Dos: Sota de Cálices, Seis de Varitas, Diez de Galeones.

22 de junio de 2021.

Baden -Baden, Alemania.

Pueblo de Baden–Kopf.

A Katrina Turner le quedó claro, por primera vez, por qué Hagen quiso atacar ese lugar.

Se contaba que era el punto desde el cual, originalmente, aquella parte de Alemania comenzó a llenarse de gente. Algunos decían que era por lindar con los valles del Rin y otros, porque la región era adecuado para la supervivencia. En la actualidad, allí había poco más de una docena de casas habitadas, siendo un punto prácticamente muerto comparado con la febrilidad de la vecina ciudad de Baden–Baden con su casino, sus aguas termales y sus hermosos castillos.

Claro, eso era lo que creían los muggles.

Los magos de Baden–Kopf habitaban cómodamente en algunas viejas casonas, que antaño pertenecieron a los pocos acaudalados que el pueblo albergó hasta los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Ocultos con una variedad increíble de hechizos, estos individuos se habían vuelto expertos en camuflarse; además, el Ministerio de Magia alemán apenas se acordaba de ellos.

Katrina pasó por una tienda en la sencilla calle principal, cuyo escaparate mostraba relojes de cuco, una de las pocas cosas por las que Baden–Kopf era famoso. Se trataban de piezas de arte, mecanismos altamente precisos y decorados con primor, ideales para regalar.

Sonriendo ligeramente, se animó a entrar al local.

Debido a la enorme cantidad de relojes allí, el espacio para que la gente circulara era mínimo. Katrina, llevando una mano al cuello, por un instante quiso quitarse el listón negro que siempre usaba, pero no tuvo el valor de deshacer el nudo. Avanzó hacia el interior de la tienda, mirando con interés la mercancía, hasta llegar a un mostrador de madera que se veía diminuto al tener la mitad de la superficie de madera llena de piezas de relojería y algunas figurillas metálicas.

—Buenos días —saluda una voz masculina, desde detrás del mostrador —Un momento.

Katrina, sin prisa, paseó la vista por las paredes, admirando la mercancía. Por la ausencia de un tictac en el aire, era evidente que los relojes no estaban en funcionamiento.

—Listo —un hombre joven, desgarbado, de revuelto cabello rojizo y mejillas sonrosadas, le dio la bienvenida, limpiando sus manos en un mandil marrón con tres bolsillos llenos de herramientas —Oh, es raro que una señorita venga por aquí…

—Supongo —aceptó Katrina, mordiéndose la lengua cuando estuvo a punto de corregir al hombre —Me gustaron los relojes.

—Me alegra. Siempre me han dicho que es raro que fabrique estas cosas, pero a los muggles les gustan, y no me falta pan en la mesa.

Muggles… Entonces aquel era uno de esos negocios que servía para encubrir magos, ¿eh?

—¿Alguna de estas bellezas es…? No sé, ¿mágica?

—¡Mágica! —el hombre se echó a reír, de manera fuerte y estridente, antes de encogerse de hombros —Depende de cómo lo mire. Muchos tienen música ahora, melodías de esas modernas que les gustan a los muggles, pero sigo haciendo unos cuantos con las técnicas de antaño. Ya sabe, para los turistas —señaló una sección de pared a su derecha donde colgaban relojes tallados tres dimensiones con primorosas formas —Si compra uno, podemos añadirle magia después.

—Comprendo. Oiga, ¿cómo supo…?

—¿Qué, que era bruja? Para los muggles, cerré media hora antes.

—Lo siento, ¿lo interrumpí?

—No se preocupe, nada de importancia.

Sintiéndose mejor, Katrina se acercó a los relojes tallados. Eran verdaderas maravillas, algunos representaban perfectamente a la Selva Negra mostrando abetos bien detallados, algunos ciervos, aves… De pronto, sintió deseos de que alguno estuviera funcionando para ver salir al pájaro que emitía el clásico "cucú, cucú", el que recordaba de…

Sacudió la cabeza, con lo que la ondulada melena se movió a su espalda.

No podía permitirse esos recuerdos. No en esos momentos.

—¿Alguno que le guste, Fraülein?

—Sí —Katrina paseó los ojos de nuevo por la pared y finalmente, señaló —Es precioso.

Se trataba de un reloj alargado, con abetos tallados a los lados y una gran cabeza de ciervo en la cima, con un par de astas muy grandes e increíblemente realista. Al pie del abeto de la izquierda, había un ciervo de cuerpo completo, con parte del cuerpo oculta por el tronco del árbol, y en una rama del abeto de la derecha, se veía un búho.

—¿Tienen servicio de envío? Lo quiero mandar al extranjero.

—Oh, me temo que eso le saldría muy caro. Son bastante estrictos con esas cosas últimamente.

—No se preocupe, no iría lejos.

—¿Ah, no? ¿Cuál sería la ciudad de destino?

—Viena.

El hombre asintió, como confirmando algo, para luego sacar la varita mágica de uno de los bolsillos de su túnica.

—Observe qué bien luce al funcionar —indicó y sacudió la varita una vez.

En eso, el ave salió y emitió no el sonido que tenían casi todos los relojes de cuco tradicionales, sino un trinar melodioso que a Katrina le formó un nudo en la garganta.

El ruiseñor cantó —musitó en inglés.

Con mayor razón no se arrepintió de comprar el artefacto y del uso que pensaba darle.


22 de junio de 2021.

Londres, Inglaterra.

Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.

