¡Segundo capitulo!

Y ya empiezan la lectura, ¿Cómo reaccionaran los dioses al saber por todo lo que pasan sus hijos? ¿Cómo se tomaran los semidioses el hecho de que todos lean sus pensamientos?

Sigan leyendo para descubrirlo...


-Capítulo I, Jason.

Jason odiaba ser viejo.

-Pero si tu no eres viejo -dijo Leo-, todavía.

-Leo... -dijo Paris.

-¿Sí? -preguntó éste inocentemente.

-Cállate.

Le dolían las articulaciones. Le temblaban las piernas. Mientras trataba de subir la colina, sus pulmones traqueteaban como si fueran una caja llena de rocas. No podía ver su rostro, gracias a Dios, pero sus dedos eran nudosos y huesudos. Abultadas venas azules se extendían como telarañas por sus manos. Incluso tenía ese olor a anciano, a naftalina y sopa de pollo. ¿Cómo era posible? Había ido de dieciséis a setenta y cinco años en cuestión de segundos, pero el olor a viejo fue instantáneo, como bum. ¡Felicitaciones! ¡Apestas!

-¿Los viejos tienen olor a sopa de pollo? -preguntó Percy.

-... Es una broma, ¿verdad? -cuestionó Annabeth mirándolo raro.

-No, va enserio. -La rubia se golpeó la frente con la mano, pero decidió ignorarlo.

Casi llegamos —Paris le sonrió—. Lo estás haciendo bien.

Fácil para él decirlo. Estaba vestido como un hombre de la antigua Grecia, mientras que Annabeth iba disfrazada como una encantadora doncella griega. Incluso en sus toga y vestido blancos, respectivamente, y sus sandalias de cordones, no tenían ningún problema para andar por el camino pedregoso.

El cabello color chocolate de Paris estaba peinado hacia un lado. Pulseras de plata adornaban sus brazos. Se parecía a una antigua estatua de su madre, Afrodita, solo que en masculino, lo cual Jason encontró un poco intimidante.

Paris frunció el ceño. -¿Intimidante, por qué? -preguntó a Jason.

-Estoy seguro que el libro lo explicará -respondió éste con nerviosismo.

-Aunque tiene razón -dijo Apolo-, Paris es un Afrodita en masculino -y le guiñó un ojo al chico, que se sonrojó, haciendo que Jason frunciera el ceño.

El salir con un chico hermoso le crispaba los nervios lo suficiente. Salir con un chico cuya mamá era la diosa del amor... bueno, Jason siempre tenía miedo de hacer algo poco romántico, y que la madre de Paris bajará desde el Monte Olimpo y lo convirtiera en un cerdo salvaje.

Se oyeron algunas risas de los más inmaduros. Afrodita soltó un chillido.

-Oh, ustedes hacen una hermosa pareja -dijo la mar de contenta. Luego añadió-. En todo caso, te convertiría en una paloma -Al ver que Jason se ponía pálido, aclaró-, sólo si le haces daño a Paris.

Jason levantó la mirada. La cima estaba todavía a un centenar de metros de distancia.

La peor idea del mundo. —Se apoyó en un árbol de cedro y se secó la frente—. La magia de Hazel es demasiado buena. Si tengo que luchar, voy a ser inútil.

No vamos a llegar a eso —prometió Annabeth. Parecía incómoda en su traje de doncella. Seguía encogiendo los hombros para evitar que se le deslizara el vestido. Su cabello rubio, usualmente recogido, se había deshecho en la parte posterior y colgaba como largas patas de araña. Ya que conocía su odio a las arañas, Jason decidió no mencionárselo.

Annabeth se estremeció y Percy dijo: -Bien hecho.

Nos infiltramos en el palacio —dijo ella—. Conseguimos la información que necesitamos y salimos.

-¿Por qué siento que algo saldrá mal? -preguntó Percy.

-Porque algo saldrá mal seguro, somos semidioses -respondió Annabeth. Los dioses se miraron preocupados por sus hijos.

-Annabeth, tu positividad me mata -dijo Leo. Ella le sacó la lengua.

Paris bajo su ánfora, la alta jarra de vino de cerámica en la cual su espada estaba escondida.

Podemos descansar por un segundo. Recupera el aliento, Jason.

Del cordón en su cintura colgaba su cornucopia, el cuerno mágico de la abundancia. Escondido en algún lugar de los pliegues de su toga estaba su cuchillo, Katoptris. Paris no se veía peligroso, pero si fuese necesario, podía blandir la hoja de bronce celestial o dispararle con mangos maduros a sus enemigos en la cara.

-Los mangos maduros van a dominar el mundo -dijo Hermes. Apolo asintió solemne.

-No sean tan idiotas -dijo Artemisa.

