Wow! Miércoles de actualización, con el segundo capítulo de esta locura. Agradezco con mi corazón a todas las que dedicaron tiempo de leer y comentar, agregar a favoritos, las alertas y todo eso. Mil gracias de verdad, y me alegra que les haya gustado el primer capítulo. Veamos como sigue el segundo.

A mi súper equipo: Doña Gaby Madriz y Doña Maritza Madoxx que editan los capítulos, y Miss Manu de Marte encargada de adelantos y todo eso en el grupo de Facebook ( groups/Subversivas/)

Bueno, ya no digo más, sólo gracias una vez más, y ya saben, nos reencontramos cada miércoles. =)

Besos a todas y ahora, a leer!


Capítulo 2

Bella… es decir Nadia Arzak, llegó finalmente a la dirección señalada por el recorte de periódico que mantenía fuertemente presionado en su mano. Dos grandes puertas de madera roja le daban la bienvenida a los comensales de la ciudad que entraban allí para saciar su hambre con aquellos platos tan generosos que preparaban en la cocinería de "La Casona de Víctor", nombre del lugar. Así que inspiró hondo, y peinó su nuevo cabello rojo carmesí antes de empujar la puerta y entrar.

―¿Desea una mesa? ―Una alta, rubia y delgada mujer vestida de pantalón negro y camisa blanca la recibió, cuando se adentró dos pasos en la casona. Enseguida, Nadia, pudo oír el ajetreo típico de un lugar como ese, con idas y venidas de los camareros cargando charolas llenas de comida, la conversación de los clientes que se oía como el zumbido miles de abejas y el sonido de música alegre que ambientaba muy bien el entorno. Aquella era una verdadera casona de la época colonial que había sido magistralmente acondicionada para ser convertida en ese restaurante, de ambiente ameno y familiar que no en todos los lugares se sentía, pero que era palpable allí, deseando ella ser admitida, pues sería una suerte trabajar en un lugar tan agradable como ese. De mesera o lo que fuera.

―Ejem… ¿Una mesa entonces?

―Oh, no… yo, yo… yo venía por el anuncio del periódico, que solicitaba una mesera…

―¡Ah! Bueno, veré si Don Víctor la recibe. Un momento ―anunció la recepcionista, antes de levantar el auricular y marcar un número. Cuando del otro lado de la línea contestaron, ella anunció a la chica de cabello rojo que venía por el anuncio del periódico, pero antes de seguir hablando, su interlocutor la interrumpió, a lo que ella asintió y colgó―. Lo siento, pero las vacantes están llenas.

―Pero… pero si el anuncio salió ayer…

―Lo lamento ―se disculpó la recepcionista, alzando sus hombros.

―Al menos… ¿al menos podría hablar con el dueño? ¡Por favor, necesito este empleo!

―Don Víctor ahora mismo va de salida, si quiere lo espera y puede intentar hablar con él―la rubia se inclinó sobre el mesón y le susurró con complicidad―. Él tiene buen corazón, ¿sabe? Ahora mismo está un poco nervioso porque llega su hijo del extranjero… pero mire, por ahí viene, quizás intente hablar con él…

Nadia miró por sobre su hombro y vio bajar por la escalera curva a un hombre calvo y regordete, que tenía su vista ansiosa y fija en la puerta de salida. Fue entonces que corrió hasta él y se le paró en frente, cual barricada humana. Él la miró y frunció el entrecejo, entre extrañado y molesto.

―¿Me permite pasar?

―Necesito hablar con usted, es por el trabajo que se anunció en el periódico…

―Le dije a Mia, el puesto está ya cubierto ―respondió el hombre, haciéndose a un lado para pasar y seguir su camino, pero Nadia fue insistente y volvió a colocarse delante de él.

―¡Si quiera deme una oportunidad! ¡Se lo suplico! —Exclamó desesperada, con sus ojos llenos de lágrimas. El hombre torció su boca y cerró sus ojos un momento inspirando profundamente, enseguida los abrió y asintiendo, colocó una de sus regordetas manos sobre el hombro de la chiquilla que casi lloraba por un puesto frente a él. Como había dicho la recepcionista, Víctor era un hombre de buen corazón y el ver a una chica así de desesperada por un puesto de trabaja, sin duda no lo dejaría impávido.

―Veré qué puedo hacer ―la tranquilizó. Enseguida giró su cabeza hacia atrás y llamó a alguien de un grito. Al instante una mujer de mediana edad lo alcanzó―. Ubica a esta chica en algún puesto por aquí y haz que regrese mañana…

―Puedo empezar a trabaja ahora mismo ―intervino Nadia, haciendo que la mujer y el jefe la miraran. Él alzó las cejas sorprendido y la mujer sonrió algo divertida.

―Ahora mismo…bien. Dale algo para hacer, Greta —se giró de regreso a Nadia— y mañana por la mañana hablaremos con más calma, señorita…

―Be… Nadia, así me llamo.

―Bien, Nadia. Ya estás a bordo. Hablamos mañana.

―¡Muchas gracias, señor!

Víctor, entonces desapareció y Greta, la mujer recién llegada, le hizo una señal a Nadia para que la siguiera. Caminaron por un pasillo estrecho hasta entrar por una puerta café a una oficina pequeña, donde ambas se sentaron frente a frente.

―Oí que te llamabas Nadia. Bien, ¿traes algún papel de referencia o algo…?

―Yo… ―Nadia jugueteó nerviosa con sus dedos―el anuncio decía que no era imprescindible la referencia, lo siento. Llegué hace poco aquí y necesito ponerme a trabajar cuanto antes, en lo que sea.

―¿Pero no tienes ningún papel, algún currículo?

―No, señora. Lo siento.

―¿Has trabajado antes, al menos?

Nadia parpadeó varias veces… ¿mentiría? Porque hacía poco que acababa de salir de la escuela, y había hecho trabajos esporádicos, pero nada tan serio como para ponerlo en un currículo. Así que inspiró y por el bien de su futuro laboral, faltó a la verdad:

―Claro que sí. ―Greta suspiró, peinando su cabello, mientras evaluaba la situación y la chica que Don Víctor había pedido incorporar.

―Esto no es muy habitual aquí, pero pillaste al jefe volando bajo, así que… ―agarró una carpeta y sacó unas formas, extendiéndoselas a ella―. Necesito que llenes esto con tus datos personales y mañana en tu entrevista con Víctor los traigas completos. Por el momento… los chicos necesitan ayuda en la limpieza de la cocina, es todo lo que puedo ofrecerte por el momento…

―¡Es suficiente para mí! Gracias, de verdad muchas gracias.

