Hola de nuevo... aqui con otro cap... uff, gracias a mi hermanita Inés que nos dió una prorroga, que si no... pero bueno, espero este cap les guste...
Aprovecho para saludar a mis hermanas... ya saben quienes son... y a Inesita... amiga, yo tambien toy enfermita! buuuuu...
Aviso: contiene Lemmon... creo que no es el mejor de mi vida, pero... por si las dudas... una toalla y un vaso de agua fría...
Disclaimer: nada en este universo me pertenece, todo es de la rubia... a excepcion de los hermanitos rubios y mis amiguitas...jejejeje
Vivan los Sly!
Enjoy!
DOS PUEDEN JUGAR
¿Qué es lo que pasa con una mente brillante cuando todas las puertas se cierran?
¿Qué es lo que sucede con un corazón tierno y cálido cuando el dolor le atraviesa como una diana?
Cuando la razón se nubla, y el deseo por proteger lo que mas amamos nos ciega, es cuando cometemos los peores errores de nuestras vidas.
Según como se vea.
El tiempo comenzó a girar a su alrededor, sacudiendo sus cimientos. Su conciencia atormentada le gritaba que no lo escuchara, que buscara otra solución, pero la mente fría y sagaz que poseía le decía una y otra vez: "no puedes hacer nada, ríndete"
Tal vez no fuera una leona, pero Draco Malfoy pudo ver su lucha interna entre hacer lo correcto, y salvar a su hermano a costa de lo que fuera. Aún a costa de ella misma. Sintió por ella algo que hace mucho tiempo no sentía: admiración.
Admiración porque sabía que terminaría cediendo, porque él había hecho su jugada de tal manera, que no le quedaría ninguna salida, porque él era el único que conocía la verdad sobre aquella mentira.
Fue una verdadera suerte que esa noche no pudiera dormir, y saliendo de la seguridad de su sala común, se dedicara a vagar por los desiertos pasillos del enorme castillo. Mientras caminaba, escuchó unos leves pasos, que se perdían al final del pasillo. Picado por la curiosidad, siguió al dueño de los mismos, encontrándose a nada más y nada menos que Isabella Scorsollini parada frente a un muy serio Jackson Scott, discutiendo a todo pulmón.
Casi nada lo sorprendía, no a esas alturas, pero cuando escuchó la maldición Imperius salir de la boca de tan deliciosa mujer, literalmente se quedó con la boca abierta. Quien hubiera pensado que detrás de ese rostro angelical y esas curvas seductoras se podría esconder semejante víbora. Pero bueno, esa no se podría comparar con una serpiente, ya que los Slytherin no se escondían ni obligaban a nadie con esas artimañas, lo de ellos era más… sutil. Era un verdadero arte el conseguir que los demás hicieran lo que ellos querían, y en eso, como en tantas otras cosas, ellos eran expertos.
Vio como lo guiaba con su mando hacia un aula vacía, mientras él se quitaba la ropa, seguramente por órdenes de ella. Si le quedaba alguna duda de que estuviera bajo la imperius, esta inmediatamente fue disuelta cuando observó los ojos vacíos y sin brillo del novio de Millie. Cuando la puerta se cerró y supo que no tenía nada que hacer ahí, simplemente dio la media vuelta y regresó a su sala común.
Cuando se encontró en la cama dando vueltas sin poder conciliar el sueño, supo que esa información le serviría mas adelante para lograr su propósito, doblegar la voluntad de esa serpiente con garras de león que lo había desafiado. Solamente tenía que encontrar el momento propicio y las ganancias serían enormes. Se durmió con ese pensamiento, sonriendo entre sueños al saber que tenía entre sus manos a la pequeña serpiente rubia.
Ahora, al verla frente a él con el ceño fruncido, totalmente concentrada en los pros y contras de su decisión, se dio cuenta de que realmente valía la pena todo lo que hiciera de ese momento en adelante. Recorrió lentamente su cuerpo juvenil, con las prisas de correr para evitar que se llevaran a su hermano, seguramente olvidó en algún lado la túnica escolar, y el pequeño y estrecho uniforme no hacía más que resaltar sus sensuales curvas, de busto pequeño pero turgente, cintura estrecha y caderas ligeramente anchas, con unas piernas torneadas y kilométricamente largas.
