo, tortuosa. Tiempo. Otra vez se les acababa el tiempo.
—Puedes… puedes volver a tocar la canción esa. Volvemos al principio y seguimos por donde nos quedamos. —Sabía que así la mayor parte de sus esfuerzos se perderían, pero no contaban con una opción mejor.
—¿Volver atrás? —gritó— ¿Pretendes dejar el pantano a su suerte? ¿Pretendes —añadió, señalando con los brazos la cripta en la que se encontraban— que su alma se atormente una vez más? ¿Quieres que empecemos de cero?
Estaba indignado. ¿Cómo podía sugerir que le diese la espalda a todos? ¿Cómo podía él dejar que el destino los condenase de tal forma?
—¡No empezaríamos de cero! La última vez conservamos nuestros recuerdos, y tú también te quedaste con el instrumento ese. Si tocas la canción, seguro que seguiremos teniendo la máscara que mantenía prisionero al gigante. Y no tardaríamos nada en subir de nuevo a esta tumba si fuera necesario; ya sabemos el camino.
El muchacho agachó la cabeza y sopesó sus opciones. Su acompañante tenía razón: no había ningún motivo para pensar que fueran a perder los objetos que habían obtenido hasta el momento. Tocar otra vez la canción era lo mejor que podía hacer, aunque eso significase, en cierto modo, admitir su derrota…
—¡Mierda!
Comenzó a golpear con la cabeza el mismo muro de antes, unos centímetros por encima de las huellas de sangre que dejaron sus nudillos. En esta ocasión, el hada no pronunció palabra: su experiencia hasta el momento le indicaba que la cabeza del chico no sería una gran pérdida.
—Navi… Zelda… Saria… ¿Qué hago? —susurró, apoyando la cabeza en el muro— ¿Qué puedo hacer?
—No sé quiénes serán esas tres, pero estoy segura de que pensarían que tocar la canción sería mucho más útil que destruir una tumba a base de cabezazos.
El chico se giró hacia ella; en su rostro comenzó a dibujarse una sonrisa socarrona. El hada estaba en lo cierto, debía entonar la canción de nuevo. Burlarse del destino. Sacó la ocarina de su alforja, no sin antes pararse a examinar su superficie. Brillante, pulida, delicada. Un instrumento así no tenía nada que ver con la situación en que él se encontraba. Finalmente, se la llevó a los labios y empezó a tocar las notas que, a pesar de todo, tanta paz le traían.
La Diosa sintió una vez más la llamada de la Canción del Tiempo. Manos humanas la tocaban, mas no vio nada extraño en este hecho. Una vez que comprobó que estos no provocarían más guerras con las otras razas y aceptaron la armonía que debía reinar en la tierra de la Trifuerza, decidió enseñarles la melodía.
Sin embargo, no esperaba volver a contemplar aquella mirada. El ser de madera había recuperado su cuerpo humano. Y la había invocado otra vez en el mundo condenado a desaparecer… donde el olor a muerte ya no era tan intenso. ¿De verdad podría salvar aquella tierra?
A pesar de que parte del brillo que sus ojos reflejaban cuando Ella lo vio por vez primera hubiese sido sustituido por rabia; a pesar de que unas grandes ojeras enmarcaban su rostro; a pesar de su aspecto abatido y de la sangre seca que tenía pegada en las manos y en la frente… seguía sintiendo en él un espíritu inquebrantable. Uno que no se rendiría tan fácilmente.
Y el muchacho y el hada sintieron cómo una fuerza invisible los sacaba de la cueva. Sintieron cómo regresaban al umbral que cruzaron hace tres —seis— días para entrar en la ciudad. Pero el muchacho seguía siendo humano. En su posesión estaban las máscaras con el espíritu del ser de madera y del héroe caído, así como la que mantuvo prisionero al gigante.
El hada tenía razón, aunque eso sería algo que el muchacho nunca reconocería en voz alta.
Sí, yo tampoco me explico porque la estatua de Hylia en Altárea/Neburia/Skyloft es tan... fea y gorda. ¡Con lo esbelta que sale en el prólogo!
En mi opinión, Link ha cambiado de parecer demasiado pronto, aunque, por otra parte... es Link. Por cierto, escribir a otros personajes insultándolo es divertido.
Y sí, usar los nombres de los personajes me produce cierto repelús (?).