Mientras los memorándums interdepartamentales no dejaban de revolotear por encima de sus cabezas, los pocos aurores que se habían quedado en Reino Unido apenas se daban abasto. Unos cuantos refunfuñaban y mascullaban improperios contra su Comandante interino, pero al segundo siguiente se arrepentían, viendo que el famoso Harry Potter se ponía a trabajar casi tanto como ellos, si no es que más, aunque saliera en muy contadas ocasiones de su cubículo.

—¡Harry!

El nombrado, frunciendo el ceño, alzó la vista de un largo pergamino para enfocarla en el larguirucho pelirrojo que estaba a la entrada de su lugar de trabajo.

—Sé que estás ocupado, compañero, pero… —sin esperar invitación, el pelirrojo acabó por entrar y tomar asiento —Tonks y Anderson acaban de volver.

—¿Les pediste que vinieran?

—Solo los saludé, no se veían muy contentos. Supongo que no tardan en traerte un informe.

Al segundo siguiente, Nymphadora Nicté y Lester Anderson, entraron al cubículo a paso lento, ambos con semblante abatido. El pelirrojo se puso de pie enseguida, cediéndole su silla a la metamorfomaga, quien agradeció el gesto con una débil sonrisa.

—Buenos días —saludó el Comandante interino, haciendo a un lado el rollo de pergamino que lo tenía ocupado minutos antes —No traen buena noticias —soltó, a modo de afirmación.

Tras un asentimiento de cabeza de ambos, la aurora Tonks procedió a narrar, en el tono más profesional que le salió, los acontecimientos del pasado mes de mayo en Polonia, así como el motivo de su retraso al regresar al país.

—¿Los licántropos pueden esquivar las alarmas de Hagen? —se sorprendió el pelirrojo.

—Sí. Y deben ser alarmas muy particulares, Ron. Después de ver lo que esos tipos pueden hacer, no me extrañaría —la aurora Tonks se encogió de hombros —Si nos tardamos en volver fue por esperar a que los licántropos infiltraran a algunos de la Coalición, para escoltarlos hasta acá.

—¿Cómo está Nicté? —quiso saber el señor Potter.

—¿Acab? Anom lo llevó a San Mungo mediante Aparición Conjunta. Sigue sin reaccionar.

—¿Y qué pasó con el traidor?

La pregunta del pelirrojo Ron Weasley salió con una pizca de rencor en la voz.

—Anderson lo llevó directamente a Azkaban —ante la frase de Tonks, el aludido asintió.

—¿Te comentaron en qué sección lo pondrían?

—En una de alta seguridad —respondió Anderson al instante, arrugando la frente —No creí que Azkaban hubiera quedado tan mal —añadió, como una idea tardía.

—Y no estuviste allí causando parte de los destrozos —acotó el señor Ron, con clara intención de bromear, pero sin conseguirlo —¿Anom pensó la maravillosa idea con la que cayó el traidor?

—Sí, porque… —la aurora Tonks titubeó, pero al notar un asentimiento casi imperceptible de parte del señor Potter, continuó —Acab pudo pasarnos información del traidor que descubrió poco antes que lo dejaran en coma.

—¿Eso cómo fue posible? Nunca me lo dijo —comentó Anderson, dirigiéndose a su superiora.

—Tendrás que esperar a la siguiente reunión para enterarte —contestó el señor Potter.

El muchacho, captando al vuelo a qué se refería, asintió.

—Jamás imaginé que fuera él —dejó escapar el señor Ron, con un deje de frustración.

—Normalmente, resulta quien menos piensas —señaló el señor Potter.

—¿Entonces qué? ¿Dejamos de confiar en todo el mundo? Eso sería más fácil que someter a todos nuestros conocidos a chivatoscopios y a sondas de rectitud cada que los vemos.

—Y a esos objetos se les puede engañar —agregó la aurora Tonks, ceñuda.

—Potter —un hombre de hombros anchos y cabello negro cortado a rape se detuvo en la entrada del cubículo, un poco sorprendido de ver el interior medianamente lleno.

—Puedes pasar, Proudfoot, ¿qué sucede?

—Tienes que escuchar esto —el hombre, sin perder tiempo, en dos zancadas alcanzó el escritorio y colocó sobre él una radio de madera, la cual emitió un poco de estática.

En instantes, una voz masculina que pretendía ser seria pero la cual dejaba escapar nerviosismo, se oyó fuerte y clara.

—… Por lo que los daños materiales pudieron evitarse en un monumento muggle tan conocido como es la fuente de Trevi. El Ministerio de Magia italiano abrirá una investigación…

—¿Qué demonios…? —espetó el señor Ron por lo bajo.

—… En otras noticias, un tornado de grandes proporciones causó estragos en parte de Akihabara, en el distrito de Chidoya de Tokio, Japón. Los testigos oculares, la mayoría muggles, aseguran que el fenómeno comenzó poco después de las ocho de la mañana, hora local, y al tocar tierra, parecía dirigirse hacia la Torre de Tokio. Por fortuna, algunos magos y brujas residentes en el área lograron evacuar a la mayoría de los civiles, reportándose aproximadamente una docena de muertos y cientos de heridos, aunque ninguno de gravedad. Lo demás se reduce a cuantificar daños materiales. El gobernante interino del Japón mágico, el ministro Miroku Matsunaga, no ha dado declaraciones a la prensa…

—Increíble… —balbuceó Anderson.

—… Y regresando al incendio mágico de la puerta de Brandeburgo…

—¿El qué? —exclamó esta vez la aurora Tonks, en un susurro.

—… Una multitud de muggles alemanes se manifestó hace unas horas frente a la sede de su gobierno, exigiendo una explicación que, nosotros sabemos, el canciller y su gabinete no pueden dar. La manifestación acabó cuando los guardianes del orden muggle, conocidos como policías, dispersaron a la gente con una especie de bombas que lanzan un gas que irritan los sentidos. No se reportan heridos, solo muchos arrestos.