Nada mas de imaginar esas piernas alrededor de su cintura, sus pequeñas manos recorriendo su cuerpo por entero, de penetrar en su centro y fundirse con ella, de suavizar a besos su ceño fruncido, todo el cuerpo se le despertaba con una tensión que hacía mucho que no sentía, mientras la tela de sus finos pantalones casi estrangulaba su miembro rígido por la excitación.
Tuvo que disimular su gesto con impaciencia, mientras le daba la espalda a la chica y trataba de calmar su ardor pensando en sus deberes, lográndolo por muy poco, antes de que la voz ronca de su compañera lo sacudiera de nuevo.
-¿Y que es lo que quieres a cambio?, porque esto por lo visto no es gratis- dijo con un estremecimiento, pues lo que sintió cuando dijo estas palabras no fue repulsión como imaginaba, sino algo más agradable
-No te preocupes, ya te enterarás, pero te prometo que no te será desagradable- dijo el rubio con una sonrisa de suficiencia en los labios.
-¿Cómo se que salvarás a mi hermano?, no confío para nada en ti, ¿Cómo puedo saber que no mientes?- dijo ella, mientras en sus orbes color jade brillaba la desconfianza y la desesperación.
-Si quieres podemos hacer un juramento inquebrantable, para que estés mas tranquila, pero apúrate a decidir, porque no tengo todo el día, y creo que tu hermano tampoco- dijo el rubio ya más tranquilo, mientras saboreaba la victoria que ya sentía entre sus manos.
La rubia le miró con aprehensión, mientras cerraba su mente y corazón a su conciencia, tratando de decidir que era lo mejor. Sabía que lo que el rubio le tendría preparado no le iba a gustar nada, pero extrañamente no sentía temor alguno, se podría decir que sentía cierto grado de confianza hacia el.
-Con dar nuestra palabra basta y sobra, espero sepas cumplir- dijo sarcásticamente.
-Ya verás que si…- sonrió el rubio.
Suspiró finalmente, extendiendo su mano para que el rubio la tomara, sellando asi su pacto. Cuando el rubio tocó su mano, un delicioso estremecimiento los recorrió, siendo transportados al pasado, cuando por primera vez sus labios se acariciaron. Las imágenes comenzaron a correr rápidamente por sus mentes, llenándoles de un calor sofocante, haciendo que sus cuerpos vibraran por la excitación, sin percatarse de que a cada una de ellas avanzaban uno hacia el otro lentamente, mientras se imaginaban a si mismos en los brazos del otro.
Lenguas batallando por la supremacía, gemidos y jadeos entrecortados, gruñidos de satisfacción y una voz ahogada pidiendo por más podían escuchar en sus cabezas. Una a una las prendas caían, mientras sus manos hacían una simetría perfecta acariciando, rasguñando y sintiendo cada milímetro de piel expuesta.
Los orbes grises del rubio se habían conectado a los aguamarina de la chica, mientras la excitación iba creciendo al ver como se iban tornando en un tono verde oscuro, con las pupilas totalmente dilatadas por el deseo, su pecho subía y bajaba lentamente, como si hubiera corrido un largo tramo, mientras humedecía sus labios y sus ojos viajaban de la boca del rubio a sus ojos. Llegó hasta su posición, solamente algunos centímetros los separaban, pero para ambos, era como si un océano entero estuviera de por medio.
Casi podían sentir el calor del otro, mientras ambos sentían sus sexos palpitar por el deseo que estaban sintiendo. El rubio estiró la mano, apenas conciente de lo que hacía, y cuando paso su dedo índice por la tersa mejilla de la chica, lo último que pensó antes de bajar la cabeza y abandonarse al beso que ambos deseaban fue que él debía de verse igual de excitado que ella.
