No, no soy rubia, tampoco inglesa y mucho menos millonaria por lo tanto no soy J. K. Rowling y nada de esto me pertenece.


¿A dónde va la amistad?

Capítulo Dos.

¿Has Callado Una Amistad?

Octubre, Draco.


"Yo tengo un amigo. Él conoce todas mis virtudes y yo conozco todos sus defectos."

Anónimo.


Después de un mes, es bastante obvio que la Lunática no se nos va a despegar. ¿Qué más da? Ya me junto con traidores a la sangre, un mestizo y una hija de muggles. Una loca no va a venir a empeorar mi situación. De hecho, gracias a su estatus de sangre, puede que la mejore. No es que realmente importe. Hace muchos años que decidí cómo quiero vivir mi vida; pocas semanas después de haber ingresado a Hogwarts, para ser más exactos. Cuando descubrí que todas las personas que se acercaban a mí, lo hacían indirectamente por mi padre. Por temor, por encargo o por la necesidad de caer es su gracia, pero era siempre por él. Desde los estúpidos de Crabbe y Goyle hasta el interesado de Zabini.

Sin poder tolerar esta situación, decidí a encontrar a alguien que pudiese interesarse genuinamente en mí. Muchos nombres desfilaron por mi mente, pero fue hasta la primera clase de vuelo que una bludger se encargó de señalármela, literalmente. La sangre sucia de la generación. Supuse que establecer contacto sería complicado, pero fue tan sencillo como "cobrarle el favor" pidiéndole la tarea un par de horas después. Cuando noté que sus compañeros inseparables eran los traidores a la sangre Weasley y el mestizo Potter, fue como la cereza del pastel.

Por supuesto, mi elección de amistades no pasó desapercibida para nadie. Mucho menos para mi padre quién, cuando regresé a la Mansión al terminar ese año, me prohibió tajantemente seguir manteniendo contacto con alguno de ellos. Pasé el resto del verano castigado y cuando partí de nuevo hacia el castillo, llegué a sentarme directamente al lado de Granger, durante la primera clase que compartimos el segundo año. Han pasado tres años desde entonces, y todavía no ha habido una clase en la que no esté junto a ella.

—Dime el ingrediente principal de la poción Matalobos —digo una tarde en la biblioteca —¡Granger!

—Acónito —contesta ella rápidamente, como si quisiera disimular que hasta hace un momento no me prestaba la más mínima atención.

Mientras escribo la respuesta en el pergamino para Snape, pienso en que cosa podría inventar para que ella tuviera que hacer todas mis tareas por el resto del año. Quizá si salvo a Weasley de caerse de su escoba durante el próximo partido... No, sería demasiado obvio. Tanto como que ella babea por él. Además, no pienso inmiscuirme en ningún asunto de ese tipo. Amoroso, quiero decir. Tengo suficiente con los problemas que ya tengo.

La Lunática llega y, como se ha vuelto costumbre, se integra a nuestro "grupo de estudio" de una forma silenciosa. No es una mala compañía, lo admito. Aunque por lo que aporta, una planta podría reemplazarla fácilmente. Creo que lo único que quiere es no estar sola. Eso lo comprendo bastante bien. Me pasaba a diario, en la sala común de Slytherin, cuando comencé a juntarme con estos. Fue hasta después de un par de años, que las personas me volvieron a rodear.

Observo a mis compañeras. Creo que gracias a su en su mutua mudes, están por volverse mejores amigas. ¿Cuándo fue la última vez que yo tuve un mejor amigo? ¿Alguna vez he tenido uno? Porque ellas (incluyendo a la pelirroja) son mis compañeras. Y Weasley y Potter son mis... conocidos. Nuestras pláticas se limitan al quidditch, y en el último año, a comentar sobre alguna chica. Eso no es amistad, y las personas que creen que lo sea, me parecen patéticas.

—¡Hola a todos! —saluda casi brincando la Weasley menor. Granger y Lovegood murmuran un saludo y ella se sienta con nosotros.

—Dime, ¿te interesa Nott? —le digo sin muchas ceremonias —Esta es la tercera vez que me pide que los introduzca.

