Un Grandchester Maldito
Capitulo 1
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Febrero, 1916.
Estaba agotada, pero mirar los rostros sonrientes de sus hijos, la motivaban para seguir. Afianzo el agarre de la tinaja sobre su cabeza y pego un grito para llamar la atención de sus retoños quienes jugaban con dos ramas dobladas imaginando que eran dos pistolas y que aquello era un campo de guerra. No los podía regañar por aquel juego, estaba en contra de las noticias violentas que corrían por los lares, en otros países la guerra era el pan de cada día, ella no se arrepentía de estar recluida en un sitio alejado, donde solo los acompañaban los animales y el pasto. Era una vida perfecta.
- ¡Guille! ¡Tabo!
Los chicos miraron a su madre, solo un año los diferenciaba y ya estaban rondando los siete. Guillermo, o mejor dicho Guille, tenia los cabellos negros como la noche, una sonrisa que mostraba un par de hoyuelos encantadores y unos ojos de color zafiro que hipnotizaban a quien se le quedaba mirando, su madre estaba orgullosa pues eran sus ojos. Gustavo, a quien llamaban Tabo, era más rubio, tenía unos ojos azulados pero con un tono más claro, era como un manantial, y así era su carácter, juguetón y optimista al extremo, sereno como la luna llena. Ambos hermanos eran distintos, pero los unía un amor fraternal.
Su esposo había muerto hace un par de años, dejándola sola con sus dos hijos. Nadie lo esperaba pues era un hombre fuerte, pero una afección en su corazón fue el impacto fulminante para su partida. Su esposa estuvo triste pero no se dio al abandono pues dos chicos la necesitaban, desde entonces era una mujer luchadora, si había que ordeñar a las vacas del vecino para el sustento, lo hacía. Si había que cortar la maleza en los potreros de sus amigos por unas monedas, lo hacía. Si había que sembrar maíz y recogerlo para tener alimento, lo hacía. Si había que cortar pasto y alimentar los caballos de los grandes hacendados, lo hacía. Todo lo que es trabajo era bueno.
Lo único que no podía permitir era que sus hijos pasaran hambre, mientras estuviera viva, ella daría su vida por ellos.
- Mamá_ se quejo tabo, no queriendo irse.
- Vamos, zopenco_ animo guille golpeándole la cabeza para luego salir corriendo, su hermano sorprendido por semejante golpe, echo a correr detrás de él.
Ambos muchachitos pasaron como balas frente a su madre, quien frunció su ceño, le preocupaba que ambos se cayeran y se golpearan. Era sobre protectora, lo sabía, pero era que los amaba.
- Con cuidado, no quiero rodillas sin carne al llegar a casa.
- Pero si tabo no tiene ni rodillas, es tan flaco como la tía lucia.
Tabo no tomo bien aquella burla y siguió correteando a su hermano esta vez con la mano arriba para pegarle. Guille solo se reía, mientras corría en círculos alrededor de su madre quien había reído por la observación sobre su hermana, aquella era tan flaca y amargada para completar.
Laura y Lucia Leagan habían sido unidas, hasta que Tomas Guillermo, su difunto esposo, había aparecido. Lucia lo quería para ella ya que era la mayor, pero Guillermo solo había visto a la dulce Laura, de quien se enamoro perdidamente. Como se hacían en aquellos tiempos, Guillermo la había robado de casa de sus padres una semana más tarde, se habían casado y habían vivido en amor. Laura sintió como sus ojos se cristalizaban al recordar a su dulce rubio que adoraba.
Los niños habían dejado de correr, siendo guille quien se había detenido bruscamente al percibir el dolor de su madre, su hermano tabo choco contra la espalda de su hermano y confuso miro a su madre quien se había detenido, bajo la tinaja de su cabeza y ya secaba sus ojos con una mano. Ambos hermanos se miraron y con solo una mirada se transmitieron una acción, asistieron y corrieron hacia su madre para abrazarla.
Aquella fue tomada por sorpresa, pero sintió ese tirón en su corazón tan delicioso que casi la hace llorar nuevamente. Sus hijos eran sus tesoros.
Se abrazo fuerte esos pilares de su vida, ambos chicos estaban sonriendo mientras besaban las mejillas de su madre, quien empezó a reír por semejante ataque. Estuvieron largo rato abrazados, y solo cuando Laura pudo dejar de llorar, ellos la soltaron. Sonrieron como pilluelos al haber logrado que sus lágrimas cesaran, incluso chocaron sus manos con complicidad, Laura soltó una carcajada a todo pulmón por aquello.
- Son mis tesoros..._ murmuro masajeando sus cabellos.
- Sin tristezas, mamá..._ respondió Tabo mirando a su hermano, quien completo aquella frase.
- Porque la vida es bella.
Ver a sus chicos diciendo aquella frase de su difunto esposo, la lleno de ánimo y esperanza. Ambos tenían razón, es por ello que les beso sus frentes y tomo la tinaja para dejarla sobre su cabeza. Continuaron su camino, pero esta vez con más risas y alegrías. Eran felices con lo poco que tenían, seguirían adelante.
Sin tristezas, Laura. Porque la vida es bella.
Había dicho Tomas Guillermo Grandchester, antes de morir. Ella se había aferrado a aquella frase, porque su esposo siempre la amo.
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Junio, 1944.
La noche estaba más oscura de lo usual, el viento era como un suave arrullo en las orejas, se escuchaban sonidos de los peñascos desprendiéndose. Hacía años que utilizaba la misma vereda, había uno que otro supersticioso que lo evitaba como la peste, pero no Don Guillermo, quien encima de su mula se encaminaba rumbo a casa, el mal tiempo de aquel día lo había retrasado y no se había quedado en la parte baja de la montaña porque Sara estaba sola en su casita de barro esperándolo. Deseaba ver a su mujercita y a su campeón, quien estaba en aquel vientre gestándose.
No era su primer hijo, tenía tres más. Robert, que contaba con seis años, el mayor y mas alocado; Sam, con cuatro años y el más inteligente de la camada; Mark, el cumpleañero de aquel día, era su segundo cumpleaños, aquel era por quien había bajado de su montaña para encontrarle una bolsa de caramelos y estaba su Richard, a quien aun le faltaba para nacer.
Muchos le cuestionaban el porqué de su sexo, después de tres niños era hora de una niña, pero él siempre lo decía con tanta seguridad que no era normal para quienes lo escuchaban. Pero Don Guillermo lo sabía, no sabía cómo, pero algo en un sueño se lo había revelado.
Como decía su madre, él tenía madera para aquellas cosas.
