Dislcaimer: Digimon no me pertenece.

II. Faro de medianoche

Llegó con menos energía que las veces anteriores. Cuando sus ojos aún eran reflectores del cielo.

Estaba a la mitad de una carretera vacía, amarilla por la arena sobre ella. El viento levantaba el polvo y era el único ruido que se hacía tangible en el entorno.

Estaba solo.

Comenzó a vagar por el camino que se extendía en el horizonte. Las montañas planas, como si alguien se hubiese esmerado en cortarlas perfectamente, le seguían el paso, variando siempre su tamaño. Engañosas y lejanas.

No encontraría nada allí, quizá no encontraría nada nunca. Pero él, en ese instante, más que cualquier otra cosa, quería perderse. Aunque fuese en la simplicidad de sus pensamientos escocidos por el sol.

٭٭٭

Abrió los ojos, topándose contra muros ensombrecidos por la ausencia del sol, alertado por su propio resuello cada vez más profundo. Había dormido demasiado y ahora ni siquiera la carretera terrosa era visible.

En situaciones así lo primero era analizar el entorno, hallar señales, calmarse… En situaciones así… A esas alturas del viaje, era capaz de contar todas las veces que el camino se le había extraviado, dejándolo a merced de cualquier desvío. En aquellas ocasiones, supo aislar perfectamente el cosquilleó del pánico. Ahora era distinto.

La oscuridad poseía ruidos extraños, intensos, como si se estuviera preparando para engullirlo.

Se puso de pie, sin saber si sus pies daban zancadas cortas o largas, si avanzaba o seguía atrancado. Todo se acercaba y, sin embargo, él se alejaba. De repente se detenía, cayendo en los juegos de la noche, con una única verdad en la mente; sus ojos no veían, pese a que era el único observando esa gran ola negra.

Las perniciosas ideas se le escaparon cuando una fina luz brilló unos metros adelante. Corrió.

Lo primero que sus ojos, embrollados aún por lo sombrío, vieron, fue un poste de metal que apenas lograba pasarlo en altura, luego, como si la luz a la que se acercaba tuviera ese único fin, fue recorriendo las líneas del cuerpo recostado, suspirando acompasadamente. Una mujer.

No era ella, lo supo por el cabello que caía en finos caireles, a pesar de que era tan corto como él lo recordaba. Con todo, no evito alegrarse al verla reclinada contra el poste, en un ángulo a simple vista incómodo. Un rostro iluminado por la luz artificial. Atrapado.

Una caja rectangular, transparente, envolvía ese único faro en miles de kilómetros. Ella estaba dentro, envuelta en un vestido blanco con destellos dorados.

Creyó que la había visto demasiado tiempo, porque comenzó a mover las manos y sus parpados temblaron.

—¿Quién eres? —preguntó, con la voz distorsionada por las paredes sin color.

—Mi nombre es Takeru. —Se puso de cuclillas para quedar a su altura.

Ella se inclinó todo lo que pudo, casi pegando el rostro al cristal, para observar mejor a aquel extraño. Su aliento se reflejó un segundo en el vidrio.

—Takeru —repitió. Sus labios rosas no se movieron.

—¿Cuál es tu nombre?

La chica tardo en responder. Parecía empeñada en seguir cada movimiento del desconocido que la observaba con un ápice de dulzura que a ella se le escapaba. Sus ojos azules, en especial, le gustaban.

—Hikari. Me llamo Hikari.

—¿Qué haces aquí? ¿Alguien te atrapo?

—Ah, ¡ya veo! —exclamó luego de inclinar la cabeza—: eres un viajero, por eso no sabes qué soy. Hace tiempo que no veo a uno. Nadie me ha secuestrado, qué imaginación. Yo soy un Faro, mi deber es alejar a las garras de la noche de las personas, les gusta sentirse protegidas en la inquietud de las sombras. ¿Sabes? Algunos me llaman Guardiana de la luz, ¿cómo te gusta más a ti?

—Hikari.

Sobre ellos no brillaba ninguna estrella. El cielo así era extraño.

Fue esa misma inmensidad que se cernía sobre su cabeza, aterradora, aplastante, la que aceleró su pulso.

—No te asustes, es sólo la noche —reconfortó, tal vez previniendo el miedo—. Su eternidad atemoriza, lo sé, pero no temas. Cuando miras por mucho tiempo ese interminable camino negro, te das cuenta de todo. En especial cuando no tienes nada más que hacer —finalizó con una risa cantarina, llena de ecos.

—¿De qué te das cuenta? —preguntó con una urgencia difícil de digerir.

—De que la vida puede seguir corriendo sin nosotros.

No supo de dónde provino el golpe, si del corazón, del estómago o si retembló dentro de su cabeza, pero se sintió sobrecogido, afectado de un momento a otro por el cielo que se había tragado a las estrellas.

—Estoy cansado.

—Duerme, yo vigilaré tus sueños.

Esa noche, Takeru observó los ojos de las sombras y los sueños.


¡Gracias! :3