—¿Qué significa esto? —inquirió el señor Potter, al tiempo que el señor Ron, de forma brusca, apagaba la radio con la varita.

—La puerta de Brandeburgo, en Berlín, comenzó a quemarse, pero no le pasó nada —contestó Proudfoot, con expresión severa —El fuego duró aproximadamente media hora y se apagó sin que nadie supiera cómo. En Roma, unas monedas embrujadas llamaron la atención en la fuente de Trevi, suerte para todos que el jefe de los aurores estaba allí y pudo intervenir. Y como bien oyeron, un tornado arrasó parte de uno de los distritos más importantes de Tokio.

El breve resumen de la situación, sumado a lo que había anunciado el locutor de radio, hizo que los presentes mostraran diversos grados de preocupación.

—¿Cuándo fue todo eso? —se interesó el señor Ron.

—El domingo, nuestra hora local. Todo al mismo tiempo.

—¿Decían que en Japón los magos evacuaron a los muggles? —soltó la aurora Tonks.

—Eso está sin confirmar, pero viendo que hubo pocos muertos, es probable.

—Proudfoot, por favor, si llegan reportes de nuestros colegas extranjeros, tráelos enseguida.

El aludido asintió, tomó la radio mágica y se marchó. Enseguida, el señor Potter alzó la diestra, agitando la varita en alto con aire falsamente despreocupado, y enseguida supieron que los que estuvieran fuera del cubículo no podrían oír con claridad lo que dijeran a partir de ese instante.

—Comandante, no creo que nos envíen ningún reporte —indicó Anderson con timidez.

—De Alemania quizá no, pero de Italia y Japón…

—Harry, la Familia Imperial se esfumó —le recordó el señor Ron con fastidio.

—Lo sé, lo sé…

El señor Potter cerró los ojos lentamente, dejando escapar un suspiro, antes de mirar con aire distraído los pergaminos en su escritorio. Los demás, de una u otra forma, pensaron que el Niño–que–Vivió estaba sintiendo, de nuevo, el peso del mundo sobre los hombros, como en su juventud.

—El señor Ferrati avisó que Italia dará refugio a la Familia Imperial —dijo, modulando su voz de tal forma que solo los allí reunidos pudieran oírlo —Su Majestad Akihito pasó antes a Francia.

—¿A Francia?

—Fue a entrevistarse con la Confederación Internacional de Magos, pidiendo apoyo. Lo de Japón no fue un golpe de Estado, sino una emboscada por parte de la Familia Imperial.

—¿Emboscada? —se sobresaltó la aurora Tonks —¿Quieres decir…?

—La Familia Imperial le hizo creer a Matsunaga que se escaparon, dejándole el camino libre.

—¿Por qué harían algo así? —extrañado, Anderson no comprendía aquello.

—Están poniendo en evidencia a Matsunaga —contestó, para sorpresa de todos, el señor Ron.

—Exacto —corroboró el señor Potter —Hay muchas lagunas en las declaraciones oficiales que ha hecho Matsunaga a la prensa. Y según lo que he podido averiguar, varios no están contentos con que el ministro gobierne. El resto del mundo puede decir que Japón tiene tradiciones absurdas, pero si los magos permitieron ese sistema de gobierno por siglos, por algo será, ¿no?

—¿De dónde sacas la información exactamente, Harry? —quiso saber la aurora Tonks.

—¿Recuerdan a los ninjas que ayudaron con lo de Azkaban?

El señor Ron fue el primero que asintió, secundado por el resto de sus colegas.

—La que comandaba el equipo vino el mes pasado —contó el señor Potter, ganándose miradas incrédulas de Anderson y gestos de alerta de los otros dos —Se presentó como Hikari, si no mal recuerdo. Vino a traer un informe respecto a lo que ella y sus camaradas observaron del asalto a Azkaban. También me entregó una lista.

—¿Una lista? —se interesó la aurora Tonks.

—Sí. Algunos ninjas asistirán a la próxima reunión.

Todos los presentes asintieron enseguida.

Hikari dio a entender que la Familia Imperial sabía lo de Matsunaga desde hacía tiempo —siguió el señor Potter, frunciendo el ceño —Contaban con datos muy específicos. Hubieran jurado que venían de un ninja, pero… La información la envió Yue Lin Ming.

Al nombrar a la ex–campeona de Zen, nadie necesitó escuchar más. Los allí presentes sabían perfectamente de lo que era capaz la joven china.

—Ahora no puedo contactar a la señorita Ming —indicó el Comandante interino, respondiendo a la muda pregunta reflejada en las miradas frente a él —Está en entrenamiento para ser una Baxian, una aurora china, y se halla en aislamiento. Sin embargo, le he mandado un mensaje a su jefe, el señor Bing, solicitando que nos envíen lo que puedan acerca de los prófugos de Shinitani.

—Increíble que todavía no los hayan arrestado —masculló el señor Ron.

—Considerando que los nukenin que viste son algunos de esos prófugos, no me extraña.

El pelirrojo se encogió un poco en su asiento.

—¿Tan terribles son esos nukenin? —quiso saber la aurora Tonks.

—Espantosos —confirmó el señor Ron, con una mueca de fastidio.

—Tenemos que ocuparnos de nuestros propios prófugos —indicó el señor Potter con severidad —Hemos podido recapturar a algunos, pero no es suficiente. Quedan libres unos cuantos que son muy peligrosos por sí mismos. No quiero ni pensar en lo que harán al mando de Hagen.