Y era inevitable, estaba ya sintiendo el frío, y ni se atrevió a girar su mirada. Apretó las riendas y animo a su mula para que continuara, pero ni le sorprendía si aquel animal se asustaba, el ambiente estaba pesado. Prefería su mula para salir pues era más valiente y fuerte para el recorrido, los burros eran muy impredecibles y más de un susto que le habían dado. Realizar un cruce entre el caballo de su vecino quien era un animal bello y fuerte, con una de sus burras quienes eran trabajadoras innatas, había sido perfecto.
Empezó a oler el azufre en el viento y sus vellos se erizaron, aun así continuó animando a su animal, quien por el camino boscoso iba pisando piedra por piedra. Se escucharon chillidos a lo lejos y el hombre le echo la culpa a un pájaro, jamás admitiría que era algo inhumano.
Metió la mano por su cintura y encontró aquella cinta tejida de colores entrelazada a un cascabel y a una cruz de oro. La había hecho su madre para su protección, asegurándole que Dios estaría a su lado.
Parecía que escuchaba a su madre gritar cuando pasaban un río, aquella era creyente en Dios y en la existencia del Diablo. Relataba que ambos eran reales y que los malos espíritus abundaban en todos lados, aunque no todos tenían madera para verlos.
¡¿Con quién vamos?!
Gritaba la mujer al pasar un río con sus dos hijos, quienes llevaban la madera en la espalda. Era su día - día, ellos eran felices ayudando a su madre para recoger la madera que serviría para la comida.
¡Con Dios y la Virgen!
Respondían los muchachos de once y doce años.
¡¿Y quienes vamos?!
Volvía a preguntar su madre, mientras caminaba en medio de aquel río, donde el agua mojaba su vestido largo confeccionado por ella misma. Los muchachos iban detrás con sus pantalones arremangados en las rodillas para evitar mojarlos, llevaban sombreros de paja para cubrir su rostro, eran tan blancos que el sol los dejaba colorados y les acumulaba las pecas.
¡Gustavo y Guillermo!
Gritaban ambos, para que así los duendes que custodiaban el río no se los llevaran. Se hablaba que aquellos estaban vigilando los niños que cruzaban el rio, aquellos que pasaban sin compañía de ninguna protección, eran arrastrados a lo profundo y llevados por la corriente.
Gustavo siempre considero que eran cuentos de viejos, pero Guillermo sabía que eran reales, pues había visto varias presencias en las orillas de los ríos, esto a medida que iba creciendo.
Mamá vi una niña, tenia orejas largas y era como una muñeca, pequeñita y con rosado en sus mejillas... Me ha llamado con su mano, ¿debo ir?
No Guillermo, jamás lo hagas. Es un duende custodiando el pozo del agua, si vas puede que no te vea mas, mi pequeño.
Había respondido su madre con ese matiz de preocupación.
¿Que hago?
Pregunto asustado.
Pide a Dios que te aleje de todo mal. Él todo lo puede.
Y así hizo cada vez que algo cruzaba por su camino, después de recibir aquella cruz que ato a su cintura, todo fue desapareciendo. Pero aun seguía sintiendo cosas.
Como en aquel momento que sentía claramente los pasos que venían corriendo detrás de él, se mantuvo sereno y siguió aupando a su mula, quien en un momento dado se hizo más lento como si el peso encima de él hubiese aumentado, sabía que Susanita era un hueso duro de roer, se refería a su mula de trabajo, el nombre lo había escogido uno de sus hijos y tal parecía que al condenado animal le gustaba porque meneaba su cabeza cuando la llamaban.
Escucho un nuevo crujido procedente de la copa de un árbol, que por la pinta podía ser un roble. Siguió guiando a su animal hasta que el ambiente quedo silencioso, aquello se le hizo preocupante. Todo fue roto con un sollozo lastimero, Guillermo se acomodo en su silla de montar y acomodo el viejo sombrero que llevaba sobre su cabeza, a unos metros cerca de un gran peñasco estaba un niño agachado, su cabeza estaba cubierta por sus brazos flacos, se veía de unos ocho años y tenía una cabellera amarilla en forma de hongo. Aquel estaba llorando sin cesar y Guillermo no era un hombre que ignoraba a niños en el camino, menos en medio de aquella noche.
- Muchacho..._ lo llamo con su voz gruesa, aquel levanto su rostro y dejo ver un rostro muy bonito bañado de lágrimas, tenía unos ojos verdes como las hojas del árbol de limón que tenía en su casa_ ¿porque lloras?
- Me perdí, señor_ balbuceo poniéndose de pie y secando su rostro. La poca luna que había salido le iluminaba el rostro, se veía indefenso.
- ¡Que calamidad!_ exclamo Guillermo dándole un golpe por la cabeza a Susanita quien no dejaba de removerse incomoda_ vamos mula terca, calma... ¿donde vives?
- ¿Sabe donde queda el pozo de los pobres?_ Guillermo asistió, eso estaba en su camino, debía cruzarlo_ vivo por ahí cerquita.
- Vámonos pues, yo lo llevo...venga y suba.
- ¿Me da permiso?_ pregunto el niño ladeando su cabeza de forma llamativa. Guillermo soltó una risotada por semejante pregunta.
- Por supuesto.
El niño sonrió encantado y se aproximo, sin ayuda del hombre se subió en la parte trasera de la mula y aquella se quejo moviéndose de lado a lado con desespero. Guillermo refunfuño hasta que logro controlarla y ponerla a trote.
- No te sueltes muchacho, mira que Susanita a veces se pone loca_ Guillermo escucho la risita en su espalda_ ¿y cuéntame porque te perdiste?
- Me quede dormido después de recoger las vacas, se voló el tiempo...
- ¡ah! ¿Entonces trabajas con Don Humberto?_ pregunto animado, explicando a su vez_ porque estos son sus dominios.
- Si, algo así...
- ¿Y te paga bien?_ pregunto interesado, se sabía que el viejo era algo tacaño con sus obreros, ni imaginaba como seria con aquel muchacho. Era rico, o lo que se consideraba rico en aquellos lares, tenía muchas cabezas de ganado y animales silvestres, una casa enorme en donde seguro cabían más de cuatro familias, si hasta estaba hecha de madera fina, eso era un lujo en aquellas montañas.
- Esta noche me dio un pago enorme.
Guillermo soltó una carcajada que hizo eco por el sitio oscuro del camino. Aquello si fue inesperado, pero confió en las palabras del muchacho.
La mula se ponía terca en cada paso, como si ambos pesaran mucho, cosa que dudaba porque Susanita aguantaba con él y su mujer encima, hasta con uno de sus muchachos de colado. Considero que se bajaría en el siguiente cruce, no la iba a explotar.