Un carraspeo incómodo los sobresaltó, separándose de improviso, apenas sus labios se habían rozado, la mirada turbada de ella y una maldición por lo bajo de parte de él dijeron todo, voltearon a ver quien los había interrumpido y una muy seria Inés los miraba con suspicacia desde la puerta. Las mejillas de la rubia se colorearon, mientras el se pasaba las manos por su cabello platinado, tratando de calmarse.
-Disculpen la interrupción, Ella, necesitas hacer algo, se están llevando a tu hermano-dijo Inés con angustia.
La rubia volteó a ver al chico, con la súplica brillando en sus ojos verdes, mientras el rubio la observaba impasible, hasta que la imagen desvalida de la chica le conmovió de alguna extraña forma, que solamente atinó a bufar antes de encaminarse a la salida.
-Esta bien, lo haré, pero nuestro trato esta vigente- dijo mientras caminaba hasta la puerta, deteniéndose ante ella, para darse vuelta de inmediato y tomarla entre sus brazos, pegando su cuerpo menudo al suyo y atacando sus labios con frenesí, sellando de esta forma su trato.
Cuando la soltó y salió por la puerta, la rubia pensó que había muerto y había llegado al cielo, pues nunca había sido besada de esa forma, tan pasional y tierna a la vez. Fue sacada bruscamente de su ensoñación por su sonriente amiga, quien había visto todo y como la cotilla que era, seguramente quería todos los pormenores.
-Después, Inés, después…- dijo la rubia, parando el torrente de preguntas que sabía iban a llegar.
Con un puchero, la castaña se quedó callada, mientras seguía a su amiga hacia la salida, con la curiosidad latiendo a mil en su corazón.
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-Y eso fue lo que sucedió profesora, yo lo vi todo- dijo Malfoy, ante una audiencia de poco mas de quinientas personas, totalmente absortas en cada palabra que el rubio pronunciaba.
La directora Mcgonagall se quedó observándolo, midiendo sus palabras, tratando de dilucidar si lo que decía la taimada serpiente era cierto. Aún no confiaba para nada en él, y sabía que tal vez nunca lo haría, ya que sus antecedentes eran bastante oscuros, pero había algo en sus ojos grises que le decían que decía la verdad.
Lo que no podía creer era que esa muchachita que lloraba desconsoladamente entre los brazos de su padre hubiera sido capaz de utilizar una imperdonable para lograr sus propósitos. Simplemente no podía creer que alguien que se miraba tan inocente fuera capaz de algo así.
-¡Mentira! ¡Eso es una calumnia! Yo nunca sería capaz de hacer algo así… padre, debes creerme, ¡Malfoy miente!, es un mortífago, ¿Quién puede creer en un mortífago?- dijo la pelirroja desesperada, pues sentía que su teatrito se le estaba cayendo por momentos.
-¡Yo no miento!-dijo el rubio, apretando los puños para contener los deseos de sacar su varita y mandarle un buen crucio a esa arpía- si no me creen, pueden utilizar Veritaserum para que se convenzan de lo contrario- siseó el rubio.
La directora y el Subdirector Snape intercambiaron miradas, buscando la aprobación a dicho procedimiento. Después, con el consentimiento de los aurores, y ante la mirada incrédula de las personas que observaban el drama que se libraba en el recinto del Gran Comedor, Severus Snape administró una ración doble de Veritaserum a su ahijado, para que pudiera tomarse como auténtico su testimonio.
Después de algunos minutos, tras un intenso interrogatorio en el que fue una y otra vez cuestionado sobre la veracidad de sus palabras, finalmente los aurores y los directivos de la escuela quedaron conformes, siendo ahora Isabella quien era apresada por los aurores, entre chillidos y sollozos por parte de su madre y la indignación de su padre.
El terror que se reflejaba en los ojos azules de Isabella recordaba al que se veía tiempo atrás cuando se escuchaba hablar sobre Ya-saben-quien, pues utilizar alguna de las imperdonables era sinónimo de acabar recluido hasta el final de sus días en Azkaban, que aunque ahora ya no era custodiada por dementores, aún así seguía poniéndole los pelos de punta hasta el más valiente.
