Después de aquello, el demonio había sido erradicado, pero quién sabía que lo que vendría, sería mucho peor. Jamás perdonaré aquellos que me golpeen con toda su furia, porque: la violencia es el miedo a los ideales de los demás.
K.
Cinco años más tarde.
La violencia es el miedo a los ideales de los demás.
Mahatma Gandhi (Político y pensador indio).
20 de Junio
"Vuelve pronto a casa y trae a todos. Os esperamos". Kyooi frunció el ceño. Que su madre le enviara un mensaje como ese nunca era algo bueno. Saltarse el club en realidad tampoco era tanta mala idea, cuando estaba lloviendo de esa manera tan torrencial, como en cada junio y él ni siquiera tenía ganas de hacer un par de estiramientos. Se acercó a Kotarou, su compañero de club con el que estaba yendo en ese momento y le mostró el mensaje sin decir nada. Kotarou afirmó con la cabeza y le envió un mensaje a Yuna, que estaba en otra clase y a Takuma quien estaba seguramente yéndose a casa. Encontrándose a otros del club en ese momento, les dijeron que ese día no podrían ir y echaron a correr hacia fuera del instituto.
En cuanto llegaron al edificio de veinte plantas, los cuatro estaban chorreando del agua de la lluvia. Al entrar en el último piso, pasando por la pequeña entrada que solo llevaba a una puerta, y al salir del ascensor, les esperaba un olor a galletas acabadas de hornear y a té caliente, que les hizo sonreír a todos. Yuki, sin esperar un solo instante les pasó una toalla a todos en cuanto escuchó el pitido que hacía la puerta al abrirse, después de que Tetsuya pusiera el código de seguridad, en el panel de al lado de la puerta. Lo primero que siempre había llamado la atención a todos al entrar, era el techo de piscina que había encima de sus cabezas, que pertenecía al piso superior de la misma casa de Tetsuya, Yuki y Kyooi. Lo siguiente que llamaba la atención era que todas las paredes que daban al exterior del edificio eran cristales que daban una espectacular vista a Tokio, mientras que las demás paredes eran de color blanco puro. A la derecha había un sofá con 'chaise long' de color negro con una mesa pequeña delante del mismo color, y un televisor de pantalla plana al otro lado de la pequeña mesa. A la pared al lado de la puerta, había un mueble de color blanco en forma de libro abierto, llena desde arriba hasta casi tocar al suelo de estantes llenos de libros y otro mueble en forma de lomo de libro antiguo de color negro, con filigranas plateadas y apoyado en diagonal al blanco, también con las estanterías en horizontal llenas de libros. El resto de la pared eran cubículos de color negro con objetos de decoración, algún que otro libro y algún retrato de la familia. Al lado del estante en forma de lomo de libro, había unas escaleras en forma de espiral que llevaban al piso superior, que tenían a su alrededor un tobogán para bajar desde el piso de arriba y al otro lado de la puerta había la parte del comedor: la cocina de color negro y con los electrodomésticos de color plateado; en el centro había una isla de color negro y elevado, con un zócalo de color plateado; alrededor de la isla había seis taburetes altos, de color negro y hierro plateado. A la izquierda había una puerta, que llevaba a una habitación con solo un escritorio e insonorizada, porque allí era en dónde Tetsuya escribía sus canciones y practicaba sus melodías. En el piso superior, había un pequeño pasillo, con un cuadro de una salida del sol en el horizonte, y cuatro puertas. La primera, llevaba a la piscina exterior, descubierta, que podía taparse y convertirse en climatizada; y el suelo de la piscina daba al pasillo del piso de abajo. La segunda, llevaba a otro baño, idéntico y tan moderno como el del piso inferior. La tercera puerta, llevaba a la habitación de Yuki y Tetsuya, solo con una cama de matrimonio cuadrada, en que la madera casi tocaba al suelo, un armario de color negro y dos mesitas de noche a cada lado de la cama, con marcos de fotos digitales que iban cambiando cada cuatro segundos; las paredes de la habitación eran blancas y, las que daban al exterior, incluido el techo, eran de cristal dejando ver el cielo y la ciudad de Tokio con perfecta claridad. La última puerta, llevaba a la habitación de Kyooi, con el techo cubierto de blanco y muy parecida a la de sus padres, solo que con una cama individual un poco ancha.
