Capítulo 1: Nuevo comienzo

Nadie podía creerlo. El sueño de la humanidad se había hecho realidad. Habían vencido contra los titanes. Aunque para llevar a cabo esta tarea se habían sacrificado miles de vidas. Entre ellas, las del chico titán, que ahora yacía en el suelo cubierto de sangre, en el lugar que hace unos minutos podría haberse considerado escenario de la batalla final. También podían distinguirse otros cuerpos inmóviles ya sobre la tierra mojada: una cabellera rubia delataba la identidad de otro de los muchachos caídos, Armin; el cuerpo aplastado de Connie acompañado por el de Christa, ambos ya sin vida; varios miembros amputados se esparcían por el lugar, haciendo imposible la identificación de los que una vez fueron miembros de la legión de reconocimiento. Solo unos cuantos soldados habían sobrevivido a la masacre que había puesto punto y final a la desesperación que durante años habían vivido, encerrados entre murallas.

Era obvio que el capitán Levi era uno de los afortunados. El único síntoma de haber participado en la batalla transcurrida minutos antes era la horrible cantidad de sangre que empapaba su uniforme. No toda era suya. Aunque sí es cierto que mucha de ella había sido derramada a causa de una herida que el titán simio le había abierto en la espalda. La herida atravesaba toda la anchura de la misma, de forma oblicua. No era una herida mortal, pero sabía que necesitaba atención médica en cuanto llegase de nuevo al castillo donde las tropas se alojaban.

Otra persona que todavía se movía desorientada por el lugar, mirando cada uno de los cadáveres que allí se encontraban, tal vez en busca de algún amigo cercano, era Jean. Su cara estaba totalmente sudada, los ojos desencajados y los andares nerviosos. Era uno de los que todavía no asimilaba lo que había ocurrido allí: habían acabado con todos y cada uno de los titanes. Sin embargo, no lucía para nada contento, ante la visión tan desoladora que tenía ante sus ojos. El que sí parecía feliz era Erwin, que albergaba en su cansado rostro una sonrisa de oreja a oreja. No parecía muy cuerdo en esos momentos, ya que, a pesar de haber perdido a más de tres cuartos de la legión, y haber perdido también su brazo derecho, se encontraba en un estado de éxtasis que nadie lograba comprender. Hanji intentaba abrirle los ojos señalándole todas las víctimas que allí yacían sin vida, pero era inútil. Él siempre había estado dispuesto a sacrificar a la humanidad entera si era necesario para acabar con ese mal que, desde hacía ya mucho tiempo, les obligaba a permanecer como ganado en aquello que llamaban hogar.

Jean continuaba caminando a duras penas por aquel prado regado de sangre, hasta que se paró en seco, asombrado por algo. Ya había encontrado aquello que buscaba: Mikasa Ackerman. Solo que la visión que ahora mismo tenía de ella fue la imagen más triste que recordaría en mucho tiempo.

Con su uniforme rasgado por la parte abdominal, dejando ver numerosas heridas que causaban verdadero miedo, se encontraba de rodillas ante un cadáver, llorando como nunca nadie la había visto llorar, agarrando con fuerza el cuerpo masacrado de alguien. No hacía falta ver de quien se trataba, Jean enseguida lo adivinó. Y ante tal escena solo pudo unirse a su llanto, ya que, aunque habían sido numerosas las peleas que había protagonizado junto a Eren, le había cogido cariño al que todos llamaban "suicida". Pero la razón principal de sus lágrimas era ver a Mikasa en ese estado. Le partía el alma verla así. Pero no se acercó a ella. Ese era un momento que solo le pertenecía a ella. Un momento de despedida, un momento de desahogo.

El capitán Levi ya había soñado con ese momento muchas veces. Ya sabía que el final de toda su lucha sería así; con una Mikasa devastada por la muerte de sus mejores amigos: Eren y Armin. Pero aun así era muy duro para él verla así. Se veía a sí mismo años atrás, cuando venció al titán anormal. Sabía lo que se sentía en momentos como ese, pero no sabía cómo actuar ahora. Era extraño. En lo más profundo de su ser quería abrazarla y hacerle sentir que no estaba sola. Sin embargo, no podía hacer eso. No sabía por qué, pero no podía. Llevaba preparándose para ese momento desde que la vio, pero ahora algo le frenaba.

Tras unos minutos de debate interior, avanzó despacio hasta la chica y la observó de cerca. Ella necesitaba también atención médica, pero sabía que ahora no iba a conseguir separarla de quien una vez fue Eren. Miró unos cuantos metros a la izquierda y allí también, como suponía se encontraba Armin, bocabajo en un charco se sangre. Decidió entonces desviarse hasta él y muy cuidadosamente se agachó hasta poder tocarlo y le dio la vuelta. Estuvo unos segundos de espaldas a la chica, moviendo sus manos, sin dejar ver lo que estaba haciendo exactamente. Cuando terminó, se acercó de nuevo a Mikasa y puso firmemente su mano en el hombro de la chica. Esta le miró por un instante, mientras las lágrimas seguían resbalándole sobre las mejillas. Entonces el capitán le tendió la mano que le quedaba libre. Y en ella albergaba algo: el símbolo de las alas de la libertad, de la legión de reconocimiento, que le acababa de quitar al uniforme a Armin.

