Las semanas pasaban lentamente en el internado. Manuela ponía más empeño que nunca en sus estudios. También había comenzado a escribirle a su tía cartas cargadas de falso afecto y mentiras en las que derrochaba elogios para la escuela. Debía conseguir que la anciana aceptara que la fuera a visitar para no levantar sospechas y necesitaba hacer creer a sus carceleras que estaba "curada", de lo contrario nunca volvería a ver a Elizabeth.
La delgada libreta de su ex maestra permanecía escondida en el refugio de caza abandonado de los jardines. No podía arriesgarse a que alguien la encontrara en su poder, así que tuvo buen cuidado de memorizar las direcciones del apartamento y de la nueva escuela de Elizabeth antes de ocultarla cuidadosamente.
A veces la tentación de buscarla y releerla mil veces era muy grande, pero refrenaba sus impulsos sabiendo que cualquier descuido podría hacer fallar totalmente el plan que había trazado para volver a ver a Elizabeth.
El recuerdo del apasionado beso junto al lago permanecía claro en su mente. A veces en las noches, cuando las demás se habían dormido, cerraba fuertemente los ojos para recrear el momento y las sensaciones vividas. Si se concentraba lo suficiente, todavía podía sentir el sabor de los labios de Elizabeth. En esas ocasiones la emoción la invadía y un cálido sentimiento se esparcía desde su pecho y se alojaba en su vientre, dejándola con ganas de algo más, aunque no sabía muy bien que.
Eran estos recuerdos los que la mantenían cuerda entre el vacío del silencio impuesto a su alrededor por la superiora; aunque últimamente había notado cierta rebeldía disimulada en algunas actitudes de Ivette, quien le dirigía la palabra más seguido de lo estrictamente necesario, generando situaciones a propósito para así tener excusas para hablarle.
Manuela no lo sabía, pero la otra joven se sentía profundamente nostálgica al no poder hablarle ni estar cerca de ella. Muchas veces Ivette maldecía en silencio a Fräu Oberin, a von Rakette y a toda la escuela por lo que le estaban haciendo pasar a Manuela.
Ignorante del sentir de su amiga, Manuela se dirigía como todos los días a clase de francés. El idioma le resultaba sencillo de entender. Su madre le había enseñado a hablarlo antes de morir, así que las clases con madame Aubert solían resultarle bastante aburridas en general.
Caminaba por los pasillos hacia el aula cuando fue interceptada por Fräu Oberin
- ¡Meinhardis! A mi despacho
Exclamo la superiora entrando a su oficina seguida de Manuela y sentándose rígidamente y con gesto cansado tras su escritorio a la vez que le hacía señas a Manuela de que hiciera lo propio frente a ella.
- Si hermana Superiora…
Manuela se sentó con aprensión temerosa de lo que la anciana fuera a decirle.
- Meinhardis, pude notar en las últimas semanas que su rendimiento en los estudios ha crecido notablemente. En este momento es la mejor de su clase. Me complace comunicarle también que los informes de la señorita von Rakette sobre su comportamiento en el último mes han sido muy favorables.
Dijo la mujer mayor mientras leía su libreta de calificaciones con las gafas colgando de la nariz.
- Gracias Hermana superiora.
- En vista de todo esto, decido levantarle el aislamiento. De hoy en más puede volver a hablar con las demás alumnas y participar en todas las actividades extracurriculares de la escuela.
El rostro de manuela se iluminó con una tímida sonrisa
- Gracias Hermana superiora… ¿puedo visitar a mi tía el fin de semana?
Sabía que era apresurado, pero no podía perder la oportunidad de preguntar. La anciana asumió una postura más rígida aún en la silla
- Eso todavía no Meinhardis. Sigamos viendo sus avances y cuando consideremos que está lista le daremos permiso para visitar a su tía. Ahora retírese.
Manuela se despidió de la anciana con una ligera reverencia y abandonó la oficina. La clase de francés ya había terminado, así que se dirigió al refectorio a almorzar con el resto de las alumnas. En silencio se sentó cerca de Ivette, quien le dirigió un suave cabeceo.