Ellos se secaron mientras veían a Asami y a Mamoru cogidos de las manos y sentados en la mesa, con una mirada sombría. Te-chan estaba delante de ellos susurrando en un hilo de voz palabras tranquilizadoras. Kyooi, con once años, corrió hacia ellos para saber lo que sucedía, puesto que no veía a Kazuki por ningún sitio y eso siempre era una mala señal.
— ¿Qué ha sucedido? —preguntó asustado.
— Siéntate, Kyooi —le pidió su madre acercándose hacia ellos mientras los demás se sentaban en las sillas vacías que había alrededor de las galletas.
— Kazuki ha huído —susurró Asami en un hilo de voz—. Ya no sabemos qué hacer con ese chico.
— Necesitamos vuestra ayuda, chicos —pidió Mamoru bajando su cabeza.
— ¿Pero qué ha sucedido? —preguntó Takuma preocupado.
— Se ha ido con una banda —susurró Asami intentando controlar un sollozo.
— No sabía que en Osaka también hubiera bandas —Kyooi miró a Takuma que afirmó con la cabeza—. ¿Y qué podemos hacer nosotros?
— Hasta ahora a vosotros os hace más caso que a nosotros —susurró Asami—. Teníamos planeado volver a Tokio, para ver si podíamos apartarlo de esto. Pero él desapareció enojado cuando le dije que íbamos a hacerlo. No pudimos detenerlo.
— En realidad ya no sé qué más hacer para detener a Kazuki —añadió Mamoru—. Jamás pensé que podríamos llegar a este punto.
—Bueno, las situaciones os afectaron a todos en realidad —Kyooi suspiró largamente y luego continuó hablando—. Creo que Kazuki en estos momentos necesita que alguien lo detenga. ¿Entonces podemos saltarnos las clases mamá? —miró a Yuki sonriendo—. ¿Nos estás dando permiso para ello?
— Claro, pero luego pienso hacerte un examen de todo —Yuki sonrió con frialdad.
— Oh, vamos —Kyooi levantó sus manos en forma de queja, pero las bajó para mirar a sus compañeros, que sonreían igual que él—. ¿Nos vamos a Osaka?
— Vamos a Osaka —Yuna afirmó con la cabeza.
— Ese idiota va a enterarse —Takuma afirmó con la cabeza.
— Pero, ¿sabéis en dónde puede estar? —Kotarou frunció el ceño y miró primero a Asami y luego a Mamoru.
— Hemos mirado en todos los sitios en los que normalmente está, pero no lo hemos encontrado y la gente que frecuenta esos lugares tampoco lo ha visto por allí. Ya lleva dos días desaparecido y la policía sigue buscándolo —Mamoru respondió apretando con fuerza la mano de Asami—. No queremos preocupar a nuestras familias, pero a este paso vamos a tener que informarles de todo.
— Lo encontraremos —Yuna se levantó afirmando con la cabeza—. Voy a prepararme.
— Tomad —Yulo les dio cuatro pasajes de avión de ida a Osaka para esa misma noche—. Alumi os encontrará en el aeropuerto.
— Nos encontramos en el aeropuerto en una hora —dijo Takuma una vez revisó la fecha del avión.
— Recibido —dijeron los demás.
Kyooi subió corriendo las escaleras de la casa, para irse a preparar las cosas, mientras que los otros tres jóvenes salían de la casa a pasos rápidos.
— Bueno, veo que os estáis rindiendo con facilidad, chicos —susurró Yuki en un hilo de voz, justo después de que los chicos cerraran la puerta—. ¿Qué sucede?
— Cada vez que intentamos hablar con él, nos echa las culpas de la muerte de Kizuna —susurró Mamoru—. Claro que todo aquello fue nuestra culpa, pero nos duele que nos lo repita constantemente.
— Bueno, en esta edad, tienden a echar las culpas a otros de lo que ellos mismos tienen —susurró Yuki—. Aunque no creo que él sea consciente de que se está culpando a sí mismo —Yuki se sentó en una de las sillas y los miró sonriendo—. Hey, en serio. Entiendo que ahora Mamoru sea un informático de una de las empresas más usadas en todo Japón, y vale que Asami esté trabajando en el staff de la televisión principal de Osaka; pero creo que podríais esforzaros más para encontrarlo, chicos.