―Anda, ven conmigo ―. Tras la breve entrevista, se levantaron y salieron de la oficina hacia el ala trasera de la casona, donde dos puertas de metal separaban a la cocinería del restaurante.

Allí adentro, todo era un auténtico caos, todo el mundo gritaba y había una mezcla de olores que hicieron que las entrañas de Nadia se retorcieran, recordando que apenas había desayunado antes de salir de casa, y la hora ya casi pisaba el mediodía. Greta, alzando la voz, llamó la atención de todos los presentes y les presentó a Nadia, quien se encargaría de la limpieza de la cocina. Un chico asiático se acercó enseguida y fue quien le explicó a Nadia muy claramente cuál era su trabajo.

Se amarró un delantal a la cintura y tras recibir un "Buena suerte" de Greta, se puso a trabajar.

―Hay que comenzar… lavando ollas —dijo el joven de ojos rasgados, caminando con la recién llegada hasta los fregaderos colmados de loza y ollas sucias. Muy sucias―. Por cierto, soy Sean.

―Soy Nadia.

Y tras la breve presentación, comenzar a fregar platos. Ella entonces recordó que debía encontrar un espacio de tiempo muy pronto para llamar a la casa donde alojaba y contarle a sus ancianos amigos la buena nueva y preguntar cómo se estaba portando Andrew… o sea, Gordon.

Tras ponerse los guantes de hule amarillo y tomar la primera olla engrasada, comenzó a restregarlas con firmeza, mientras su cabeza otra vez retrocedía en el tiempo… hasta el momento más amargo de su vida. Instantáneamente sus ojos se inundaron de lágrimas y le fue imposible reprimir el nombre de su hermana que salió como susurros de su boca.

Si Cami estuviera allí, nada de eso hubiera sucedido.

**OO**

Una tarde a principios del mes de julio, Bella y sus padres acababan de llegar de la nueva casa de su hermana recién casada, quien había tenido que salir de viaje junto a su marido, pues éste recibió la trágica noticia de la muerte de su madre. Se ausentaron de la ciudad por cuatro días y al regreso, fueron hasta allí para darle el pésame a Edward y saber de qué se había tratado la muerte tan repentina de Esmerald Cullen, a quien nunca más vieron desde la boda, esto hace casi tres meses.

―Fue un accidente automovilístico, mamá ―comentó Camille a su madre.

Edward apenas había estado con la familia de su esposa en aquella visita, pues luego de la muerte de Esmerald, él había tenido que ponerse al frente de un montón de negocios, y en ese mismo momento estaba reunido con sus abogados resolviendo esos asuntos. De ánimo, se le veía bastante tranquilo y más que demostrar algún signo de dolor, lo que parecía era que estaba cansado, probablemente por los trámites de los que tuvo que hacerse cargo.

―¡Dios, qué trágico! Pobre Edward… ―comentó Renée con lástima. Mientras hablaban de todo lo concerniente a aquello, Bella miraba a todos lados, deseando que Edward volviera.

Desde el día de la boda, cuando ella se atrevió a besarle como regalo de boda, su ansiedad por él había crecido. Él no se comportó de forma diferente con ella, ni la criticó por lo que hizo, pero Bella trataba de evitar mirarlo a los ojos o acercársele más de lo conveniente, porque intuía que si eso ocurría, su deseo por él sería más evidente y se le lanzaría encima. Seguía teniendo sueños húmedos con él y cuando se juntaba a solas con su amigo Riley, se imaginaba que eran las manos de Edward, las que la acariciaban, o sus labios y su lengua las que invadían su boca.

Se sentía bastante mal, e incluso una parte de ella se arrepentía del regalo dado a Edward, pero otra parte de sí, agradecía el pequeño contacto con sus labios, que seguro sería con lo único de Edward, que debía conformarse.

―Hija, te ves pálida, y tienes ojeras, ¿te has sentido bien? ―Preguntó Charlie a su hija mayor, preocupado por ella, interrumpiendo los pensamientos de Bella, quien miró a su hermana con preocupación.

―He tenido dolores de cabeza y algo de fatiga, quizás por todo lo ocurrido. Las náuseas creo son normales en el embarazo ―explicó, tratando de sonreír―. Tengo cita con mi doctora este lunes para chequeos y ver que todo marche bien.

Bella preocupada, caminó desde el ventanal donde estaba de pie mirando hacia el jardín hasta sentarse junto a su hermana. Camille había estado masajeando sus sienes con disimulo y su ánimo no era el de siempre, creyendo ella que le había afectado todo aquello de la muerte de su suegra y quizás el cansancio del viaje para una mujer embarazada sería mucho peor.

―¿De verdad es sólo eso? ¿Las cosas con Edward han marchado bien? ―Preguntó Bella de sopetón. Sus padres y su hermana la miraron extrañados y ella enseguida se arrepintió una vez más por no pensar antes de hablar. Pero se relajó cuando su hermana soltó una carcajada y le besó la mejilla con cariño.

―¡Claro que sí! Recuerda que estamos recién casados y todo es miel sobre hojuelas, sólo la muerte de su madre lo tiene un poco preocupado, pero es todo. Seguro este domingo estará encantado de ir a comer con ustedes a casa…

―Lo estoy deseando ―. Seguro que Edward alcanzó a escuchar la pregunta tan extraña que Bella le hizo a su hermana cuando iba de camino a la sala donde todos se encontraban, afirmando los dichos de su mujer apenas entró y besándole el tope de su cabeza antes de sentarse en uno de los sofás. Afirmó los codos sobre sus rodillas y miró a su pequeña cuñada torciendo la boca en una sonrisa―. Me he portado muy bien con tu hermana, Bella, no debes preocuparte.

Bella bajó su cara y sintió como sus pómulos ardían por la vergüenza, mientras el resto de la familia comenzaba a hacer planes para el almuerzo del próximo domingo.

El día del almuerzo familiar se desarrolló de forma muy amena, Camille, se veía con mejor semblante, pues al parecer había logrado descansar después del viaje, contando además lo entusiasmada que estaba pues ya sabían el sexo del pequeño que venía en camino. Sí, sería un varoncito al que decidieron llamar Andrew. Renée no pudo aguantar el llanto de emoción cuando su hija le dio una foto de la ecografía y el pecho del abuelo Charlie, se llenó de orgullo, comenzando a hacer planes mentales futuros con su nietecito y estaba ansioso por que por fin naciera. Edward y su esposa se veían igual de ilusionados por la noticia del sexo de su hijo, aunque se habían aguantado de saberlo para que fuese sorpresa, pero la curiosidad de ambos fue al parecer más fuerte.