La señorita von Rakette se hizo presente con su habitual monóculo en la mano llamando la atención de toda la sala.
- ¡Señoritas! ¡Señoritas! ¡SILENCIO! - Dijo mientras miraba severamente a las muchachas reunidas a su alrededor - Quiero informarles, que a partir del día de hoy se levanta el aislamiento de la alumna Meinhardis, así que se deja sin efecto el castigo a quien desee hablar con ella.
Von Rakette se retiró sin decir nada más. Inmensamente feliz por la noticia Ivette volteó hacia Manuela y la tomó de las manos sonriéndole emocionada
- ¡Manuela! Por fin podremos hablar. ¡No sabes cómo te extrañe!
Dijo en tono suave y dulce mientras miraba a manuela con afecto.
- Yo también lo hice Ivette – Manuela le dio un ligero apretón con gesto agradecido –también te extrañe…
- Yo… siento mucho no haberte hablado en este tiempo…
- No te preocupes Ivette, lo entiendo, si lo hubieses hecho habrían cancelado tus salidas y no podrías ver a tu madre.
- ¿Y yo? ¿A mí no me extrañaste? –
Exclamó Ilse acercándose a ella mientras simulaba sentirse ofendida. Manuela se rió suavemente y apretó a la joven en un fuerte abrazo.
- ¡Claro que si querida amiga!
Las demás se acercaban a saludarla y felicitarla, con gestos cariñosos. La única que se mantenía en silencio y alejada de las demás era Alexandra.
Al principio y luego del incidente del día del cumpleaños de Fräu Oberin, Alexandra había fluctuado entre la culpa por el mal momento vivido por Manuela y el resentimiento por perder a la señorita von Bernburg. Pero mientras más analizaba los hechos más se convencía de que ella había hecho lo correcto al delatar a Manuela.
Esa… Esa huérfana, había venido a alterar las cosas entre la maestra y ella. Antes de su llegada era claro que la favorita de von Bernburg era Alexandra, pero la llegada de Manuela lo había cambiado todo, haciendo que la atención de la mujer mayor se volcara de forma totalmente equivocada hacia la otra joven.
En su mente se iba fijando cada vez más la idea de que la única culpable de la salida de la profesora era Manuela. Si Manuela no se hubiese entrometido entre ella y su maestra; y si Manuela no hubiese sido tan escandalosa al beber el ponche Alexandra no habría tenido que delatarla con von Rakette. Y finalmente la escena en el refectorio… La indiscreción de Manuela había sido claramente vergonzosa para la señorita von Bernburg; tanto que la había obligado a renunciar a la escuela y alejarse de Alexandra.
Si, pensó mirando con rencor a la otra joven quien disfrutaba nuevamente del afecto y la atención de sus compañeras Todo es culpa de Manuela. Que disfrutara de la buena vida ahora, si Dios era justo pronto se le terminaría y pagaría por todo lo que había hecho, y si la justicia divina no llegaba pronto, la propia Alexandra se haría cargo de hacerla pagar.
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Las tardes de los domingos eran agradables para Elizabeth. Al menos una vez cada quince días recibía la visita de Danielle Aubert y Katherine Evans, sus antiguas compañeras de trabajo. Mientras tomaban el té de la tarde (costumbre inglesa que Katherine nunca pudo abandonar) las dos mujeres le relataban divertidas anécdotas sobre las jóvenes internas pero evitaban cuidadosamente hacer cualquier referencia a Manuela. Aunque se moría por tener noticias de la joven Elizabeth tampoco preguntaba.
Ese domingo como siempre horneó un pastel para sus invitadas y comenzó el delicado ritual del preparado del té. Ya eran las cuatro treinta, y las mujeres siempre llegaban a las cinco en punto, Elizabeth reflexionaba que la puntualidad de sus invitadas sin duda se debía a la formal educación inglesa de mis Evans. Conociendo a Danielle y si fuera por ella, seguramente tomarían el té a las diez de la noche.
El timbre sonó y diligentemente se dirigió a abrir la puerta para hacer pasar a sus invitadas pero solo se encontraba mis Evans frente a su puerta.
