Capítulo 2: Una pieza en sus juegos
Issaian Hox -Presidente de Panem
Día 124 de la Rebelión, Mansión Presidencial, 8:00 am.
No estamos haciendo historia como Kristlan pudo llegar a pesar. No. La historia la escriben los ganadores y nosotros no estamos ganando.
No recuerdo otra vez antes de esta, en la que al abrir la puerta del refrigerador estuviese completamente vacío. Debe de haber pasado antes, durante la caída de Estados Unidos, pero mi cuerpo y mi mente lo han olvidado debido a los placeres que han experimentado en los últimos años.
Las mesas repletas de carnes, cereales y frutas han ido mermando durante los últimos meses hasta convertirse en un escueto trozo de pavo –rancio imagino- y una hogaza de pan de hace tres meses. Rhia llora día y noche debido al hambre y el frío, aún y cuando su madre restringe su porción de comida para que la niña se alimente.
No es suficiente y en consecuencia su llanto ha ido perdiendo intensidad conforme pasan los días y he visto como su cuerpo se debilita. Está casi dormida en el sofá de la sala cuando Gyan deja caer una manta sobre su frágil cuerpo para protegerla del frío que azota a la ciudad sin electricidad ni calefacción.
Todo eso: la energía, el transporte, la comida e incluso la protección, provenían de los Distritos. Ellos nos han declarado la guerra hace exactamente 124 días, y como resultado, nuestros insumos han comenzado a escasear desde entonces.
Son bastante inteligentes, debo aceptar. Lo suficiente como para debilitarnos antes de atacar el corazón del Capitolio directamente. Hasta el momento solo se han armado pequeños tiroteos en los alrededores. Ninguna muerte relevante por ahora.
Son también lo suficientemente estúpidos como para creer que no pagarán por esto. Se sienten ya victoriosos porque algunos han muerto de hambre y otros tantos congelados.
Me pregunto cuántos tiempos de comida ha debido ignorar Kristlan para que mi familia se alimente escasamente. Al inmenso hombre uniformado que permanece a mi lado día y noche apenas lo he visto ingerir bocado, y cuando lo hace es cuando Rhia enferma por comer carne en mal estado y deja su plato tan lleno como podemos permitirnos llenar ahora.
Es fuerte, es fuerte y no sucumbe ante la caída de los poderosos.
A todos los demás, la escasez les está jugando una mala pasada. Primero se acabó la electricidad, después el agua y por último dejó de llegar más comida. O primero fue la comida y después el agua. No lo recuerdo, supongo que la ausencia de combustible para el cuerpo también me ha afectado a mí. Mi estómago no reconoce que soy el hombre más poderoso del mundo y se atreve a sentir hambre y rugir en medio de una súplica.
La escasez está justificada y me doy cuenta de que la estructura de nuestro Gobierno es frágil así como las personas que lo ocupamos. Nos hemos atrevido a pisotear a aquellos que nos mantenían con vida y sin sus industrias, nuestra vida es la que se apaga.
Sin la carne del Distrito 10, ni los cereales del Distrito 9 ni los Agentes de Paz del 2, el Capitolio es indefenso ante cualquier ataque. Hemos dado por sentado los beneficios que tomamos injustamente de estas personas durante años y ahora, se están vengando.
Venganza. Venganza.
La palabra da vueltas en mi mente y en mi estómago y me permito alimentarme del odio como si fuese un manjar de comida. Los quiero muertos. Los quiero muertos a todos.
Los quiero muertos a todos desde que entraron a mi casa aquella noche hace 124 días. Esa noche fue el comienzo de todo, y al no poder asesinarnos entonces han decidido frenar sus industrias, o al menos, dejar de hacer llegar los materiales hasta el Capitolio.
Es una guerra de cobardes, nos debilitan para luego atacar; aún no dan el golpe, están esperando que muramos de hambre y frío primero.
Kristlan asume que el Distrito 13 está planeando un golpe a la distancia y al escuchar al hombre decir tal atrocidad en voz alta, Rhia despierta y se echa a llorar de nuevo. Pienso en los chicos a los que les pusimos una diana en la cabeza al planear los Juegos del Hambre que ahora son cosa olvidada, y no puedo evitar que mi corazón se encoja.
De no vivir en el Capitolio, mi hija podría ser elegida para enfrentarse a muerte con los chicos de los demás distritos, tan indefensos y asustados como está mi pequeña mientras su madre la acuna en sus brazos.
Pero mi hija vive en el Capitolio, y ningún niño o niña capitolina se medirá a muerte con la bestia sedienta de sangre de mi laberinto. Ellos están a salvo. Están a salvo si consigo librarnos de la extinción de la raza humana que planea el Distrito 13 en estos momentos.
Pero a los demás los quiero muertos. Más aún, quiero que deseen estar muertos. Hombres, mujeres, niños. Quiero ver sus caras desfiguradas por el miedo mientras reconocen que han cometido un error.
—Señor—habla Gyan desde el extremo opuesto de la sala y me siento de inmediato desprotegido sin su sombra sobre la mía — ¿Qué piensa hacer, señor? — pregunta el hombre sentándose en el brazo de sofá. Tampoco lo he visto dormir en semanas y me pregunto cómo alguien puede luchar contra su propio cuerpo de esa forma.
—Negociar —digo con una sonrisa que deja entrever mis dientes amarillentos por la putrefacción de la comida que hemos ingerido. Mis labios resecos buscan el contacto de mi lengua para humedecerse de alguna forma. —Contacta a los Rebeldes —le indico a Kristlan poniéndome de pie. Todos los huesos de mi cuerpo se resienten de inmediato pero me obligo a permanecer erguido.
—Señor—advierte Gyan sin separar sus ojos oscuros de los míos. —No puede negociar con ellos, estos hombres son peligrosos —indica con una mueca. Me pregunto si se derrumbará, muerto de hambre o si su cerebro se apagará debido a la falta de descanso, pero permanece quieto, mirándome fijamente sin que nada varíe en su cuerpo.
Mi asistente ha dejado ya la sala sin pedir explicaciones, no precisamente porque confíe en mí ciegamente sino porque de nuevo, estamos en la misma sintonía. Se ha vuelto costumbre el que Kristlan prediga mis pensamientos y yo los suyos.
Juntos somos indestructibles.