—Espero que lo hayas mandado a freír espárragos —contesta ella sin mirarme, centrando toda su atención en el reflejo que le muestra el espejo que acaba de sacar.

—Palabras más, palabras menos. Sólo lo digo porque comienza a hartarme y te agradecería que fueras tú misma quién lo hiciera, a ver si así entiende.

—Las personas deberían entender cuando no son correspondidas —dice mirando de reojo a Granger, aunque sin ser burlona —Se lo diré la próxima vez que lo vea.

Me parece irónica su respuesta, cuando ella misma ha estado enamorada del mejor amigo de su hermano desde que estaba en pañales. Nada más es cosa de que vea a Potter y ella queda como conejo lampareado. Cómo si hubiera manera de que alguien se metiera con la hermanita de su mejor amigo. Weasley no es mi amigo y ni yo me metería con su hermana. Y hablando de los reyes de Roma, ahí vienen esos dos. Siempre están tan juntos, que hace años vengo creyendo que en realidad, están juntos. Una vez más, no es que me importe.

—¿Quién quiere pasarme la tarea de Snape? —dice Weasley mayor y me sorprende que Granger no se la haya hecho ya. Yo enrollo mi pergamino.

—Y la respuesta es, querido hermano, ¡absolutamente nadie! —grita Weasley menor y la señora Pince nos llama la atención.

—Hermione, por favor, ¿podrías ayudarnos? —pide Potter —Es que tenemos entrenamiento esta tarde.

—Ajá —susurra Granger, fingiendo indiferencia a la vez que les acerca tres enormes libros de pociones del siglo XX. En los cuales, claro está, ya hay separadores para que ellos sólo tengan que copiar lo que ella prácticamente les subrayó. No me burlo, porque el primero en usar dicha información, fui yo.

¿Debería sentirme culpable? Después de todo, nuestro acuerdo fue en primer año, cuando tuvimos clases de vuelo. Ahora en quinto, Granger no debería preocuparse por las pelotas. Está bien; una vez en tercero, durante un partido casi la vuelve a golpear una bludger (y eso que estábamos en las gradas), pero en todo caso, quién la desvió fue Potter, ganándose un castigo porque cómo buscador la única pelota que debe tocar es la snitch. Yo sólo agarré a Granger de un brazo y la hice a un lado. En fin, no es que me esté quejando por tener las tareas casi hechas.

—¡Qué lo estoy ocupando yo! —grita de nuevo Weasley menor arrebatándole un libro a su hermano. La bibliotecaria nos da una segunda advertencia.

—Honestamente —dice la castaña con su tono mandón —deberían aprender a compartir.

—¡Es que lo necesito! —acusa Weasley mayor como si Granger fuera su mamá y pudiera regañar a su hermana pequeña.

—¡Pero yo lo estoy usando! —protesta ella. En serio, ¿sabrán que ya no están es su casa?

—Ya —los corta Potter —¿y si lo ponemos en medio para que todos...? — el tono paternal y conciliador con que habla, hace que piense que si vamos a jugar a la casita, pido ser el vecino de enfrente.

Comienza un forcejo entre los hermanos y Potter, cada quién jalando un pedazo de libro, y justo cuando pienso si meter mi mano y adueñármelo sólo por molestar se oye un sonoro "¡Crack!". Y ahí quedó el que era un libro, ahora dividido en tres tomos. Tenemos cómo dos segundos antes de que llegue una fúrica señora Pince y me dan tiempo para notar la cara de sorpresa de Lovegood, la de arrepentimiento de Potter y la de "yo no fui" de los hermanos. Entonces, notó la de pavor que tiene Granger y comprendo la situación. Se acaba de romper un libro, de su preciosa biblioteca. Un libro por el cual ella firmó de responsable. Tengo el presentimiento que esto no se va a arreglar con un simple "reparo".

—¡FUERA! —dice la señora Pince —¡Todos fuera! Cincuenta puntos menos para Gryffindor, y quiero que todos vayan a reportarse con la profesora McGonagall. ¡Van a ver, cómo me entere que no han ido! Y usted, señorita Granger, no la quiero volver a ver por aquí en lo que resta del año.

—¡No fue su culpa! —saltan Potter y Lovegood al tiempo que los Weasley sostienen a la acusada, quién creo que está por desmayarse —¡ella...!