— Cuando Kazuki no quiere que le encontremos, se atreve a usar nuestra mente en nuestra contra —Mamoru forzó su mejor sonrisa. Las bolsas en sus ojos, le decían que estaba cansado.
— Tengo una idea —Yuki chocó sus manos y las juntó contra sus labios sonriendo—. El piso de abajo está vacío, y en realidad, el gerente nos dijo que no valía tanto como el nuestro. ¿Qué os parece si os mudáis aquí? Así Kazuki estará cerca de Kyooi y quizás él pueda hacer que vuestro hijo vuelva a ser el de antes.
— No queremos molestar a nadie, Yuki —susurró Mamoru.
— Tan solo queremos sobrevivir —añadió Asami.
— Lleváis sobreviviendo desde que Kizuna y Kira murieron —dijo Yuki mirándolos con tristeza. La pareja hizo una mueca de dolor—. ¿No sería hora de que empezarais a perdonaros y a volver a ser felices de una vez?
— Pero…
— De verdad. Lleváis medio ignorándonos demasiado tiempo. Solo nos dejáis veros por el cumpleaños de Kazuki —Yuki se encogió de hombros—. Es hora de que volváis y nos dejéis ayudaros, chicos. Sabéis que si fuera una molestia, de verdad que no os lo estaría ni diciendo. Puesto que es un malgasto de saliva, esto.
Mamoru y Asami se miraron y sonrieron con tristeza para luego volver a mirarla.
— No podemos ser felices, Yuki —susurró Asami.
— Habéis estado demasiado tiempo castigándoos por lo de Kizuna y Kira —Yuki suspiró—. Ya es hora de que os levantéis ese castigo. Así que si no aceptáis esto, haré que Hiro y Takeshi vengan a secuestraros y a obligaros a venir aquí debajo —Yuki señaló a sus pies—. Solo tenéis dos opciones: o venir, o venir.
— Tus opciones no son válidas —susurró Mamoru.
— Te obligaré a ello —respondió Yuki sonriendo—. No me obligues a poner en marcha mi mejor arma —añadió señalando hacia Te-chan.
— Está bien, está bien —Mamoru levantó las manos al aire. Sabía que con él insistiendo seguro terminarían con dolor de cabeza—. Pero…
— No te preocupes, todo saldrá bien —Yuki le guiñó un ojo—. Porque si Kazuki se recupera, de seguro que vosotros lo podréis hacer también. Además, ¿sabéis que vuestros padres os echan de menos a cada caso que hay en la ciudad?
— ¿Nos lo dices como policía o como ciudadana? —Asami frunció el ceño.
Yuki se rio, mientras Kyooi bajaba las escaleras, habiéndose cambiado de ropa y con una mochila en su hombro.
— Nos vemos en cuanto lo tengamos de nuevo —Kyooi le dio un beso en la mejilla a su madre y salió corriendo de la casa.
— Oye, ¿le has…? —se calló al ver que el chico ya no la escuchaba. Se encogió de hombros y sonrió hacia Mamoru y Asami—. ¿Os quedáis a dormir? En cuanto lo lleven podéis hacer los papeles —Yuki señaló hacia la habitación insonorizada—. Tenemos una habitación libre.
— Claro —dijeron los dos después de mirarse entre ellos.
— Bien —Yuki sonrió y afirmó con la cabeza mientras por debajo de la mesa escribía un mensaje rápido.
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— ¡Cierra este dichoso teléfono de una vez! —gritó Takeshi con fuerza.
— Cállate, idiota —Sara rodó los ojos y entró en la habitación—. Que hayas tenido que trabajar de noche no te da derecho a gritarme de ese modo —la chica cogió el teléfono. Estaba llegando tarde a trabajar, pero podría usar un poco de los restos que le quedaban de sus poderes para ir más rápido y así no tener que salir más temprano. Miró a la pantalla y sonrió tristemente. Hacía ya mucho que esperaba eso—. Es de Ice.
— ¿Qué le pasa a esa de golpe? —Takeshi se giró en la oscuridad de la habitación para intentar seguir durmiendo.
— Míralo tú mismo… —Sara le puso la pantalla brillando delante de su cara. Él abrió un ojo para ver lo que había en la pantalla. Su cerebro tardó veinte segundos en entender lo que esas palabras significaban. Hattori Mamoru y Asami habían vuelto a la ciudad. Takeshi se incorporó de golpe—. Tengo que irme, pero te llevo a casa de Yuki con Tooichi, si te va bien y luego me cuentas.