—Yo también lo soy—digo mordisqueando el interior de mi labio inferior hasta hacerme sangrar. Mi cuerpo, resentido por la falta de agua se alimenta como si fuese el más rico de los manjares, y yo pruebo mi propia sangre con gusto, previendo el final de todo esto.
Me alimentaré de mi propia sangre para vivir, hasta que tenga la sangre de mis enemigos en una copa de cristal.
Kristlan Jein -Asistente del Presidente
Día 124 de la Rebelión, Cuartel Rebelde, 8:45 am.
No tardan en encontrarme apenas pongo un pie fuera de la protección de la Mansión Presidencial. Me han estado buscando, de la misma forma en la que yo los busco a ellos: deseosos de imponernos, sin intención de dar un paso atrás para conseguir lo que queremos.
Desconozco sus nombres pero sus razones me son familiares. Todos y cada uno de los posibles motivos de la rebelión los he pensado durante los últimos 124 días y se han adentrado tanto en mi cabeza que es como si yo mismo los hubiese pensado en un inicio.
Están enojados. Están cansados de trabajar día a día para beneficiar a personas a las cuales su bienestar no podría importarles menos. Están aburridos. Quieren ver a Panem arder como ardió Estados Unidos producto de las guerras entre países y las enfermedades propagadas por los enemigos.
Es algo sintomático e irónico. El fin del país que enterramos hace treinta años se repite y ahora son nuestros hijos los que deben de pagar con nuestros pecados.
Sus hijos, supongo. Suyos y no míos. Los hijos capitolinos, los hijos de los Distritos, de Issaian: Rhia. ¿Issaian habrá pensado en ella mientras imaginábamos los Juegos del Hambre? ¿Habrá pensado en el dolor que le provocaría a su madre el perder a su hija si la situación fuese al revés? No lo creo. Issaian y yo siempre pensamos lo mismo y sé que yo no lo he pensado.
No, Rhia ni ningún otro chico de nuestras tierras deberá asesinar o ser asesinado jamás. Al menos no para el entretenimiento de alguien. Aunque ahora, de cara al exterminio, cientos de capitolinos han muerto y eso debe de ser divertido de ver para los rebeldes.
Los he visto mientras los soldados de los distritos –del dos y el trece probablemente- me esposan y me llevan consigo. Niños y niñas, tan grandes como la hija de mi mejor amigo, apuntando sus armas en contra del enemigo. Sus manos no tiemblan tanto como las de Rhia, pero la Tierra debe de haber girado la misma cantidad de veces alrededor del sol desde que todos ellos nacieron.
Es denigrante el que te esposen las manos y las inmovilicen detrás de tu espalda. El ser escoltado por veinte hombres que alguna vez juraron proteger tu vida es aún peor. No reconozco sus caras pero por sus movimientos sincronizados y la forma en la que desenfundan sus armas para exterminar a los capitolinos que atacan, deben de ser Agentes de Paz.
Jamás he empuñado un arma, y he comenzado a pensar en si podría hacerlo en caso de necesitarlo. El Perro debe de haber asesinado al menos a cincuenta rebeldes en medio de sus rondas nocturnas, y me convenzo de que si este hombre sin cerebro es capaz de hacerlo, yo también puedo.
Después de todo, ¿no era eso lo que pretendía con la idea de los Juegos? El que no sea tu dedo el que jale del gatillo no significa que tus manos estén limpias, pero yo no tengo problemas en ensuciarme las manos. Me gusta estar sucio. Le demuestra a las personas que lo más sabio es no meterse conmigo.
Pero ahora, frente al líder de la Rebelión que me mira desde su escritorio improvisado, no me siento como una persona particularmente poderosa. Me siento tan pequeño como los habitantes de los Distritos, y eso no puede estar bien. Yo soy mejor que todos y cada uno de ellos
Esperaba un tiroteo de balas desde el momento en el que cruzase la puerta de su refugio, supongo. Así que cuando me reciben en un edificio abandonado equipado como una casa, resulta una decepción. Todo es perturbadoramente familiar aquí, desde el televisor encendido trasmitiendo noticias sobre ataques y bombardeos hasta las mantas en el suelo haciendo el papel de camas.
No es muy diferente a la situación que yo mismo he vivido los últimos meses en la Mansión Presidencial aunque claro, a ellos parece que no les hace falta ni la comida ni la energía.
Tobiem Pierr se presenta con una sonrisa bobalicona en el rostro, como si nos reuniésemos para tomar el té en su despacho y no para decidir cuál de nosotros será la bota y quien la cucaracha que hay que aplastar. Me ofrece un vaso con agua y comida que no puedo rechazar.
Debe de haber escuchado el ruido que proviene de mi estómago desde incluso antes de que entrase a sus aposentos. Agradezco el gesto de hospitalidad dadas las circunstancias, pero mi interior se retuerce al escuchar que sus compañeros le llaman "Señor Presidente".
Planean asesinar a Issaian y quedarse con su puesto, de eso estoy seguro, y no puedo decir que la idea me desagrade del todo.
— ¿Presidente? —cuestiono mirando a mi anfitrión que se ha acercado tanto que puedo olerlo: está limpio y aseado. A estas personas no les hace falta nada y nosotros lo hemos perdido todo, incluso la voluntad de vivir.
—No se deje intimidar usted, Señor Jein—dice encogiéndose de hombros. Cada expresión de su rostro, cada postura y ademán es ensayado para inspirar confianza y se la ha ganado a pulso. Estas personas confían en él, tanto como Issaian confía en mí y yo confío en él.
No recuerdo la última vez que alguien me ha llamado por mi apellido. Antes de que Issaian me nombrase "Asistente" solo me llamaban Kristlan. Jamás Jein, jamás con respeto.
—Los títulos son solo eso. Títulos—dice caminando hasta el escritorio de madera que se impone en el centro de la habitación. Toma la placa que reza su nombre y el título con el que se ha autonombrado y me lo muestra. —Es solo plástico. ¿Qué se supone que haga con esto? ¿Lanzárselo a la cara? —pregunta riendo al tiempo en que con un movimiento exagerado que no cambia la expresión de su rostro, arroja el objeto hacia mi cara.
Ha mentido. No es plástico, es metal y al entrar en contacto con la piel de mi rostro me hace un rasguño del cual brota sangre caliente. Él se rie y recuerdo al rebelde riendo ante la amenaza que le hicieron al Presidente hace 124 días. Se siente extraño estar de este lado de la tortura, pero no doy ni un paso atrás cuando se acerca otra vez.