Esta es la prueba de que ellos existieron, la prueba de que ellos no se sacrificaron en vano. Al menos para mí—Mikasa abrió los ojos de forma exagerada y cogió el trozo de tela de forma muy delicada. Se lo llevó a su pecho y se encogió, formando un ovillo durante unos segundos. Entonces decidió arrancar del uniforme de Eren el mismo símbolo. Una vez que tuvo ambos en las manos se los guardó en el bolsillo de lo que le quedaba de chaqueta, se secó las lágrimas se forma muy brusca y se levantó rápidamente. Aun con su semblante serio y entristecido se acercó más al capitán. Fue ella misma la que decidió abrazarlo, con desesperación, buscando reconfortarse en el cuerpo de Levi.

El capitán sorprendido por la reacción de la chica, le devolvió el abrazo con fuerza. Se sentía tan cálido a pesar del ambiente frío que les rodeaba que pensó que le resultaría difícil liberar a la muchacha de su agarre. Sin embargo, algo inesperado ocurrió. Sintió como la muchacha iba perdiendo fuerza hasta que se desvanecía. Si el capitán no la hubiese sostenido de aquella forma, habría impactado sobre el frío suelo. Levi la agarró como pudo, cogiendo en peso a la muchacha hasta sostenerla completamente sobre sus brazos. Se había desmayado. Mikasa ahora estaba semiinconsciente en sus brazos. Todos miraron, preocupados por la salud de la chica, pero Levi hizo un gesto para despreocupar a todos, advirtiéndoles que no se trataba de nada importante. Llevó su cuerpo inmóvil a una carreta, y la tapó hasta la cintura con una vieja sábana. Antes de que este se marchase para empezar a hacer algo con los cadáveres, la chica aún con los ojos cerrados le sostuvo la mano débilmente.

—Po-por... por f-favor…— balbuceó la chica. El capitán se acercó rápidamente para escucharla mejor— Necesito…necesito que lo haga aquí… Ellos m-merecen estar aquí… En el exterior…

Él sabía perfectamente a que se refería. Quería que ellos permaneciesen allí, por siempre, no dentro de las murallas. Justo allí. Para que pudieran estar en tierra libre. Para que pudieran conocer la dulzura de las nevadas; la calidez del sol en verano, calentando las piedras de su alrededor; allí donde tal vez pudieran escuchar a lo lejos la brisa del océano, del que tanto habían hablado. Ellos merecían permanecer en esa tierra, por la que habían luchado. No en el cementerio del interior de la muralla.

Por ello, el capitán conmocionado por la templanza que ella estaba mostrando en esos momentos, cogió una pala, y ordenó a los soldados que aún quedaban vivos y no estaban heridos hacer lo mismo. Una decena de soldados se encontraba cavando cientos de fosas individuales para que los caídos pudieran descansar eternamente. Otros cuantos reclutas movían con desagrado los restos de sus antiguos amigos hasta dejarlos en sus fosas. Así hasta acabar con el último. Se las averiguaron para emparejar cada miembro con el cuerpo correspondiente, aunque no fue nada agradable. Encima de las fosas amontonaron una pila de piedras, que delataba lo que serían las tumbas de los más valientes de la humanidad.

Así, todos se dispusieron a avanzar hasta el castillo donde se refugiaba la legión, para atender a los heridos, y descansar de una vez por todas. El horror se veía en las caras de los reclutas, pese a ser el día más importante para ellos. El camino, lleno de silencio dejaba en claro una pregunta que se presentaba en la mente de todos en esos momentos: ¿Y ahora qué? Ya no serían nunca más soldados luchando contra titanes.

Había pasado una semana desde aquel día. El día en el que la humanidad fue salvada. Los soldados supervivientes habían llegado ya al interior de las murallas, y habían difundido la noticia. Numerosos actos en los que toda la ciudadanía participaba fueron celebrados en honor a los soldados caídos, y cada día una fiesta era organizada para celebrar el fin del horror que asolaba a la humanidad.

Los soldados de la legión de reconocimiento habían abandonado uno por uno la militancia. Su objetivo ya había sido cumplido. Ahora deberían limitarse a vivir vidas corrientes dentro o fuera de lo que antes eran las murallas.

En ese mismo instante, en la sala de la corte, se estaba debatiendo el nuevo sistema de gobierno que adoptarían: todas las tropas serían disueltas, excepto la que servía al rey, es decir, la policía militar, que se encargaría de velar por la seguridad de los ciudadanos; un nuevo plan para repoblar el exterior estaba en marcha; y sobre todo, el nombramiento de los héroes de guerra.

El nombrar "héroe de guerra" a un soldado no solo era un honor, sino que asumir este título conllevaba la entrega de una casa particular en el exterior de la muralla, para compensarte por el ejercicio llevado a cabo durante todos esos años.

—A día de hoy, me dispongo a nombrar aquellos afortunados soldados que, gracias a su labor, consiguieron liberarnos a todos para siempre de la retención que esas bestias nos obligaron a adoptar. Así pues, los siguientes soldados serán compensados con una casa en el exterior, y con este título, que supone un prestigio y un honor incuestionable para aquel que lo recibe: Erwin Smith… Levi Ackerman… Hanji Zoe… y Mikasa Ackerman— de esta forma el jefe supremo de las tropas, nombró héroes de guerra a estos soldados, que se diferenciaban de los demás por su destreza, su fuerza, su determinación y su entrega total a la causa.

Cuando toda la ceremonia acabó, Levi se acercó al jefe y, formalmente renunció a la casa que el gobierno le entregaba. La causa: tenía otros planes para lo que le quedaba de vida, y con quien compartirlos.


Notas: Muchas gracias por darle una oportunidad a este relato. Espero que os haya gustado, y por favor, no dudéis en dejarme un comentario para mejorar mis próximos trabajos.

Un abrazo,

MKiller