–Te lo he dicho mil veces. La ves, le hablas y te la coges.
Ahí estaba desparramado en la alfombra atragantándose en chucherías Kirishima, creyéndose el gurú del amor palmeándole la espalda a Kaminari y guiñando en dirección a Bakugou, aguantando la risa.
Pero Bakugou estaba más interesado en su proyecto, se preguntaba porque tenía que trabajar con inútiles, golpeteando la mesa con la yema de los dedos. Ya pasaba la una de la madrugada y solo faltaba una parte del trabajo, parte de la cual el encargado hacía horas no se conectaba.
De alguna manera –a base de amenazas– consiguió que todos aportaran, él podría hacerlo todo sin problemas, si no fuese porque desperdiciaba su tiempo al ir obligatoriamente a un centro del gobierno donde veía viejitos jugar tenis con poca ropa.
El estrés acumulado lo venció, haciéndole perder fuerza en los brazos, dejando caer la cabeza entre ellos y con un ruido de lapiceras rebotando en el suelo, se quedó dormido encima del escritorio.
Salió corriendo de su casa con el tiempo justo, no podía permitirse más faltas si quería aprobar la materia, llevaba en sus manos una carpeta con el trabajo y, de alguna forma se las arreglaba para comer un pan tostado solamente con la boca. Iba a paso rápido, sus pies se sentían de concreto y pese a llevar un buen rato, no llegaba a ningún lugar. Las calles no le parecían conocidas y su corazón comenzó a bombear tan rápido y fuerte que lo escuchaba directamente como un sonido del exterior. Al dar la vuelta en una intersección de caminos urbanos chocó con alguien haciendo que todos los papeles que traía bajaran desde el cielo como una lluvia, lo peor era que la tostada sufrió la misma suerte. El chico rubio en cuestión de segundos dejó que su cara mostrara una expresión barbárica, totalmente roja y encolerizada.
Pero el primer grito no sucedió. Su voz se esfumó, y su cara se deformó con la intriga, ¿había chocado consigo mismo? Pero enseguida dedujo el espejo frente a él.
Una sombra que no notó hasta entonces se transformó, atrás suyo el paisaje se había deshecho. Volteó de nuevo al espejo y Midoriya Izuku le sonreía tímidamente.
Los segundos de confusión le duraron poco, la imagen no dejaba de cambiar: se veía a si mismo durmiendo encima del escritorio mientras Kaminari y Kirishima hablaban, pero la sombra de Izuku, sentada sobre la mesa le acariciaba el cabello. Tanto se concentró en los dedos que movían las hebras rubias que cuando observó de nuevo el panorama, todos estaban en paños menores y, la habitación, convertida en una especie de sauna, redujo sus dimensiones considerablemente. Apartó la mirada del espejo cuando sintió algo muy helado en su espalda.
–Mierda, se despertó.
–Debimos dejarlo sentado.
–Vámonos, vámonos.
Entre las pestañas pudo ver una masa roja empujando a una masa amarilla que llevaba un montón de bolsas en las manos, ese indiscutible sonido y olor artificial le avisó que eran sus raciones de papas picantes. Pero antes de reaccionar, levantarse como el diablo y correr hacia los intrusos, el enredar su pie con la sábana le avisó que estaba en su cuarto, cayendo como un saco de papas al suelo.
Los dos chicos que salían pitando del edificio juraban escuchar las maldiciones de su amigo, asumiendo que las escucharían desde hoy hasta su quincuagésimo descendiente.
Bakugou se quedó en el suelo más tiempo del que su orgullo le permitiría admitir, prácticamente se quedó dormido con la mitad del cuerpo en la cama, tomando unos segundos para reflexionar la figura que se repetía en sus sueños.
Pasaron lo que percibió como cinco minutos, pero su alarma llevaba diez sonando y la luz amarilla anormal del sol colándose en la habitación lo alertó. Iba tarde.
Asegurándose que no era un sueño (por el crujido de su espalda al levantarse) salió con el alma en un hilo. No lo demostraba por su típica cara,pero al subirse al vagón del tren justo al último segundo le temblaban las rodillas ligeramente. Pensando en dormirse un rato, con esa habilidad que adquieren los estudiantes de echarse la siesta, aunque fuese de pie, juró ver una melena alborotada que comenzaba a tomar la costumbre de ocupar sus pensamientos.
El tren pasaba sobre uno de los tantos ríos y al mirar hacia abajo, en el verde campo iluminado por el manto radiante y cálido del sol, donde las flores comenzaban a abrir sus pétalos bañados en el rocío matutino; Midoriya corría con un chándal verde más arruinado que su carrera, lleno de parches y manchas de tierra.
Fueron unos segundos, pero el chico rubio se sentía lo suficientemente despierto, sin darse cuenta de la sonrisa ladina que formó.
No estaba tan mal ir tarde para disfrutar la vista –pensó antes de fruncir el ceño ante semejante cursilería que soltó su subconsciente.
El chico del chándal verde realizaba su rutina de ejercicios por la mañana, ese miércoles tenía unas horas libres e iba a aprovechar el tiempo al máximo para ir de compras y de paso almorzar con sus amigos. Se limpió la frente con la toalla que le colgaba del hombro, estiró un poco sin prisa; aspirando con todas sus fuerzas el olor apasto recién cortado y se dirigió a casa para darse una larga ducha caliente.
Con su camisa favorita y esas zapatillas rojas que todos le decían que eran del tamaño de su cabeza salió de casa. Miraba a todos lados sin poder mantener los brazos quietos, después de todo, esa era la primera vez en un largo tiempo en el que salía sin un plan específico.