Está cada vez está más cerca de mí.
—Son más que eso —aseguro al notar que de nuevo, he estado demasiado tiempo dentro de mi propia cabeza –Son señal de respeto—repito el mensaje del Presidente y el ríe en mi cara.
—Yo no te respeto—asegura. —Yo te necesito y hay una diferencia.
Me necesita. Me necesita.
Nadie jamás me ha dicho que me necesita. Sé que Issaian lo piensa, pero no lo dice. Es reconfortante aun proviniendo del enemigo, me hace sentir importante. —La pregunta es si puedes serme útil— agrega ladeando su cabeza al frente mío. Su mirada busca la mía y calculo que debe de ser más joven que yo. Treinta años tal vez, quien sabe, la guerra ha dejado estragos en todos y ahora somos almas viejas lanzadas una vez más a la juventud.
Tobiem probablemente no ha conocido otro país más que Panem y ahora está decidido a reducirlo a cenizas para impulsar su nuevo imperio.
—Puedo serlo —aseguro. La sangre que brota de mi sien me dificulta la visión del ojo derecho y comienzo a sentir punzadas en la cabeza que se detienen cuando el chico que pretende ser líder da la orden de que suelten mis manos y limpien mis heridas.
Una chica enjuta obedece temblando, primero con una toalla caliente limpia la sangre de mi rostro y después libera mis extremidades de silla a la que me han amarrado. Me tiene miedo, pero más que a mí, teme al hombre a quien llama "señor".
— ¿De qué distrito eres? —pregunto al ser libre y él se sienta en su imponente escritorio. Siempre pensé que era algo único de Issaian el gusto por sentarse detrás de un escritorio que le cuadruplica el tamaño, pero parece ser algo colectivo entre los hombres que prefieren un tipo de poder más evidente.
—Ya no existen los distritos—dice sonriendo y por un segundo, veo al chico que pudo haber sido de no haberlos presionado a todos. Lo veo entregando su corazón como yo lo hice años atrás, lo veo formando una familia como la que yo jamás llegue a construir y me detengo a pensar en el daño que les hemos hecho a estas personas.
— ¿De qué distrito eras? —corrijo y él parece pensárselo por un momento.
—Nací en el 13—dice sin que la calidez fingida de sus palabras llegue a sus ojos. —Hogar de la industria más imponente de todo Panem.
– ¿Armas nucleares? —pregunto en medio de una competencia conmigo mismo. Quiero saber si lo que le he advertido a Issaian era correcto, si nos he salvado a todos al alertarlo.
—Justo debajo de todos ustedes —con sus manos forma un pequeño círculo que se expande desde su interior, y con su boca simula el sonido de una explosión. He tenido razón, planean volarnos a todos en pedazos.
—Tu no quieres hacer eso—caigo en cuenta de la gravedad del asunto. Ya no se trata solo de tener razón o no, sino de la vida de miles. La mía propia incluida. —Es suicida —le aseguro y juro que si lo escucho reír una vez más, le romperé el cuello con mis propias manos.
No sé, supongo que sí podría acabar con una vida si me lo propongo.
— ¿Sé te ocurre algo mejor? —pregunta haciendo que su pecho se infle.
– ¿Disculpe? ¿Ha pasado de no respetarme a querer mi opinión? —él sonríe solo durante un instante ante mi pregunta, de pronto consciente de la amenaza que he profesado en mi interior de romper su cráneo si vuelve a reír en mi presencia.
—Es usted el poder detrás del trono de Issaian Hox ¿no? Claro que quiero su opinión —asegura asintiendo al tiempo que le grita a la mujercilla detrás suyo para que traiga dos copas de vino. Ella obedece como el Perro obedece a Issaian y hago una nota metal para conseguirme a mi propio lacayo en el futuro.
—Juntos veremos a Panem temblar —dice con una ceja arqueada, chocando su copa con la mía mientras su risa bobalicona inunda la sala de nuevo.
Por primera vez en todo el tiempo que llevamos reunidos, no me molesta que ría.
Tobiem Pierr -Líder Rebelde de Panem
Día 124 de la Rebelión, Cuartel Rebelde, 1:30 pm.
La vida de los habitantes de los otros doce distritos no podría importarme menos.
Creo que no suena bien para los libros de historia decir: "Un día desperté siendo el hierro que sucumbe ante el fuego para cambiar de forma y me odié más que nunca. Desee entonces ser el fuego que destruye todo a su paso y por eso, inicié la Revolución que cambiará sus vidas", así que decir que me preocupo por el bienestar de mis iguales es mi escudo para fines prácticos.
Es un medio para un fin más grande el decir que me considero igual a estas personas que me siguen a donde vaya como si fuesen una parte más de mi propio cuerpo. No soy diferente a Issaian Hox en ese sentido, pero yo seré más inteligente que él, o al menos, más astuto y me ganaré la lealtad de estas personas a base de promesas y buenos tratos.
Al menos al principio.
Mamá solía decir que son peores los lobos con piel de oveja que los lobos que lucen como sí mismos. Son más mortíferos si esconden su naturaleza, así que yo elegí el usar un disfraz para ocultar mis verdaderos colores. El peligro latente, el amigo que te da una soga para que trepes en lugar de tenderte la escalera: eso anhelo ser para estos pobres ilusos que ven en mí a su Salvador y Redentor.
Apenas y recuerdo a mamá y a mi país natal ahora. De mamá he olvidado menos, llevo conmigo el olor de su cabello cuando se acercaba a abrazarme por las noches y el sonido de su voz mientras me cantaba una canción de cuna, pero de Norteamérica no recuerdo más que el nombre.
Tenía tres años cuando inició la fatal guerra que fundó el lugar el cual he aprendido a odiar y que hoy pretendo conquistar. No recuerdo el día exacto en el que alguien marcó en el mapa los límites de los distritos ni cuando colocaron las cercas electrificadas que nos separan a unos de otros, pero mamá me lo contó todo.
Esa es otra cosa que recuerdo de ella y tal vez, la que más se ha grabado en mi memoria con el paso de los años: la historia de la fundación de nuestro país.
Desconocemos si existen más tierras como la nuestra más allá del océano que atraviesa el Distrito 4 o si los demás murieron producto de las guerras y estamos completamente solos en el mundo.