- ¡Katherine! pasa por favor ¿y Danielle?
- Ella está con una fuerte gripe y no pudo venir hoy, pero me dijo que te enviara sus saludos.
- ¡Oh! Lamento escucharlo, espero que mejore pronto. Pero pasa por favor. Preparé pastel para acompañar el té.
Las dos mujeres se sentaron frente a frente como siempre disfrutando del té y poniéndose al día con los acontecimientos de la semana.
Cada una contaba a la otra lo acontecido en el trabajo y con sus respectivas alumnas, sus vidas eran tranquilas y rutinarias y por lo general giraban en torno a sus alumnas y nada más. En el caso de Katherine, el hecho de no vivir en su país natal y además en un lugar donde se hablaba otro idioma, hacia que tuviera pocas amistades más allá de Elizabeth o Danielle.
Para Elizabeth, la situación no era muy distinta, pues tampoco tenía muchas amigas y aunque tenía una hermana, ésta se había casado con un capitán del ejército y se había trasladado con su marido a África hace años.
Katherine relataba una divertida anécdota sobre otra de las travesuras de Ilse von Westhagen.
- …Y así fue como Westhagen terminó en la enfermería con dolor de estómago. Dice que aprendió la lección y que nunca más volverá a apostar con Wolzogen por ver quién puede comer más manzanas en menos tiempo.
Elizabeth rió ligeramente
- ¡Westhagen siempre tuvo un espíritu rebelde!
- Y tú siempre se lo incentivaste. Extraña mucho tu presencia. Todas lo hacen.
- Yo también las extraño
Dijo Elizabeth con nostalgia. Un breve silencio se hizo entre las dos. Katherine dejo el tazón sobre la mesa.
- La hermana superiora decidió levantarle el aislamiento a Meinhardis.
La declaración casual dejó a Elizabeth un poco descolocada. Rápidamente se recompuso intentando disimular la emoción que había sentido al escuchar el nombre de la joven
- ¿Sí? ¡Qué bueno por ella!
- Realmente sí. Ella cambió mucho en los últimos tiempos. Mejoró mucho sus calificaciones y ahora es la mejor de la clase. Pero sigue siendo bastante tímida y retraída.
Elizabeth se revolvió en su asiento un poco incómoda con la conversación.
- Meinhardis siempre fue una joven muy… peculiar. Pero siempre fue evidente su potencial para mejorar.
Dijo intentando aparentar calma
- Si. Y tú siempre lo viste. Aún cuando las demás no teníamos fe en ella tú nunca te diste por vencida. Siempre fue especial para ti
La mano de Elizabeth tembló ligeramente mientras tomaba la taza de té
- Como todas mis alumnas… siempre la traté igual que a las demás
- Está bien, no te pongas a la defensiva. Sabes que siempre estuve de tu lado en este tema.
Elizabeth la observó con afecto
- Y yo te lo agradezco sinceramente. Tanto tú como Danielle fueron un gran apoyo para mí luego de lo sucedido.
- No podíamos hacer otra cosa, como te dije aquella vez, no te juzgo. Sé que a veces es difícil gobernar sobre nuestros sentimientos
Elizabeth la observó con un gesto de evidente molestia
- Te agradezco nuevamente, pero estas equivocada. Los sentimientos a los que te refieres nunca existieron. Meinhardis siempre fue para mí una alumna igual a las otras y nada más.
Katherine suspiro. No tenía sentido contradecir a la otra mujer aunque podía oler la mentira en cada una de sus palabras. Elizabeth no daría el brazo a torcer confesando lo que realmente sentía por la joven.
Quizás fuera porque su educación Inglesa era un poco menos rígida que la educación alemana, quizás por el estilo de vida liberal de sus padres, o tal vez simplemente porque era una romántica empedernida, pero en todo caso Katherine siempre pudo ver lo que sucedía entre Meinhardis y su ex maestra y nunca las juzgo por ello.