- ¿Y tienes hermanitos?_ prosiguió preguntando ya que el muchachito estaba silencioso.
- No, soy único...
- ¡Ay Dios! Eso debe ser aburrido...yo tengo al zopenco de Tabo y de niños nos divertíamos sin parar por los prados donde vivíamos_ dijo Guillermo recordando a su hermano que vivía en Chicago.
Después de que su madre murió, los dos se cambiaron de sitio, llegando a Lakewood que solo era maleza y campos. Durante un tiempo vivieron juntos, trabajando para algunos italianos que les pagaban más de la cuenta, después de que reunieron el suficiente dinero, Guillermo decidió comprarse unos terrenos en aquella tierra que le gustaba, mientras Gustavo agarro sus cosas y dijo que se iba a probar suerte a Chicago, estaban muchas petroleras en aquel sitio y siempre necesitaban trabajadores, así que conseguir trabajo no fue difícil. El año pasado aquel tonto había venido de visita y ya hasta un auto tenia, sus muchachos habían disfrutado mucho semejante visita pues les trajo regalos que Guillermo jamás se podría permitir con las cinco vacas del sustento.
- Eran unos buenos tiempos_ añadió soñador.
- Se nota que añora muchas cosas, señor.
- Como todo, muchacho. Siempre hay cosas que uno añora.
- El dinero es algo muy añorado.
- Lo es, pero la familia lo es mucho mas_ dijo Guillermo con seguridad, notando que Susanita se detenía bruscamente temblándole las patas, incluso empezó a llorar y a orinarse por el sonido sobre el suelo_ menuda desgracia, Susanita. Te estás poniendo terca.
- Creo que solo reconoce que no puede con semejante peso_ murmuro el niño a su espalda. Un sonido empezó a sonar, era extraño como si algo se arrastrara.
- Pero como va a ser...si eres flacucho y yo no estoy tan gordo.
- Yo no diría eso, Don Guillermo..._ murmuro una voz engrosada en su espalda, aquel no le prestó mucha atención porque masajeaba la cabeza de su mula que no dejaba de batirla.
- Es así, lo que pasa es que ya esta vieja..._ comento sin percatar que el ambiente se había tornado pesado y la oscuridad había regresado a su alrededor, la luna desapareció entre las nubes y el canto de los grillos, ceso_ vamos preciosa, sigamos que el camino es largo...y..._ sus palabras murieron ya que miro hacia su abdomen donde las manos de niño se alargaban, aquellas tomaban un aspecto esquelético y negruzcas, con largas uñas que se intentaron incrustar en su abdomen.
Guillermo percatándose al fin del cambio, giro su cabeza con lentitud, sentía su corazón martilleando y el vello de su nuca se erizo al sentir una respiración caliente en la misma. El niño que estaba con él había desaparecido, dando una forma cadavérica con las cuencas de sus ojos blancas y unos dientes enormes, tenía un cuerpo largo que hasta sus pies iban arrastrándose en el camino, entendió al fin de porque aquel sonido extraño.
Al mirar semejante aparición solo pudo controlarse, agarro el crucifijo en su cintura, el cascabel atado sonó y empezó a murmurar las palabras que ya conocía de memoria mientras cerraba sus ojos.
Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo...
Escucho la risa en su espalda y sintió un golpe en su hombro que lo lanzo al suelo. Se quedo tal y como había caído. Siguió murmurando con sus ojos cerrados.
Danos hoy, nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden...
Sintió que algo lo aplastaba y enterraba su cuerpo en la tierra, el aire le falto un poco y sintió un calor quemante en su rostro, un olor a putrefacción llego a sus fosas nasales y una voz cancina, rechinante empezó a murmurarle cosas.
- Te estoy dando una oportunidad de oro, Guillermo...acéptame en ti y tendrás todo lo que deseas. Me has dado permiso.
No nos dejes caer en tentación, y libramos del mal...líbrame del mal, padre amado. Amén.
Murmuro Guillermo sin dejar que la voz lo perturbara, aquella se molesto y sintió una lluvia de golpes que de intensos fueron disminuyendo. La aparición empezó a gritar con rabia intentando jalarle la camisa, pero era como si algo lo estuviera protegiendo pues aquella se fue alejando poco a poco, no sin antes soltar una risa tétrica.
- Esperaré, sabes que volverás a mi..._ le prometió la voz con estruendo_ te creare tu propio infierno.
Se escucho a su mula quejándose y un sonido seco de algo que se rompía. Guillermo no cambio su posición, siguió murmurando con sus ojos cerrados aferrado a la cruz que su madre había preparado para él. No solo rezaba un padre nuestro, sino miles de oraciones que su madre le había enseñado en sus tiempos de niñez.
No supo cuanto tiempo estuvo en la misma posición, y solo decidió abrir sus ojos cuando sintió que todo estaba tranquilo y que la luna al fin estaba iluminando su camino. No abría deseado abrir sus ojos, a unos metros encontró a Susanita despedazada, sus vísceras estaban esparcidas alrededor del hoyo enorme donde se dio cuenta que estaba, era como si alguien hubiese cavado una fosa para enterrarlo. Lo increíble era que él no estaba manchado de sangre, estaba sucio y con la camisa hecha trizas, pero ninguna gota de sangre.
Apretó su cabeza y se agacho mientras se esforzaba para no llorar, sabía que había tenido un enfrentamiento sobrenatural, uno que jamás había pensado. Estuvo tan cerca de una fuerza desconocida que sintió como empezaron a temblarle las piernas, se había salvado por los pelos.
Se levanto tembloroso, y sintió pena por su animalito quien había muerto de aquella manera tan cruel. Su mano aferrada a su cruz fue desprendida y se quedo mirado pues el cascabel siguió sonando cuando la soltó. El nudo en su garganta estaba allí, pero simplemente se lo trago. Busco su sombrero que había caído mucho más lejos, y se lo coloco en su cabeza con un suspiro, sus manos temblaban y soltó una risa nerviosa.
- Mamá, esto ha sido horrible..._ murmuro a la nada, tenía esa cualidad pues siempre hablaba cuando se sentía solo y mas, cuando estaba asustado_ Dios, sigue protegiendo mi camino y permite que llegue a casa.
Pidió antes de empezar a caminar hacia su hogar, se tardaría más de la cuenta pues iría caminando, pero él solo rogaba por ver los rostros de sus hijos y el de su esposa, jamás estaría calmado hasta verlos. Esta sería la experiencia más aterradora de su vida. Si bien un encuentro con el diablo no era favorecedor, entendió que tenía las herramientas para combatirlo...tenía su fe intacta y un alma luchadora.
Si el diablo venia por él nuevamente, tendría que ingeniárselas.