No importa demasiado, pronto todo el mundo, tan grande como sea, será mío.
Recuerdo también que mamá amaba al Distrito 13. A su gente, sus casas, sus edificios y su empleo en la planta de energía. Mamá los amaba como amaba a su país natal y por eso, me niego a odiarlos.
A decir verdad, creo que el sentimiento que me embarga al pensar en mi Distrito, es lo más semejante al amor que alguna vez he llegado a experimentar. El hecho de que nuestra industria sea una de las más magníficas y mortíferas de todo Panem, solo hace que el sentimiento sea mayor al pensar en la casa que he dejado para liderar la Rebelión.
Mi hogar ya no es el mismo desde el accidente en la planta en el que mamá voló en cientos de pedazos, haciéndola irreconocible aún para mí que la conocía mejor que nadie. Dejó de ser mi hogar al saberme solo en el mundo, pero sigue siendo casa, sigue siendo el hogar de mamá.
Hace un par de minutos he dejado de prestarle atención a Kristlan quien lleva horas hablando del Presidente de la misma forma en la que yo hablaría de él. El rencor nubla su juicio y cada vez me inquieta más la posibilidad de haberme equivocado con él, temo que sea una treta y aún sea leal a ese hombre que lo ha humillado durante años.
Si es leal a él nunca será leal a mí. Y si finge estar del lado de ambos, no le guarda lealtad a ninguno en realidad y merece morir, más que si hubiese elegido el bando contrario al mío desde un inicio.
— ¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —le pregunto al hombre cuyas fuerzas se han renovado después de una ducha caliente y de ingerir alimentos. Él frunce el entrecejo momentáneamente mientras escribe algo en las hojas rayadas que ha pedido para hacer una lista
—No lo sabes- responde sin separar sus ojos del papel —Y eso es lo mejor de todo esto.
Imagino que estamos en la misma posición. Él también debe de creer en mí, y en que cumpliré mi palabra de nombrarlo con un puesto de importancia en mi nueva estructura de Gobierno. La diferencia es que Kristlan seguramente cree en mi juramento más de lo que yo confío en el suyo, o al menos eso espero.
Necesito que este hombre sea leal a mí, necesito acabar con todo esto pronto.
—Si me traicionas cortaré tu cabeza de un tajo —amenazo mientras bebo más vino. Hemos comenzado a desvariar hace horas, justo cuando el ligero hormigueo en mi cabeza producto del alcohol se convirtió en un ejército de gigantes destruyendo todo a su paso.
—Para eso necesita encontrarme primero, señor Presidente—dice terminando su copa y ofreciéndomela para que la rellene —Sí llego a traicionarlo me iré de aquí tan rápido como pueda y me aseguraré de estar en mi territorio para cuando me encuentre—dice con una sonrisa y yo no puedo hacer más que imitarlo, cómplice de la desinhibición ocasionada por el vino que hace que todos mostremos nuestro verdadero rostro.
—Eso espero—El hombre del cabello encanecido y faltante en la coronilla no me permite hablar más. Ha colocado frente a mi rostro la hoja en la que ha estado sumergido desde hace un par de horas y me invita a leerla mientras bebe otro sorbo del líquido rojo como la sangre.
—Lo que propones es arriesgado —digo mientras mis ojos recorren cada una de las palabras grabadas en el papel con su prolija escritura. — ¿Este túnel del que hablas al menos existe? —parece irreal. Atravesar la ciudad subterráneamente no parece ser la mejor de las ideas. Está el factor sorpresa con el que los liquidaríamos, sí, pero ante el más mínimo error, son mis hombres los que vuelan en pedazos en lugar de sus tropas.
—El Capitolio está ubicado en el lugar exacto en el que estaba el corazón de los Estados Unidos—asiente con la cabeza, convencido de su idea y de que puede plantarla en mi cabeza —Lo utilizaban en ese entonces como método de escape hacia afuera en caso de un ataque, pero es completamente bidireccional—el brillo maquiavélico de su mirada ilumina sus ojos pardos, mientras habla sus cuencas están inyectadas de sangre.
Solo me pregunto si la sangre que imagina es la de Hox o la mía.
¿Estará nuestro retrato algún día en un libro o nuestra cara en un monumento? ¿Nos recordarán como los salvadores de Panem, ignorando por completo que solo estábamos interesados en acicalar nuestro pellejo?
—Confíe en mí señor Presidente —es él quien busca mi copa casi vacía ahora para brindar. Se lo permito pero aún dudo. Kilómetros enteros bajo tierra, kilómetros enteros para sorprenderlos y darles caza o ser cazados. —Si no está dispuesto a arriesgar unas cuantas vidas no debería ser Presidente-solo ese reto falta y ya me siento a duras penas convencido.
Puedo hacerlo, ¿Qué son unas cuantas vidas en el peor de los casos, si se pueden salvar millones, contando la mía? Lo que dice suena convincente y yo asiento
—Nada puede salir mal según mi plan—asegura y ya lo he decidido. En una semana atacaremos el Capitolio y para ese momento, ya seré el líder de todo Panem.
Confío en este hombre mi misión y el destino de la Revolución. Todo está manos de Kristlan Jein, incluida la vida de mis hombres y la mía, aunque soy reticente a entregársela sin contemplaciones.
—Confío en usted—digo en medio de un suspiro y él sonríe.
Decidir eso es tal vez, el primer gran error del resto de mi vida.
Rhia Hox –Hija del Presidente de Panem.
Día 1 después de los Días Oscuros, Ubicación desconocida, 3:48 pm.
Es extraño recorrer una casa ajena como si fuera propia. Desde que la nuestra fue destruida por los explosivos que colocaron al final del túnel para acabar con los rebeldes, peldaño a peldaño mi hogar se convirtió en cenizas.
Todo ha sucedido muy rápido. Kristlan llevaba tres días sin volver a casa cuando papá ha ideado un plan para volar en pedazos a los intrusos y para el final de la semana, todo –incluyendo mi casa- era historia.
"No es mi casa", me repito cuando pienso en lo que he perdido.
"Era la Mansión Presidencial y mi vida no se resume a que papá sea Presidente". Sin embargo, ver el cuarto casi vacío –a excepción de las mariposas multicolor que he pegado en la pared-siento que he perdido parte importante de mi vida.