—No me importa de quién fue la culpa, ella era la responsable.

—¿Y si se lo reponemos? —viendo peligrar mis tareas, abro la boca —Me refiero a en especie. Mañana mismo puedo traerle diez ejemplares nuevos.

—De ese libro en particular, me sobran ejemplares, joven Malfoy. No puedo creer lo que estoy oyendo, usted está intentado...

—¿Y si usted escoge los títulos que quiere? —pienso que mi padre ni de risa loca me compraría tantos libros para evitar un castigo que ni siquiera es mío, pero mi abuelo Abraxas, es mucho más flexible con mis "travesuras de juventud" —Usted haga una lista, yo los pido, se los traigo a más tardar el lunes y aquí no ha pasado nada. ¿Le parece?

—Bueno, la verdad es que nos haría mucho bien una donación de... —la bibliotecaria lo piensa, luego parece recordar con quién está hablando y dice —Treinta libros.

—Quince —digo serio.

—Veinticinco.

—Veinte.

—Hecho. Y los quiero aquí el viernes —dice la bruja todavía echándonos fuera de sus aposentos —Y aún así tienen que ir con la profesora McGonagall.

Sabía que me estaba olvidando de algo. Bueno, al menos evite que Granger se lanzara esta noche desde la torre de Astronomía. Y los Weasley y Potter ahora me deben algo. Mientras caminamos hacia el despacho de la profesora, veo otra ventaja de juntarme con tantos Gryffindors: McGonagall seguro nos castigará con alguna redacción, mientras que Snape nos habría mandado a limpiar los calderos con la lengua. Weasley menor toca al despacho de su jefa de Casa y estamos esperando la respuesta cuando planta-Lovegood habla.

—Hermione, ¿estás bien?

No sé qué clase de pregunta sea esa, porque no, es obvio que Granger no está bien. Sigue teniendo cara de susto y está tan lívida y tan quieta que cualquiera pensaría que acaba de tener un encuentro con un basilisco. ¿Qué no entendió que la salvé? ¿Qué es libre de regresar a su cueva para que siga haciendo todas mis tareas? Quiero decirle algo, pero la profesora abre la puerta y nos recibe con cara de pocos amigos.

—Adentro —dice y espera a estar sentada de nuevo en su silla y que todos la rodeemos con cara de culpabilidad para seguir hablando —¿En qué estaban pensando, por el amor de Merlín? ¡Estas chiquillerías las espero de los niños de primer año, no de los jóvenes de quinto! Entiendo que estén en el año de sus T.I.M.O.S. y eso les pueda causar tensión adicional pero, ¡pelearse por un libro! Estoy decepcionada, sobre todo de usted... ¿señorita Granger?

La manera tan repentina que cambia de tono, de uno furioso a uno preocupado hace que todos volteemos la cara para ver a la mencionada. Ya no está lívida, ahora está colorada y aprieta tanto los labios, que juro que está por echarse a llorar. Segundos después, en cambio, son sonoras carcajadas lo que sale de su boca. Los otros cinco abrimos la boca de la impresión.

—L-lo siento, profesora —intenta explicar entre risotadas —pero fue ¡t-tan gracioso!

Mientras comienzan a salir lágrimas de diversión de los ojos de Granger, los labios de la profesora hacen una línea perfecta, muestra de su indignación. Es entonces cuando comienzan las risas de Lovegood, poco después las de Weasley menor y después los alaridos de mono que hacen Potter y Weasley mayor. Y cómo no quiero ser un palo seco en medio de babeantes sacos de risa, me empiezo a reír yo también. Lo admito, si fue gracioso.

—¡Castigados! —grita la profesora y eso sólo provoca que las risas aumenten —Un mes sin salidas a Hogsmeade, y diez puntos menos para cada uno.

—Acabamos de hacer perder a Gryffindor casi cien puntos —dice Granger y sigue carcajeándose. No creo que sea normal, pero no podemos evitar seguir riendo.

—Van a ser dos meses. Y ahora vayan todos con Madame Pomfrey a ver si les da una poción tranquilizante, por Merlín —finaliza la profesora y nos echa de su despacho.

