NÚMERO IMPAR
No quería mirar. Juro que no, pero en aquella habitación la acustica era lo bastante buena como para que desde mi rincón pudiera imaginarlo todo.
Uno.
Dos.
Tres fueron los dedos que se abrieron vergonzosamente en mis manos, para permitirme echar un vistazo a lo que tras aquella noche me sería vedado para siempre. Falso puritano de mí, aun seguía fingiendo tener la cara tapada de horror.
Y entonces les vi.
Él le palpaba el vientre, ella suspiraba tan cerca que sentí su hálito abrasador.
Quise ser indistintamente uno de los dos; morir o tenerles.
Mi estancia allí como espectador no podía ser algo más absurdo. En un escenario de amor, yo era un personaje incongruente, un número impar. La soledad del que sobra eternamente.
Podía sentir en los bolsillos lo que me había traído a ese lugar. El tintero robado, las plumas de su lechuza, los cabellos guardados en un pastillero para la poción pesaban tanto como la culpa. ¿ En qué momento exacto me había convertido en un ladrón?
Todo valía, me dije, al salir del Gran Salón, para hacerle conocer el dolor de mi pasado. En todos esos años el único que había llorado era yo. De nada habían servido mis quejas: era hora de tomarme la justicia por mi mano.
Cierto que en los últimos meses las cosas se habían calmado, misteriosamente, hasta cierto punto; cierto, también que sin conflictos la vida me iba mejor, pero se trataba ya de una cuestión de honor.
Él y sus amigos habían convertido en un infierno mi existencia, controlando mis entradas y salidas, haciéndome temblar de pavor en los corredores oscuros, allá por donde sólo nos atrevíamos a caminar ellos y yo. Decidían por dónde me movería, a qué amistades podría optar, sembrando asquerosos rumores, sometiéndome a burlas indignas.
Simplemente no podía consentir que también eligiese cuándo todo debía terminar, ser una vez más esclavo de la decisión de un vil plagiario. ¡ Cuántas veces hube de encontrarle jactándose de haber descubierto algo que inventé yo !
Y una vez más, grité, pero nadie me hizo caso.
Porque yo no tenía su voz o su cabello, porque nunca fui atlético o bello, o tenía cualquiera de sus absurdas virtudes, acaso. ¡Qué sabré yo!
Por eso esa noche Lilly había acudido a aquel cuarto con él y no conmigo, pequeño, insignificante y cruel, temblando en la oscuridad y clamando por su castigo.
Era hermoso de perfil, fuese o no un enemigo. La dorada montura de las gafas titiló un momento, cuando ella las dejó sobre la mesa. Lunas gemelas en los cristales: la mirada fija de Dios, que se empeñaba, pese a todo,en hacerme sentir culpable.
Sonaban sus pisadas contra el suelo, mientras caminaban, ciegos, hacia la pared, sin dejar de besarse.Unos muslos blancos y tersos enervaron mi sangre cuando él introdujo sus manos bajo la falda, arrojándola sobre el somier. Después, durante un instante, sólo vi sus espaldas.
Era insultantemente íntima esa mirada de fieras mansas, aturdidas por el deseo y el vino, despreciables y tontas: enamoradas. Observarles parecía privilegio divino: Adán y Eva viviendo un paraíso de fin de semana, uno del que yo estaba excluído.
No les hacían falta las palabras para demostrarme su desprecio, lo poco que contaba en sus vidas. La ira crecía al mismo ritmo que la pasión en mi cuerpo, virtuoso, humillantemente virgen todavía.
¡Qué distintas hubieran sido las cosas de haberme dedicado esas caricias, haciendome estremecer bajo la mesa, en lugar de propinarme pellizcos! Casi podía sentir esos dedos largos, dolorosos y sutiles acariciando mis piernas, descubriendo que en mi pecho, bajo la tela, mi corazón también late y el calor existe.
Me obligué a cerrar la boca, aunque no me llegase el aire, para que no pudieran oírme. Sus jadeos caldeaban el aire, perfumando mis oídos.
Incluso antes de darme cuenta de que eran los propios,míos, supe que había dado con el verdadero mal.
Trémulo iniciado en lo prohibido, me atreví a moverme en su dirección. De rodillas, a gatas como un suplicante, me acerqué a tiempo de ver desprenderse de las camisas a aquella masa de carne palpitante y animal. Bañándome involuntariamente con su ropa fragante, atacaban directamente mi ya poca racionalidad.
Varias veces me sentí impelido a estirar el brazo y tocarles.
Se movían al unísono, como una sóla máquina o un sólo corazón; y durante interminables minutos hice de su sudor el mío. No correspondido, pero al fin y al cabo, les ofrecí mi amor...
Hsta que fueron interrumpidos por los gritos de una voz.
Me consta que ese día odiaron a Sirius tanto como yo.
Despeinados y musitando excusas, salieron de la habitación, dejándome a solas con mi ardor y mi delito.
Una vez más, resulté prescindible para una pareja feliz, como Bella y Rodolphus, Narcissa y Lucius. Ser el número tres es tan desagradable como el siete o el cinco, cifras solitarias entre tanta gente, descartes asumidos...
Por eso acudo a él, a su tacto dominante y posesivo. No importan los años que pasen: seguiré siendo su amante.
De todos, sólo él me recuerda, me solicita y me complace, cuando sus labios se abren y, con un deje serpentino pronuncia, simplemente:
-Severus, te necesito.
Espero que os haya gustado, pese a lo inusual y subido de tono del asunto, con James, Lilly y un Snape voyeur, sometido a los rigores de la carne y (¡ Sorpresa! ) sin acostarse con ninguna MarySue alumna XD.
Me agradan los fics sin personajes apócrifos e hijos secretos, y, en principio, sigo pensando mantener esta serie limpia de ellos.
Me gustaría recibir reviews, sean del tipo que sean, acerca de los fics, de modo que os agradeceré mucho que las dejeis. Ayuda a hacerse una idea de si merece la pena continuar.
Cuento con vosotros!