Kristlan traicionó al hombre con el que ha pretendido aliarse y aunque la ciudad está parcialmente destruida por los ataques y explosiones, poco a poco todos vuelven a ser los mismos de antes. Han pasado 72 días desde entonces y en el Capitolio parece que olvidan fácilmente los horrores vividos, no así rebeldes de los distritos.
No todos se han levantado en contra del Capitolio, papá dice que afuera, en los otros distritos –a excepción del 13- aún quedan personas leales a la estructura gubernamental actual. Leales a una casa distinta a la propia, leales a mi casa.
Jamás he estado lejos del Capitolio, pero la electricidad ha vuelto hace un par de semanas y el noticiero transmite imágenes realmente horribles de tierras enteras masacradas y personas que lo han perdido todo, aún y cuando apoyaran al bando que ha resultado vencedor.
La televisión presenta a personas cumplir con los trabajos forzosos que habían dejado de lado para sumarse a las filas de la rebelión, algunos caen en el acto producto de la inanición, otros se niegan a seguir y son ejecutados en el acto.
No me gusta ver esas imágenes, no me gusta ver a las personas sufrir así que apago el televisor de la sala apenas comienzan a transmitirlas a la misma hora cada mañana.
Papá ha despertado hoy con una sonrisa en sus labios y creo que esa mueca de felicidad en su rostro me asusta más que verlo gritando o disparando un arma para acabar con la vida de algún rebelde.
Últimamente dispara con mucha frecuencia el arma que Gyan le ha dado. Después de cenar baja al sótano y escucho gritos. Después, el sonido de su pistola al accionarse me deja sorda por un instante y entonces los gritos acaban.
Sé que mamá escucha los gritos también pero no dice nada, ni siquiera cuando papá sube minutos después con sus manos cubiertas de sangre para asearse antes de irse a dormir.
Gyan vigila mi puerta día y noche y su presencia fuera de mi habitación me mantiene intranquila, incapacitándome para dormir. Lo imagino con sus brazos fuertes y temibles empuñando un arma. Otras veces lo veo con sus manos alrededor de mi cuello haciéndome daño. Pero al despertar –o al menos al dejar la cama la mañana siguiente- Gyan me saluda con cortesía, apenas mirándome a los ojos y mi cuello está libre de la marca de sus dedos.
Hemos retomado nuestra vida anterior, o al menos, los aspectos más superficiales de la misma. Continúo sin ir a la escuela porque han cancelado las clases desde los primeros ataques, ya que una de las bombas lanzadas en la periferia del Capitolio destruyó la mayor parte de los salones.
Papá ha dicho que ordenaría que los reconstruyeran de inmediato porque mi educación y la del resto de los niños del Capitolio es importante, pero yo creo que en realidad es porque no quiere tenerme cerca mientras hace a los hombres del sótano gritar.
Ayer el guardián de mi puerta bajó al sótano de la casa que habitamos desde que la nuestra voló en pedazos, y al subir le ha dicho a mi padre que todo está listo. Han hablado de unos juegos, de un laberinto y de todos los distritos, pero nada tiene sentido dentro de mi cabeza.
Le he preguntado a mamá si ella sabe de qué hablan, pero me ha dicho que no debo de meterme en los asuntos de papá, me ha reprendido por varias horas cuando le he dicho que los he estado espiando durante sus reuniones secretas y le he confiado todo lo que he oído. Ha dicho que no sabe de qué hablo, pero en la noche, cuando piensa que papá y yo estamos profundamente dormidos, la escucho llorar en la cocina.
Los consejeros de mi padre pasan la mayor parte del tiempo en nuestra casa improvisada en lugar de ocupar sus propios hogares con sus familias. Si fuera la hija de alguno de ellos, me gustaría que pasaran tiempo conmigo y mamá ahora que todos en el Capitolio vivimos con miedo, pero siendo hija del monstruo en el que se ha convertido mi padre, preferiría que estuviese ausente durante la cena.
No puedo decírselo. No puedo hacerlo porque papá se enojaría conmigo y me da miedo el pensar que puede hacerme si llega a enojarse. Imagino los dedos de Gyan sobre mi cuello y me trago mis pensamientos, jurando ser buena para no hacer enojar a papá.
La puerta de mi guarida se agita ante los nudillos que la impactan del otro lado. Nunca nadie me busca en mi habitación y solo puede significar malas noticias. Por un instante deseo un cambio: que la rebelión haya comenzado de nuevo. Que al fin seamos libres. Que papá haya muerto y todo esto acabe.
Cualquier cosa sería mejor ahora, pero solo es el Agente de Paz que resguarda mi puerta quien asoma su enorme cabeza con corte militar cuando abro la puerta.
Él no dice nada y yo tampoco lo hago. Veo sus manos y las imagino sobre mi cuello igual que en mis sueños mientras se abre paso dentro de mi habitación y se sienta despreocupadamente sobre la silla de mi tocador. Es la primera vez que lo veo comportarse informalmente, y sé que es porque papá no está cerca.
¿Le tiene él tanto miedo como yo a mi padre? ¿Lo odia tanto como yo lo odio ahora?
—Tu madre me ha dicho que nos has escuchado hablar—dice mirándome seriamente. Sus ojos perforan los míos cuando le devuelvo la mirada. Son oscuros, tanto que no diferencias el iris de la pupila e imagino que si los ojos son la ventana del alma como muchos creen, el alma de Gyan es sucia y aterradora.
—No quiero meterme en problemas—digo sujetando la muñeca de la cual mamá me ha tomado antes de sacudir todo mi cuerpo para hacerme comprender. Nunca me había tocado, y esta primera vez ha dejado marcas en mi piel.
—No lo harás—dice con una sonrisa. Una sonrisa real, que deja ver sus perfectos dientes blancos alineados como los de un tiburón listo para atacar a su presa. Yo soy su presa y Gyan va a hacerme daño. —Por eso he venido yo y no el Presidente— asegura.
¿Cuándo ha dejado de ser mi padre para convertirse "El Presidente"? Gyan habla como si tuviera que respetarlo y amarlo porque es mi amo y gobernador, y no porque su sangre corre por mis venas. Tenemos el mismo cabello, al menos antes de que el de papá se llenara de franjas blancas por doquier, pero eso no es importante, solo importa que vivo en Panem y papá controla todo Panem.
Papá me controla a mí.