Pasaron un día muy relajado, Bella incluida, que trató de olvidarse del dichoso beso con su cuñado, disfrutando de la reunión familiar con ellos, sobre todo con Cami, su hermana adorada, a quien extrañaba mucho. Aun con tres meses desde que ella se fue de casa, no lograba habituarse a no verla en casa a diario. Pero aun así, era feliz por ella.

Llegada la noche, Bella se escabulló hacia afuera de casa a fumar un cigarrillo para relajarse, cuando otra vez, como aquella primera vez, Edward la sorprendió.

―Pensé que habías dejado el hábito del cigarro ―preguntó, sorprendiéndola. Ella por supuesto se sobresaltó, intentando sobreponerse de inmediato.

―¿Y por qué debería dejarlo? ¿Lo has dejado tú?

―Fumo muy poco… ―y otra vez, también como la primera vez, él le arrebató el cigarro a medio fumar a Bella, y se lo llevó a la boca para aspirar la nicotina. Bella deseó en ese instante convertirse en el cilindro blanco que él mantenía entre sus labios, para sentir la presión de los labios de él otra vez sobre ella. Era de lo más sensual que había visto, recordando los viejos spots de cigarros Marlboro, donde un vaquero sexi fumaba afirmado a la barda de madera, con la imagen de un campo detrás.

―Ejem… ―carraspeó, distrayéndose de las imágenes calientes que se formaban en su cabeza―¿Entonces se llamará Andrew?

―Sí, ¿acaso no te gusta ese nombre? ―preguntó Edward, antes de aspirar otra vez el cigarro. Ella desvió su vista de él, fijándose en el lujoso coche que había aparcado en la acera.

―Pensé que lo llamarían como tú…

―Oh, no, ni siquiera estaba en las opciones. Andrew es un nombre que elegimos entre los dos… no sé, nos gustó…

―Es un lindo nombre.

―Isabella es un lindo nombre. ―Bella de sopetón giró su cara hacia él, con los ojos muy abiertos, mientras él le sonreía. ¿Qué le iba a decir? ¿Y por qué él había dicho eso? Seguramente no significaba nada, seguro era un comentario al pasar, pero para ella, que él dijera eso, hacía que simplemente se derritiera por él.

―Gra… gracias…

―¿Y cómo van las cosas con tu novio? ―Bella arrugó la frente, enfada por la pregunta.

―¡¿Por qué preguntas eso?! ¡Yo no tengo novio!

―O sea que… ¿vas besando por ahí a los chicos que te gustan? ¿Puedo decir que me siento halagado?

¿Por qué no se abría la tierra y se la tragaba de una vez? ¿Por qué Dios, permitía que Edward hiciera comentarios como esos, que la avergonzaban? Claro, él lo estaba pasando muy bien riéndose de ella, cosa que la enojaba y la ponía nerviosa por partes iguales.

―No sé… no sé por qué dices eso… o sea, creo que lo sé… pero… fue una tontera… olvídalo, ¿vale?

Decidió entonces echarse a correr hacia la casa, pero ni siquiera alcanzó a moverse, pues sintió la mano de Edward rodear uno de sus brazos. Desvió su vista hacia allí y luego subió su rostro hasta él, quien hasta hace un rato se reía por el comentario que había hecho, y ahora tenía una mirada dulce justo hacia ella.

―Es el regalo más dulce que me han dado, Bella, y no voy a olvidarlo, aunque supongo que quieres que sea un secreto entre ambos, ¿verdad?

―Mi hermana me odiaría si supiera…

―No te odiaría, porque te conoce y sabe que no lo hiciste con deseo de hacerle daño. Pero quédate tranquila, pequeña, será nuestro secreto.

Bella se quedó completamente estática cuando su guapo y sexi cuñado se inclinó y besó su frente, dejando sus labios allí por algo más de lo normal. No pudo evitar cerrar sus ojos y disfrutar del inocente contacto, sintiendo entonces algo de envidia de su hermana, la que de seguro disfrutaba en abundancia de las atenciones de su marido. No era justo, ella quería un hombre como él.

Cuando se apartó, ella levantó su cara hacia él y le vio sonreír con la misma ternura con que acababa de besarle la frente.

―Mejor me voy a dormir…

―Sí, Camille y yo ya nos vamos —indicó, acompañando a Bella hacia la casa. Ella entró a la sala, y se despidió de sus padres, llegando enseguida donde estaba Edward.

―Buenas noches, Edward ―le dijo, y este tomó su cara entre las manos y besó su mejilla. Sin soltarlas, respondió:

―Que tengas dulces sueños, pequeña… ―. Bella, embobada, asintió despacio, cuando la voz de su hermana la sobresaltó:

―¡Ustedes dos! ¿A caso están coqueteando? ―preguntó Camille en tono de broma cuando apareció en la sala de la casa de sus padres. Bella pasó por alto el tono de broma de su hermana, dando un paso atrás, balbuceando una nerviosa explicación.

―Yo no… yo sólo… o sea yo… sólo decía adiós…

―Ay Bella, relájate ―. Fue el turno entonces de Camille de acercarse y abrazarla fuertemente, dejando varios besos en el tope de la cabeza de su hermana―. ¿Ya te vas a tu cuarto?

―Yo… sí.

―Bueno, pues. Descansa hermosa, nos vemos en la semana para salir de compras, ¿sí?

―Seguro.

Camille se quedó frente a ella, e inspiró mirando a su hermanita pequeña, sintiéndose orgullosa de ella. Bella cocinó para el almuerzo de aquel día y simplemente se había lucido. Camille, pensaba que Bella haría realidad sus sueños de convertirse en una exitosa chef, y saber eso la hacía hinchar su pecho de dicha. Anhelaba estar presente cuando aquello sucediera.

Ambas se miraron y sonrieron, volviendo Camille a estrecharla entre sus brazos.

―Recuerda que te adoro. ―Le susurró Cami al oído. Bella cerró los ojos e inspiró el aroma característico de su hermana.

―También te adoro, Cami.

Después de eso, agitó su mano hacia el resto como despedida y subió por las escaleras hasta su recamara, sin siquiera imaginarse que esa sería la última vez que su hermana le diría que la adoraba. Que sería la última vez que ambas hablarían.