— Sí —Takeshi se levantó rápidamente de la cama y cogió sus cosas.
Al salir de la oscura habitación, Takeshi observó a su hijo de diez años. Como siempre su pelo rojizo y corto era lo primero que le llamaba la atención de él. Luego su vestimenta de príncipe de películas antiguas, de color rojo y negro, que había querido heredar de su madre, por último, lo que más llamaba la atención, sobre todo cuando los miraba, era su parche en el ojo derecho, cubriendo su ojo mágico del resto de humanos. Con solo afirmar con la cabeza, Tooichi sonrió sabiendo que iban a salir.
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Akira suspiró resignado. Su hermana estaba haciendo cosas que no tocaban. Dejó el teléfono a un lado y siguió atendiendo a los clientes que estaban en recepción. Hizo su mejor sonrisa y le hizo señas a su madre para que se acercara.
— ¿Todo bien Akira?
— ¿Podrías acompañarles a su habitación, por favor? Estoy esperando a que Chieko venga con los del aeropuerto —sonrió.
— Claro —su madre hizo su mejor sonrisa también y le hizo señas a la pareja para que la siguieran—. Por aquí, por favor.
Akira cogió su teléfono y observó en la pantalla. Una frase que Chieko estaba celebrando en esos momentos. Arqueó una ceja mientras leía y al acto gritó. Su madre se giró con una mirada fulminante.
— Ha-Ha-Ha-Ha-Hatto-Hattori —el chico señaló el teléfono haciendo que su madre se acercara a ver.
— ¿Pero tú te crees que debes de gritar de esa manera? —Sonoko le cogió el teléfono de la mano y lo observó. Akira afirmó con la cabeza, asustado, cuando su madre lo miró. Sonoko sonrió. Su hijo había palidecido tanto que parecía estar a punto de desfallecer—. ¿Quieres tranquilizarte, Akira? —el chico negó con la cabeza. Notaba sus manos temblar—. Makoto —Sonoko tiró del chico hacia el restaurante, dónde Makoto estaba preparando la comida para servirla a mediodía.
— ¿Qué le ocurre? —preguntó el hombre acercándose asustado.
— Ha visto fantasmas —Sonoko sonrió mostrándole la pantalla.
— Oh, están en Tokio —Makoto sonrió tiernamente hacia su mujer.
— Creo que voy a cogerte esta información, Akira —Sonoko cogió su teléfono y escribió el mensaje rápidamente. Sabía lo que debía de hacer con ella.
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Aiko rodó los ojos aburrida. Llevaba toda la noche con dolor de cabeza y estar en la sala de sucesos con tantos periodistas ruidosos, le dolía aún más. Ni siquiera tenía ganas de leer el mensaje que acababan de enviarle al teléfono. ¿Por qué Yuki le enviaría un mensaje ahora? Hacía mucho tiempo que no se veía con todos ellos, incluso hacía ya cinco años que se había alejado de Akira. De vez en cuando se veían por la calle, pero solo se saludaban con la cabeza sin intercambiar palabras. ¿Por qué un mensaje ahora? Decidió no prestarle atención y fijarse de nuevo en la pantalla de su ordenador. Necesitaba aire. Apoyó su cabeza en la mesa con pereza y cogió el teléfono. Se levantó y decidió ir a la terraza del edificio. En cuanto estuviera allí leería el mensaje de ella.
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Concentración. Necesitaba más concentración. Dejó ir un poco de aire mientras seguía intentando arreglar ese maldito desastre. Ya que a su hermano le había salido tan perfecto, él tenía que intentarlo con todo lo que tenía, ¿pero cómo había podido olvidarse de cerrar el tapón ese? Limpiar su lugar de actuación era primordial, pero encontrarse con que el agua salía de repente y él se quedaba encerrado era algo que no le iba a hacer ningún bien. Concentración. Concentración. Concentra… golpes al cristal. Abrió los ojos y miró hacia delante.
— ¡Hiro! —la voz de la chica seguía llamándolo, pero él solo podía leer sus labios. Ella le mostró el teléfono. Tenía un mensaje de Chieko y otro de Yuki.