Tal vez sus propias vivencias tenían mucho que ver en su poco ortodoxo punto de vista, pues antes de embarcarse a Alemania, y a instancias de su propia madre, había compartido su tiempo con el movimiento de las llamadas sufragistas, en el que estaban involucradas todo tipo de mujeres. En ese ambiente sumamente liberal, las relaciones amorosas entre dos mujeres eran vistas como algo natural y algunas de sus amigas más cercanas preferían otras mujeres por sobre los hombres para compartir su tiempo y su cama.
A veces se sentía tentada a compartir parte de su historia con Elizabeth, pero la mujer se mostraba tan cerrada a aceptar incluso sus propios sentimientos que no se sentía segura de que fuera a interpretar de buena manera su historia.
Lo mejor sería ir trabajando gradualmente sobre los prejuicios de Elizabeth, y sobre la muralla que había levantado en torno a ellos.
No queriendo terminar la visita con una discusión, decidió cambiar de tema y continuar hablando de naderías. Ya habría ocasión para ahondar más en los sentimientos de von Bernburg.
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Manuela era feliz. Por fin había obtenido permiso para visitar a su tía. La idea de pasar el tiempo con la severa anciana no la emocionaba particularmente, pero con un poco de suerte podría convencerla de dar un paseo por la ciudad, y de esa forma buscaría disimuladamente el lugar donde quedaba el departamento de Elizabeth.
El coche se detuvo frente a la residencia de su tía. Greta, el ama de llaves ya la estaba esperando en el portal
- ¡Señorita! ¡Por fin llega! Su tía la esta esperando, esta muy molesta por su tardanza.
- Lo siento Greta. El coche llego a recogerme a la escuela mas tarde de lo esperado.
- Yo recogeré sus cosas señorita. Usted vaya con su tía antes de que se moleste aun más.
Manuela entro a la casa con paso apresurado. Siendo medio día lo más seguro era que su tía la estuviera esperando ya sentada a la mesa.
- Buenos días tía
- Siéntate Manuela. Considerando el tiempo que hace que no me visitas por lo menos podrías ser puntual y no dejarme esperando para el almuerzo.
- Lo siento tía
Murmuro Manuela agachando la cabeza y comenzando a comer en silencio. Obviamente el llegar tarde no había sido su culpa, pero cuando la anciana estaba de mal humor (casi todo el tiempo) era mejor no replicarle.
- Cuando terminemos de comer subirás a tu habitación a refrescarte. Necesitas algo de ropa decente. No puedes vestir el uniforme de la escuela todo el dia. Debes tener un poco de sensatez Manuela, si vas a venir a visitarme debes traer tu ropa de calle.
- Lo siento mucho tía. No me permitieron traer mi antigua ropa. Me dijeron que me la devolverían al terminar la escuela
La baronesa hizo un mohín de disgusto
- Está bien. Luego iremos a visitar a la señora Teyler. Te compraré otra ropa y la dejaras aquí para cuando vuelvas a visitarme. La hija de mi hermano no debe salir a la calle vestida como criada
- Gracias tía. Agradezco mucho lo que hace por mí.
- No me lo agradezcas. Juré a a tu padre que me haría cargo de ti si algo le ocurría a tu madre y yo siempre cumplo mis promesas. Ahora, termina la comida de una vez y sube a tu cuarto.
Manuela terminó de comer en silencio y se dirigió al cuarto que se le había asignado en el corto tiempo que vivió con su tía tras morir su madre.
A diferencia del resto de la casa, que presentaba el mismo estilo frío y adusto del internado, su habitación estaba decorada en suaves colores pastel. El retrato de una sonriente niña muy parecida a ella misma y con un vestido antiguo y a cuerpo entero ocupaba una de las paredes.
Cuando recién llegó a la casa luego de morir su madre, a Manuela se le ocurrió preguntarle a su tía quien era la niña, pero la anciana había respondido de mala manera que no era de su incumbencia.
Greta, el ama de llaves, se había apiadado del gesto triste de la joven ante la respuesta áspera y más tarde y a solas le había contado a Manuela que el retrato era de la hija de la baronesa, quien había muerto en un accidente de equitación antes de cumplir los doce años.
El esposo de la Baronesa había enloquecido por la culpa pues fue él quien había insistido que su hija aprendiera a cabalgar. El barón von Erhenberg murió solo un par de años más tarde con el cuerpo destrozado por el alcohol al que se había vuelto demasiado aficionado.