Los pájaros cantaban, los niños se metían en su camino jugando, las señoras venían de hacer las compras y los vendedores callejeros exhibían su mercancía a lo largo de la calle. Luego de pasar dos horas decidiendo cuál máquina para hacer ejercicio le sería más útil al menor precio posible, se rindió comprobando su cuenta de ahorros. Respiró profundo al ver la hora y fue a comprar pan para sentarse a comerlo en una banca del parque al lado de un señor muy pequeño y canoso que le platicó acerca de los beneficios de comer Taiyaki que desembocó de alguna forma en sus problemas de columna, la cual se resentía con el paso de los años.
En retrospectiva, desde joven a Izuku solían hablarle de problemas personales a menudo, creía que era porque se involucraba demasiado con las situaciones y trataba de darle un fin práctico con el menor riesgo posible a todos.
Los demás se sentían atraídos a él al ser un buen oyente y confidente. O eso le decían.
Él estaba feliz si ayudaba en lo más mínimo. Por ese sentimiento, decidió estudiar psicología. Al principio sus profesores trataron de hacerlo tomar otra ruta, pues nadie veía muy bien esa carrera, sin embargo, desafiando todos los estigmas, Izuku tenía que comprobarlo con sus propios ojos. Nunca se arrepintió, cada sonrisa, cada lágrima, cada desenfreno de emociones en todos sus pacientes le hacía querer destrozar las barreras que creaban sus propias mentes. De todo corazón deseaba que los demás fuesen felices.
Aún si es descuidado y lleva media hora pensando en sus cosas mientras la boca del anciano sigue moviéndose. La realidad lo trae a la tierra con un coscorrón en la frente y ve al viejecillo alejándose enojado. Casi se siente mal, pero ve a la banca, vuelve a ver al señor que lo saluda desde la esquina con el bastón y aprieta la bolsa con el Taiyaki adentro entre las manos.
La vida es buena.
…
…
–Ah, pero no es como que me dejara llevar, ¿sabes? Tsuyu tiene ideas raras a veces –Uraraka se ríe un poco, untando mermelada en la tostada– Iida el otro día me dijo que las ranas respiran por la piel, ¿no son increíbles?
–También los equinodermos.
–¿Equi...?
–Estrellas y erizos de mar –Iida movía los brazos tratando de formar una estrella.
–He escuchado que las gónadas de los erizos saben a pollo –Todoroki esquivaba los brazos en movimiento mientras enrollaba la pasta al tenedor.
En ese momento todos en la mesa se abstuvieron de tragar por un segundo,mirando al chico.
–Lo siento –y metió el bocado de comida a su boca sin más.
Izuku, Shouto, Tenya y Ochako disfrutaban el almuerzo en una terraza del centro. Era una ocasión especial sin serlo, un milagro el que su horario les sonriera al mismo tiempo.
Hacía un calor del demonio, pero el interior del restaurante estaba llenísimo y ellos querían pasar el tiempo de forma calma. Con vista a la plaza, contemplando las formas sin patrones que diseñaba la naturaleza hasta las siluetas de personas que pasaban apuradas. Sin querer, las campanillas de las bicicletas sonaban unos decibeles más abajo, por lo que los amigos podían escucharse perfectamente.
–Hablando de amor –Uraraka juntó sus manos– Deku tiene tantos pretendientes mientras yo me la paso controlando a los locos y repartiendo los aperitivos, ¿No es cruel?
–¡Ah, Uraraka! C-Claro que no, yo...
–No te avergüences, eres bien parecido, gracioso y se puede confiar en ti.
–¿¡Todoroki!?
–Tengo que ir alquilando mi traje para la boda. –Iida se limpiaba la boca con la servilleta en lo que Midoriya levantaba el mantel para meterse debajo de la mesa.
–Pero hablando en serio, están estos dos chicos... Si no me equivoco, Shinsou, ¿verdad? Siempre que Deku habla el chico le presta tanta atención que sus ojos por poco explotan de lo rojos que se ponen.
–A todo esto, Uraraka, ¿Por qué su apodo es "Deku"? –Formó Iida las comillas en el aire con los dedos–
–¡Eso es por ese otro chico! En mi opinión es el que va a llevar el premio, es tan bien parecido y aunque su actitud es la de un toro, su juego de sensualidad está en punto.
–¿Pueden dejar de hablar como si no estuviese presente?
–Deku le dice Kacchan por ese juego que hicimos la primera sesión y él, ¿he dicho ya sobre su personalidad? Bueno, quiso decirle inútil a Izuku pero yo tergiversé un poco sus palabras, ¿no es maravilloso el idioma japonés? Desde entonces todo es flores y chocolates.
–Yo escuché una versión diferente de esta historia contada por Midoriya –Todoroki puso su mano en el mentón de forma pensativa– ¿No es aquel chico que tiene mirada asesina y una vez tiró el bote de basura apuntándolo?
–Da un poco de miedo –Uraraka sonrió esperando que Izuku hablara.
El chico daba unas cuantas vueltas a la luna para este punto. Ese accidente de la basura tuvo que pagarlo de su bolsillo y castigó a Bakugou dejándolo la siguiente sesión sin galletas, la cual también le salió el tiro por la culata.
–No era necesario que me tirara las galletas en la cara.
Pero se dio cuenta que nadie estaba hablando de ese incidente, es más, se debatía solo en sus pensamientos.
–Se los dije, totalmente flechado –Ochako imitaba un avión que volaba lejos con su mano.