Decidió ir a la parte rápida. Le hizo señas con los dedos para que abriera la parte de arriba y la chica subió por la escalera para abrir. Se empujó hacia arriba y salió.
— ¿Se puede saber qué haces?
— Ahhhhhh… aire… —Hiro se apoyó en el lugar—. Cierra el grifo de una vez —se quejó—. Me olvidé de cerrarlo y se me cerró la compuerta, no podía salir.
— Tú eres tonto… —la chica se rio levemente—. Tu mujer te ha enviado un mensaje. ¿Te lo leo?
— Pásame una toalla y deja de reírte de mí —el chico salió del bidón mientras ella cerraba el grifo.
Ella le tiró el teléfono y una toalla. Él lo cogió al aire y se sentó en la escalera para acceder al tanque de agua para hacer trucos de magia.
— Está bien, ¿qué quiere ahora? Seguro que no puede ir a buscar a Tsuki y a Umi ella y debo de hacerlo yo…
— No te quejes. Tus hijas son un encanto —sonrió ella.
— Sí, pero cuando tienen problemas solo vienen a mí —Hiro sonrió—. ¿Por qué no puede ser por diversión cuando vienen a…?
Ella se rio mientras él se levantaba asustado. ¿Qué significaba eso? Takeshi había respondido al mensaje de Yuki también: '¡Están en Tokio! ¿Quién quiere perseguirlos?'. Hiro sonrió. Se dejó la toalla al lado del cuello y saltó del escenario de magia hacia abajo. Tenía que correr para encontrarse con ellos y darle un puntapié a ese par de idiotas que se fueron sin decirles nada más que: no me sigáis, no quiero veros más.
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— Hey, Anzai, ¿viste esto? —Irie Renzo se acercó corriendo al restaurante en donde el chico trabajaba. Lo vio en la terraza sirviendo a alguien.
— ¿El qué? —Makoto levantó la vista hacia él con un suspiro. Le gustaba trabajar allí, pero ya llevaba cuatro horas de pie y le dolían los pies.
— Esto… —Irie le puso el teléfono debajo de la nariz.
— Lo siento llevo todo el día a tope, no pude coger el telé… ¡¿Hattori Mamoru ha vuelto a la ciudad?!
— Exactamente esto. Nos vamos a buscarlo, ¿te vienes? —Irie sonrió. Sabía que el chico jamás rehusaría una oferta como esa, al fin y al cabo era uno de los mayores fans del chico.
— Por supuesto. ¿No iríais a ir sin mí, verdad? —Makoto se quitó el delantal y entró unos segundos a dentro—. ¡Jefe! ¡Tengo que irme!
— ¡¿A dónde vas?!
— ¡A buscar a mi amor platónico de nuevo! —serió él levantando la mano—. Lo siento, el deber como amigo me llama de nuevo.
— ¡Vuelve aquí, loco acabado!
— ¡Ni lo sueñe! —Makoto entró detrás del mostrador y se acercó a su taquilla, cogiendo sus cosas—. ¡Tengo algo más importante!
— ¡Entonces no vuelvas! —gritó el propietario.
— ¡Me va a echar de menos! ¡Se lo garantizo! —gritó él saliendo por la puerta—. ¡Vámonos a buscar a ese idiota!
— Estás como una cabra —se rio Renzo—. Por aquí…
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— Hey, tú, chico del pelo azul —Himitsu se giró a mirar al hombre—. Te necesitamos aquí con una urgencia y cierra este maldito teléfono de una vez.
— Sí, señor —Himitsu rodó los ojos. Ir cambiando de trabajo de un lado a otro era algo de lo que estaba harto, pero más harto estaba de seguir aguantando órdenes de la gente, fueran quiénes fueran. En esos momentos le gustaría poder trabajar solo para sí mismo, pero por el momento el trabajo de psicólogo no estaba tan bien remunerado. Y las pequeñas misiones del Programa aun daban menos dinero. Se sacó el teléfono del bolsillo y observó la pantalla. Una frase de su cuñada y varios mensajes de los demás. Tal vez necesitaran ayuda. Miró hacia su jefe, estaba señalando hacia un punto en concreto mientras les indicaba a todos lo que debían de hacer. No esperó a que se diera la vuelta. Le importaba poco lo que ese hombre podría enseñarle o lo que podría aprovecharse de él, puesto que ese hombre solo lo usaba de fontanero, y no para lo que él había ido a trabajar. Lo que acaba de ver le había sacado una buena sonrisa. Salió corriendo del lugar sin mirar atrás. Cuando hubo salido de allí dio un pequeño salto mientras se quitaba el casco protector que llevaba en su cabeza. No le importaba el trabajo, prefería ir a ver lo que ocurría.
