¡Hola! Lamento la demora y gracias por sus reviews, los tomó muy en cuenta. Esta historia, aunque intentaré mantenerla fiel a la película, sobre todo la personalidad de los personajes, habrán momentos en los que se tornará un tanto "oscura". No soy del todo buena haciendo fics donde todo es color arcoiris, ya lo he intentado y fallado miserablemente con otro fic.

Sólo me resta decir que Frozen, sus personajes e historia, no me pertenecen. Le pertenecen a Disney.


Kristoff caminaba a paso lento a través de los pasillos de la mazmorra de Arendelle. Llevaba horas sin probar un solo bocado y tiempo sin dormir tras correr y esquivar toda clase de infortunios, razón por la cual su mente empezó a jugar con él. Cada vez que pasaba frente a una celda podía ver, a través de una pequeña ventanilla, el cuerpo cautivo de la reina Elsa. Su cuello y manos atadas encadenadas a alguna pared, tratada como un animal salvaje.

—¡Muévete! —Gritó un hombre con armadura a su espalda, sacándolo de sus pensamientos, mientras lo apuntaba con el filo de la hoja de una lanza— Ya tendrás tiempo para quedarte quieto y morir de frío, ahora sigue adelante.

El fortachón, quien se encontraba con las manos esposadas, hubiera girado sobre sí mismo y golpeado con la cabeza al guardia, de no ser porque frente a él se encontraban otros tres soldados, con espadas atadas a sus cinturas y lanzas en las espaldas.

Podía con dos de ellos, pero el tercero aprovecharía el más mínimo momento de debilidad y lo heriría de muerte, al no tener muchas alternativas. Pensó en tomar a uno de ellos como rehén, pero desecho al instante esa idea: otro de ellos podía dar alguna alarma y pronto estaría rodeado por media docena de soldados… o muchos más.

—¡Muevete! —Volvió a gritar el soldado a su espalda. Esta vez sentía la hoja de la lanza apenas golpeándolo por detrás.

Una vez frente a los tres soldados, el que escoltaba al prisionero hizo un saludo y esperó a que uno de ellos abriera una puerta que conducía a la sección de los peores criminales en todo Arendelle. Una sección prácticamente vacía.

Una vez dentro, Kristoff esperó hasta quedar solo él y su escolta para liberarse de sus cadenas— ¡Estás loco! —Exclamó el prisionero— pudiste herirme con esa cosa.

Hans no prestó atención a las palabras de su compañero e hizo un ademan para que guardara silencio— Si te hubieras quedado quieto más tiempo, justo en frente de ellos, hubieran sospechado algo —Dijo, esperando a que los guardias que había dejado atrás no los hubieran escuchado.

Por más que buscaran entre tantos soldados, no había uno que tuviera el tamaño ideal para Kristoff, por lo que habían tenido que fingir que era un prisionero. Para colmo, Hans era el único que tenía entrenamiento previo en el uso de la lanza, sólo para defensa personal reglamentaria en su reino. A su espalda llevaba consigo un arco y unas veinte flechas, que aprendió a usar en las competencias para capturar algunas liebres y zorras.

Kristoff, por sí solo, sólo dependía de sus herramientas, su físico y reflejos para salir de un apuro. Hans no lo dijo, pero estaba feliz de haberlo encontrado, en cierta forma era el complemento perfecto para poder sacar a la reina de su prisión.

Por desgracia, la reina ya no se encontraba en su celda. Hans lanzo tantas maldiciones dentro de su cabeza, en todos los idiomas que sabía, mientras llegaba a la conclusión de que la reina ya iba en camino a su ejecución. Debió habérselo imaginado, pero no creía, o no quería creer, que su gente haya decidido tan rápido la hora de su juicio.

—Plan B —Fueron las palabras del pelirrojo— Esto me va a doler —pensó.

Su compañero estaba más que contento de tomarlo entre sus brazos, cargarlo hasta la puerta donde estaban los tres soldados y lo arrojó con una pequeña parte de su fuerza. Cuando los soldados vieron volar el cuerpo uno de sus compañeros, a través de los barrotes de la puerta, rápidamente la abrieron y corrieron contra el fortachón, al mismo tiempo que preparaban sus armas.