A la mañana siguiente, Bella aprovechaba su tiempo libre por las vacaciones y disfrutaba tranquilamente de hojear en la mesa de la cocina, un nuevo libro de recetas mediterráneas que Cami le llevó de regalo de su viaje de bodas. Mientras tomaba leche fría con pan dulce, pasaba lentamente de una hoja a otra, pensando cuál sería el mejor platillo para comenzar a incursionar. Estaba totalmente concentrada en ese cuando el teléfono de la casa sonó, levantándose ella a contestarlo desde la extensión de la cocina.

―¿Diga?

―Bella, soy Edward.

La voz de Edward sonaba preocupada y ansiosa, despertando las alarmas en la cabeza de la chica, que con el auricular en la mano, se puso a temblar violentamente mientras un escalofrío inexplicable le recorría la espalda.

―Qué… qué sucede…

―Tuve que traer a tu hermana a la clínica hace un rato.

―¡¿Qué?! Pero… pero…

―No tengo mucho tiempo para explicar, sólo sería bueno que vinieran. ¿Puedes decírselo a tus padres? Estamos en el…

― ¡Joder, Edward, dime algo más!

―Escucha, pequeña, ahora no puedo, estoy esperando que aparezca alguien para que me de alguna información. Hace un rato la metieron a urgencias y no he sabido nada. Tú, sólo díselo a tus padres y en cuanto lleguen ya les tendré novedades.

―Dios… ―tragó grueso e inspiró profundo para calmarse—.Salimos para allá.

―Estamos en el Hospital Universitario, Bella. Aquí los espero ―. Después de eso y sin mediar despedida, Edward colgó dejando a Bella con un nudo en la garganta y la preocupación palpitándole en el pecho.

Renée y Bella llegaron al cabo de media hora al lugar donde Edward les indicó y Charlie se les unió diez minutos más tarde, pues había tenido que pedir autorización en su trabajo para salir. Edward explicó que aquella mañana, Camille volvió a quejarse de dolores de cabeza, y que le preocupaban porque eran punzantes y dolorosos, así que decidieron prepararse temprano para ir a su doctor lo antes posible. Edward entonces se metió a la ducha y al salir, la encontró tendida en el piso, inconsciente. Llamó al número de emergencias que demoró unos diez minutos en hacer llegar la ambulancia y tras administrarle oxígeno, la llevaron rápidamente al hospital. Todo había pasado en alrededor de sesenta minutos.

―¡Jesús! ―Renée escondió su cara cubierta en llanto sobre el pecho de su marido, que se sentía tan inquieto y triste como su esposa.

―¿Y el bebé?

―Al parecer no hay daños con él, pero en realidad…

―Familiares de la señora Camille Cullen ―anunció un doctor alto, de tez morena, que vestía una bata blanca y cargaba una carpeta con los resultados de los análisis. Los familiares se acercaron a él y se presentaron para luego dejar que él explicara.

― ¿Qué sucedió con mi esposa?

―Señor Cullen, me temo que no le tengo buenas noticias.

Renée llevó su mano a la boca y Bella buscó un asiento donde dejarse caer porque sus piernas parecían dos tiras de lana, sobre todo después del tono nada alentador que el doctor usó.

―Se trata de una hemorragia cerebral: una de las arterias se rompió e inundó su cerebro de sangre, acabamos de verlo en los exámenes, por lo que hemos decidido practicarle una cirugía y drenar la mayor cantidad de sangre posible.

―¿Después de eso mejorará? ―preguntó con esperanza la madre de Camille. El doctor torció la boca y trató de ser lo más sincero posible con la familia de la paciente.

―No quiero aventurarme a decir nada ahora, quiero esperar a que practiquemos el procedimiento y con ello saber a ciencia cierta la gravedad de esto.

Charlie y Renée siguieron haciendo preguntas, mientras Edward dos asientos más allá de Bella se dejaba caer, afirmando sus brazos sobre las rodillas y cubriendo su rostro con las manos. Bella, que estaba triste y muerta de miedo, sintió un profundo pesar por él, preguntándose por qué pasaban esas cosas. Su hermana y Edward eran recién casados y estaban a punto de ser padres, ¿era acaso justo? Ella era testigo del mimetismo tan potente entre ambos, algo que Camille decía era mucho más allá del amor que todas las parejas se profesaban. Seguro Edward estaba sufriendo mucho más de lo que aparentaba.

Bella no sabe cuántas horas pasaron, pero le pareció un siglo de espera. Edward había tenido que firmar la autorización para la intervención de su esposa y luego de ello él, sus suegros y los médicos se reunirían en una junta para tratar el caso. Era algo delicado por el embarazo de Camille, el que por milagro seguía firme y de momento sin complicaciones.

Reene, rezó en todos los idiomas que pudo y hacia todos los santos para que hicieran un milagro con su hija, pues como madre, intuía que necesitarían de uno; Charlie apretaba las manos de su mujer o miraba por la ventana, siempre en silencio, al igual que Edward, que se paraba y caminaba por los pasillos de un lado a otro, respondiendo una que otra llamada en su teléfono móvil.

Ya anochecía cuando el cirujano apareció y todos caminamos hacia él, esperando su veredicto.

―Hemos logrado drenar sangre del cerebro, pero me temo que el daño es irreparable, lo siento.

Sus padres estallaron en llanto y Bella sintió que el piso del hospital se movía bajo sus pies, se abría y la tragaba. Un pitido fuerte y persistente la bloqueó para luego caer al piso. Su padre corrió hacia ella y la levantó en vilo, sentándose en uno de las sillas de la sala de espera con su hija pequeña entre los brazos, desesperado por no saber qué hacer. La tendieron en una camilla y una enfermera aguardaba a que volviera en sí de su desmayo, mientras Edward y sus padres ingresaban a una sala de reuniones con el cuerpo médico, quienes le explicarían la situación y cuáles serían los próximos pasos a seguir.

Cuando despertó, vio a su madre junto a ella, con los ojos hinchados de tanto llorar. Esta la miró y se acercó a ella, dejando besos suaves sobre su rostro, gimiendo a la vez de pena y dolor.

―Mamá… qué… qué pasó…

―Bella, te desmayaste…

―¡Cami, qué pasó con ella!

Renée cubrió su boca y cerró los ojos, moviendo sus hombros sin remedio, producto del llanto que afloró otra vez en ella.

―Mamá, por favor ―lloriqueó Bella, incorporándose a la cama, con un inminente dolor de cabeza.

―No hay… no hay nada que hacer ―con dificultad, entre el llanto, Renée le explicó a su hija―, la operación no sirvió de mucho…

―¡¿Qué significa eso, mamá?! ¡Dímelo!