— ¿Qué has escuchado? —el tono con el que me habla es demasiado familiar y hace que momentáneamente, me sienta a salvo en su compañía. No contesto y él abandona su asiento frente a mi tocador y me acompaña tomando asiento sobre la cama, esta se retuerce ante su peso y yo me separo del lugar donde sus rodillas rozan las mías.
—Nada—miento y el ríe alejándose tanto como puede de mi cuerpo, hasta que su espalda toca el final del lecho.
—Yo sé que sabes algo, Rhia —es la primera vez que me llama por mi nombre, y al salir de sus labios suena diferente. Suena peligroso e igualmente encantador.
—Los he escuchado hablar de un monstruo y un juego—digo suspirando al saberme pillada. Mis talentos como espía no han sido suficientes y ahora voy a pagar. Gyan le dirá a mi padre y él va a ser malo conmigo, o peor aún, los dedos de Gyan sujetarán mi cuello como en la más recurrente de mis pesadillas.
— ¿Quieres saber de qué se trata? —pregunta el cruzando sus piernas frente a su cuerpo hasta que sus pies me tocan ligeramente el antebrazo. Su cuerpo es largo y atlético como jamás lo he visto entre los chicos del Capitolio.
—Si—digo secamente y me obligo a sostenerle la cara, a pesar de que el primer instinto que abraza mi cuerpo es el salir corriendo ahora mismo de ese lugar y poner cielo, tierra y mar de distancia entre nosotros.
Nosotros. Nosotros. La palabra me hace enrojecer y rezo para que él no la note, pero claro que lo hace, sigue absorto mirando mi cara sin reparar en mis sábanas rosa o en las mariposas de colores que he salvado de casa antes de que volara en pedazos.
—Tu papá ha inventado un juego—dice separando sus enormes ojos cafés de mi rostro. Ha visto ahora las sábanas rosas sobre las que reposa su cuerpo y yo me siento morir un poco cuando sonríe y me devuelve la mirada como si frente a sus ojos de pronto tuviese diez años menos.
—Un juego de sangre—añade mientras cae en cuenta que aún trae su arma consigo. La suelta de su funda y la deposita sobre mi mesa de noche, justo al lado de la foto de mis mejores amigas quienes han muerto en un tiroteo esta semana.
No me he permitido llorar por su muerte, temo que si empiezo a hacerlo luego no podré parar y papá volverá a enfadarse conmigo por no ser tan fuerte como quiere que lo sea.
—Los Juegos del Hambre—digo recordando el nombre con el que Kristlan se refiere a ellos y Gyan asiente solemne.
—Eres una chica lista—el cumplido no me alcanza. Sé que no lo soy. Papá le ha dicho a mamá que soy débil y estúpida y ella se ha echado a llorar de nuevo.
— ¿De qué se trata? —pregunto y él ríe secamente, mostrando sus dientes de tiburón una vez más. Me inquieta y me fascina con la misma intensidad.
—Como en todo juego, solo puede haber un ganador—dice riendo y sé que me estoy perdiendo una broma privada que a él le resulta en extremo divertida.
— ¿Cómo se juega? —sus ojos brillan como los ojos de papá y de Kristlan cuando se refieren al tema.
—Todos mueren y al final, solo uno sobrevive —se encoge de hombros como si no fuese importante, pero con el rabillo del ojo me mira mientras yo he comenzado a tirar del encaje de mi vestido nerviosamente, deseando estar en cualquier piel menos en la propia.
—Es un juego de matar para poder vivir—infiero y él niega con la cabeza en un solo movimiento
—Al final todos pierden su vida, Rhia. Verás, vivir y sobrevivir son cosas diferentes—asegura al tiempo que el oxígeno escapa de mis pulmones y me deja vacía, tan vacía como nunca antes me he sentido.
— ¿Qué necesitas para empezar a jugar? —Está mal de cualquier manera en la que lo piense, pero sus ojos sobre los míos queman como fuego y por primera vez en mucho tiempo, he dejado de pensar en sus manos sobre mi cuello y las imagino a ambos lados de mi rostro.
—Necesito a trece chicos y a trece chicas—dice con un suspiro a punto de salir de sus labios.
— ¿Chicos y chicas como yo? —algo anda mal. Algo anda realmente mal aquí, aún y cuando los labios de Gyan se curven antes de levantarse de mi cama.
Me muevo ligeramente hacia un lado cuando mi lecho retoma su forma original tras librarse de su peso y el aprovecha para colocarse de cuchillas justo al frente de mí.
—No—dice con una sonrisa ladeada que me hiela la sangre—Tu vivirás hasta la vejez, en cambio todos estos chicos tienen los días contados —enmudezco mientras se pone de pie en un ágil movimiento y camina hasta la puerta de mi alcoba.
— ¿A dónde vas? —pregunto tal vez como más desesperación en mi voz de la que hubiese preferido, pero desde el umbral de la puerta, Gyan ha vuelto a su papel de soldado y me mira por debajo del hombro con la expresión fría y atemorizante de siempre.
—Hay una ficha importante para nuestro juego que está allá abajo. Necesito ir a hablar con él —dice tomando la manilla de la puerta y cerrándola tras de sí.
En la intimidad de mi habitación, completamente sola, dejo de pensar en las manos de Gyan sobre mi cuello y las palabras "nuestro juego" me hacen enrojecer. Luego reparo en el arma que aún reposa expectante sobre la veladora de mi habitación, y los gritos de dos docenas de niños al morir son los que me impiden conciliar el sueño esta noche.
Tobiem Pierr –Prisionero Rebelde del Capitolio
Día 1 después de los Días Oscuros, Ubicación desconocida, 4:00 pm.
Despierto y no siento nada. Absolutamente nada y por un instante pienso que he muerto.
Pero no lo estoy. Lo sé porque un segundo después, todo lo que siento es dolor y ese dolor es el que se encarga de nublar todos mis sentidos.
Viéndolo retrospectivamente, no mintió. Las palabras "nada puede salir mal según mi plan" no fueron escogidas al azar. Las pensó muy bien antes de decirlas y me avergüenzo de mí mismo al pensar que Kristlan Jein se vistió de oveja en ese instante mejor de lo que yo lo he hecho durante todos estos años.
Ha sido una trampa. Han estado esperándonos del otro lado y antes de que mis hombres salieran del túnel que finalizaba bajo la casa del Presidente, lo han volado en pedazos.