-Y tu no seas tan amargada, hermanita -dijo Apolo, y tuvo que agacharse para esquivar una flecha.

-¡No me digas hermanita!

Annabeth se descolgó su propia ánfora del hombro. Ella también tenía una espada escondida, pero incluso sin un arma visible lucía mortífera. Sus ojos gris tormentosos escaneaban su entorno, alerta por cualquier amenaza. Si algún tipo invitaba a una copa a Annabeth, Jason supuso que lo más seguro es que le diera una patada por lo bajo.

-Annabeth siempre luce mortífera -dijo Percy-, y si ella no golpea a quien sea que le invite una copa, yo lo haré.

Atenea frunció el ceño. -¿Y tu por qué te preocupas tanto por mi hija? -preguntó, aunque ya sospechaba la respuesta.

-Por nada -Percy se había puesto pálido-. Por favor, Lady Hestia, siga leyendo.

Trató de regular la respiración.

Debajo de ellos, la bahía Afales brillaba, el agua era tan azul que parecía que había sido teñida con colorante vegetal. A unos cuantos cientos de metros de la costa, el Argo II reposaba anclado. Sus velas blancas no se veían más grandes que una estampilla postal y sus noventa remos parecían palillos de dientes.

-¿De dónde sacas esas comparaciones? -preguntó Apolo. Jason se encogió de hombros.

En realidad, ninguno estaba prestando real atención, todos estaban demasiado cansados. Acababan de volver de una lucha contra Pasífae y Clitio, y dos de ellos salieron recientemente del Tártaro. Los dioses parecieron darse cuenta del estado de sus hijos, porque Poseidón anunció:

-Este capítulo y vamos a dormir.

Jason imaginó a sus amigos en la cubierta, siguiendo su progreso, turnándose con el catalejo de Leo, tratando de no reírse mientras veían al abuelo Jason cojear cuesta arriba.

Estúpida Ítaca —murmuró.

Supuso que la isla era bastante bonita. Una cordillera de colinas boscosas retorcidas hacia abajo en su centro. Laderas blanco tiza se hundían en el mar. Las ensenadas formaban playas rocosas y puertos donde las casas de techos rojos e iglesias de estuco blanco se ubicaban frente a la costa.

Las colinas estaban salpicadas de amapolas, azafranes y cerezos silvestres. La brisa olía a arrayán en flor.

Démeter, Artemisa y Hedge suspiraron. Amaban a la naturaleza.

Todo era muy bonito, excepto la temperatura que estaba sobre unos cuarenta grados. El aire era tan húmedo como una casa de baño romana.

A Jason le habría resultado sencillo controlar el viento y volar hasta la cima de la colina, pero nooo. Por el bien del sigilo, tenía que avanzar penosamente como un anciano con rodillas malas y hedor a sopa de pollo.

-¿Y no podían volar hasta un lugar más arriba de la colina, y luego seguir a pie? -cuestionó Atenea.

-No se nos ocurrió -admitió avergonzado Paris.

Pensó en su última escalada, hacía dos semanas, cuando Hazel y el habían enfrentado al bandido Esciro en el acantilado de Croacia. Al menos en ese entonces Jason tenía toda su fuerza. Lo que estaban a punto de enfrentar sería mucho peor que un bandido.

-¿Se enfrentaron a Esciro? -preguntó Poseidón.

-Agh -se quejó Atenea-, de todos tus hijos es el peor.

Poseidón lo consideró; finalmente dijo: -Probablemente.

¿Estás seguro de que es la colina correcta? —preguntó él—. Parece un poco… no sé… silenciosa.

Paris estudió la cordillera. Tenía una brillante pluma azul de una arpía en el cabello, un recuerdo del ataque de la noche anterior. La pluma no iba exactamente con el disfraz, pero Paris se la había ganado, al defender un rebaño entero de señoritas gallinas demonio por su cuenta mientras estaba de guardia. Él le restó importancia a su logro, pero Jason podía decir que se sentía bien por ello. La pluma era un recordatorio de que él no era el mismo chico que había sido el invierno pasado cuando llegaron por primera vez al Campamento Mestizo.

Paris suspiró. No, por supuesto que no era el mismo chico.

Apoyó su cabeza en el hombro de Jason y siguió escuchando la lectura.

Las ruinas están allá arriba —prometió—. Las vi en la hoja de Katoptris. Y escuchaste lo que Hazel dijo: "La mayor…".

—"La mayor reunión de espíritus malignos que alguna vez he sentido" —recordó Jason—. Si, suena increíble.

-Bendito sarcasmo -comentó Leo por lo bajo.

Después de luchar a través de los caminos subterráneos del templo de Hades, lo último que Jason quería era tratar con más espíritus malignos. Pero el destino de la misión estaba en juego. La tripulación del Argo II tenía una gran decisión que tomar. Si elegían mal, fallarían y el mundo entero sería destruido.