A pesar de la demanda de su hija menor, Renée no podía hablar, pues el llanto impedía explicarse con claridad. Entonces apareció una enfermera, seguida de Edward, que miró a su suegra y luego a su cuñada. Tragó grueso y vio en la mirada de Bella el ruego por una explicación, intuyendo Edward que su suegra, no había podido explicarle mucho.

―¿Edward? ―Extendió su mano hacia él pidiéndole que se acercara. Cuando él lo hizo, tomó la mano extendida de Bella entre las suyas y se sentó al borde de la camilla donde Bella aún estaba. La garganta de ella se cerró cuando vio la mirada opaca de él, que le advertía que eran muy malas noticias.

―Hola pequeña…―susurró ronco.

―Dime lo que pasó con Cami…

Tras carraspear y con el llanto de Renée de fondo, él finalmente habló:

―El daño de tu hermana es irreversible, no hay nada que se pueda hacer. Sus funciones vitales irán deteniéndose poco a poco y… lo inevitable pasaría. Pero está de por medio la gestación del bebé, que es más fuerte de lo que pensábamos.

A esas alturas, Bella ya lloraba y Edward con todo su aplomo, tratando de explicarse con términos sencillos, continuó:

―Camille será declarada con muerte cerebral mañana, cuando lleguen los papeles legales y…

―¿Está… está muerta?

―En teoría… en teoría, sí, pequeña… ―Bella jadeó, permitiendo que Edward la abrazara para llorar en su pecho.

―¡Pero por qué, por qué le pasó esto a mi hermana…!

―Lo siento, pequeña ―no puedo responder nada más frente a las protestas de Bella. Entonces ella se apartó y recordó entonces a su sobrino.

―¿El bebé? ¿Qué pasó con él?

―Camille está ahora conectada para mantener su cuerpo con actividad ―explicó con toda la entereza que pudo―. Tratarán de mantener su cuerpo con vida por algunas semanas, hasta que puedan realizar una cesárea y sacar al bebé.

―Pero… pero entonces ella sigue viva…

Edward torció su cabeza y no supo qué decirle a su cuñada, que estaba confundida y desconsolada.

―Ella sigue viva por nuestro hijo, pero… si no fuera por él, por las máquinas, ella ya… ―ni siquiera se atrevió a decírselo. No fue capaz de decirle que el hecho que Camille estuviera conectada a ventilación artificial, no le daba en ningún caso, esperanzas de vida. Su cerebro estaba muerto, y sin aquellos aparatos conectados a ella ya no respiraría, y ya estaría muerta.

―No puede ser… no puede ser…. Cami… ―lloró con fuerza, rabia, pena, dolor, incomprensión y un sinfín de emociones nada agradables, sin creer lo que estaba ocurriendo. Edward, entonces, volvió a abrazarla y dejó que llorara en su pecho, mientras él cerraba también sus ojos y dejaba que el dolor por la pérdida de su compañera, fluyera.

La familia y los amigos más cercanos visitaron a Camille durante el tiempo que permaneció conectada. Edward, estuvo a su lado cada momento que pudo, de día y de noche, al igual que Bella, a quien le costaba separarse de su lado, pues obviando el complejo aparataje al que Camille estaba sujeta, se imaginaba que ella no estaba sino dormida, esperando el nacimiento de su hijo, que crecía fuerte en sus entrañas, pensando Bella que su hermana estaba luchando por no dejarse ir hasta que su hijo fuera del todo fuerte para salir al mundo.

―Él vivirá gracias a ti, lo sabes… ―le decía Bella al oído, mientras le acariciaba la cabeza. Sabía que lo inevitable se acercaba, sabía que después de saber los médicos que el niño estaba listo, lo sacarían del cuerpo de su hermana, y que después, ella tendría que ser desconectada. Cami —por como disfrutaba de la vida— no hubiera deseado que ésta hubiera estado sujeta a máquinas. A ella le gustaba ser libre y si en ese momento estaba aguantando, era por el pequeño Andrew, quien cuando supiera la historia, sería un niño muy orgulloso de lo que su madre hizo por él, por muy doloroso que fuera.

La decisión no fue tomada arbitrariamente por los médicos, ni Edward fue quien tuvo la última palabra, aunque como su esposo podría haberlo hecho. Después de la cirugía y de la reunión con los cirujanos, habló con los padres de Camille y entre los tres llegaron a la conclusión que aquello, sería lo mejor para su hija, por muy doloroso que fuera.

Con la fuerza innata de Camille, el feto iba creciendo y sus expectativas de vida iban en aumento con el pasar de las semanas, hasta que al cumplir ella la quinta semana conectada a las máquinas, los doctores coincidieron que era el momento para realizar la cesárea.

―El bebé ya está cumpliendo veintinueve semanas y todo se ha dado de forma óptima para realizar la cesárea, por lo que el momento ha llegado.

Era una noticia de dulce y agraz por partes iguales. Significaba que el bebé viviría, pese a que su expectativa no era al cien por ciento; pero por otro lado, significaba también que después de la operación, Camille sería desconectada, algo que la familia sabía y con lo que trataron de mentalizarse durante todas aquellas semanas.

Tras cinco semanas conectada, Camille Swan, a través de una cesárea de alto riesgo para el feto, da a luz a su pequeño Andrew Cullen, tras cumplir veintinueve semanas de gestación, el día 9 de agosto, siendo las 19:33 hrs. Un día después, Camille sería desconectada de las máquinas que la ayudaban a mantener sus actividades corporales vitales funcionando. Antes, su familia entró a la habitación y en privado se despidieron de ella y le agradecieron por su fuerza sobrehumana que le permitió finalmente dar a luz al pequeño.

Bella fue la tercera en entrar después de sus padres. Sin poder evitar su llanto, dejó caer sus lágrimas y acarició tiernamente el cabello rubio de su hermanita a quien adoraba y que adoraría por el resto de su vida.

―Vivirás siempre dentro de Andrew y de nuestros corazones ―tomó una de las manos de su hermana que descansaban al costado de la cama y la besó, diciéndole adiós.

Sintió en su hombro la mano tibia de Edward, indicándole que era el momento de salir. Lentamente se levantó y al llegar a la puerta, se giró y lo vio inclinado sobre su mujer, susurrándole sobre sus labios, y sin querer ser entrometida, y menos en ese momento tan íntimo y doloroso para Edward, cerró la puerta de la habitación con un llanto desconsolado fluyendo de su pecho acongojado.