Jackson Scott fue liberado, sin cargos, y una disculpa muy sentida por parte de los señores Scorsollini, quienes querían que él perdonara a Isabella para que ella pudiera evitar ir a Azkaban, Jackson por supuesto que la perdono, gracias a los bellos sentimientos que poseía, pero no así los aurores, pues era un delito grave el que había cometido. Asi que entre abucheos fue llevada hasta el ministerio, para ser presentada frente al Wizengamot, para su posterior juicio.
Una Millicent bastante arrepentida se acercó hasta Jackson, con la mirada gacha pues se sentía muy avergonzada por haber desconfiado de su novio, y comenzó ofreciéndole disculpas con los ojos anegados en lágrimas. Pero apenas había dicho un "Lo siento" cuando sus labios se habían encontrado atacados por los del chico, quien la besaba y abrazaba contra sí como si fuera a perderla.
Poco a poco los espectadores de aquel inusual espectáculo fueron abandonando el recinto, sumergidos en sus propios asuntos pero aún asi, de cuando en cuando comentando sobre el resultado que aquélla acusación, mientras los protagonistas sonreían con felicidad y se abrazaban entre risas de alivio.
De improviso, Jackson se acercó a Malfoy para agradecerle, estirando su mano para estrecharla con la del hombre que le había salvado de un cruel destino. El rubio se quedó observando la mano que le era ofrecida, decidiendo entre tomarla y no, pero al final, ante la forma en la que Gabriella le miraba, con una extraña mezcla de simpatía y agradecimiento, y otra cosa extraña bailando en sus ojos verde azulados, algo en su pecho saltó y su mano se dirigió hacia donde estaba la del Ravenclaw, estrechándola fuertemente.
-Gracias… por todo. No tenías que hacerlo pero… prácticamente me salvaste la vida-dijo Jackson muy agradecido con el ojigris.
-No es nada… realmente ha sido un placer…- dijo el rubio, mirando fijamente a una sonrojada Gabriella, quien al sentirse traspasada por la mirada del rubio, volteó al rostro mientras sentía una extraña sensación en el vientre, como si un fuego ardiera dentro de ella.
-Bueno, nosotros nos vamos, porque tenemos que hablar, ¿verdad linda?-dijo Jackson a una sonrosada Millicent.
Cuando se hubieron ido todos, y solamente quedaban las dos serpientes, el rubio se acercó a su compañera, mientras sentía la excitación crecer dentro de él.
-Es hora de pagar…-dijo el rubio, siseando contra la oreja de ella, quien se estremeció al sentir su aliento caliente.
-¿Qué es lo que tengo que hacer?- dijo con la voz tensa.
-Ven a media noche a los baños de los prefectos, te estaré esperando…-
-Lo que sea que tengas en mente, no…-
-Sshh, pequeña viborita, no estas en posición de negarte a nada, recuerda que tu aceptaste mis condiciones a cambio de mi ayuda "desinteresada"-dijo el rubio sonriente- además, como te dije hace un rato, no es nada que vaya a desagradarte-
-¡Si serás…!-
-Sshh, vamos querida, te aseguro que te divertirás…- dijo el rubio inocentemente, rozando su nariz contra la mejilla de ella- nos vemos mas tarde viborita… sé puntual-dijo dándose la media vuelta.
La chica sintió hervir sus venas por la ira que le producía el saber que estaba en las manos de esa serpiente rastrera, no podía dejar de reconocer que la sensación que sentía en su vientre, aunado a los furiosos latidos de su corazón, le habían dejado confundida.
Sin más caminó también hacia la salida, donde fue interceptada por Gely e Inés, quienes estaban deseosas de saber de que iba todo eso. Suspiró teatralmente, rodando los ojos y preparándose mentalmente para el interrogatorio.
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11:45 de la noche.
Aunque ya todo estaba tranquilo y apagado, no podía dejar de escuchar como el más leve ruido se magnificaba ante el sonido del silencio. Llevaba un buen rato recostada en su cama, con el pijama ya puesto, en una actitud que sabía infantil al negarse tercamente a acudir a su cita con Malfoy. Aunque ella nunca hubiera imaginado que "cita" y "Malfoy" estuvieran en la misma frase, al menos no en el mismo contexto.