Al día siguiente se enteraría que Don Humberto había sido encontrado muerto en una de las lagunas que rodeaba su casa. Todos se preguntaron porque un buen nadador se había ahogado, solo Guillermo sabia la verdad.
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Septiembre, 1944.
Estaba lloviendo a cantaros, los gritos no cesaban dentro de su casa, era desgarrador escuchar a Sara gritar del dolor. Él no podía evitar aquello, su hijo Richard estaba a punto de nacer y menudo antojo de haberlo hecho con aquellos tiempos. Había mandado a Robert a casa de los vecinos, aquel muchacho de seis años montaba como un experto, y se había lanzado a galope encima del caballo que su compadre le había dejado para domarlo, estaba más que manso después de que Guillermo trabajara con él. Es por ello que Robert ni dudo en tomarlo, además que llegaría más rápido.
Su vecino Simón, tenía por esposa a la comadrona de las montañas, había traído al mundo a tanto niños que Sara tenia la confianza plena en ella. No habían ido a un hospital porque era un viaje sumamente largo y costoso. Además de que con tres partos, nadie pensaría que el cuarto sería difícil.
Estaba siendo muy difícil, pues Sara no soportaba el dolor. Estaba pálida y gritaba a todo pulmón. Le había pedido a Guillermo que sacara a los niños hacia la enramada del frente, no quería que aquellos la vieran en aquel estado, pues ambos estaban nerviosos y si lloraban, ella se pondría peor. Guillermo los había encaminado hacia la parte delantera de la casa y debajo del gran enramado los había dejado, habían dos hamacas una para cada uno, pero ellos se lanzaron hacia una sola y se abrazaron.
El corazón de Guillermo se rompió al verlos llorar, sin poderlo evitar se acostó con ellos y los abrazo con fuerza para darles la valentía que ni el mismo tenía en aquel momento.
- Má, se va a morir..._ gimoteo el menor con un chillido.
El relámpago que cruzo en el cielo reflejo el rostro del niño y la vela que alumbraba la estancia se apago por la entrada del viento por las rendijas de las paredes.
- No, nada de eso. Ella es fuerte y tu hermanito esta apurado por salir para verlos_ murmuro Guillermo con voz rota_ quien no va a querer verlos, si ustedes dos son lo más divertido del mundo, seguro que quiere jugar con ambos.
- ¿Tu crees, papá?_ pregunto Sam secándose las mejillas y sonándose la nariz de una manera poco elegante con su camisa sucia.
- Por supuesto..._ le dijo tocando su cabeza_ necesito que ambos se queden aquí, debo cuidar a mamá.
Ambos asistieron dejando que se levantara, aquel miro a sus hijos, ambos con cabelleras amarillentas como la de su madre y esos ojos marrones que parecían el chocolate. Beso sus cabezas, y ambos se abrazaron nuevamente en aquella hamaca al escuchar el sonido de un trueno.
Guillermo salió caminando con pasos largos para llegar hasta Sara, aquella ya no gritaba, sino que gemía moviéndose de un lado para otro mientras agarraba las mantas de la cama de latón. Se arrodillo en el suelo y tomo una de sus manos, aquella chilla y lo miro con desesperación.
- No puedo, Guillermo_ gimoteo asustada.
- ¿No puedes que, cariño?
- No puedo seguir..._ Guillermo contuvo la respiración con aquella declaración y llorando negó con la cabeza.
- No me digas esas cosas, mujer. Tu puedes, este no puede ser tan malo como Robert que fue el primero, es normal que...
- No es normal, Guille..._ susurro con ese apodo de cariño, aquella movió su mano y jalo el cobertor que cubría sus piernas, dejando una vista grotesca ante los ojos de su pobre esposo. Todo estaba bañado de sangre justificando la palidez de su mujer, incluso destilaba en las sabanas.
La miro con horror y apretó su mano negando una realidad que no deseaba.
- Si puedes, yo sé que si, amor.
Ella gimió con dolor y apretó su mano enterrándole las uñas.
- Intente sentirlo..._ mascullo apretando sus dientes, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas_ no se siente nada, no sé si está vivo y me duele mucho más que los partos anteriores...algo me pasa, y yo no quiero morir sin decirte que...
- ¡Calla, maldita sea!_ exploto Guillermo asustado_ no me hables así, no quiero que te mueras. Ninguno de los dos, solo debemos esperar a la comadrona y todo saldrá bien. Sara, no me hagas esto.
Ella sonrió a pesar del dolor, y con su mano estrechada jalo a su esposo para besarle el dorso de la mano, era una romántica sin remedio, y siempre había tenido detalles que derretían el corazón de Guillermo con un movimiento, pero aquello era distinto y él lo sabía, ella intentaba tranquilizarlo cuando sabía que no había solución. Pero él se negaba, negaba con todo su corazón a que algo malo le sucediera.
Estuvo a su lado durante casi una eternidad, así lo sintió. Apretaba su mano e intentaba que el dolor fuera suyo en cada ocasión, aun sabiendo que era imposible. Sara se mantuvo luchando y aun cuando sus ojos se pusieron brillosos, el no se aparto, intentaba decirle cosas que la animarían, cosas imposibles que jamás podría cumplir porque no tenía los medios, pero él intentaba mantenerla a flote.
- Te comprare la casa más grande que pueda, será de dos pisos y tendrá esos detalles con piedras que tanto te gustan, será de tejas para que no escuchemos la lluvia y me encargare que no tenga ni una gotera...se acabaron las tazas por toda la casa, tendrá ese color amarillo que tanto te encanta, será como el pollito que se llevo el gavilán la semana pasada... ¿te acuerdas? Ese desgraciado que se llevo tu gallinita roja también..._ Guillermo hablaba desesperado al ver que ya ella cerraba sus ojos y sus manos perdían fuerza, su boca abierta intentaba jalar aire para sus pulmones, ella estaba perdiendo aquella batalla_ no cierres los ojos, amor...ten abiertos tus ojitos que hay mucho que contar. ¿Sara? ¡Abre los ojos! ¡No me hagas esto!
- Estoy cansada, Guille...muy cansada...
Su voz sonó quebrada y aquello hizo que recorriera un frío infernal por la columna de Guillermo. Apretó su mano con desespero y la beso repetidamente.
- No, no...No me hagas esto, querida. Quédate conmigo, Sara.
Jamás se había sentido tan asustado en su vida. Cerró sus ojos y pidió ayuda divina, pero en cada respiro doloroso Sara iba perdiéndose, aquello era inaudito, él no lo podía aceptar. Creyó que fueron siglos los que pasaron, allí estaba sosteniendo la mano de su mujer con tanto esmero, la besaba repetidamente y seguía murmurando aquellas promesas de gran vida. Sara llego solo a sonreír levemente antes de blanquear sus ojos y desmayarse.