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Chizuko rodó los ojos. Nao estaba cada día más insoportable y tener que ayudarlo en su restaurante la dejaba bastante enojada. Escuchó por sexta vez su teléfono sonar detrás, en la cocina. Tendría que ser algo urgente que le enviaran tantos mensajes. Miró hacia Nao que estaba sirviendo a otro cliente. Se sentó en la barra con cara de aburrida y el hombre le envió una mirada fulminante. Ella levantó sus brazos a modo de queja. Estaba haciendo eso sin cobrar, solo teniendo comida gratis y aún la explotaba de esa manera… ¿de qué iba el hombre? Miró un momento hacia Shinobu, de nueve años, que estaba haciendo sus deberes, sentado en una mesa del bar. Chizuko volvió a mirar a Nao, para ser subordinado de su padre, parecía que no tenía mucho miedo al cabeza del Clan Shiroma. Rodeó la barra sin hacerle caso y cogió su teléfono mientras se quitaba el delantal. Lo dejó encima de la barra y le dijo adiós con la mano a Nao mientras él se quejaba. El niño recogió con rapidez las cosas y salió con ella. Justo cuando salía, se tuvo que detener de golpe. Himitsu se había parado delante de ella a escasos centímetros. Lo miró con el ceño fruncido. ¿Qué ocurría? Él le mostró la imagen de su teléfono y ella sonrió. Luego se giró a Nao que seguía quejándose de que se fuera. Chizuko le dio un beso en la mejilla y un par de palmadas. ¿Para qué volver en el día de hoy?
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Yui rodó sus ojos. Esos chicos eran imposibles. ¿Es que ninguno de ellos trabajaba? Shouta volvió a entrar en el bar.
— ¿Puedes coger mi teléfono? Los amigos de mi hermana están empezando a agotarme.
— Oh, claro… —Shouta se acercó a ella y la rodeó por la cintura mientras le besaba detrás de su cabeza.
— Te lo digo en serio, voy a destruir el teléfono como no se callen —se quejó Yui.
— Vamos, sé un poco más comprensible —sonrió Shouta levemente—. Llevan demasiado tiempo callados y separados, ¿no crees?
— Porque fueron idiotas —respondió Yui. Otro mensaje—. ¿Lo ves?
— Vale, vale —Shouta sonrió y se giró para coger el teléfono, luego abrió el mensaje mientras se apoyaba en la barra, al lado de Yui—. Oh, deberías de ver esto.
— ¿Qué? —Yui lo fulminó con la mirada mientras Shouta le mostraba la primera frase—. Oh, Dios mío.
— ¡Hey, Chiharu-san! —Shouta gritó a la mujer que servía en el bar—. Regala la comida a estos señores y échalos en cuanto puedas, tenemos que irnos. Cierra el bar con llave.
— ¿A dónde? —preguntó Yui—. Ni siquiera sabes a dónde tenemos que ir.
— Tranquila, lo sabremos en seguida, porque estoy convencido de que Tetsuya no tardará en darnos la respuesta que Yuki no ha querido darnos —Shouta le acarició la mejilla—. De momento, vayamos a buscar a tus padres. Tenemos que unir a tu familia con los Hattori de nuevo, ¿no?
— Ah, envíale el mensaje a Drake, seguro le alegrará saber eso.
— Está bien —Shouta arqueó una ceja—. Pero que quede claro que sigue sin alegrarme de que pienses en ese tipo y además lo nombres por su nombre.
— ¿Prefieres que le llame Vineyard? —Yui se rio—. ¿Oh tal vez hijo de Vermouth?
— Prefiero Drake —Shouta se rio con ella—. Vamos, corre.