Tantas desgracias juntas transformaron a la baronesa en una mujer fría e implacable, muy diferente a la mujer dulce y alegre que Greta conoció durante su juventud.
Al llegar Manuela, Greta había orado por que la joven devolviera un poco de vida a la amargada baronesa, pero no pasaron más que un par de semanas para que decidiera enviar a su sobrina al internado terminando así con las esperanzas del ama de llaves de que la presencia dulce de la muchacha devolviera a su señora la alegría que le habían arrebatado de tan joven.
Manuela se lavó a toda prisa y bajó por las escaleras temblando ante la perspectiva de salir al frío aire de otoño tan solo con su uniforme de la escuela.
Su tía ya la esperaba impaciente al pie de las escaleras
- ¡Hasta que por fin te decidiste a bajar! ¡Andando!
El frio de la calle hacia tiritar a Manuela mientras caminaba con su tía a la casa de la señora Teyler.
Al pasar por una intersección se dio cuenta que el nombre de la calle era el de la dirección del apartamento de Elizabeth, y considerando la numeración de los edificios, la maestra no debía vivir a más de un par de calles de la casa de su tía.
Trató de memorizar donde se encontraba. Debía encontrar alguna excusa para explorar un poco más la calle y confirmar donde quedaba la casa de Elizabeth. El cartel de una pastelería en dirección a donde creía que era la casa de la maestra le dio una idea.
- ¿Podríamos comprar pastelillos cuando volvamos de la casa de la señora Teyler?
- Ya veremos. Sabes que es de muy mala educación que me andes pidiendo que te compre cosas Manuela.
- Yo creí que tal vez le gustaría que le preparara un buen té a nuestro regreso, y los pastelillos serían un buen acompañamiento…
Dijo Manuela intentando convencer a la anciana.
- Está bien, recuérdame pasar por la pastelería cuando terminemos de la señora Teyler
La señora Teyler era una mujer delgada y pálida, su casa era pequeña y pilas de géneros, ropa a medio hacer y vestidos terminados inundaban el lugar. Una joven no mucho mayor que Manuela anotaba en una libreta las medidas que la modista le iba tomando.
Un poco más tarde Manuela se quedó sentada en un rincón esperando que su tía terminara de elegir la ropa para ella y de negociar el precio con la señora Teyler. La joven ayudante la observaba curiosa intentando disimular su interés.
A Manuela le llamaba un poco la atención la actitud de la joven, pero decidió ser educada y en una de las ocasiones que la pescó observándola le sonrió con simpatía. Para su desconcierto la joven se sonrojó profundamente y se volvió rápidamente con una risita tonta.
Finalmente, y luego de más de una hora de tomar medidas y elegir modelos y géneros, la joven volvía a casa de su tía con un nuevo vestido de invierno de corte severo, una modesta provisión de ropa interior nueva y un abrigado chal para protegerla del frío. Otro vestido más estaría listo la semana entrante.
La muestra de generosidad de su tía había asombrado un poco a Manuela, quien no comprendía la extraña actitud de la, por lo general, desconsiderada anciana. Pero si la mujer quería tener un gesto agradable con ella aunque sea una vez, no la cuestionaría.
De camino se detuvieron en la pastelería que Manuela había visto anteriormente para comprar unos bocadillos y mientras el dependiente atendía a su tía Manuela salió a la calle con la excusa de tomar un poco de aire. Si la dirección que había memorizado era correcta, el apartamento de Elizabeth se encontraba solo a un par de metros siguiendo la calle.
Requirió de todo su control no salir corriendo hacia el lugar y llamar a la puerta de Elizabeth, pero sabía que debía ser prudente si no quería arruinar su oportunidad. Dando un profundo suspiro entro de nuevo a la tienda donde su tía ya pagaba lo que había comprado.
No alcanzó a ver a Elizabeth saliendo por la puerta de su casa, quien se detuvo un momento observando vacilante la pastelería y luego comenzó a caminar en dirección contraria a la que ella se encontraba.