Bella no vio llorar a Edward, ni cuando salió de la habitación de Camille, justo después de que la hubiesen desconectado, y mucho menos cuando minutos después, su corazón dejó de latir. Tampoco lloró en el camposanto el día de su funeral, aunque en sus ojos se podía ver el dolor de la perdida, incluso el halo de desolación que lo acompañaba. Se le veía sereno, tranquilo, quizás por todo el tiempo que tuvo en hacerse a la idea que aquello, era algo que debía suceder, y porque quizás, como ella, sentía que Camille seguía entre ellos a través de los latidos del corazón del pequeño Andrew, que seguía luchando con fuerza.

Cada día, durante el resto de las ocho semanas que el pequeño estuvo en la incubadora, su padre, sus abuelos y ella estuvieron visitando el hospital para cerciorarse de que el desarrollo del pequeño estaba siendo el esperado. Le enternecía ver a su cuñado cargando a su pequeño hijo en sus brazos, pues los doctores y las enfermeras decían que era beneficioso para el niño que comenzara a tener contacto físico con él y con el resto de su familia. Cuando a ella se le permitía entrar a la recamara donde estaba el pequeño y poder tomar su frágil cuerpecito entre sus brazos, una oleada de sentimientos que entremezclaba amor y pena la invadía, amando a su pequeño sobrino y deseando que su hermana estuviera allí, para poder cargar a su hijo y ver lo fuerte que ese pequeño era. Incluso, cuando lo miraba, sentía que él era la viva imagen de Cami, con sus facciones haciéndose tan parecidas a las de ella. Quizás era una ridiculez cuando el niño apenas tenía un par de semanas y además era tan pequeñito, aunque de cualquier modo, ella lo veía así.

Renée y Charlie, consolaban la muerte de su hija a través de la vida del pequeño Andrew, que llegó a ser la luz de su esperanza en un momento tan devastador para los padres, como lo era el perder a un hijo. Pero como a ella, la idea de ver a Camille en Andrew, era lo que les daba fuerzas para seguir adelante.

No fueron los únicos que llegaron de visita al hospital durante aquellas semanas: Riley, amigo íntimo de Bella, siempre se preocupaba de estar con ella; también unas buenas amigas de su hermana desde el tiempo de la universidad estuvieron pendientes de la evolución del niño, al igual que amigos de la familia, que no dejaron de brindar su apoyo. Por parte de Edward, llegaban algunas personas, pero muy pocas, y entre las que Bella recordaba con mayor regularidad llegar ahí, eran a Marcus, un hombre alto y delgado, que siempre vestía de traje; de ojos claros y amables, y que en su cabello oscuro dejaba ver algunas canas, calculando Bella que aquel hombre estaría cerca de los cincuenta años, y quien sabia ella era chofer de Edward, aunque por lo que conversó alguna vez con él, y por el trato entre ambos, había una relación de más confianza entre ambos.

―Realmente este niño heredó la tenacidad de tu hermana ―le dijo alguna vez en la que ambos coincidieron en la sala de espera. Ella sonrió y agradeció ese comentario, con el que estaba tan de acuerdo―. Siempre hablaba de ti, ¿sabes? Camille se sentía realmente orgullosa de tenerte como hermana, y estaba segura que te convertirías en una profesional de las ollas en el futuro.

―¿Profesional de las ollas? ―Preguntó Bella, con la emoción quemándole la garganta. Que él dijera eso, que Camille hubiera hablado de otros sobre ella, la llenaba de amor, pero además aquel comentario la hizo sonreír, porque esa era la manera en la que ella, se refería a su futuro sueño. Ante ese comentario, ambos se rieron, concluyendo que esa era la mejor manera de recordar a Camille: con una risa en los labios.

Otra de las personas que visitaba muy seguido el hospital, era la mujer a la que Bella vio salir de la recamara donde Edward se preparaba para su boda, minutos antes que ella entrara. La mujer alta, delgada de tez oscura, con facciones finas como las de una modelo de pasarela, luciendo siempre conjuntos de ropa de diseñador, muy elegantes, se paseaba a diario por el centro hospitalario. A veces se le veía hablando en susurros con Marcus, pero casi todo el tiempo estaba junto a Edward. A veces lo tomaba de su brazo y le susurraba cosas al oído, lo miraba con intensidad y le sonreía con coquetería, disgustando a Bella que pensaba que aquella familiaridad entre ambos era impropia en ese momento y en aquel lugar.

―¿Y esa quién es? ―le preguntó una vez Riley, que la estaba acompañando en la sala de espera mientras bebían café. Había coincido con él, la visita de esa mujer, que como las veces anteriores, había llegado hasta el hospital y conversaba con Edward en una esquina, mientras le sujetaba las manos.

Bella levantó los hombros, mirando con reprobación primero a su cuñado y su amiga, y luego a Riley.

―Una amiga, eso dijo él.

―Son "muy buenos amigos", al parecer…

Se oyó la risa cantarina de la mujer de rasgos afroamericanos, que indignó a Bella. Edward miraba hacia el suelo con el labio torcido, como divertido por algo que su amiga le había dicho, mientras ella sin tapujos se reía. Se levantó entonces de su silla, haciéndola chirrear, provocando que los dos amiguitos desviaran su vista hacia ella, que agarró su bolso de la silla contigua y se lo cruzó al pecho. Riley se levantó rápidamente, decidido a acompañar a su amiga a cualquier parte, pues para eso él había llegado hasta allí.

Entonces, Edward desvió su atención de Senna hacia Bella, acercándose a ella, frunciendo su entrecejo. Vio en ella su enojo y quiso saber de qué se trataba.

―¿Sucede algo?

―Me voy.

―En un rato entraremos con Andrew, dijiste a tus padres que te quedarías…

―Pero no puedo quedarme.

Senna puso una mano sobre el hombro de Edward, y sonriéndole a Bella, intervino:

―¿Por qué te vas? ¿No quieres ver a tu sobrino?

¡Claro que quería, maldita sea! Pero su deseo de llorar frente a la tumba de su hermana era más profundo y más urgente. Cuando estuviera más tranquila regresaría a pedir un pase especial para ver a Andrew, como lo había hecho todos aquellos días.

―Voy al cementerio ―con la mandíbula tensa y los dientes haciendo presión soltó aquella frase, llena de rencor, mirando primero a la entrometida mujer y luego a Edward, cuando agregó―, a ver a mi hermana muerta.

Sin más salió echando chispas de la sala, seguida por su fiel amigo Riley, que ni siquiera le preguntó si quería que la llevara, simplemente abrió la puerta de su auto del lado del acompañante, entrando Bella en silencio, silencio que invadió el carro, mientras Riley conducía hacia el cementerio, mismo voto silencio que él se obligó a tomar cuando entraron y caminaron directo hacia la sepultura de Camille, que estaba adornada con rosas blancas.