Las manecillas del reloj se burlaban de ella, mientras el tic tac del mismo taladraba sus oídos, haciendo que la ansiedad creciera. Se preguntaba si sería capaz de dejar plantado al rubio. Pero sabía que nunca sería capaz de hacerlo, pues por una parte había dado su palabra, y un Scott jamás incumplía un acuerdo. Por otro lado la curiosidad por saber que era lo que tendría que hacer para Malfoy la hostigaba enormemente, así que con un bufido por lo bajo, se incorporó de su cama para comenzar a vestirse presurosa.
Quince minutos después, corriendo con el corazón en la mano, y habiendo atravesado ya casi medio colegio, se detuvo frente a la puerta de los baños de los prefectos. Trató de serenar un poco el ritmo desbocado de su corazón, mientras jalaba oxígeno desesperadamente. Tomo nota mental de su mal estado físico y con un susurro, dijo la contraseña.
La puerta se abrió, dando paso a la semi penumbra del amplio recibidor, donde una pequeña fila de lavamanos hacía de bifurcación para los cambiadores de varones y damas. Nunca antes había entrado, pero le pareció bastante tétrico el lugar, y suponiendo que el piso estaría húmedo, caminó lentamente hasta sentarse en uno de los bancos cerca de la entrada.
-¿Malfoy?- dijo quedamente- ¿Malfoy… estas aquí?-
La sensación de sentirse observada la atacó de pronto. Giró hacia ambos lados pero no pudo ver a nadie. Trató de buscar su varita en el bolsillo de su pantalón, dándose cuenta de que la había olvidado en su habitación, reprendiéndose duramente por semejante descuido.
"Semejante bruja soy, sin varita. ¡Estúpida! Y ahora ¿Qué hago?" pensó con angustia.
Una sombra se movió a su izquierda, paralizándola de terror, cuando la sombra se acercó a ella, un chillido brotó de su garganta, siendo detenido a penas por una mano fría que le cubrió la boca, mientras un cuerpo delgado se tumbaba sobre ella, y una voz deliciosamente ronca susurraba en su oído palabras que al principio no entendió, por el grado de terror en el que se encontraba, pero cuando el calor de ese cuerpo le fue pareciendo extrañamente familiar, las palabras entraron como un torrente en su cerebro.
-Sshh, quieta viborita, no vayas a gritar, no voy a hacerte daño…-
-¿Malfoy? ¿Qué…?- susurró con alivio, mientas sentía como el terror iba remitiendo.
-Te dije que no iba a hacerte nada que no te gustara…-
-¡Espera! ¿Qué piensas hacer?-
-Es hora de pagar, pequeña…-dijo el rubio mientras se recostaba de lado, para poder admirar en todo su esplendor el pálido rostro de ella, ayudado por la luz plateada que entraba por los ventanales del baño.
El corazón de la rubia palpitaba furiosamente dentro de su pecho, sabía lo que vendría, pues había imaginado con antelación lo que él querría pedirle, y para su asombro y confusión, secretamente lo deseaba, pues desde ese día en la lechucería cada noche despertaba cubierta de sudor, con el cuerpo en tensión y el sexo palpitante y húmedo. Cada noche veía su rostro, sentía nuevamente el roce de sus labios sobre los suyos, la presión de sus manos masculinas sobre su cuerpo.
Un súbito temor le asaltó, mientras sus mejillas se coloreaban. Tenía que decirle que era virgen, porque había oído en algunas pláticas con otras chicas de su casa, que la primera vez era muy dolorosa.
En eso estaba cuando el rubio comenzó a besar sus párpados, uno a uno, y bajó deslizando su nariz por sus mejillas, acariciando en el proceso la tersa piel de su cuello. Mientras tanto, sus manos acariciaban el cuerpo menudo de la chica por encima de la ropa, buscando algún recoveco de piel expuesta. Ella colocó una mano sobre su pecho, alejándolo un poco, mientras que el rubio levantaba la cabeza con la duda pintada en su rostro.