Como era de esperarse, Kristoff tomó las cabezas de dos soldados, justo antes de que tuvieran sus armas listas, y las hizo chocar una con la otra. Pero estaba vez no había un tercer soldado que aprovechara este corto lapso de tiempo para atacar al fortachón, pues Hans lo había hecho caer. Con un solo golpe en la cabeza, kirstoff había dejado fácilmente noqueado al tercer guardia antes de que éste pudiera levantarse.

—No están muertos ¿verdad? —Pregunto Hans, revisando el pulso de uno de los soldados.

—Descuida, ya he tenido práctica con tipos como estos… en las fiestas. No con soldados en específico, sino con cretinos que… olvidado —Dijo el más alto, al ver la mirada reprobatoria del pelirrojo— ¿y ahora qué?

—Como lo temíamos, ya se la han llevado. Pero tengo un plan.

Mientras que Hans y Kristoff dejaban encerrados a los tres soldados, el pelirrojo fue dándoles indicaciones a su compañero. El plan era arriesgado y fallar significaba compartir el fatídico final que la reina estaba por tener, pero estaban más que gustosos de arriesgarse.

Ambos sabían que sólo era cuestión de tiempo para que Elsa supiera el destino que su propia gente, asustada por un invierno eterno, estaban por dictaminar. Tomaron un par de caballos y siguieron caminos separados.

Hans buscaría a la princesa Anna, que seguramente ya sabía del juicio de la reina. El pelirrojo, mientras cabalgaba, podía ver cómo serían las cosas para su amada: Ella intentaría apelar al lado bueno de su gente, pero ellos, asustados, escucharían las crueles palabras de quien fuera el juez de la reina. Anna intentaría decir todos los "peros" que se le vinieran a la cabeza, sin conseguir que alguien la escuchara.

De pronto, ahora sin ver el camino que estaba frente a él y estando en el lugar de la princesa, el juez diría que ella es cómplice de la bruja. Algunos no le creerían y Anna se defendería. Ella era fuerte, un poco ingenua e impulsiva, pero fuerte cuando debía serlo. No se dejaría intimidar, hablaría con la verdad y se ganaría la confianza de los suyos.

Sería entonces cuando el juez, viendo que pronto ya nadie estaría de su lado, ordenaría a aquellos leales a él, pues debía tener lacayos que lo seguirían ciegamente, que la capturaran. Anna dejaría atónitos a todos los presentes, oponiéndose rápidamente a su arresto, pues nadie esperaría que una princesa actuara de esa manera. Tal vez hasta empujaría a más de uno y pisaría algunas botas para abrirse camino.

—Bien hecho —Le felicito Hans, aunque obviamente su amada no lo escucharía.

Ella huiría y sería encontrada, tarde o temprano. El juez, más que furioso por su atrevimiento, la castigaría haciéndola ver como hermana ardía en llamas.

Algo que nadie sabía y que Anna le contó, es que las emociones de la reina poseen un control mayor sobre sus poderes que la reina sobre ellos. La reina Elsa llegaría al centro de la ciudad y el juez, pasando rápidamente al castigo, ordenaría que la hicieran arder. El miedo se propagaría sobre la hermana de su amada tan rápido como la ventisca que acabaría con la vida de todos los presentes.

No sabía hasta qué punto se habían desarrollado los hechos, así que tenía que cada segundo era valioso. Debía ser rápido.

No pasó mucho tiempo hasta que llegó al pueblo y, tal y como lo había previsto, Anna estaba sobre un reno, huyendo de varios de los hombres que habían llegado con él en el barco. Era un alivio saber que aún había tiempo, pero no lo suficiente como para dejar que la calma se apoderara de él.

Hans siguió los pasos de Anna. Por desgracia, él aún vestía la armadura y esto impedía que su enamorada se diera cuenta de que era él. Tampoco quiso escuchar sus palabras.