Ahí Bella se dejó caer, cubriendo su rostro entre las manos. A veces, como aquellas, la mezcla de sentimientos la superaba y cuando ocurría, corría a refugiarse como siempre donde su hermana reposaba.

―Te echo de menos…―balbuceaba ella, hincada sobre la hierba verde que rodeaba a lápida de su hermana, cerrando los ojos y dejando que su memoria la llevara a tiempos felices, donde ambas reían por nada.

**OO**

"Te echo de menos, Cami"…

Secó una lágrima que cayó por su mejilla, alzando su cabeza hacia la pequeña y vieja ventana de marcos de madera blanca, percatándose que el sol ya se había ocultado. Agradecía que el día hubiese transcurrido rápido, aunque fuese entre ollas y platos sucios, cubetas con agua y jabón, trapos sucios, escobas y toda la indumentaria necesaria para mantener todo aceptablemente limpio.

Se escabulló un par de veces hacia el sector donde los trabajadores guardaban sus artículos personales, donde había un teléfono a disposición de éstos, marcando el número fijo de la casa donde ahora vivía, para contarle a la señora Ester, —dueña de la casa y quien accedió amablemente a cuidar al niño mientras trabajaba— que ya había encontrado un buen trabajo y que comenzó ese mismo día, y que ya los detalles se los daría en la noche, al momento de llegar a casa. Andrew, según la amable mujer, se portó como todo un caballero y no dio ningún tipo de problemas, y para su tranquilidad, ella y su esposo, se sentían muy feliz de cuidar al pequeñito.

La última vez que se escabulló al sector de camarines, fue para soltar el llanto por los recuerdos dolorosos que trajeron las imágenes de su hermana y todo lo vivido. La extrañaba y necesitaba de la protección que ella le hacía sentir, pero sabía que ahora debía arreglárselas sola, que ya no estaba ella y de momento, ni sus padres para protegerla. Volvió a llamar a la casa, avisando que en menos de una hora estaría de regreso, y después de aquello lavó su cara, arregló su nuevo corte de cabello y salió rumbo a la cocina, que en ese momento estaba casi desierta, salvo por el chef principal que quedaba allí.

El trabajo del todo había cesado y al parecer, todo el personal, el más antiguo al menos, se encontraba en el salón principal dándole la bienvenida al hijo del dueño que acababa de llegar. Pese a todo, pensaba mientras se deshacía de su delantal, había sido un buen primer día. Y aunque el ajetreo del trabajo no había mantenido a raya los recuerdos, la hizo sentirse capaz de sobrellevar su vida y la de Andrew… o sea Gordon. Y pese a que su labor no fue más allá de lavar innumerables ollas, sartenes, vajilla, limpiar suelos, asear mesones, sentía que estaba dando inicio a su sueño dentro de una cocina, y por la mucha literatura biográfica de los grandes chefs que admiraba, sabía que muchos partieron exactamente donde ella estaba ahora, así que se sintió esperanzada. Había sentido la dinámica tan atractiva que se desarrollaba en esa cocina, y con toda su alma deseaba ser parte de ella.

―Creo que todo está limpio… ¿crees que pueda irme?

El hombre de canas que estaba hojeando una revista gourmet francesa mientras bebía un café sobre la mesa de trabajo, levantó sus ojos hacia la chica de pelo de fuego y le sonrió con amabilidad.

―Supongo que sí, has trabajado mucho para ser tu primer día…

―Pensé que en medio de cocinar tantos platillos, no se había dado cuenta de mi presencia―reconoció ella, alzándose de hombros. Él sonrió, y tras beber un sorbo de su café negro, aclaró:

―Conozco a todos los que se mueven dentro de mi cocina, niña. Por cierto, ¿por qué no estás adentro celebrando con el resto?

―Me temo que no fui invitada. Acabo de llegar y…

―No necesitas invitación para eso. Después de cada cierre, todo mundo se junta a tomar una cerveza, además hoy es un día especial por la llegada de Derek.

―¿Y usted por qué no está con ellos?

―No soy muy sociable. Además ya compartí un poco con ellos, ahora hojeo una revista que mi sobrino me trajo de regalo.

―¿Su sobrino?

―Víctor, el padre de Derek, es en mi hermano. Por cierto, soy Miguel ―extendió su mano hacia ella, que no demoró en tomar.

―Soy Be… soy Nadia.

Se estaban estrechando la mano cuando la puerta batiente hizo su sonido característico al abrirse y cerrarse, apareciendo por esta un hombre a quien Nadia evaluó mientras se acercaba a ellos con pasos largos: era alto, casi de un metro noventa de estatura, con el pelo negro como el carbón y algo rizado, pómulos esculpidos, labios delineados, y con unos penetrantes e intensos ojos de color azul, marcado por espesas pestañas. Tragó grueso cuando se encontró con su atractiva sonrisa y no fue necesario mirarse al espejo para saber que se había ruborizado.

―Ahora entiendo por qué no estás afuera con nosotros ―con voz profunda pero divertida, el recién llegado se hizo oír, sin hacer desaparecer la sonrisa de sus labios. Ella tuvo que bajar la cabeza y fijar sus ojos en sus botas para conservar la calma.

―¿No te habrías quedado con la compañía de esta hermosa señorita, si hubieses estado en mi lugar?

―No lo dudes ―dijo, y Nadia tuvo que hacer ejercicio de respiraciones para mantenerse en calma. Muchas cosas habían pasado en su vida que ahora la mantenía con un carácter mesurado. Si hubiera sido otra, si hubiera sido la de antes, ella ya le estaría coqueteando a ese chico.

Oyó que el chef y el hombre comenzaban a hablar sobre cocina por supuesto, comentando seguro algún artículo de la revista que Miguel tenía en sus manos, intuyendo Nadia que ese era un buen momento para hacer la retirada. Susurró un débil "con su permiso" y tuvo la intención de girarse y retirarse de una vez, pero apenas alcanzó a mover sus pies, cuando por la parte superior de su brazo una mano la detuvo. Segundos más tarde, sintió que su mentón fue alzado por un par de dedos, topándose con los ojos azules del hombre y la sonrisa de su rostro que no había desparecido.

―Supongo que no te vas ―le dijo él, sin soltarle el rostro. Ella parpadeó rápido, varias veces por lo nerviosa que se hallaba y tuvo que carraspear antes de contestar.

―Ya terminé mi trabajo y me esperan en casa.

―Eso no lo dudo. Si yo estuviera en casa esperando por ti, no dejaría de mirar el reloj, ansioso por que llegaras.