-Espera yo…-respiró hondamente- yo…soy virgen…- dijo ella, ocultando el rostro en su pecho, avergonzada.
El rubio no dijo nada, pero dibujó una pequeña sonrisa de satisfacción en su rostro, orgulloso de ser el primero en explorar ese suave y sensual cuerpo. Una idea cruzó por su mente, y tomando el rostro de la chica por la barbilla, lo levantó hasta que sus ojos se cruzaron, relampagueando la plata contra el jade oscurecido.
-Descuida, te trataré muy bien…- dijo dándole una sonrisa sutil, para hacer que ella se sintiera confiada y relajada. Ella solamente atino a asentir, un poco más tranquila, pero con la ansiedad profundamente instalada en su estómago.
Volvió a apoderarse de sus labios, introduciendo su lengua dentro de la húmeda cavidad de la chica, tratando de hacerle olvidar sus temores. Lentamente comenzó a subir su blusa, mientras ella se estremecía ante el contacto de las manos frías del rubio sobre la piel caliente de su abdomen. Cuando llegó hasta sus pechos, rompió el beso para quitarle la fina blusa, dejándola solamente en sujetador, donde el color carmesí de la prenda le dejó boquiabierto.
-¿Rojo?-dijo el rubio casi sin aliento, mientras ella se encogía de hombros y con un movimiento audaz, lo atraía contra si por la nuca para continuar besándose.
El le soltó el sujetador por la espalda, mientras los pechos de la chica saltaban erguidos y orgullosos frente a él, los pezones ya duros por la excitación que sentía. Rompió el beso para observarla, conteniendo el aliento ante semejante imagen. Sin dejar de observar sus ojos color jade, lentamente fue descendiendo hasta quedar a milímetros de la punta sonrosada, mientras sacaba la legua y con la punta de esta misma, comenzaba a lamerla. La rubia tuvo que cerrar los ojos, mientras soltaba un ronco gemido, y sentía la humedad de su centro acrecentarse.
Bajó la mano, para desabotonar el pantalón de ella, arrancándolo de un tirón, tratando desesperadamente de sentir su piel suave y tersa. Mientras chupaba y mordía un pezón, con la otra mano se dedicaba a acariciar la parte externa del muslo de la chica, mientras trazaba líneas invisibles sobre la suave y blanca piel de ella, dirigiendo su mano hacia el interior de sus muslos, donde pudo sentir a través de sus bragas la humedad abriéndose paso por entre sus pliegues. Inició un lento vaivén por encima de la tela, subiendo y bajando su dedo índice, sintiéndola cada vez más húmeda a medida que movía su dedo.
Mientras tanto, la rubia jadeaba y gemía quedamente, un poco avergonzada aún por las reacciones de su cuerpo, pero disfrutando al máximo de las sensaciones que el joven rubio le proporcionaba. Decidió que en ese juego podían jugar dos, y con movimientos lentos y nerviosos, dirigió sus manos al pecho del rubio, desabotonando con dificultad su camisa. Cuando por fin lo hubo logrado, la abrió en su totalidad para sentir la suave piel de su pecho, maravillándose por su tono pálido. Lentamente paso sus manos por sus pectorales trabajados por el Quidditch, la fina línea de vello rubio que hacía un camino hacia la cinturilla del pantalón, y los cuadritos en sus abdominales finamente marcados, como si hubieran sido cincelados.
Bajó lentamente su cabeza, curiosa de probar el sabor de la piel del rubio, deleitándose con la mezcla almizclada de la misma, aspirando el aroma a menta fresca que emanaba de ella. Pasó con lentitud sus manos por su espalda ancha, rozando sus costillas con sus cortas uñas, arrancándole un gemido desde el fondo de su garganta. Se maravilló por la reacción del rubio, mientras repetía la operación, pero ahora acariciando y pellizcando sus pequeños pezones, ganándose un gemido aún más ronco y profundo.