Cálmate —Se repetía la reina de Arendelle una y otra vez, a medida que era llevada como prisionera al centro de su reino— Pronto podrás enmendarlo todo con tu gente. Sólo tienes que calmarte.

Elsa había cometido un error al huir de su reino, sus obligaciones y sus problemas emocionales. Un error movido por la inmadurez e insensatez. Se creyó dueña de su destino, creyó que sus acciones no perjudicarían a nadie. Pero fue gracias a su hermana que pudo ver la luz y ahora haría todo lo que este a su alcance para enmendar su error. ¿Podría hacerlo? No lo sabía, pero quería intentarlo.

Controlar sus poderes era una tarea ardua, además de prácticamente inútil. No podía descongelar ni siquiera las esposas en sus manos. En lugar de ello se frustraba cada vez más y el hielo sólo iba en aumento.

Pronto había llegado a su destino, había sido rodeada por casi toda su gente. Ver sus caras, llenas de temor, pesar e incertidumbre la había hecho titubear. No sabía cómo dirigirse a su gente, pues todos la miraban con un miedo hacía ella mucho mayor al que ella sentía de sí misma. Trago saliva, esperó a que el miedo se disipara un poco para poder reunir valor y hablaría.

—¡Ciudadanos de Arendelle, yo, aunque soy el duque de un reino ajeno a este, acuso a la reina de Arendelle de brujería y alta traición contra su reino!

Las palabras del duque habían sido más rápidas que Elsa, quien empezó a llenarse de múltiples emociones: Furia, por ser acusada injustamente por alguien que debía tener su boca cerrada; miedo, por si su gente pensaba igual que el anciano que la señalaba con un dedo; confusión, por no saber cómo responder ahora que había perdido la concentración. Y así muchas otras emociones se traducían en ligeras brisas congelantes, casi imperceptibles por ahora.

—Según las leyes populares y las creencias de muchos reinos —prosiguió el duque— el maleficio del monstruo sólo desaparecerá con su…

—¡No soy un monstruo! —Gritó la reina, destruyendo sus esposas ante el exceso de hielo— y puedo demostrarlo.

—¿Puede? —La pregunta del duque era monótona, como si las palabras de su adversaria no fueran más que falacias— Puede descongelar este reino ¿traerás el verde a los árboles, verdad? Porque si es así, creo que todos estaríamos más que felices de eso.

Elsa tuvo que hacer un sobreesfuerzo por no congelar el cuerpo del anciano y todos a su alrededor. Cerró sus ojos e intentó derretir el hielo y la nieve bajo sus pies. Pensó en las cosas que la hacían feliz. Pensó en su hermana Anna, los muñecos de nieves, las canciones improvisadas a todas horas, la maldición de su hermana, el invierno eterno, las cadenas, ser tratada como un monstruo…

—¡Lo ven! —Exclamó el anciano, señalando el lugar donde sobre el que estaba la reina, propagando el hielo— ¡Ella sólo trae consigo una muerte helada! Debemos actuar ahora.

—¿Qué insinúas? —Elsa sabía muy bien la respuesta, pero quería escucharla directamente del duque.

—¿Yo? Sólo lo obvio —Nuevamente remoto la vos monótona y aristocrática con el que inicio el juicio— Pero ¿Qué opina usted? Adelante. Todos aquí queremos saber que otra alternativa nos da.

La mujer conocida como "el monstruo" buscó algo de apoyo en medio de todo el gentío. No lo había. Muchos evitaron que sus ojos chocaran con los de la reina, temerosos de lo que ella pudiera hacerles por aprobar la solución que daba el anciano. No había nadie que diera una respuesta menos salvaje.

¿Pero estaba en su derecho de reprocharles por su falta de lealtad? ¿No fue ella la que, en primer lugar, los había dejado atrás e iniciado una nueva vida sola? Ellos no hacían esto porque querían, habían sido empujados a tomar estas medidas y quien tenía toda la culpa era ella. Lo sabía. Antes había huido de esa respuesta, eligiendo la soledad a afrontar sus problemas. Y todos esos problemas se habían reunido y tomado la forma del gentío que quería verla arder.