—¿Cuál es el plan, Comandante? —se atrevió a preguntar Anderson.

—Se duplicaron las patrullas en las fronteras, mientras que unos cuantos de los nuestros ayudan a los Sinodales a levantar nuevamente las protecciones de Azkaban. Se intentó interrogar a los recién arrestados, sin éxito.

—¿Y eso? —se extrañó el señor Ron.

—Parecen traer encima una especie de maldición que les impide hablar. Queremos intentar la Legeremancia, pero no tenemos a ningún experto disponible y aunque lo tuviéramos, no se sabe si también tengan barreras mágicas mentales.

En eso, la aurora Tonks compuso una expresión de triunfo.

—Harry, sé quién nos puede ayudar.

El señor Potter compuso una tenue sonrisa. La primera que mostraba en semanas.


24 de junio de 2021.

Shangai, China.

Jardín Yuyuan.

El agua apenas ondeaba, debido a una ligera brisa. Los pasillos que cruzaban las áreas verdes, uniendo los diversos edificios tradicionales, se hallaban prácticamente vacíos, lo cual era novedad en un jueves por la mañana.

El jardín Yuyuan era uno de los lugares más hermosos de Shangai. Restaurado en incontables ocasiones durante la década pasada, era visitado a montones tanto por sus habitantes como por turistas de todas partes del mundo. Las mañanas allí solían ser tranquilas, sobre todo entre semana, en particular si el lugar, como venía haciendo desde hacía unos cinco años, permitía su cierre al público para eventos privados. Aunque claro, no debían ser largos y quienes solicitaran algo así debían ser personas bastante pudientes.

—… Tai Lin, ¿aceptas a Lan Hua (1)…?

Las oraciones del mago ataviado con una túnica blanca de estilo oriental se perdían un poco debido al volumen de su voz y al ruido de las calles cercanas, pero la mayoría no tuvo problema en seguir aquella especie de discurso, ceremonioso e incluso un poco fastidioso.

—No entiendo ni una palabra…

El susurro, hecho en un español bastante aburrido, recibió como respuesta un leve codazo.

—¡Lo siento! —se disculpó en inglés el dueño de la voz, un joven de cabello llamativo debido a los mechones dorados que lucía salpicados entre su cabello rubio oscuro. Sus ojos, de un tono entre azul y verde, se giraron discretamente hacia su izquierda.

—Te pedí que usaras un fonotraductor —masculló, también en inglés, una joven mujer de rasgos orientales, de brillante cabello negro recogido en un elaborado moño y cuyos inusuales ojos azules, muy claros y agudos, no dejaban de vigilar su entorno.

—Sí, lo sé, pero esos hechizos no se me dan bien…

Dejando escapar un suave suspiro, la joven sacó del bolsillo de su túnica oriental roja una varita mágica, con la cual le dio al rubio unos golpecitos ligeros en orejas y garganta. Al instante, fue como el muchacho alguien hubiera encendido el doblaje de una película extranjera de la gente sin magia, porque oyó claramente, en su lengua materna, lo que decía el mago de túnica blanca.

—… Los declaro marido y mujer.

Con un movimiento de varita, el mago de blanco hizo que las innumerables lámparas de papel sobre sus cabezas, esféricas y de color rojo, se encendieran con una diminuta llama que parecía flotar en ellas, haciendo que cierto hanzi (2) destacara en la superficie de cada lámpara. Apenas se distinguió el cambio de luz en la habitación, pero eso poco importaba.

Sin más, a través de diversos hechizos, el lugar lleno de bancos ante el punto donde se realizaba la ceremonia se transformó en un salón donde muchas mesas redondas y sillas rodeaban un espacio considerable que los recién casados emplearon como pista de baile. La costumbre indicaba que danzarían juntos una melodía que hubieran elegido en conjunto, antes de ir a la mesa principal a recibir las felicitaciones de familiares y amigos. Después de eso, seguirían el banquete y la fiesta.

—Anda, por aquí —pidió la joven oriental de ojos azules a su acompañante, esquivando a varios invitados para poder llegar a una de las mesas más próxima a la principal.

El rubio se dejó llevar en cuanto la chica le tomó la mano, sin poder evitar mostrar una leve sonrisa en el rostro, aunque sentía que se veía muy tonto. Sin embargo, su buen humor se esfumó ante las miradas despectivas que le dedicaban, debido a su sencilla túnica azul marino, cuyo detalle más elegante era el broche plateado que la cerraba.

Para colmo, ahora podía entender perfectamente lo que los presentes decían, con lo que se dio cuenta que casi todo lo que murmuraban con notoria indignación no estaba dirigido a él.

—¿Esa chica se atrevió a venir?

—Dicen que el señor Ministro la invitó personalmente.

—Algún truco habrá usado, es una…

—Sí, claro, pero sigue siendo una Ming.

—Es una lástima que una familia tan honorable se echara a perder…

El rubio iba a girarse a replicarle a los dueños de esas voces, pero su compañera le dio un apretón repentino a su mano y la miró, descubriendo que movía los labios de manera casi imperceptible, con rapidez, aunque no distinguía ni una palabra de lo que decía.

—¿Yue Lin? —la llamó, preocupado.

Ella giró ligeramente la cabeza hacia el rubio, dejando de mascullar sin voz y dedicándole una tenue sonrisa que por desgracia, sus ojos no compartían.

—¿Sí? —inquirió ella con suavidad.

—Nada —él se encogió de hombros.

Finalmente ocuparon la mesa asignada a ellos, donde había cinco sillas más, desocupadas por el momento. Aunque Yue Lin sospechó que se quedarían así lo que restaba de la celebración.