La espada de Paris, los sentidos mágicos de Hazel, y los instintos de Annabeth estaban todos de acuerdo: la respuesta estaba aquí en Ítaca, en el antiguo palacio de Odiseo, donde una horda de espíritus malignos se había reunido para esperar órdenes de Gea. El plan consistía en infiltrarse entre ellos, averiguar qué estaba pasando y decidir el mejor curso de acción. Luego salir, preferiblemente vivos.

-Preferiblemente... -murmuró Nico-, genial.

Annabeth se reajustó el cinturón dorado.

Espero que nuestros disfraces resistan. Los pretendientes eran tipos desagradables cuando estaban vivos. Si se enteran de que somos semidioses…

La magia de Hazel funcionará —dijo Paris.

Jason trató de creérselo.

-Por supuesto que funcionará, -dijo Nico- mi hermanita es la mejor.

-¿Orgulloso, Di Angelo? -pregunto Jason con ironía.

-Claro que sí -Nico le sacó la lengua.

Los pretendientes: un centenar de los más avaros y malvados asesinos que hayan existido. Cuando Odiseo, rey griego de Ítaca, desapareció después de la Guerra de Troya, una multitud de príncipes de pacotilla había invadido su palacio y se negaron a salir, cada uno con la esperanza de casarse con la reina Penélope y tomar el reino.

-Príncipes de pacotilla -rio Apolo.

-Agh, los pretendientes eran unos cerdos -dijo Hera.

-Por una vez, estaré de acuerdo contigo -respondió Artemisa-. Hombres -agregó, como si fuera el peor insulto del mundo.

Odiseo se las arregló para regresar en secreto y los mató a todos, el típico regreso a casa. Pero si las visiones de Paris estaban en lo cierto, los pretendientes estaban de regreso, apareciéndose en el lugar donde habían muerto.

Jason no podía creer que estaban a punto de visitar el verdadero palacio de Odiseo, uno de los más famosos héroes griegos de todos los tiempos. Por otro lado, toda esta misión había sido un evento alucinante tras otro. La mismísima Annabeth acababa de volver del abismo eterno del Tártaro.

-¡¿QUÉ?! -exclamó Atenea.

Annabeth suspiró antes de responder. -Eso, mamá. Percy y yo acabamos de salir del Tártaro -lo más sorprendente es que lo dijo con tanta calma, como si fuera algo de todos los días.

-Pero... pe... pero... -trató de decir Atenea.

-¿¡Cómo que estuvieron en el Tártaro!? -gritó esta vez Poseidón.

-Es una larga historia -respondió Percy-. En resumen, Annabeth estaba por caer, yo le agarré la mano y me negaba a soltarla, por lo que ambos caímos. Hicimos todo el camino a través del Tártaro hasta las Puertas de la Muerte; ahí luchamos contra el mismísimo dios Tártaro y su ejercito de gigantes, además de los otros monstruos, y finalmente salimos.

-... ¡¿Y LO DICES TAN TRANQUILO?! -exclamaron todos los dioses presentes, sin excepción.

Percy se encogió de hombros. -Sí, porque todo eso ya pasó. Y, sinceramente, todo lo que quiero ahora es descansar. No quiero recordar ese viaje, que se que me causará muchas pesadillas.

Poco a poco, los dioses se calmaron lo suficiente para seguir con la lectura. Es que... ¡Los semidioses ni siquiera se inmutaron mientras Percy explicaba todo eso!

Teniendo en cuenta eso, Jason decidió que no debería de quejarse de ser un anciano.

Bueno… —Se estabilizó con su bastón—. Si luzco tan viejo como me siento, mi disfraz debe ser perfecto. Vamos allá.

Mientras subían, el sudor chorreaba a lo largo de su cuello. Le dolían las pantorrillas. A pesar del calor, empezó a temblar. Y aunque lo intentó, no pudo dejar de pensar en sus recientes sueños.

Desde la Casa de Hades se habían vuelto más vívidos. A veces Jason estaba de pie en el templo subterráneo de Epiro, con el gigante Clitio cerniéndose sobre él, hablando en un coro de voces incorpóreas: Os tomó a todos vosotros juntos derrotarme ¿Qué vais a hacer cuando la Madre Tierra abra los ojos?

Los semidioses se estremecieron. Debian admitir que Clitio tenía razón en eso, ¿cómo se supone que vencieran a Gea si apenas podían con un gigante?

Decidieron no pensar en eso por ahora, aunque sus padres los miraban preocupados.

