Ella sonrió al ver a Robin. Su plan iba bien, maravillosamente, incluso. Pero quedarse a solas con él… ¿Sería capaz de poder mirarle sabiendo que no podía ni siquiera tocarle? Se acercó al minibar y se sirvió una copa.
-¿Quieres una? Supongo que te sigo debiendo una copa.
Robin permaneció inmóvil, enfadado.
-No. No he venido para que nos tomemos algo juntos.-respondió, mientras miraba al sofá que fue testigo de su pasión dos noches atrás.
-Si eso es lo que quieres, ¿para qué estás aquí?.-contestó, acercándose a él.
Ella se sentó en su silla de alcaldesa, dejando que su escritorio se convirtiera en la separación entre ambos. Robin no sabía que decir. Si ese hombre era Daniel él no tendría nada que reprocharle. Sin embargo, si no lo era, tampoco lo tendría, ¿se podía hablar de exclusividad entre ellos dos? No tuvieron que planteárselo nunca, y desde que llegó Marian no habían tenido la oportunidad de hablar. ¿Y si ese hombre había estado siempre con Regina? Ahora desconfiaba por todo y de todos.
-¿A qué has ido esta mañana a Granny's?-preguntó. Fue lo primero que se le ocurrió. Quería que le contestase que había ido a verle.
-¿Qué importa eso?-preguntó extrañada.
Él se quedó en silencio.
-Realmente sí que necesito algo de beber.
Regina se acercó a por la bebida. La tensión podía cortarse con un cuchillo. Cuando ambos se miraban, salía fuego de sus ojos. Robin se sentó enfrente de Regina y esta se acercó a servirle. ¿Se inclinó intencionadamente para tener su pecho a la altura de los ojos de Robin? Ni siquiera tuvo que pensarlo dos segundos. Él apartó la mirada. Nunca le pasaron cosas así con Marian, nunca nadie le había hecho sentir que quería tirar todo lo que había sobre la mesa y hacerle el amor durante toda la mañana.
Ambos bebieron en silencio. Regina mordía su labio con nerviosismo y sensualidad. "Funciona", pensó Regina. El ladrón no se había atrevido a articular palabra, miraba a la alcaldesa, en silencio, examinando cada ápice de su rostro, de su cuerpo.
-No puedo decir que no me guste estar aquí tomándome una copa, pero tengo cosas que hacer.
-Tienes razón, será mejor que me marche.-él se levantó, intentando irse antes de que el poco alcohol que tenía en el cuerpo dijese algo por él. Mas fue inútil.-¿Quién era ese?
Regina sonrió.
-¿Qué?
-El tipo ese, el que estaba aquí cuando llegué.
-Un viejo amigo.-respondió. Ella también se levantó. Abrió la puerta indicando la salida.-¿A qué se debe tanto interés?
Él negó con la cabeza y cerró la puerta. Ella pensó que se acercó tanto, tanto que podía sentir su aliento, para besarla. Se derritió al tenerlo así, al mirarle los ojos y poder ver a un mujer feliz y completamente liberada ante ellos.
-No puedes hacerme esto.
-¿Perdón?-ella no se separó ni un milímetro.
-No puedes hacer que todo se tambalee y ahora decirme que estás con un viejo amigo.
-¿Yo? ¿Hacer que todo se tambalee?-comenzó a alzar la voz. Oír que la culpa de la situación era su encuentro con Sidney había conseguido alterarla más de lo que podía desear.- ¿El que tu esposa haya vuelto a la vida no te parece que puede haber hecho que las cosas cambien?- preguntó, burlándose en cierto modo de que Marian hubiera "resucitado".
-No metas a Marian en esto.-contestó enfadado.
-Oh claro, no metas a la santa Marian en esto.-cada vez ambos hablaban más alto.
-¡No se ocurra burlarte de Marian, ella es una buena mujer que no tiene la culpa de nada!
-¿Y yo? ¿Tengo yo la culpa de que se abriese un portal temporal y ella haya vuelto?
-¡Tú casi la mataste!-reprochó en tono acusador.- ¡Sí tú, la Reina Malvada!
Oír que Robin la llamaba Reina Malvada fue peor que él mismo destruyera su corazón. Se alejó de él y abrió la puerta.
-Márchate.-dijo, sin gritar, sin estar alterada. Con voz firme y clara.
Robin se dio cuenta de lo que había hecho.
-Regina, lo siento.-cogió su mano pero ella se soltó enseguida. Vio la tristeza de sus ojos cuando subió su rostro.-De verdad, no quería decir eso.-Volvió a cogerla pero esta vez no pudo soltarla.
Se oyeron unas voces en el pasillo.
-¡Robin!
Marian irrumpió en el despacho de la alcaldesa y vio a su esposo agarrando la mano de la reina.
-Sabía que estarías aquí.-Regina soltó su mano.
-Sí, pero ya se marchaba. Ambos vais a hacerlo.-dijo Regina.
Marian no podía disimular el enfado. ¿Su marido y la mujer que intentó asesinarla agarrados de la mano? Pensó que habría ido a dejarle las cosas claras, a decirle que lo que había entre ellos se había terminado, que no podía estar con una mujer así. No era mentirle, era apoyar a una maldita bruja asesina. ¿Se merecía el perdón? Quizá ninguno de los dos se lo merecía realmente, pero Robin era el padre de su hijo.
En la puerta, el ladrón y su esposa se cruzaron con Sidney, quien volvía.
-Regina ha dicho que no quiere que nadie la moleste, que tiene que trabajar.-le dijo Robin.
-Mi reina me ha pedido que venga, yo no soy cualquiera, debería aprender eso.-contestó, con una mirada de odio. ¿Quién era ese hombre y por qué llamaba a la reina por su nombre de pila?
Sidney permaneció en la puerta hasta que la pareja se marchó. Él había estado esperando hasta que ese hombre saliera, pero no pensó en entrar de nuevo a ver a la alcaldesa, se quedó en la puerta, esperando a que ella saliese.
Regina por su parte estaba dentro, sentada, callada, mirando su copa. ¿Realmente Robin pensaba que ella era una Reina Malvada? ¿Y por qué Marian sabía que iba a encontrarle en su despacho? Su plan marchaba bien, Robin estaba muy celoso de Sidney (a quién nunca ha tenido la intención de besar) y los celos solo significan una cosa: la quería y estaría dispuesto a luchar por ella, mientras que la tensión que había entre los dos no podía crecer aún más.