La garganta de Guillermo se cerró, un grito se atasco como una espina en su tráquea, dolía horriblemente y sus ojos se desbordaron como manantiales. Su mujer se estaba yendo, lo estaba dejando...y él, solo era un espectador de su inminente partida.
Sintió una mano en su hombro y observo como su hijo mayor estaba a su lado empapado y lleno de fango con algunas hojas en su cabello. La comadrona había llegado al fin, pero Guille no se sintió esperanzado. Había visto los ojos de su esposa, ese brillo significaba una despedida vacía, no había esperanzas.
Se levanto como un autómata, dejando que la mano de su mujer se deslizara y cayera inerte sobre la cama. Ella respiraba pero muy pausadamente. La comadrona le pidió que saliera, y él no puso objeción, ya estaba derrotado ante tanto dolor. Su hijo lo siguió hasta afuera, donde la lluvia había cesado pero seguían los relámpagos iluminando el firmamento oscuro. Sus hijos pequeños estaban afuera, hablaban con Simón, quien al ver la expresión de Guillermo enmudeció.
- Amigo..._ susurro sin saber que mas añadir.
- Cuídame a los muchachos, necesitó caminar.
Simón solo asistió, comprendía un poco como debía sentirse su amigo ante la escena que cruzaba con su esposa. Los partos eran inesperados, había buenos y había malos.
- Pero papá, el tiempo aun está en su apogeo...y...
Guillermo frotó la cabellera de su hijo mayor, en sus ojos se notaba la preocupación. Era un muchacho inteligente a pesar de su corta edad.
- Volveré..._ le prometió antes de empezar a caminar.
Y en cada paso sentía que su alma se desprendía de su cuerpo, la rabia, la frustración y el temor se mezclaron para formar una erupción parcial dentro de sí mismo. Su mujer y su hijo estarían muertos en solo algunos minutos y nadie lo estaba ayudando, se sentía perdido y desesperado. No podía soportar perderlos, no así, no ahora.
Su familia era su pilar. Se tambaleaba sin ellos.
Camino hasta que sus pies dolieron y cuando estuvo lo suficientemente lejos, grito a todo pulmón el nombre de su esposa. Cayó arrodillado y empezó a sollozar como un niño, los truenos en el cielo sonaron al mismo tiempo y los relámpagos iluminaban el claro donde estaba arrodillado. El pasto mojado lleno de agua sus pantalones, pero aquello no le importo, su dolor era aun más fuerte.
- Por favor...no permitas que ella se vaya, déjame a mi familia..._ suplico a la nada_ no puedo seguir sin ellos, no soy suficientemente fuerte. Por favor, señor.
Estuvo durante largo rato, pidiendo con todo su corazón, suplicando de rodillas por su esposa e hijo, llorando desconsolado esperando una respuesta, pero solo el susurro del viento y de los truenos fue lo único que escucho. No hubo respuesta para él. No hubo salida para su problema.
Y lejos de resignarse, se molesto.
Sin meditarlo, empezó a maldecir, a decir cuan buena persona había sido. A preguntar porque Dios le hacía aquello, a renegar del destino de su esposa si un milagro no actuaba. Pidió salud para ella ofreciendo su vida a cambio, pero no sucedió nada. Golpeo el suelo con rabia, y apretó sus ojos con furia al recordar toda la sangre que había visto en el cuerpo de Sara.
-...soy capaz de todo por ellos, soy capaz de..._ sus palabras se interrumpieron con brusquedad ante aquel pensamiento que había pasado por su mente uno que había sido escuchado por una entidad oportunista.
- Continúa...
Murmuro una voz melodiosa, Guillermo levantó su mirada encontrando a un hombre alto y bien vestido caminando lentamente a través de la maleza, las fracciones de su rostro fueron iluminadas por un relámpago y no era un rostro descomunal, sino uno blanco como la leche con unos oscuros ojos como el ónix. Su cabello era corto y plateado, estaba despeinado por la brisa que soplaba.
- ¿Quien...eres?_ tartamudeo Guillermo, su corazón estaba latiendo mucho mas, y el otro sonrió.
- ¿Preferirías que tuviera cuernos y cola, Guillermo? Puedo hacerlo, si con eso dejas de hacer preguntas sin sentido.
- ¿Que quieres?_ pregunto levantándose. Sus piernas temblaban, pero no quiso amedrentarse, no era la primera vez que lo acechaba el mal, solo que nunca lo había hecho de frente.
Aquel hombre no se acerco, sino que prefirió chascar sus dedos transportando a Guillermo a otro sitio lleno de luz y calor. Era como un desierto, pero sin ser desagradable. El señor del mal, simplemente sonrió con sutileza.
- Tengo un trato para ti._ le informo sin dejar que Guillermo se negara_ te he escuchado... Eres capaz de darle tu alma al diablo por tu esposa e hijo, ahora bien, ¿de verdad te preocupa su bienestar? Sabias que mis poderes alcanzan magnitudes inimaginables...
- Esto a cambio ¿de que?_ pregunto envalentonado Guillermo.
- Un precio mucho más mínimo por dos vidas preciadas...el reloj avanza, Guillermo. ¿Crees que Sara tendrá tanto tiempo? Soy tu única salvación.
Guillermo se quedo hecho piedra. En sus manos tenia la decisión mas importante de su vida. Una decisión que afectaría su futuro. Una decisión equivocada y llena de consecuencias. Intento llevar su mano a la cruz que pendía de su cintura, necesitaba protección, pero los ojos oscuros miraron su acción, aquel hombre levanto su dedo e hizo un gesto negativo.
- Yo no lo haría si fuera tu, si desaparezco puede desaparecer la única oportunidad de salvar tu preciada familia.
Inmediatamente unos gritos invadieron los oídos de Guillermo y aquel cayó de rodillas apretando sus orejas, era como si dentro de su cabeza alguien gritaba lleno de agonía. Los gritos eran aterradores y estremecedores.
- ¡Déjame!_ exclamo molesto, intentando dar pelea.
- Esta bien..._ murmuro aquel ser esta vez a su lado, la velocidad con la que se acerco era impresionante, se doblo un poco para susurrar en su oído_ pero, ¿estas seguro? Ella sigue gritando pidiendo ayuda.
Guillermo la escuchaba con claridad dentro de sí mismo, le rompía el alma cada grito. Intento tomar nuevamente su cruz, pero al hacerlo se quedo mirando como el cascabel no sonaba, aquel sitio quedo en silencio total, ya no habían gritos ni lamentos, ya no había nadie a su lado. Se encontraba donde había empezado todo, allí arrodillado en la maleza mojada. Pensó y pensó, pero sus miembros estaban entumecidos así como su corazón. Recordó palabras de su madre, pero ya no lo hicieron sentir mejor.
Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.
- Lo siento, mamá..._ murmuro con tanta debilidad apretando aquella cruz de oro y jalando con fuerza, la desprendió de la cinta de colores, el cascabel se movió pero quedo en silencio como si el sonido se fuera con la cruz.
Fue como sentir frío y calor al mismo tiempo, fue como sentir dolor y alivio, fue como sentirse perdido sin hallar una salida.
Todo culmino con aquella acción, pues el señor del mal reapareció para sellar un pacto con aquel individuo que cegado por la desesperación, dejo su fe de lado...dejo a su Dios de lado.
Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.
La armadura de Guillermo se había roto.
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Seis años más tarde.
Si algo sabía Robert era que Richard lo metería en un serio problema. Se había escapado de casa para seguir a su padre, quien había bajado de sus dominios a la ciudad debido a un hallazgo encontrado el día anterior. Resulta que cuando los chicos jugaban cerca del arrollo encontraron que piedras preciosas y brillantes estaban en las orillas relampagueando como un latón nuevo. Los chicos las habían recogido pero había tantas y unas de gran tamaño que corrieron a casa a contarle a su padre aquel descubrimiento.
Su padre, había gritado de alegría al verlas, alegando que aquello los haría ricos. Su madre sin embargo, estaba con su ceño fruncido y no compartía aquella alegría. La noche anterior ambos habían peleado porque Guillermo quería ir a la ciudad para traer gente a evaluar aquellas rocas preciosas, Sara se negó, quería que sus vidas siguieran en armonía lejos de todos, pero Guillermo no estaba de acuerdo.
Robert solo recordaba a su padre azotando la puerta del frente con fuerza, como hijo mayor siempre estaba al lado de su padre. Se acerco a él e intento tomar su brazo, jamás creyó que su padre se soltaría y lo miraría con tanta furia que lo hizo estremecer, tenía algo particular que aun Robert mantenía en su mente...sus ojos.
Conocía los zafiros de su padre, pero aquellos ojos no eran azules, se habían convertido en un violeta oscuro, llamativo sí, pero a la misma vez aterrador. Su cuerpo se estremeció ante su mirada, su vello se erizo y sintió un frío en sus entrañas.
- Papá..._ susurro con temor, pues aquellos ojos lo miraba con fijeza.
Guillermo parpadeo al reconocer la voz de su hijo e intento suavizar su ceño. Robert observo como de un parpadeo el color de sus ojos cambiaba a ese zafiro que conocía, intento pensar que había sucedido, pero al ver la sonrisa tenue de su padre se olvido de aquello.
- Tranquilo, mamá solo está molesta porque no quiere gente en nuestras tierras.
- Creo, que ella tiene razón_ murmuro Robert dejando sorprendido a su padre, siempre había sido sincero en sus pensamientos y estaba suficientemente grande para entender los problemas de sus padres.
- Tal vez, pero..._ Guillermo suspiro, mientras se sentaba en la tierra. La luna estaba clara y la brisa era fresca. Animo a su hijo para que se sentara a su lado, aquel hizo caso_ no deseo que ustedes se queden toda la vida aquí estancados. Deseo que salgan a la ciudad, quiero que estudien y sean grandes personas. Aquí solo conocerán trabajo y más trabajo, me alegra que sepan leer y escribir, su madre los enseño bien, porque yo simplemente se escribir y leer pero soy malo para enseñar y del mundo solo se algunas cosas...me quede estancado, Robert. No quiero eso para ustedes.
- Pero papá, nos gusta el campo. Correr por la maleza, nadar en el arrollo, mirar las estrellas_ dijo señalando aquel hermoso firmamento. Guillermo sonrió mientras negaba con su cabeza.
- Correr por la maleza mientras una cascabel los espera en algún agujero, nadar cuando los cocodrilos los están vigilando y mirar las estrellas mientras los mosquitos te comen vivo..._ Robert soltó una carcajada mientras su padre lo abrazaba arrastrándolo hacia sus piernas, lo mantuvo abrazado durante largo rato y ambos se sumieron en silencio, Guillermo beso su cabeza y suspiro_ me encanta la vida que tengo, pero solo quiero más facilidades para ustedes. Mark necesita unos lentes, ya casi no ve por donde camina. Richard necesita ropa nueva, la de ustedes se ha acabado con los años que se la llevan rotando. Sam necesita sus medicamentos_ Robert entendió un poco la situación de su padre, sobre todo por Sam, tenía una condición médica en su corazón que solo seria corregida con una operación, pero no tenían dinero, así que solo lo mantenían controlado con medicamentos que mejoraban su calidad de vida_ entiende...no tengo suficiente dinero para todos, incluso tú tienes sueños y anhelos, quiero que sean posibles.
- Lo que encontramos en el arrollo, ¿es tan importante?
- No quiero apresurarme sacando conclusiones, pero creo que es oro o algún mineral significativo...por eso necesito traer gente, tu tío tabo nos ayudara a contactar las personas adecuadas. ¿Te imaginas, Robert? ¡Seriamos ricos!
Robert asistió dudoso, todo parecía tan perfecto.
- Papá... ¿el dinero en abundancia trae problemas, no?
Guillermo sonrió ante la preocupación de su hijo.
- Si llegamos a tener dinero, eso jamás sucederá. ¿Sabes que te amo? Porque lo hago, muchísimo.
- También te amo, papá_ respondió Robert riendo al sentir los brazos de su padre en su abdomen. Era una noche perfecta para ambos, quienes se quedaron hasta tarde mirando como la luna cambiaba de curso. Solo fueron a dormir cuando Sara salió a buscarlos, y para la alegría de Robert, sus padres ignoraron sus problemas y se abrazaron mientras ambos se quedaban susurrándose palabras cariñosas, él solo pudo entender una frase:
Contigo, siempre. Somos uno solo.
Regresando a la realidad, Robert iba encima del caballo que había conseguido su padre por su cumpleaños. Se llamaba Trueno, y había llegado en tiempos de lluvia. Era blanco con manchas cafés en sus costados, era precioso ante sus ojos. Lo montaba perfectamente, y el caballo era bien portado. Cabalgaba por las llanuras intentando localizar a Richard quien había salido corriendo detrás del carro que había llevado a su padre a la ciudad. Aquel chiquillo de seis años era su tormento.