Mientras tanto, el rubio había introducido un dedo por un costado de sus braguitas, acariciando con delicadeza los pétalos femeninos, percibiendo el grado de excitación de la chica. Comenzó entonces un vaivén con su dedo, acariciando y apretando un poco el sonrosado clítoris, mientras ella jadeaba con fuerza y se arqueaba contra él, rozando sus puntas totalmente endurecidas y erguidas con su pecho pálido. Se estremecía de una forma violenta, mientras su corazón latía con más fuerza, acallando cualquier otro sonido que no fuera sus violentos latidos. Sintió de pronto un espasmo subiendo por sus piernas, concentrándose en su vientre, mientras el rubio aumentaba el ritmo de su dedo sobre su pequeño botón de placer.
El zumbido en su vientre se hizo más fuerte, mientras cerraba los ojos, apretándolos con fuerza, viendo entre sus pestañas entrecerradas miles de colores, estrellas y constelaciones, donde su alma se desprendía de su cuerpo y se iba volando hacia el infinito, dándole al rubio el espectáculo de su primer orgasmo.
Draco sentía su erección dolorosamente apresada contra la tela de su pantalón, mientras veía maravillado los gestos de la rubia. Nunca antes había visto a alguien entregarse de esa forma a su placer, y supo que irremediablemente acababa de quedar preso por esa sirena rubia de ojos verdes que lo miraba con los ojos empañados por el deseo, jadeando para conseguir llevar algo de oxígeno a sus pulmones. Sin saber porque, supo que sería imposible que a esas alturas se detuviera, y con un rugido de antelación, cubrió los hinchados labios con los suyos, mientras se despojaba del estorboso pantalón, para, minutos después, penetrarla lenta y pausadamente.
La rubia no sintió el dolor, solamente una incomodidad y algo de temor, pues el rubio era bastante grande, bueno, no es que hubiera visto a alguien de ese modo en el pasado, solamente una vez a su hermano, por error, mientras salía del baño, pero había pedido a su madre que le borrara ese recuerdo, a fin de que no resultara traumático para ella. Ahora solamente recordaba el momento incómodo, pero no el hecho en sí. Se reprendió mentalmente por estar pensando en eso, y volvió a concentrarse en lo que el rubio le hacía.
La incomodidad fue dando paso al placer, cuando Draco comenzó a moverse lentamente dentro de Gabriella, rozando con su miembro duro y palpitante las paredes húmedas y sensibles de su sexo, haciéndola arquearse contra el, mientras bajaba sus labios hacia sus pechos, para seguir mordisqueando y lamiendo sus pezones.
Cada embestida era como un kilómetro recorrido para llegar al cielo, mientras las piernas de Gabriella aprisionaban las caderas de Draco, y sus delgados brazos lo apretaban contra sí, a fin de sentirlo más dentro de ella. Sintiendo nuevamente los espasmos en su interior, clavó sus uñas en la espalda de él, gimiendo contra su oído su nombre, mientras que él, al comprender que ella estaba por llegar al orgasmo, desconectó su cerebro y se dejó ir junto con ella al infinito, rozando el cielo con los dedos. Ambos gritaron sus nombres en medio de gemidos entrecortados, sintiendo el cuerpo temblar de gozo y placer.
Momentos después, cuando la languidez se extendía por sus cuerpos, y antes de quedarse profundamente dormida, Gabriella alcanzó a escuchar las palabras que apresarían su corazón para toda la eternidad.
-Eres mía, Gabriella… y lo serás mientras que yo lo quiera así…-dijo el rubio junto a su oído.
Cerró los ojos y se abandonó a la tierna caricia de las manos de Draco contra su cabello, arrullada por el sonido pausado de su corazón, y cobijada por el calor de su cuerpo. La idea de pertenecerle a Draco Malfoy extrañamente le pareció lo correcto, y no se detuvo a pensar que acababa de firmar un pacto con el diablo. Un diablo rubio y de ojos grisáceos.
Bueno, he aqui el segundo cap... vamos por mas...
gracias mil por leer