De fondo se oyó la risa ronca de Miguel, que después de eso, agarró la taza, su revista y salió de la cocina, dejando a los jóvenes a solas.

Y Nadia por su lado, no podía creerlo. No podía creer lo que el atractivo hombre acababa de decirle. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, y como si él oyera sus pensamientos, aclaró su duda.

―Soy Derek, y sí, soy el hijo recién llegado del dueño.

―Ah… ―. Dio un paso atrás, soltándose del agarre suave de Derek en su barbilla―. Soy Nadia, y es mi primer día de trabajo aquí.

―Me alegra mucho. Ahora, ¿me acompañas adentro? Hay comida y cerveza…

―No puedo, lo siento ―. Dio media vuelta y sin despedirse, caminó de regreso al sector de los camarines por sus cosas personales para salir rumbo a casa. Debería pedir un taxi porque aún no se habituaba a la locomoción, pensaba mientras atravesaba el pasillo hacia allá, cuando otra vez, la misma mano que antes la detuvo por el brazo y la hizo girarse sobre sí.

―¿Alguien viene por ti?

―Voy a tomar un taxi.

―¿Y dónde vives?

Nadia le dijo el sector donde residía y Derek lanzo un bufido, negando con la cabeza.

―Un taxi te va a salir caro hasta allí, déjame que te lleve, por favor.

Nadia tragó grueso. Ella sabía que el taxi sería un despilfarro de dinero, y no estaba en posición de dilapidar el poco ahorro que le quedaba, aunque ya tuviera un trabajo. ¿Pero aceptar que alguien a quien había recién conocido la llevara a casa? Eso no estaba bien, incluso era peligroso, además estaba él, en medio de una celebración; pero no supo si la sonrisita torcida en concordancia con los azules ojos de Derek fue la que lentamente la llevó a asentir con la cabeza, provocando que la sonrisa del muchacho se intensificara.

―Yo… gracias, te lo agradecería. Voy por mi bolso.

―Aquí espero.

Pasaron por el salón principal, donde quedaban un par de personas. Nadia habló con su jefe, mientras que Derek se calzaba una chaqueta y tomaba las llaves del vehículo de su padre. Se metieron en la Ford Explorer de Víctor y Derek se puso en marcha en medio del tráfico.

Nadia debía de reconocer sobre lo cómoda que se sintió hablando con Derek en el viaje a casa. Le contó de sus estudios en el extranjero, de lo mucho que había aprendido y de lo ilusionado que estaba de abrir de una vez su restaurante. Aclaró, con picardía, que era soltero y sin hijos, y ciertamente quiso saber sobre Nadia. Cuando ella le dijo que también era soltera y sin hijo, el lanzó una exclamación de triunfo que a ella la hizo reír.

―Presumo que vives hace muy poco aquí, ¿de dónde vienes?

―De muy lejos ―respondió a la defensiva, removiéndose en su asiento, sin quitar la vista de la ventana. Él la miró de soslayo e intuyó que aquella chica escondía muchos secretos por su forma de contestar y por algo más que advirtió en sus ojos cuando la vio por primera vez en la cocina. Por respeto a aquella intuición y sin afán de entristecerla ni parecer entrometido, dejó las preguntas hasta allí, desviando el tema hacia asuntos del restaurante. Disfrutó de saber que ella compartía la misma pasión por la comida que él, y la ilusión de algún día seguir sus pasos.

―Bueno, ya sabes, cuando abra mi restaurante, te vienes conmigo…

―No creo que…

―Te vienes conmigo. Voy a cuadruplicar tu sueldo si es necesario y ciertamente no voy a tenerte lavando trastos. ¿No se te hace atractivo? Imagínate, vestida con tu delantal blanco de chef, como mi ayudante…

Ella se mordió el labio, porque claro que le ilusionaba, pero no tenía estudios como él, que había ido a perfeccionarse con los mejores chefs al extranjero.

―Debo estudiar primero. Y para eso, debo ahorrar trabajando en cualquier cosa…

―No cualquier cosa, Nadia. Trabajarás cerca de mí y yo te ayudaré a cumplir tus sueños, solo déjame ayudarte.

―Ya has hecho bastante, trayéndome a casa ―dijo, indicando una casa de color verde agua con un árbol de ciruelos plantado en su antejardín. Él detuvo el motor y se giró hacia ella. Inspiró profundo e inclinó su cabeza hacia un lado.

―Pocas veces he sentido fascinación a primera vista con alguien, como me ha pasado contigo.

Nadia tuvo que tragar grueso y bajar su vista por la sinceridad tan abrupta de las palabras de él, pero Derek no dejó que eso durara mucho, tomando el rostro de ella entre sus manos, obligándola a mirarle. Se mantuvo en silencio unos buenos segundos contemplándola en silencio, hasta que poco a poco comenzó a soltarla.

―Ahora ve adentro, Nadia, antes que no aguante más y te bese de una vez.

Ella abrió los ojos como dos platos, y tras tartamudear un agradecimiento, se bajó como rayo del jeep, corriendo hacia la casa.

Cuando Ester, la anciana dueña de casa, le abrió la puerta a su inquilina, dio un respingo de la impresión, por verla tan diferente con ese corte y ese cabello tan… rojo.

―¿Qué, no le gusta? ―Preguntó Nadia, pasándose la mano por el cabello. La anciana sonrió mientras asentía, tomando del brazo a la joven muchacha para llevarla hacia la cocina y hacerla comer.

―Si tuviera tu edad, no hubiera dudado en hacerlo. Además, eres tan linda que incluso calva te verías hermosa.

―Gracias Ester.

El viejo Eloy, esposo de Ester también se sorprendió, pero lanzó un silbido de admiración hacia la joven.

―¿Lo ves, vieja? Esa es la moda, no el pelo blanco como tú insistes en llevarlo.

Nadia sonrió, agradeciendo el ambiente amable y acogedor de aquella casa que la había cobijado, y sobre todo por aquel matrimonio con quien había tenido la suerte de toparse, que en realidad eran dos ángeles para ella.

Después de resumirles a los ancianos sobre su primer día de trabajo, subió hasta su habitación y se inclinó sobre la cama donde su sobrinito dormía plácidamente. Había sido muy bien abrigado con mantas de lana y resguardado por almohadones a su alrededor, para evitar que cayera. Le acarició su frente con el dedo y su cabello rubio oscuro que ya había crecido en su cabeza, después de ocho meses de nacido. Era tan hermoso, y tan parecido a Camille…

―Tú vives en él, Cami ―susurró, antes de dejar un beso en su frente al niño por quien saldría adelante.