—Lalo, ¿quieres que deshaga el fonotraductor?

La pregunta tomó por sorpresa al rubio cuando apenas había tomado asiento.

—¿Y eso? —dejó escapar, confundido.

—Mis parientes no son precisamente agradables —acotó ella por toda respuesta.

—En ese caso, necesito saber a qué me enfrento, ¿no?

Yue Lin meneó la cabeza, sonriendo otra vez, pero de forma un poco más alegre.

—Si supieran lo que sigue… —dejó escapar Lalo Mercader, con gesto pícaro.

—Si lo supieran, reafirmarían su idea acerca de mí, lo que por cierto, me tiene sin cuidado.

Pero él sabía que no era cierto. Bastaba con ver los labios de la chica, fruncidos en una mueca de disgusto y decepción, para darse cuenta.

—Por cierto, ¿dónde conoció el señor Ministro a su esposa? —inquirió, intentando distraerla.

—¿A Lan Hua? Eso es bastante curioso, en realidad —dejó escapar Yue Lin, conteniendo una risita —Fue la asignada como su asistente personal, ya que yo iría al entrenamiento de Baxian. Tai Lin me la presentó para que la pusiera al corriente del trabajo y los pendientes, y desde entonces presentí… —titubeó, posando sus claros ojos azules en un punto al frente, como si allí pudiera ver con claridad lo que estaba contando —Bueno, ella es agradable, eficiente en su trabajo y no se deja intimidar por cualquiera. Según lo que me ha contado Tai Lin, siempre creyó que era guapa y buena persona, pero no fue sino hasta cumplir tres meses en su puesto que empezó a considerar la posibilidad de que se había enamorado de ella.

—¿A los tres meses de conocerla? Oye, eso fue rápido.

—Tal vez. Pero considerando lo que pasó en esa ocasión…

—¿Qué pasó?

—Tuve un encuentro del peor tipo con mi suegro.

La acotación, hecha con una voz femenina serena y firme, desconcertó al rubio y lo hizo quitarle la vista de encima a Yue Lin, para toparse con una mujer joven de tez clara, rostro ovalado y lustroso cabello negro bien recogido en lo alto de su cabeza en un moño muy elaborado, adornado con broches de oro y jade. La indumentaria de la mujer, un largo vestido blanco de diseño chino, no era lo que uno esperaría de una bruja normal en su boda, eso ya lo había oído murmurar Lalo entre toda la sarta de tonterías que despotricaban los invitados contra Yue Lin. Los ojos de aquella mujer, de un castaño muy oscuro, lo observaban con atención y… ¿afecto, quizá?

—¡Lan Hua! —exclamó Yue Lin, girándose hacia ella —Lo siento, no me fijé que acabó el baile.

—No hay cuidado. Tai atiende a sus parientes, así que aproveché para venir.

—Te lo advierto, eso no se verá bien.

—Si me hicieran sentir bienvenida a esta familia, me importaría lo que vean o dejen de ver, pero en esto estoy de acuerdo con Tai, así que aquí me tienes.

Sin pizca de vergüenza, la nueva señora Ming se sentó en la silla libre a la derecha de Lalo, quien no pudo evitar dar un respingo al comprobar, de primera mano, cómo era su carácter.

—Te decía —comentó entonces, dirigiéndose al muchacho como si nada —Ese día preparaba unas cartas que Tai debía firmar, cuando de pronto apareció su padre y exigió verlo. Yo no sabía quién era, así que le pedí amablemente que me diera su nombre y que tomara asiento mientras consultaba con el Ministro si podía recibirlo. El hombre se alteró bastante, pero vi que trataba de no armar escándalo, antes de soltarme que el Ministro podría permitirse cinco minutos con él. Le contesté que en ese caso, me permitiera verificarlo y volví a pedirle su nombre, pero pareció no escucharme y golpeó mi escritorio, volcando mi tintero sobre las cartas que acababa de redactar.

La mujer hizo un sutil puchero de disgusto ante el recuerdo, con lo cual Lalo debía admitir que, a su manera, la recién casada era encantadora. Ahora creía comprender qué le había gustado tanto de ella al Ministro de Magia chino.

—Me enfadé —prosiguió Lan Hua, encogiéndose de hombros —Me contuve para no gritarle, saqué la varita y arreglé el desastre antes de preguntarle su nombre por tercera vez. Fue entonces que salió Tai de su oficina, preguntando por las dichosas cartas, y cuando vio a su padre, puso una expresión de fastidio enorme, aunque solo fue un segundo, antes de indicarme que atendería al señor y que le pidiera a su siguiente cita que esperara un momento. Luego se llevó a su padre al despacho, pero no tardaron en salir ni dos minutos, con el señor Jintao echando pestes por lo bajo y Tai lucía una cara… Creí que acababan de decirle que se había muerto Yue.

—¿Yo? —intervino Yue Lin, desconcertada.

—Creo que sabes, Yue, que actualmente eres la única pariente que le importa a Tai.

La otra asintió, ligeramente sonrojada.

—Me atreví a preguntarle si había algún problema y masculló algo sobre que su padre no tenía por qué ordenarle, antes de saber qué pasaba con las cartas que me había pedido. Fue cuando tuve que confesarle lo que había ocurrido, prometiendo ponerme al corriente lo más rápido posible, antes de ver que se echaba a reír. ¿Lo has visto reír, Yue? No por lo bajo, como cuando se contiene delante de alguno de los funcionarios, sino de verdad, alto y claro.

—Sí, lo vi un par de veces —concedió Yue Lin.