Los cuatro hermanos compartían muchas características parecidas, todos tenían el mismo color de ojos de su madre, un chocolate que cambiaba de tono en cada uno. Tenían el cabello algo oscuro, siendo el de Robert mucho más claro debido a los reflejos amarillos que poseía. Sus mechas eran cortas, sus aspectos eran delgados y bronceados por el sol que aguantaban, eran más de mejillas sonrojadas y sonrisas risueñas. Los cuatro eran las estrellas de sus padres.
- ¡Richard!_ grito a todo pulmón viendo como un pequeño estaba encima de uno de los robles, aferrado mirando hacia el suelo_ ¿que rayos haces ahí arriba?_ pregunto deteniendo a su caballo quien cabeceo un poco. Se lanzo a la hierba y subió su mirada evaluando los metros que había entre Richard y el suelo.
- he subido para ver a papá, pero...ahora tengo miedo.
Robert sonrió sin querer.
- Eres un tonto, si te pasa algo papá me cortara la cabeza.
Aquel hermano era el más protegido en la familia, hace unos años su madre se las había visto oscuras con el parto de Richard, todo el mundo creyó que moriría, pero ella se había recuperado trayendo a la vida a su hermanito. Robert creía que era por sus oraciones, nadie lo sabía pero había puesto rodilla en tierra y junto a sus hermanitos habían rogado por su madre. Gracias al cielo, su madre había salido adelante.
- ¡Agarra fuerte! ¡Voy a subir por ti!
Robert se quito sus zapatos para no resbalar. Acomodo sus pantalones y empezó a trepar como un autentico mono. Su hermano Richard soltó un suspiro de alivio cuando su hermano se puso a la par, adoraba a su hermano mayor, era una especie de héroe para él.
- Solo quería ver a papá_ se lamento su hermano.
- lo sé, nunca lo has visto partir, pero tienes que estar tranquilo. Papá volverá pronto._ dijo Robert sonriente_ ahora, aférrate a mi espalda.
Su hermano hizo lo que le pedía, cruzando sus piernas y brazos flacuchos en el cuerpo de su hermano. Al ser el mayor tenía un cuerpo un poco mas formado que los demás, estaba ganando musculo debido al trabajo en el campo y su voz había cambiado hace unos meses atrás. Su padre estaba orgulloso de su temple.
- Baja con cuidado_ pidió Richard cerrando sus ojos, le tenía miedo a las alturas, un gran defecto que recordó cuando estaba encima del árbol.
- tranquilo, miedoso.
Richard lo sintió como una eternidad, pero para Robert fue solo un segundo cuando toco el suelo. Al llegar a la arena empezó a saltar con su hermanito a cuestas quien empezó a reír a carcajadas por las tonterías de su hermano.
- ¡Ya, Robert!_ grito riendo, su hermano se detuvo con una sonrisa_ ¡tengo mucha hambre!
- Que extraño, pilluelo_ se burlo su hermano_ siempre tienes hambre. Vamos a casa.
- ¿Comeremos caramelos?_ pregunto esperanzado mientras su hermano lo subía al caballo, aquel lo llevaría adelante para que no se cayera.
- Esperemos que Mark tenga escondidos algunos, es el único que esconde para otra ocasión..._ dijo entre risas, su hermano era el único que ahorraba sus dulces, estaba casi seguro que si Richard le pedía, se los cedería sin dudarlo_ ¿te ves preocupado, tonto? ¿Quieres contarme?
Richard hizo una mueca que divirtió a su hermano mayor. El caballo iba a paso lento por la hierba seca de aquellos terrenos sin cuidar, el ruido de las aves y la rastrera de los animales era algo sereno para vivir.
- Escuche a Sam temprano, ha tenido uno de esos sueños extraños y no dejo de pensar en eso.
Fue el turno de Robert para hacer una mueca. Sam casi siempre tenía sueños extraños que ellos no entendían, sus padres no lo sabían, pues sería motivo de preocupación debido a su debilidad cardiaca, aquel chico se despertaba sudoroso y pálido después de cada sueño. A veces contaba lo que veía, otras veces no lo hacía, solo se quedaba mudo mirando a la nada, en secreto siempre lo buscaba a él para que le diese un abrazo...sentía miedo. Robert solo podía reconfortarlo con palabras, era solo un niño, igual que él.
- ¿Que ha soñado esta vez?_ pregunto con su ceño fruncido.
- No quiso decirnos, Mark lo estuvo molestando, pero no hablo. Hermano, se quedo mudo mirándonos asustado.
- Richard, debes entender que algo sucede con Sam en esos momentos.
- Lo sé, pero es que...me ha dado miedo_ susurro con pesar. Su hermano lo abrazo por su cintura y beso su cabeza tal como lo hacía su padre.
- Solo debemos apoyarlo. ¿Somos un cuadro, recuerdas?
Richard sonrió asistiendo, colocando a su misma vez sus cuatro dedos, índice y pulgar de cada mano haciendo una especie de cuadro.
- Exacto, en el centro esta papá y mamá a quienes protegemos...
- Y los llenamos de amor..._ completo Richard sonriendo enorme.
Robert contemplo a su hermano menor quien había cumplido sus seis años, aquel seria un hombre inteligente, ya su mente era mucho más desarrollada que todos los demás. Era bondadoso, a veces autoritario, pero más que todo era un líder en todo el sentido de la palabra, le gustaba idear las trampas para los conejos, le encantaba el ajedrez un juego que solo su padre lo dominaba, los demás por flojera no le daban pie a nada de eso. Richard era ese milagro que había llegado a la familia, el complemento perfecto.
Y él, Robert, estaba orgulloso de toda su familia. Eran su vida.
Tenía sueños, deseaba ser abogado, y aunque sabía que era algo efímero, pues se le iba entre sus dedos esa posibilidad. Pensaba que su fantasía de ser un profesional, no dañaría a nadie. Richard lo sabía, su hermanito era más que su sangre, era su complemento justo. Aquel pequeño sabía gran parte de sus miedos y anhelos. Es que estar en aquel sitio donde solo estaban ellos y el campo, debía contarle algo a alguien. Su hermanito era perfecto, leal y comprensivo.
Estaban llegando a la cerca que rodeaba su casa cuando apoyo su mentón a la cabeza de su hermano. Suspiro y sonrió a la vez.
- Te quiero, Richard. Jamás lo olvides.
Richard extrañado levanto su mirada, y sonrió ante la sonrisa de su hermano. Asistió y estuvo por responder justamente cuando su madre lo interrumpió, llamándolos a todo pulmón pidiendo que entraran para comer el almuerzo. Sara estaba con un delantal secando sus manos. Robert se bajo rápido y ayudo a Richard, quien se deslizo hacia el suelo.
- ¿Richard que te ha pasado? ¿Porque has corrido detrás del auto que llevaba a tu padre?