Cumplimos la orden, pero camino a la enfermería se acaban las risas. Lovegood se despide y se marcha con una sonrisa brillante, caminando tan alegremente que parece que está dando saltos. Los Weasley y Potter parten rumbo al campo de quidditch y yo me quedo a solas con Granger.

—Gracias —dice ella, avergonzada —No tenías qué.

—Tenía, si quiero seguir entregando mis redacciones a tiempo —contesto quitándole importancia al asunto, mientras hago un ademán con la mano.

—Te pagaré los libros —ofrece.

—Veinte libros, a un promedio de nueve galeones cada uno —comienzo a calcular —Son ciento ochenta galeones. ¿Sabes a cómo está el cambio a moneda muggle?

Seguro que lo sabe, porque vuelve a ponerse pálida.

—Te lo pagaré a plazos —responde.

—Voy camino a la lechucería para escribirle a mi abuelo pidiéndole dinero —me molesto en explicarle mientras comienzo a caminar. No hace falta decirle nada para que me siga —¿Sabes cuántos galeones me mandará?

—¿Cien?

—Quinientos —corrijo —Cómo mínimo. No me interesa el dinero que puedas darme mes con mes, Granger. Aunque, si tanto insistes en pagarme, ¿qué te parecen todas las redacciones que tengamos que entregar de aquí a diciembre?

Ella lo duda, pero finalmente acepta.

—Hecho —dice ofreciéndome su mano.

La tomo sin contestar nada, para después continuar mi camino. Aunque creí que ella se iría ahora a la sala común de Gryffindor, me acompaña hasta la lechucería, y juntos vemos como mi búho se aleja con la carta dirigida a mi abuelo.

El mismo búho que veo entrar trayendo una enorme caja con dulces, la mañana de Halloween. Apenas me da tiempo de desenvolverla, cuando Nott ya está metiendo su mano es ella. Si fuera cualquier otro de mis compañeros de dormitorio, probablemente lo hechizaría, pero hace algunos años aprendí que tener aliados significa tener que hacer pequeños sacrificios.

—No toques las varitas de regaliz —es lo único que le advierto.

Él rueda los ojos, mientras saca dos cajas de grageas de todos los sabores. No sé cómo puede tolerar esas cosas. Yo dejé de comerlas desde que, a los cinco años, me tocó una con sabor a vómito. Mientras veo cómo Nott se las lleva a la boca, sonrió pensando que quizá este sea mi año de suerte y le toque una con ese mismo sabor a él.

Tomando mis cosas, me despido con un movimiento de cabeza y salgo del gran comedor cargando mi caja de dulces. Cómo es sábado, me encuentro frente a las escaleras principales de Hogwarts sopesando mis dos opciones: por un lado, puedo ir a encerrarme a mi cuarto a leer cómics hasta que sea hora del banquete, o por otro, puedo ir a la biblioteca para presionar a Granger y que me dé de una vez el ensayo que tenemos que entregarle a Snape el lunes. Creo que juntarme con ella por tantos años está comenzando a afectarme, porque me decido por la segunda opción. ¿Quién se hubiera imaginado que sólo me tomaría cinco cursos en el colegio para empezar a preocuparme por mis estudios?

Al llegar a la biblioteca, la veo sentada en su mesa de siempre, rodeada de libros. Sé que nota mi presencia (aunque finge que no) porque cuando me siento frente a ella, un leve escalofrío la recorre. Me pregunto si algún día dejará de ser esta ratoncita espantada.

—Granger —la saludo.

—Aún no termino tu redacción —contesta sin mirarme, mientras sigue escribiendo en el pergamino frente a ella —Trabajaré en ella esta noche y te la daré mañana por la mañana.

Estoy por decirle "de acuerdo" cuando comprendo lo que dijo.

—¿No asistirás al banquete? —pregunto —¿Prefieres pasar la noche sola en el dormitorio de Gryffindor?

—¡No pasaré la noche en el dormitorio! —me contesta, aparentemente ofendida.

Alzo las cejas, esperando por una explicación sobre dónde va a pasar la noche de Halloween. Cuando ella se queda callada, rehuyendo mi mirada y volviendo a fingir concentrarse en el pergamino que tiene en frente, lo entiendo: probablemente va a pasar la noche aquí.