—Pues bien, se rió delante de mí, creyendo que me estaba tomando por mentirosa, cuando dijo que no hacía falta, que haría las cartas él mismo y me las entregaría ya listas para ser enviadas, y volvió a su despacho. A la siguiente hora me entregó un fajo de pergaminos y allí estaban, todas las cartas debidamente escritas y firmadas, y en el último pergamino había una nota en la que me pedía que saliera a cenar con él. ¿Verdad que es ocurrente?

—Tiene sus momentos. ¿Y supiste para qué fue a buscarlo el señor Jintao?

—En ese momento no, tuvieron que pasar dos meses de cenas y paseos para que me confesara que su padre quería detener no sé qué procedimiento de vigilancia en la frontera debido a que interfería con las importaciones, pero Tai se negó y se ganó que renegara de él. Se supone que hacer eso equivale a que ya no debería ser un Ming, pero claro, no les conviene que el Ministro de Magia deje su clan así, sin más. Y eso me incluye, ahora que nos casamos.

—Debe ser una deshonra más para Tai Lin, según ellos —espetó Yue Lin con fastidio.

Lalo arqueó una ceja, interrogante, antes que Lan Hua riera por lo bajo.

—Soy hija de jianpu ren (3) —confesó, sonriendo tímidamente.

Lalo arqueó una ceja.

—No entendí de quién eres hija, y eso que traigo un fonotraductor encima —reconoció él.

—Curioso, será que tu país tiene una palabra propia para la gente sin magia —apuntó Lan Hua.

—¡Ah, sí! Los llamamos macehualtin. Entonces, ¿a los todopoderosos Ming no les gustó que su familiar más importante se casara con la hija de personas no–mágicas?

—Exacto. Pero si lo desheredaran, él debería adoptar mi apellido, Yu (4), y no les conviene.

—¿Sabes si el señor Jintao fue de nuevo a verlo, después de esa vez?

La pregunta de Yue Lin fue inesperada, pero aún así respondida con presteza por su nueva prima política, con una mueca de disgusto.

—Sí, una semana después. Pero Tai siguió firme y el señor Jintao parece que se rindió.

—Raro, considerando que siempre consigue lo que quiere —apuntó Yue Lin con aire distraído, para luego desviar ligeramente la mirada —Lalo, Tai Lin está libre, vamos a felicitarlo.

El rubio asintió, poniéndose de pie, y los tres se encaminaron a la mesa principal, en la cual Lan Hua ocupó su sitio, a la izquierda de su ahora esposo, con una sonrisa radiante.

—Me alegro mucho por ti —dijo Yue Lin, haciendo una reverencia ante su primo —Te deseo un matrimonio largo y feliz.

—Gracias —aceptó el recién casado, sonriendo solo un poco.

—Eh… Lo mismo digo yo —pronunció torpemente Lalo, imitando la reverencia de Yue Lin.

—Gracias a ti también. ¿Estás listo?

Lalo asintió mientras se enderezaba, mostrando orgullo y nerviosismo en el rostro.

—Oficialmente, el banquete inicia en cinco minutos —avisó Tai Lin, observando con discreción a su alrededor —En cuanto todos estén concentrados en el primer plato, podrán irse. Lan y yo los alcanzaremos cuando se sirva el segundo.

—¿Qué van a decir los invitados si…?

La pregunta de Yue Lin fue cortada de tajo por la mirada penetrante que le lanzó su primo.

—De acuerdo, de acuerdo —aceptó la de ojos azules —Los esperaremos allí.

Tai Lin asintió, dando el asunto por zanjado, tomando asiento junto con su esposa.

Puntualmente, cinco minutos después, en todas las mesas los platos se llenaron de comida por arte de magia, y en cuanto todos se concentraron en él, Yue Lin y Lalo apenas probaron un bocado antes de escabullirse hacia la parte detrás de la mesa principal, cuidando que nadie los viera. Aunque, pensó ella con cierto desdén, seguramente alguno de sus parientes creería que era una descarada por fugarse con su pareja a mitad de la fiesta, probablemente para hacer algo indebido.

Tras recorrer un largo pasillo con suelo de duela, llegaron al exterior, donde enseguida Yue Lin guió a Lalo a través de un camino formado con losas de piedra redondeadas, teniendo verde césped a derecha e izquierda, hasta llegar a un arqueado y pequeño puente que les permitía el paso por un riachuelo hacia otro de los edificios tradicionales del Yuyuan, mucho más pequeño y silencioso, que delante de sus puertas tenía de pie a algunas personas.

—¡Llegaron! —exclamó Yue Lin de forma ahogada, adelantándose y haciendo una reverencia —Les agradezco mucho que estén aquí.

—Bueno, esto no íbamos a perdérnoslo —apuntó un joven castaño con una sonrisa un tanto burlona, observando a Lalo —Muchas gracias por tus consideraciones, amigo.

—¡Oye! —espetó el rubio, ligeramente avergonzado.

—Ya, no peleen —pidió una castaña que usaba anteojos ovalados sin armazón, rodando los ojos al tiempo que sonreía.

—Por fortuna tenía trabajo cerca de aquí —indicó una joven que, como Yue Lin, poseía rasgos orientales, aunque un poco más suaves, y una larga cabellera de color castaño dorado.

—Igual yo —apuntó un muchacho de cabello rubio rojizo, al que Lalo miró atentamente y, por alguna razón, le causó una sensación extraña, como si pudiera confiar en él sin hacer preguntas.

—Nosotros llegamos a la manera muggle, y debo decir que es realmente interesante —comentó una chica rubia de ojos grises con un aire inconfundible de misticismo. En brazos llevaba a un niño de abundante cabello castaño oscuro salpicado de mechones de distintos colores, con los ojitos fijos en Yue Lin, con lo cual ella notó que el derecho era gris y el izquierdo, castaño.