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Drake se paró justo encima de la roca y observó el paisaje. Casi 2000 metros de altitud, por encima de las nubes. No hubiera día en que siguiera sorprendiéndole esas vistas tan hermosas del planeta. Estar cada día escalando montañas le mantenía suficientemente quieto como para no pensar en otras cosas. Sacó su teléfono de su bolsillo e hizo su foto del día, dándose cuenta de que tenía un mensaje de Yui. Abrió el mensaje y sonrió, devolviéndole una respuesta: 'no puedo ir a ayudaros, pero me alegro de que se arreglen las cosas. Buena suerte Yui'.
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Unas horas más tarde…
— ¿Entonces? ¿Me quieres? —preguntó ella con una sonrisa tímida.
— Sí, claro —él le devolvió una sonrisa falsa, que ella ni siquiera pudo descifrar. Pasar el rato con una chica podía ser la manera más rápida de matar el tiempo y si además conseguía llevársela a la cama, ¿por qué no aprovechar la situación? No hacía falta decir la verdad, ni tan solo decir las palabras, si ella entendía lo que su mente quería oír, haría que él saliera ganando—. Oye, ¿por qué no nos vamos a tu casa? —preguntó finalmente mientras su mano se metía por debajo del jersey de ella, en su espalda. La piel suave de la chica le hacía querer tocar aún más. Pero debía de ser un galán y aguantar hasta que ella aceptara y si no aceptaba esa noche, entonces se buscaría a otra, puesto que por su cara bonita, muchas caían por él.
— ¡¿PERO SERÁ POSIBLE?! —una voz chillona se escuchó por toda la calle. Él se giró a mirarla. Los ojos medio azulados y medio verdosos de la chica lo miraron con enfado. Ella se había atado la mitad de su pelo en una coleta y el resto lo había dejado suelto, haciendo que el viento moviera una marea de marrón oscuro. Rodó los ojos y volvió a mirar a la chica que había conseguido acorralar, la besó en la mejilla y cuando iba a decir algo, la chica volvió a gritar—. ¡Pero bueno, Kazuki! ¡¿Yo estaba preocupada por ti y resulta que tú estás siéndome infiel con otra?! —un golpe en su nuca hizo que se apartara de la chica que ahora lo miraba con miedo y enojada.
— Ni siquiera te conozco —respondió él arqueando una ceja.
— ¡¿Pero qué…?! —Yuna cruzó sus brazos con enfado y luego miró detrás de sí—. ¡¿Vosotros habéis visto eso?!
— Hattori te hemos dicho miles de veces que no hagas enojar a Yuna —suspiró Kyooi con cansancio—. Si Yuna se enoja, todos terminamos perdiendo.
— ¿Yuna? —Kazuki levantó las cejas con sorpresa—. Oh… así que sois vosotros.
— ¿A qué viene esa voz cuando hemos venido expresamente a verte? —preguntó Kotarou rodando los ojos.
— Bueno, hacía tantos años que no nos veíamos que me había olvidado de vosotros —Kazuki sonrió hacia ellos y luego miró a la pared. La chica había desaparecido. Chasqueó la lengua con frustración y luego se sacó un cigarrillo del bolsillo.
— ¿Qué haces? —preguntó Takuma parpadeando confundido.
— Acabáis de fastidiarme la noche, así que dejadme en paz —Kazuki prendió el cigarrillo y tiró el humo hacia ellos—. ¿Y? ¿Qué trae a unos pesados a interrumpir mi gran noche? —ninguno de ellos dijo nada, observando el humo que salía de su cigarrillo. Él finalmente se encogió de hombros y se giró para irse.
— ¿A dónde vas? —preguntó Alumi.
— A dar una vuelta —respondió él.
— Me parece increíble que tengas nuestra edad. Kazuki dame el mechero… —suspiró Takuma.
— Déjame en paz —el chico empezó a andar.
— Kazuki, por favor… —dijo Yuna con la intención de seguirlo, pero Kotarou sonrió poniendo una mano delante de ella. Kyooi salió detrás de Kazuki.
— Oye, tío —la jerga entre jóvenes jamás cambiaría cuando se trataba de gente rebelde y Kyooi la conocía muy bien—. Espero que estés seguro de esto…
— Déjame en paz —dijo Kazuki—. Si eres el típico hijo bueno, no necesito de tus consejos, ¿me oíste?
— No es por eso, solo quería darte una advertencia —Kyooi sonrió mientras ponía sus manos en los bolsillos del uniforme—. Por aquí, la gente que fuma no es tratada precisamente de héroe, porque saben que los que reciben más daño pulmonar son aquellos que están cerca de ellos. Por ese motivo, los que mejor caen son aquellos que saben decir que no a un cigarrillo. No vas a ligar más por fumar, ¿lo sabías?