—Cómo gustes —digo a modo de despido, sin cuestionarla.

Mientras salgo de la biblioteca, pienso en lo rara que Granger puede llegar a ser.

Horas después estoy muy entretenido comiendo pastel, riéndome de las caras de hacen Crabbe y Goyle mientras prueban los dulces, e intentando ignorar lo que sea que Parkinson me esté contando, cuando una rubia se sienta a mí lado. Como no es precisamente Daphne Greengrass, no puedo evitar sorprenderme.

—¿Y tú qué haces aquí? —digo sobresaltado.

—Me gusta el pudín —contesta Lovegood, sin voltear a verme, mientras examina los postres que hay frente a nosotros —Ya se acabó en la mesa de Ravenclaw, así que vine a ver si todavía les quedaba un poco.

Ruedo los ojos, pero no le digo nada. Tampoco menciono que no recuerdo haber visto nunca pudín en la mesa de Slytherin.

—Probaré suerte en Gryffindor —comenta animada Lovegood, mientras se levanta y recorre todo el Gran Comedor para ir a sentarse en la mesa de los leones, rodeada por un montón de pelirrojos. Pensando que ella también puede ser muy rara, y al ver sólo la cabeza morena de Potter entre ellos, algo hace click en mi cerebro: el año pasado Granger si asistió al banquete. Recuerdo la cara que puso cuando Weasley mayor le pasó un huevo que terminó explotando y lanzando serpientes sobre su cara.

¿Por qué este año habrá decidido no asistir? Recordando nuestro breve encuentro en la biblioteca, caigo en cuenta de algo que hasta ahora no se me había ocurrido pensar: tal vez no la haya ofendido cuando le pregunté sobre si pasaría la noche sola en los dormitorios. Tal vez, si ella respondió tan cortante, fue porque en realidad sentía coraje.

Bufando, maldiciendo la parte noble que heredé por parte de la familia de mi madre y buscando cualquier excusa para no levantarme de mi lugar, comienzo a recoger todos los dulces que puedo con mis manos. Todavía tengo esperanzas de que alguno de mis compañeros de casa me detenga, pero ni siquiera Nott está prestando atención a lo que hago. Cuando paso cerca de la mesa de Gryffindor, en mi camino hacia la salida del Gran Comedor, también maldigo a los Weasley y a Potter. ¿Es que ninguno de ellos tuvo la sensatez de decirle a Granger que podía dejar las redacciones para mañana?

Al parecer no, porque cuando llego a mi destino, me la vuelvo a encontrar en la misma mesa, todavía rodeada de sus libros.

—Sabes que las tardes y noches de domingo existen por algo, ¿cierto? —digo mientras coloco todos los dulces que traigo frente a ella. Haciendo todo el ruido que quiero, me siento nuevamente frente a ella y comienzo a comer algo de lo que traje, sin preocuparme de ser regañado por la señora Pince, porque ni siquiera ella está aquí —La mayoría de nosotros las usamos para hacer las tareas que nos dejaron desde una semana antes.

—Yo no soy como la mayoría —contesta, pero no de una manera egocéntrica, cómo lo hubiera esperado, sino con un tono más bien… ¿triste?

—¿Así que no te basta ser más inteligente que todos, ahora también tienes que hacernos sentir mal por divertirnos mientras tú estudias? —digo sin pensar.

—¿De qué estás hablando? —dice Hermione, por fin alzando su mirada para verme —¿Crees que estoy aquí por voluntad propia?

—¿No es así?

—¡No! —grita ella y, como estamos solos, su voz resuena por toda la biblioteca.

Creo que es la primera vez, en todos los años que tengo de conocerla, que la oigo levantar la voz.

—¿Entonces qué haces aquí? —hablo sin intimidarme.

—Hay una cosa llamada responsabilidad —dice con su aire de sabihonda —Deberías conocerla un día.

—Ah, no —contesto enojado —No acabas de hablarle de responsabilidad al heredero de los Malfoy —por un instante, pienso que va a perder todo su coraje y va a volver a ser la niña permanentemente espantada que conozco, pero algo sorprendente pasa.