—Y los hechizos de camuflaje funcionaron perfectamente. Nadie le hizo malas caras a Nate —agregó un joven muy moreno, que rodeaba los hombros de la rubia con un brazo.

—Aún así es un niño precioso. Me alegro que pudieran venir. Pasen, por favor.

Yue Lin se adelantó para abrir la puerta del edificio y luego les cedió el paso a los presentes.

El lugar apenas estaba ocupado por un par de bancos largos y una tarima, cerca de la cual maniobraba un mago delgado y de baja estatura, de cabellos grises y túnica blanca. Al oír que había gente en el lugar, alzó la mirada, mostrando un rostro lleno de arrugas en torno a los ojos y una sonrisa franca y bonachona.

—Todo está listo —indicó, observando cómo los recién llegados se acomodaban en los bancos, a excepción de Yue Lin y Lalo —¿Esperamos a alguien más?

—A mi primo y su esposa —indicó Yue Lin, curvando los labios de forma temblorosa.

El mago de túnica blanca asintió y fue a pasearse por el lugar, haciendo aparecer en el techo, con unos cuantos pases de varita mágica, lámparas de papel de color rojo con un hanzi escrito en color dorado. Lalo, frunciendo el ceño, inquirió.

—¿Qué significa ese símbolo?

—Es el hanzi Zhu, significa desear felicidad. Es un símbolo de buena suerte.

—¿También esas cosas? —soltó Lalo con incredulidad, al ver surgir de la varita del mago bajito unos hilos de humo que no tardaban en convertirse en dragones del aire en miniatura.

—También. Y para mí significan mucho. Mi varita tiene bigotes de esa clase de dragones.

—No los vi hace un momento.

—Estabas demasiado concentrado en querer entender lo que decían como para fijarte.

Lalo se encogió de hombros, admitiendo su culpa.

Poco después, estando enfrascado en una conversación sobre cómo les iba a los padres del único niño presente, entraron Tai Lin y su mujer, ya sin los elegantes y recargados atuendos de boda, sino con túnicas orientales más sencillas: la de él era color vino y la de ella, de un tono perlado.

—Podemos comenzar —le avisó Yue Lin al mago de túnica blanca.

A continuación, la joven dio unos toquecitos con su varita a su túnica y el rojo se transformó en blanco poco a poco, dejando solo unos trazos del intenso color en la parte baja y en las orillas de las mangas, dando la impresión de ser llamas estampadas en la tela. Por su parte, Lalo tragó saliva, respiró profundamente y enseguida, sonrió ampliamente.

Sin otros testigos que sus personas más cercanas y queridas, Yue Lin Ming y Eduardo Mercader Guerra se disponían a unir sus vidas en matrimonio.

Lo decidieron durante la visita relámpago que él le hizo a ella en la pasada Semana Santa. Tras atender el asunto que había llevado al rubio fuera de México, Yue Lin estaba preparada para despedirlo, intentando no llorar, cuando él soltó, de buenas a primeras, que quería casarse. Aunque usó el gastado pretexto de los últimos tiempos, de querer hacerlo así lo más pronto posible debido a los ataques de Hagen, la joven china intuía el verdadero motivo: Lalo sospechaba que la última visión de ella, aunque no la conociera, sería algo de lo cual no podrían librarse fácilmente y quería obtener algo de felicidad antes de que se realizara.

—Estamos aquí reunidos para presenciar la unión de estas dos personas —decía entonces el mago de túnica blanca, revisando algunos de los pergaminos sobre su atril —Yue Lin Ming, hija de Dao Yu (5) y Yue Zi, y Eduardo Mercader, hijo de Mo Xi Ge

—¿Hijo de México? ¿Entendí bien? —dejó escapar el joven de cabello rubio rojizo.

—Es tradición —le explicó la oriental de cabellera castaña dorada, en un apresurado susurro en francés —Si no tienes familia, declaran que eres hijo de tu nación.

El rubio rojizo asintió y siguió atendiendo la ceremonia.

No llevó ni una hora concluir con el enlace, para lo cual el mago de túnica blanca preguntó una última formalidad que debía inscribir en sus pergaminos.

—¿Apellido?

—¿Qué? —se extrañó Lalo, frunciendo el ceño.

—Quiere saber qué apellido debe ir en el registro —aclaró Yue Lin, con una tenue sonrisa.

—¡Ah, eso! Entonces es Ming.

Un silencio extraño se hizo entre los presentes, en tanto Yue Lin miraba a su ahora marido sin poder ocultar su asombro. El rubio, encogiéndose de hombros, declaró.

—Mercader no vale nada, y en cierta forma, ni siquiera es mi apellido. No me importa usar el tuyo, Yue Lin, de verdad.

Ella, con un nudo en la garganta, asintió mirando al mago de túnica blanca, quien carraspeó para salir de su estupor y procedió a obedecer la indicación. Era muy raro que fuera el varón quien cambiara de apellido al casarse, pero no estaba prohibido.

—Eso no me lo esperaba —confesó el de ojos color miel a su amigo, frunciendo el ceño, en cuanto se despidieron del mago de túnica blanca y se acercó a felicitarlo.

—¿Qué, lo del apellido? Es en serio, ¿de qué le serviría a Yue Lin llevar el Mercader?

—¿Y qué dirás en México cuando volvamos?

—Nada, solo llevaré la documentación al Registro Civil Mágico y saldrá un clasificado en El Códice, como es costumbre. Pero no creo que nadie se fije, Ton, tranquilo.