Todos están muertos.
No ha quedado nada.
No termino de entenderlo. Jein no se ha apartado de mí ni por un segundo desde que ideamos el plan ni en los días siguientes. Seguramente su ausencia alertó al Presidente y han actuado según la opción más obvia, o todo ha estado planeado desde el principio.
Es particularmente difícil pensar con claridad mientras tu cuerpo está suspendido por grilletes a una viga del techo, y tus pies están a cinco centímetros del suelo sin alcanzar a tocarlo. Los brazos han dejado de pesarme y temo haberlos perdido, apenas y puedo mirar hacia un lado para confirmar que siguen allí. La cabeza me da vueltas y mientras me traían a este lugar –donde quiera que esté siquiera- me han hecho un corte en el estómago que han curado a duras penas, solo para que no me desangre antes de tiempo.
Los odio a todos. A Hox. A Jein. Al hombre enorme como una casa que viene de vez en cuando a golpearme con un látigo y a sujetar con más fuerza mis grilletes. A todos.
Se reúnen los tres a hablar en mi presencia solo para fastidiarme de vez en cuando, y en medio de uno de esos intercambios, lo he entendido todo. Aparentemente nada fue planeado, pero las mentes maquiavélicas de ambos hombres se entienden entre ellas a la perfección: Jein plantó la trampa y Hox le dio uso, ambos esperando que el otro entendiese el mensaje ya que de no ser así, los resultados serían catastróficos.
Para ellos, claramente. En su lugar han sido catastróficos para mí.
Cada día, el hombre alto como una casa a quien Hox llama Gyan –mientras que Jein insiste en llamarlo "Perro"-me dice que día es y cuál es el plan de acción diario para someter a mis hombres. Lleva un registro exacto de cada muerte rebelde, pero me ha asegurado que no han matado civiles aún. Siempre sonríe mientras dice eso, y su sonrisa me hiela la sangre.
Han muerto 1.092 personas a mi servicio, según sus cuentas. Los distritos han vuelto a su lugar, les han restringido la comida y cada tanto los torturan de forma aleatoria, solo para mantener el miedo fresco y latente. No alcanzan a matarlos, solo los dejan malheridos y con ganas de estar muertos.
Cada tanto lanzan bombas - probablemente nuestras que las han robado- y explotan sus casas y trabajos. Las miserias que pasábamos antes de la Revolución no se comparan en nada a las que este hombre narra ahora y pienso que en un vago intento de arreglarlo todo solo he conseguido empeorarlo.
Mis manos están tan llenas de sangre como las suyas.
El día de hoy cuando el Perro llega, indica que es la salida del sol número 72 después de que han masacrado a los hombres en los túneles y me han capturado. Llevo 72 días pendiendo de esta viga, comiendo y bebiendo apenas lo necesario para no morir y para sentir el máximo dolor posible en cambio.
Se hace tan insoportable la sensación de estar pendiendo de esta viga, que apenas y escucho lo que el Perro tiene para decir hoy. Él debe notar que mi mente está a kilómetros de distancia debido al dolor, puesto que por primera vez desde que estoy consciente, me suelta.
No es delicado para hacerlo ni lo intenta. Caigo bruscamente sobre el piso de tierra que ha estado todo este tiempo bajo mis pies pero que no he logrado alcanzar hasta ahora. Creo que me han quebrado un par de costillas mientras me torturaban, pero al menos, siento mis brazos de nuevo.
El dolor es tan absorbente que preferiría no sentirlos del todo.
—Quiero que escuches esto, basura —Dice la voz que ha sido mi único contacto humano en días, pero no está solo. A su lado están las dos caras que más odio en el mundo, y otros tantos hombres que no reconozco, pero a los que al parecer les aterra mi presencia.
—Hemos vencido — es Issaian Hox el que habla ahora. Ha recuperado su aspecto saludable y se ve bien alimentado al igual que el resto de hombres que, hasta apenas hace dos meses morían de hambre. Solo hay una explicación lógica para que tengan los estómagos llenos de nuevo, y es que es cierto lo que dicen: han vencido y los distritos han vuelto a servirle al Capitolio.
—Es igual que el Minotauro —dice un hombre de cara enrojecida y regordeta, y el cosquilleo en mi columna vertebral me indica que hablan de mí. Algunos ríen y otros asienten, pero la única cara que alcanzo a ver es la de Kristlan Jein quien me contempla como si fuese el insecto que está apunto de exterminar, pero que es divertido ante los ojos mientras vive.
—No —dice negando con la cabeza, la misma cabeza que deseo arrancar de un solo movimiento en este momento. La multitud se calla y todos miran por turnos al Presidente y a su Asistente esperando un intercambio que no llega a perpetuarse. Hox solo lo mira, esperando escuchar lo que tiene que decir. Supongo que ahora más que nunca, lo tiene en muy alta estima.
Jein le ha devuelto a Hox el poder, y en el proceso le ha entregado mi cabeza en bandeja de plata y a los Distritos -más atemorizados que nunca- en el gabinete.
Se miran entre ellos y al mirarme a mí, cubren sus rostros debido al asco que les produzco. Estoy cubierto de sangre seca, sucio y yaciendo en mi propia porquería de los últimos 72 días que nadie ha venido a limpiar.
—No—repite mientras sonríe, y mi estómago se revuelve al recordar las sonrisas cómplices que compartimos al imaginar cómo acabaríamos con Panem. Que ingenuo fui entonces. Todo este tiempo Kristlan Jein solo quería mi cabeza para ofrecérsela al Presidente como regalo y yo prácticamente se la tendí para que la arrancara de mi cuerpo aún con vida.
—Aquí tienes a tu Vigilante en Jefe —corrige mientras alza una copa imaginaria en dirección a mi cuerpo y el cosquilleo en mi columna se vuelve insoportable.
Supongo que una vez más me he equivocado. Mi cabeza no será servida en bandeja de plata para estos hombres. A cambio, quieren mi vida entera y la de todo habitante de Panem para jugar con ellas a su antojo.
— ¿Qué pasa si me rehúso a hacerlo? —no entiendo a qué se refiere con esto de ser Vigilante en Jefe, pero por la forma en la que estos hombres me miran, no puede ser nada bueno.
—Tengo para ti una propuesta que no podrás rechazar —dice el Presidente con una sonrisa bailando en sus labios. No necesito escuchar lo que tiene que decir para saber que lo rechazaré, prefiero morir antes que ser una pieza más de sus maquiavélicos planes.