¿Y qué haría ella? ¿Tacharlos de traidores, hipócritas, cobardes y muchos etcéteras más? Ellos estaban pagándole con la misma moneda, pero aun así anhelaba que por lo menos uno de ellos se alzara y hablara en su defensa. Buscó a su hermana, sin éxito.

Pronto una gran estaca fue clavada en el suelo y varios leños fueron puestos debajo, con un bálsamo altamente inflamable.

—Entonces reina —Hablo el duque— ¿Desea verlos morir de hambre o aceptar la responsabilidad de sus acciones?

¡Por supuesto que no! —Gritó Elsa internamente— Jamás me harán esto. Jamás… se libraran de esta maldición.

Buscó una última vez algo de apoyo entre todo el gentío, una sola muestra de comprensión la ayudaría a afrontar todo el peso que se había acumulado sobre ella. Pero nuevamente fue en vano.

Se paró sobre los leños y puso sus manos detrás de su espalda, rodeando la estaca para que, una vez amarradas con cadenas, no pudiera escapar. No sabía que se sentía arder en una hoguera, tampoco había oído hablar sobre ese castigo, salvo algunas veces, en los cuentos, justo cuando la bruja mala era detenida y castigada por todas sus fechorías. Sus padres habían omitido esta parte en más de una ocasión, por lo que ignoraba cuan doloroso sería arder la ayudo a aceptar su destino sin sentir mucho miedo.

Uno de los lacayos del duque prendió una antorcha para dar inicio al castigo de la bruja, cuando la vos grave de un hombre vestido de negro lo interrumpió.

—¡Esperen! —El hombre era visiblemente alto, aunque su atuendo oscuro sólo dejaba ver sus ojos— Soy el ejecutor real, yo ejecuto gente.

Su vos sonaba infantil, aunque obviamente era un adulto. El que sostenía la antorchar miró al duque para saber lo que debía hacer, recibiendo como respuesta un ademan para que le diera la antorcha al recién llegado.

—Bueno, voy a iniciar —y acto seguido alzó la antorchar para luego bajarla lentamente.

Elsa podía sentir el calor proviniendo de la antorcha, su frente se llenaba de sudor y no sabía si esto le iba a doler mucho o si sería una muerte rápida e indolora. Algunos presentes bajaron sus cabezas, incapaces de ver la atrocidad que estaba por ocurrir, otros hacían la vista aguda para ver mejor el escaso espectáculo que estaba por acontecer… pero el ejecutor se detuvo a mitad de camino.

—Disculpe ¿debó iniciar una cuenta regresiva o de menor a mayor? —Algunos presentes, la reina incluida, se mostraron perplejos por la pregunta— Es que esta es la primera vez que hago esto y no sé si debo contar y, si debo hacerlo, no sé cómo debo hacerlo.

—No importa —El duque tardo unos momentos para recuperarse— No importa, tu elige.

—Bueno, lo hare sin conteo —y nuevamente alzo la antorcha para empezar a abajarla lentamente. Elsa volvió a sentir curiosidad por cuan dolorosa y prolongada sería su agonía, cuando… el ejecutor se detuvo— No, mejor cuento del uno al diez. Eh… uno, dos, tres, cuatro, veinte, tres, cien, ochenta y siete, cincuenta, ochenta y uno.

—¡¿Pero qué haces?! —El duque empezó a saltar por el coraje que le causaba el ejecutor— ¿acaso no sabes contar? Haz tu trabajo de una vez.

—Oiga, yo no le digo como hacer su trabajo —el ejecutor apunto con su antorcha al peluquín del duque, lo que causo prendiera en llamas. Luego, dejando de prestarle atención al ejecutor, se había lanzado al suelo y empezado a girar para apagar las llamas. El de ropas oscuras prosiguió con su conteo una vez que las llamas se habían apagado— mil uno, dos… ¿Qué sigue después del dos?

—¡DIEZ! —grito el duque, con la mitad de su peluquín quemado.

—Diez, por fin conque hasta el diez —y una tercera vez alzo la antorcha para luego empezar a bajarla… y nuevamente se detuvo a mitad de camino— ¡Ahora Hans!