Tonatiuh García Quezada asintió, aunque tenía sus dudas. Cuando él se casó con Itzi, tuvo que pasar por varios malos ratos causados por la prensa, debido a que había sido campeón de Calmécac en el Torneo de las Tres Partes. Pero quizá a Lalo no lo molestarían mucho en su país, sino que sería Yue Lin Ming quien sufriera las consecuencias cuando el matrimonio se diera a conocer en China, si es que se hacían las cosas más o menos como en México.

—Será gracioso que ahora tengan que llamarte señor Ming, Lalo —comentó la esposa de Ton, dedicándole una sonrisa traviesa.

—¿Eso crees? Eduardo Ming… Quizá, pero es mejor así, creo que…

—¡Yue!

La exclamación hecha por Lan Hua Ming distrajo a todos de sus respectivos diálogos, haciendo que miraran cómo la mujer sujetaba a su prima política con gesto de preocupación. Lalo enseguida fue hacia ellas, arrugando la frente, sosteniendo a Yue Lin del brazo que tenía libre.

—¿Estás bien? —preguntó en un murmullo.

Su mujer asintió, con la cabeza gacha, antes de enderezarse.

—¿Algo que debamos saber? —preguntó la rubia de ojos grises con suavidad.

—No estoy segura… —musitó Yue Lin, apretando los labios y parpadeando a toda velocidad.

—Sabes que estamos aquí si nos necesitas —apuntó entonces la de anteojos, con gesto serio.

Yue Lin asintió, pero presentía que por una vez, el significado de una visión la esquivaría de manera indefinida, a menos que analizara concienzudamente cada detalle.


(1) En chino, lan hua quiere decir orquídea.

(2) Se les llama hanzi a los símbolos de la escritura china, como los kanji de la escritura japonesa.

(3) El término se forma con los vocablos jian pu (sencillo, sin adornos) y ren (persona). Literalmente, quiere decir persona sencilla, sin adornos.

(4) El apellido Yu se escribe con el hanzi de lluvia.

(5) Los caracteres que forman este nombre son el segundo del verbo guiar (xiangdao) y el segundo de la palabra libertad (zi yu).


22 de julio de 2013. 10:19 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Bienvenidos sean al segundo capítulo de esta quinta entrega. Acá en mi tierra estamos en temporada de lluvias, así que me ha tocado quedar medio empapada un par de veces. Peor aún, al momento de escribir la presente, estoy resfriada. Vaya suerte la mía…

Algunos deben estarme odiando porque no ha salido nada de Hally y compañía. Lo siento, pero necesito dejar algunas cosas claras que serán la pauta para algunos sucesos futuros que… Bueno, ya saben cómo me las gasto (Bell rueda los ojos, a veces ni ella se aguanta).

Iniciamos la lectura en un pueblo alemán, que había sido mencionado una vez, muy de pasada, en ET3P, y que ahora le inventé nombre, Baden–Kopf. Katrina Turner anda allí, ¿por orden de Hagen o como ayudante de la Coalición? Eso no queda muy claro. Compra un reloj de cuco en la tienda de un mago, una actividad de lo más inocente, pero indica que se envíe a Viena. ¿Para qué? No es difícil de adivinar.

De allí, nos vamos a Londres, al Cuartel General de Aurores, donde Harry y unos cuantos colegas se están enterando de los acontecimientos narrados en el capítulo anterior, en Alemania, Italia y Japón. Así mismo, planean los interrogatorios de los fugados de Azkaban que han recapturado, pero por lo visto alguien "aseguró" sus mentes, por lo que requieren de alguien que sepa cómo lidiar con eso. Tonks salva el día asegurando que sabe quién puede ayudarles y, debido al resto de la conversación, Harry sospecha de quién se trata, por lo que se anima un poco. ¿Ustedes también adivinan de quién habla precisamente Tonks?

Finalmente, la escena más larga, en China, donde Tai Lin Ming, el Ministro de Magia, se casa con una hija de muggles, Lan Hua Yu (a Bell le encantó hallar ese nombre de pila para la mujer). Poco después, los que se casan son Lalo Mercader y Yue Lin Ming, todo porque pesa sobre ellos la sombra de una de las visiones de ella, mencionada en LAV, por si lo olvidaron. Aparte del ministro y su esposa, no hay mucha concurrencia a este enlace, y por las descripciones, se sabe enseguida quiénes están allí, aunque todos quedan desconcertados cuando Lalo decide cambiar de apellido y después, cuando Yue Lin parece tener otra de sus visiones, una no muy clara, por cierto, ¿qué habrá visto exactamente para que no pueda comprenderla? Por lo general, Yue Lin ve sus "profecías" cuando es presa de una intensa emoción y a su vez, tienen relación con el suceso que está viviendo, ¿se fijaron en eso desde ET3P? Si es así, quizá puedan ir deduciendo qué pudo haber visto, y qué tan importante es que sepa descifrarlo.

Por otro lado, trataré de que al usar Arcanos Menores de títulos de capítulo, solo sean tres, para no hacer una frase muy larga, lo que significa que probablemente haya tres escenas por capítulo, una por cada Arcano Menor. No sé si eso alargue o acorte la entrega, solo espero que no me salga algo demasiado complicado.

De momento es todo, no sin antes recordarles que, a la fecha de la presente nota, sigo dudando en poner a Hally Potter como La Luna, siendo la única candidata que tengo… Y con eso de que estoy de descanso, pocos se acuerdan de la saga si no ando dando lata con ella (ya sea actualizando o por medio de las redes sociales). En fin, a ver qué tal va…

Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.