–Que incluye a tu distrito —dice al tiempo que dobla su tronco para estar más cerca de mí.
Mi distrito. El distrito 13. Casa. La única casa que recuerdo.
—No les harás daño —digo olvidando mi posición, olvidando por completo que estoy golpeado y malherido en el suelo con mis propios desechos a centímetros de mi cara y yaciendo sobre la sangre que he derramado en las últimas semanas durante sus torturas.
—No quiero hacerles daño —retoma su posición inicial y se cruza de brazos mientras los demás en la sala retroceden un paso para darle su espacio. Todos menos Kristlan, Kristlan se queda de pie estático, perforándome con su mirada.
—Te ofrezco trabajar para mí—por un instante creo que estoy soñando, nada de esto puede ser cierto. Estoy soñando, de no ser así, no tiene sentido que Issaian Hox me ofrezca una tregua, conservar mi vida y darme un empleo.
—No quiero trabajar para ti—digo haciendo de mi cuerpo un ovillo y rogándole a la tierra que se abra y me devore por completo. No lo hace y el resultado es que parezco un bebé indefenso en el suelo frente a estas personas.
—Nadie quiere—dice riendo y Kristlan lo imita. Imagino como desea golpearlo con sus puños ahora mismo pero en lugar de eso, los introduce en sus bolsillos y el sonido seco de su risa se lo tragan las paredes de mi prisión.
—Te ofrezco un trato al que no podrás resistirte—asegura y yo temo, más que por mi vida, por los últimos días de la misma.
La mía no es el ideal de moral, pero hay una línea entre utilizar a quienes creen ser tus amigos para fines prácticos y ayudar al enemigo a pintarles una diana de tiro en la cabeza. Estas personas quieren que traspase esa línea ahora.
— ¿Cuál es? —pregunto dejando la precaria posición que he adoptado. De la herida de mi estómago brota sangre negruzca y hasta ese entonces caigo en cuenta que estoy desnudo de la cintura para arriba y en mi pecho sobresalen cicatrices mal curadas que no estaban allí hace un par de meses.
Me han mutilado. Parece que mi torso ha sido cortado en trozos y vuelto a unir por un milagro de la naturaleza. De algunas heridas aún brota sangre cuando me muevo, pero eso no me impide sentarme con las piernas flexionadas frente a mi rostro mientras Hox continúa hablando.
—Si me ayudas—advierte—Tu distrito será exiliado de Panem—Podría reír en este momento, pero temo que si lo hago las costillas rotas que amenazan con perforar mi cuerpo sobresalten y me atraviesen. Debe estar loco, confirmo que ha perdido la cabeza cuando mis captores lo miran horrorizado.
—No veo forma en la que eso sea un premio—él calla y de pronto cambia de posición y libera sus brazos del agarre frente a su pecho. Una mano delgada y blanca se tiende ante mí y creo que va a golpearme, pero en lugar de hacerlo solo la tiende justo frente a mi cara, esperando que la tome.
—La otra opción es la exterminación de tu gente—dice aún con la mano extendida.
—La destrucción de tu casa —Al hablar sobre destruir por completo el Distrito 13, es como si mamá muriese una vez más frente a mis ojos. Pensar siquiera en dejar que estas personas destruyan a lo que queda de mis compañeros de Distrito es como permitir que vuelvan a volar a mamá en pedazos una y otra vez frente a mis ojos sin que yo pueda hacer nada.
No puedo permitirlo, no me quitarán a mi madre de nuevo. No le quitarán a ningún niño del 13 a su madre nunca más.
Antes de darme cuenta, estoy estrechando la mano que se tiende ante mí.
—Gyan—dice el Presidente sin dejar de sujetar mi mano. No la estrecha ni la presiona, solo la toma en la misma posición que lo haría si me estuviese salvando de no caer, pero no es así, con él me hundo cada vez más profundo en el abismo infinito.
—Déjalos salir a todos y comienza con la destrucción del Distrito 13—Kristlan asiente y yo pienso en todas las vidas de mi Distrito que he salvado al ponerle el último clavo a mi propio ataúd.
—Ya tendrán donde esconderse—añade mirándome y yo pienso en todos los bunkers de seguridad que construimos en casa ante la posibilidad de una guerra nuclear entre nosotros y el Capitolio. Ese oscuro agujero subterráneo será su prisión, lo más cercano a casa que tendrán.
—Quiero que todo Panem piense que hemos acabado con ellos antes de dar el anuncio de los Juegos del Hambre—dice con una sonrisa mientras suelta mi mano y sin la presión de su cuerpo sobre el mío, me dejo caer en el agujero en la tierra que se ha abierto para tragarme.
¡Hola! Gracias por leer y por comentar. Comercial aquí: recuerden que el comentar los capítulos y el blog (ya les hablaré del blog) es fundamental para las posibilidades que tienen sus chicos de sobrevivir en la arena. No crean que porque enviaron un tributo que es capaz de romper cráneos como pasas está asegurado el gane, ¡deben comentar! Suena mal que lo diga yo, pero no me juzguen, así funciona.
Hablando ahora del blog, ya está el link en mi perfil, así que dense una vuelta por allá (después de comentar ;) ) para que vean a los chicos antes de conocerlos. Como se los dije a algunos, por favor que los comentarios sean si no gentiles, al menos respetuosos.
Especial agradecimiento a JaviValenchu quien me soporta durante todo el día. Además es a quien tienen que agradecer que el capítulo lo publicara tan pronto, esta chica es insistente. A Elenear28 por la ayuda con el blog y por siempre estar pensando en su chica. A Patriot117 y a Genee por ser unos "rayos veloces" enviando tributos maravillosos en tiempo récord.
Bueno ya, las preguntas:
¿Qué te ha parecido este "cambio de reglas"? Ah! Todos estaban preocupados porque no había sacado al 13 de la ecuación ¿no?
¿Qué te pareció Tobiem? ¿Ha desbancado a alguno como el personaje más amado/odiado? ¿Qué opinan sobre esta "explicación" para que el 13 no participe y haya desaparecido? Más adelante en el POV de Issaian sobre este momento se le dará más énfasis al asunto…creo.
Creo que eso es todo, así que comenten y vayan a ver el blog.
¡Nos leemos luego!