Luego de tanta espera, todos los que estaban alrededor de la reina empezaron a moverse, de tal modo que todos pudieran verle la cara. Y no sólo eso. Elsa, inconscientemente, fue congelando el candado y las cadenas que la ataban a la estaca, por lo que Kristoff, "el ejecutor", logró romperlas con un golpe mientras el juez yacía en el suelo.

Con sus brazos tomó el cuerpo de la reina y empezó a correr por la parte que se había librado de gente que pudiera estorbar en su escape. Sus brazos se sentían fríos y sus piernas por poco le hacen caer. Al instante apareció un hombre con una armadura de Arendelle, que gracias a que no tenía casco pudo ver que era Hans, al lado de Anna, aún montado a sobre su amigo amigo.

—Reina, tome mi mano —dijo el soldado— sujétese bien.

Elsa no sabía lo que estaba pasando. Hace unos segundos estaba lista para afrontar su destino y ser llevada por su ejecutor hasta un soldado no le parecía su idea de condenar a una bruja, aun cuando ella empezaba a creer que no era un ser tan despreciable.

Al alzar su rostro vio que, al no tener casco, quien le tendía la mano era el mismo hombre que había intentado razonar con ella hace unas horas. Luego, viendo que su hermana estaba a su lado, extrañamente montando un reno, tomó la mano del príncipe.

Varios soldaos habían preparado sus ballestas y estaban listos para derribar a los cuatro, de no ser porque uno de ellos era la princesa, quien al no ser capturada no se le podía jugar como se debía: de alta traición por unirse a la reina.

Hans cabalgó al lado de Anna para evitar que alguno intentara derribarlo sólo a él y a la reina. Para su desgracia, Elsa, quien iba al frente del caballo para que el pelirrojo pudiera protegerla mejor con su cuerpo, se había aferrado al pecho de éste en un fuerte abrazo para no caer. El pelirrojo sentía como sus pulmones se llenaban de un aire helado y no hacía falta mucho para que perdiera el conocimiento.

—Todo estará bien —dijo el príncipe, acariciando la cabellera de la reina— Tranquila, todo estará bien —repitió las palabras, aunque sabía que pronto, posiblemente, sería una gran mentira— lo prometo.

La respiración del pelirrojo fue normalizándose, así como su temperatura.

Tras ellos, varios soldados y el sequito de Hans emprendieron la persecución a caballo. Elsa extendió una mano, apuntando en dirección a sus perseguidores. La capa de nieve que cubría la tierra fue haciéndose más gruesa, por lo que sus perseguidores les tomaría más tiempo seguirlos.

—¿Plan C? —Preguntó Kristoff, sorprendido por los poderes de la reina.

Hans no respondió al instante, había empezado a morder sus labios para evitar que sus dientes titiritaran por el frío, hasta que su temperatura volvió a la normalidad. Luego dijo, casi en un susurro, omitiendo la palabra "peor"— plan D.


Y todo por ahora. Una de las cosas que me extrañó en la película fue el Deux Ex Machina del final. Cuando todos los ciudadanos ven a Elsa con buenos ojos luego de que consiga controlar sus poderes. No me malinterpreten, no tengo nada contra ella. Lo que pasa es que sentí que fuera algo como esto:

Un doctor trabaja quince horas para salvar la vida de un niño. Lucha contra todo pronostico para que el pequeño tenga un nuevo día y, tras pasar por mucho, lo consigue. Todos están tan felices (e incluso tratan al doctor como un héroe) que no importa que fuera el doctor quien le disparo al niño en primer lugar y sólo realizo ese trabajo porque, prácticamente, se vio obligado a hacerlo.

¿Entienden? Pareciera que al final todos se habían quedado cortos de tiempo tuvieron que hacer ver a Elsa con buenos ojos, aun cuando fue ella quien los condeno a un invierno. Es por eso que aquí el pueblo de Elsa quieren quemarla viva, no porque quieran hacerlo, es más bien por miedo a morir congelados.

Espero que les haya gustado, si es así no olviden dejar un review.

¡Hasta la próxima!