Otras veces Jason se encontraba en la cima de la Colina Mestiza. Gea, la Madre Tierra se levantaba del suelo, una figura en remolino de polvo, hojas y piedras. Pobre niño. Su voz resonaba a través del paisaje, sacudiendo los cimientos debajo de los pies de Jason. Vuestro padre es el primero entre los dioses, sin embargo, vos siempre estáis en segundo lugar… para vuestros compañeros romanos, para vuestros amigos griegos, incluso para vuestra familia.

Paris frunció el ceño. -Eso no es cierto, Jason. Tú eres muy importante para nosotros -todos los jóvenes asintieron.

-Somos una familia, ¿recuerdas? -sonrió Percy.

-¡Y yo soy el hermano más sexy! -exclamó Leo. Ellos estallaron en risas.

-Sigue soñando, Valdez. El más sexy soy yo -respondió Percy con una sonrisa burlona.

-Oigan, oigan, tranquilos... -dijo Paris-, el más sexy soy yo y nadie puede negarlo.

-Claro que sí -sonrió Jason antes de darle un dulce beso. Afrodita dejó a todos sordos con el chillido que dio.

Hestia sonreía feliz. Por fin unos semidioses que se comportaban como una familia.

¿Cómo vais a demostrar vuestra valía?

Su peor sueño comenzaba en el jardín central de la Casa del Lobo en Sonoma. Ante él estaba la diosa Juno, brillando con el resplandor de plata fundida.

Vuestra vida me pertenece, su voz resonó. Un apaciguamiento por parte de Zeus.

Jason sabía que no debía mirar, pero no pudo cerrar los ojos cuando Juno se convirtió en una supernova, revelando su verdadera forma de diosa. El dolor abrazó la mente de Jason. Su cuerpo ardió en capas como una cebolla.

Hera frunció el ceño. -¿Me viste en mi verdadera forma? -preguntó a Jason.

-Sí -respondió simplemente éste.

Entonces la escena cambiaba. Jason seguía en la Casa del Lobo, pero ahora era un niño pequeño, de no más de dos años de edad. Una mujer se arrodilló delante de él, su aroma a limón le era muy familiar. Sus rasgos eran acuosos e indistintos, pero él conocía su voz: luminosa y frágil, como la capa más delgada de hielo sobre una corriente rápida.

Volveré por vos, querido, dijo ella. Nos veremos pronto.

Cada vez que Jason despertaba de la pesadilla, su rostro estaba perlado con sudor. Sus ojos llenos de lágrimas.

Jason cerró los ojos y bajó la cabeza. Sabía la historia de su madre, por supuesto, pero eso no evitaba que doliera.

Nico Di Angelo se los había advertido: La Casa de Hades revolvería sus peores recuerdos, haciéndoles ver y escuchar cosas del pasado. Sus fantasmas se pondrían inquietos.

Jason tenía la esperanza de que ese fantasma en particular se mantuviera alejado, pero cada noche el sueño empeoraba. Ahora él estaba escalando las ruinas de un palacio donde un ejército de fantasmas estaba reunido.

Eso no quiere decir que ella estará ahí, se dijo Jason.

-Sería demasiada casualidad que ella estuviera ahí, ¿no? -habló Hades.

Pero sus manos no dejarían de temblar. Cada paso parecía más difícil que el anterior.

Casi estamos ahí —dijo Annabeth—. Vamos a…

¡CULO!

Todos se sobresaltaron.

-Hermana, ¿por qué gritas? -preguntó Démeter.

-Es que está en mayúsculas -respondió Hestia avergonzada.

La ladera retumbó. En algún lugar sobre el canto, una multitud rugió en aprobación, como espectadores en un coliseo. El sonido hizo que a Jason se le pusiera la piel de gallina. No hace mucho tiempo él había luchado por su vida en el Coliseo Romano ante un animado público fantasma. No estaba ansioso por repetir esa experiencia.

¿Qué fue esa explosión? —preguntó.

No lo sé —dijo Paris—. Pero parece que se están divirtiendo. Vamos a hacer algunos amigos muertos.

-Los amigos muertos son los mejores -sonrió Nico.

-Sí... pero yo prefiero a los vivos -respondió Jason.

-Pensé que ya habías superado tu etapa de "mis amigos los muertos" -dijo Percy. Nico se encogió de hombros.

-Fin del capítulo -anunció Hestia.

-Muy bien -dijo Zeus-, todos a dormir.

Los chicos fueron al templo de Poseidón y las chicas al de Afrodita, excepto Hedge, que fue al de Dionisio. Apenas sus cabezas tocaron la almohada, todos se quedaron profundamente dormidos.

Mañana sería una día lleno de emociones.


Como prometí, este capitulo es mucho más largo. Espero sus comentarios. Acepto halagos, quejas y tomatazos.

Se despide,

RavenclawGirl 07

Bye!