Aquel se escudo detrás de su hermano, quien soltó una risita por lo bajo ante el inminente regaño de su madre. Se acerco a ella y la abrazo, había cabellos plateados que adornaban algunos mechones oscuros de su cabello.
- ¡vamos mamá! Solo quería despedirse del viejo_ dijo con despreocupación mientras llenaba de besos sus mejillas, aquella solo empezó a reír.
- Te conozco hijo, estas dándole vueltas al asunto.
- ¿Funciona?_ pregunto riendo al saberse descubierto.
- Un poco...pero a ti_ señalo al menor_ no te perderé de vista, señorito.
- Lo lamento, mamá_ murmuro Richard medio arrepentido. Sara blanqueo sus ojos sabiendo que no lo estaba, sin embargo, beso las frentes de ambos.
- Vamos a comer...aunque, ¿podrías llamar a Mark?
- ¿Está jugando?_ pregunto Richard rápidamente y su madre asistió. Aquellos tenían unos soldaditos en un claro a solo unos metros del hogar, allí era donde jugaban. Corriendo el menor fue a buscarlo.
- No lo regañes, solo está preocupado por papá_ susurro Roberto viendo como Richard iba lejos. Su madre asistió.
- Incluso yo lo estoy, sabes que no quería que tu padre fuera a la ciudad.
- Lo sé, mamá.
Ambos se miraron y Sara acaricio la mejilla de su muchacho, quien estaba ganando fracciones de hombre. Era tan solo ayer cuando lo sostenía entre sus brazos. Había crecido demasiado rápido para su gusto. Estuvo unos segundos contemplando y absorbiendo aquel rostro cuando escucho un sonido que hizo volar todos los pájaros que estaban entre los arboles del terreno vecino.
- ¡Rayos! ¡Cazadores!
Exclamo Robert molesto. Era temporada de venados y aquello estaba plagado de hombres que cazaban, mas estaba prohibido cazar en aquellos terrenos. Corriendo el muchacho se lanzo encima del caballo y antes de irse a galope, grito a su madre:
- ¡Todos adentro! ¡Voy por Don Jorge!
La mujer lo llamo preocupada, pero su muchacho ya iba a todo galope internándose entre los árboles. Don Jorge era el hombre con más rango en aquellos lares, había sido militar y tenía tantas armas como para defender a todos, además era un señor de respeto y dinero.
Sara no supo como hizo, pero en unos minutos ya tenía a todos sus hijos dentro de su humilde casa. Sam no dejaba de mirar por la ventana y ella estaba preocupada pues el muchachito estaba pálido, le pregunto varias veces si sentía algo, pero el solo preguntaba ¿cuando vendría Robert?, cosa que ni ella sabía. Perdió la noción de tiempo, pero la comida del almuerzo se enfrió y sus hijos terminaron metiéndose entre sus brazos. Ella sintió una opresión en su pecho, y un desespero enorme, su corazón pálpito más de la cuenta y el aliento le estuvo faltando en grandes cantidades.
Algo estaba mal. Lo sentía.
Escucho un relinchido y los cascos de un caballo y se lanzó sobre la puerta. La abrió con desespero mientras sus hijos se deslizaban hacia afuera. Ciertamente el caballo de Robert venia galopando desbocado, pero estaba sin jinete y una hilera de polvo lo envolvía.
Sam fue el primero en gritar el nombre de su hermano y aquel grito desgarro el corazón de Sara.
- ¡Robert! ¡Hermano!
El caballo se paro en las patas traseras al ser detenido por Sam quien gritaba el nombre de su hermano mientras corría a su encuentro, aquel animal con un relinchido se movió a un lado, desprendiendo del estribo un peso que era arrastrado.
Para horror de Sara aquel era su hijo.
Corrió sin fuerzas al bulto que en el suelo se medio movía convulsionando bocanadas de sangre. Un lado de la cara de su hijo estaba desfigurada, llena de tierra y bañado de rojo carmesí debido al arrastre, un charco de sangre se formo sobre el suelo con mucha rapidez. Ella se agacho para tocar el cuello de Robert y sentir su débil pulso, que se hacía más débil con cada segundo que pasaba.
- ¿Hermano?_ susurro Sam gateando hasta ellos. El caballo lo tenía aferrado Mark, quien apretaba a Richard de la mano. Estaban pálidos, mirando aquella escena.
- ¿Están bien?_ susurró Robert botando sangre de su boca con cada palabra.
- Por supuesto que estamos bien_ dijo Sam, debido a que su madre estaba muda simplemente acariciando la frente de su muchacho con esmero, parecía que no notara el estado crítico del chico_ debes quedarte quieto, iré por...por papá_ tartamudeo asustado.
Robert le dio una pequeña sonrisa, esa sonrisa de que no iba a ser posible y entonces su rostro se relajó como si se estuviera durmiendo. Sus ojos fueron cerrándose lentamente y su boca quedo abierta como intentando decir algo más. Sara lo sacudió.
- ¿Robert? ¿Bebé?_ lloró ella.
Sam se sentó sobre sus rodillas tocando su frente con la palma de su mano. Apretó sus ojos con fuerza mientras lágrimas se rodaron por sus mejillas. Levantó la mirada hacia su madre y aquella se fue hacia adelante sosteniendo la camisa destrozada de su hijo mayor.
- ¡Oh, Dios no! Por favor, ¡por favor, no!
Richard y Mark se acercaron a su madre con lágrimas comenzando a rodar por sus rostros, acariciando su espalda, sin saber que más hacer.
- ¡Robert, despierta!_ gritó Sara desgarrando el silencio_ ¡Dios! ¡Haz algo!
- Se ha ido_ dijo Sam sollozando.
Todos lloraron, mientras Sara mecía a su hijo y cepillaba el cabello ensangrentado. Ella soltó la combinación de un gemido, gruñido, y grito, un sonido de pura rabia y devastación, un sonido que sólo una madre que ha perdido a un hijo podría hacer. Su corazón estaba fragmentado lleno de dolor, desesperación y soledad.
Alguien llego a su lado, eran hombres que fueron atraídos por los gritos.
- ¡NO!_ lloriqueo Sara cuando trataron de alejarla de su hijo muerto, aquellos solo querían ayudar, comprobar el estado del muchacho_ ¡No!_ grito con fuerza, mientras se aferraba a su hijo como si con aquello le devolvería el aliento de vida.
Con la muerte de Robert empezó el inicio de aquel ciclo que no tendría fin para la vida de Guillermo y de todo aquel que lo rodeaba. Una maldición que cayó sobre todas las cabezas para empañar su felicidad. Los niños contemplaron que su hermano jamás estaría a su lado. Se había ido, para siempre.