—Después de cuatro años, no puedes venir a restregarme tu apellido, Malfoy —dice con una voz tan letal, que por un segundo (y sólo por un segundo), consigue espantarme.

—Espera… ¿qué? —lo que dijo carece de sentido para mí —Estamos hablando de responsabilidades, no de apellidos.

—¿Tú no…? ¿Acaso no querías…? ¿Cómo qué de…? —ella pierde la potencia de su voz, pero sólo porque parece estar tan confundida como yo por lo que acaba de pasar.

Como nos quedamos en silencio, ella vuelve a tomar su pluma, y yo agarro otro dulce, pero ella no escribe y yo no me lo como. Después de un par de segundos, vuelvo a hablar.

Después de cuatro años… —repito incrédulo —Me conoces desde hace cuatro años ¿y todavía piensas que en cualquier momento puedo venir y querer hacerte sentir mal porque soy un Malfoy?

—Pues… si —dice ella —Todos los demás hace mucho tiempo que comenzaron a decirme Hermione, pero tú eres el único que aún me llama Granger.

—¡Yo llamo a todos por su apellido! —respondo quejándome —Para ser tan lista, pasas por alto algunas cosas bastante obvias, Granger.

Entonces, hace otra cosa todavía más rara: se empieza a reír.

—Ese es uno de mis mayores defectos —me concede.

Creo que en este mes la he visto reírse más que en los últimos cuatro años juntos.

—Entonces… ¿estabas hablando de responsabilidades? —retoma su pregunta, pero la ignoro porque estoy leyendo todos los títulos de los libros que tiene sobre la mesa.

—¿Cuántas materias tomas? —le digo.

—Todas —contesta —Excepto adivinación.

—¿Incluso Estudios Muggles? —enfatizo, queriendo hacer demasiado obvio el hecho de que ella no los necesita.

—Si —dice en un tono de voz quedo —Me parece fascinante estudiarlos desde el punto de vista de los magos.

Ahora es mi turno para reír. A esta mujer definitivamente le falta un tornillo.

—¿Puedo? —dice mientras alarga su mano hacia los dulces que dejé en la mesa.

—Para eso los traje —respondo.

Cuando toma una de las varitas de regaliz, tengo que morderme la lengua y hacer un esfuerzo enorme por no quitársela. Tengo que recordar mi propio consejo: hay que hacer pequeños sacrificios si quiero tener aliados.

Mientras la observo, pienso que fue muy obvia mi intención de cambiar de tema al preguntarle por sus materias. Y sé que ella lo sabe. Me alegra que me haya dejado salido con la mía, pero hay algo, muy en el fondo de mi ser, que desearía poder contarle sobre las responsabilidades que implica ser un Malfoy. No lo voy a hacer esta noche, por supuesto. Nunca se las he contado a nadie, porque como dije, nunca he tenido un amigo con la suficiente confianza para hacerlo. O, si me pongo a pensar dramáticamente, nunca he tenido un amigo en general.

—Ya sé que parece que me falta un tornillo —dice mientras toma el libro de Estudios Muggles y yo me asusto. No estuve hablando en voz alta, ¿verdad? —Pero pensé que, si tomaba esa materia, podría sentir alguna conexión con mi mundo —no sé que contestarle, pero al parecer, a ella no le importa —Además, quería algo dónde pudiera sobresalir sin antes tener que matarme estudiando para tener todas las respuestas.

Me vuelvo a reír porque la perfecta Granger acaba de admitir que quería una materia fácil. No toma mucho tiempo para que ella se una a mí. Viéndola reírse, tengo otro pensamiento que nunca había pasado por mi cabeza: nunca he tenido un amigo pero, tal vez, sea el momento de tener una amiga.


Hasta aquí el segundo capítulo. Espero que les haya gustado echar un vistazo a los pensamientos de Draco. ¿Qué opinan de él hasta ahora? ¿De verdad habrá encontrado una amiga?

Ya estoy editando el tercer capítulo de esta historia, y terminando de escribir el cuarto así que esperen actualizaciones continuas. Mientras tanto, pueden ver imágenes relacionas con el capítulo en mi instagram: aliathna.

Espero leer sus comentarios.

Kisses de Chocolate, Aliathna.