— Si es esa tu advertencia puedes girarte y largarte —respondió Kazuki con la mirada fija al suelo—. Este no es vuestro sitio.
— Entonces allá tú —Kyooi sonrió mientras él se encogía de hombros y se detenía.
— Allá yo.
— Porque a la siguiente que intentes ligarte, volveremos a hacer lo mismo —Kyooi se cruzó de brazos y Kazuki se detuvo para mirarlo. ¿Estaba diciendo la verdad o simplemente era un engaño? ¿Pensaba realmente pasarse la noche persiguiéndolo? Frunció el ceño—. Oh, eso si te llama la atención, ¿verdad?
— Será tu funeral —respondió Kazuki.
— ¿Has sido entrenado para matar? —Kyooi sonrió—. Mi padre me ha enseñado esto también y además sé del cierto que una mujer, siempre tiene su corazón roto por cualquier otra mujer si su hombre es arrebatado. Yuna está dispuesta a hacer lo que sea para recuperarte, ya lo has visto. Así que te agradecería que tiraras ahora mismo el cigarrillo y vinieras con nosotros, para ahorrarnos tiempo y molestias.
— No eres capaz de hacerlo —respondió Kazuki con una ceja arqueada.
— ¿Estás seguro de eso? —Kyooi sonrió superficialmente y volvió con los demás. Takuma le envió una mirada interrogativa y él sonrió satisfecho.
— Asunto zanjado —dijo Takuma chocando la mano con Kyooi.
— Vas a tener que ser mi cómplice si quieres ayudarlo —susurró él en un hilo de voz hacia su prima, que solo ella pudo escuchar.
— ¿En qué? ¿En romperte los huesos por no hacer nada? —preguntó ella.
— ¿Por qué solo amenazáis vosotros? —Kyooi miró hacia delante de él por donde Kazuki estaba volviendo y lo vieron lanzar el cigarrillo al suelo—. Oh, qué lindo.
— ¿Lo decías en serio? —preguntó Kazuki.
— Jamás vas a saberlo ahora —respondió Kyooi alargándole un sobre.
— ¿Qué es eso? —preguntó Kazuki.
— Tu billete al infierno —respondió Alumi.
— ¿Billete? —Kazuki abrió el sobre y miró su interior: tan solo un billete de avión de ida hacia Tokio—. No pienso ir con ese par.
— Oye, tus padres ahora mismo están tan desesperados como para venir a suplicarnos que te ayudemos, así que mueve tu precioso culo hacia el aeropuerto y no me hagas tirar de tu oído —dijo Yuna cada vez más enojada.
— ¿AH? ¿Qué es lo que pasa contigo, mocosa? —preguntó Kazuki también enojado.
Yuna cogió el sobre y se lo dio a Takuma, para luego coger a Kazuki del oído y tirar de él.
— Te hemos dicho que cuando Yuna se enfada es peligrosa y tu no has querido hacernos caso, Kazuki —Takuma rodó los ojos mientras su primo se quejaba del tirón de orejas. Todos empezaron a seguir a Kazuki y a Yuna hacia el aeropuerto—. Si tiene que llevarlo así hasta el avión, Kazuki parecerá Dumbo —se rio.
Los otros se rieron con él. Kyooi finalmente suspiró con alivio: todo había ido bien por el momento. Tan solo tenían que volver con el vuelo y buscar un entretenimiento para él que lo hiciera olvidar todos sus malos recuerdos de cuando eran pequeños. Eso quizás sería lo más complicado, y aún más cuando Kazuki podía escaparse para volver a Osaka cuando él quisiera.
— ¿Y? —Kotarou interrumpió el breve silencio—. ¿Cómo narices lo hiciste?
— Encanto en mis amenazas, querido —Kyooi se cruzó de brazos y sonrió hacia él—. Vosotros solo amenazáis, yo cumplo mi palabra, y él lo sabe.
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En un lugar alejado de ellos y unas horas más tarde
Ella cerró la puerta de la habitación, asegurándose de no hacer ruido, puesto que a su fiel compañera le había costado mucho dormirse. Sin zapatos, recorrió el largo pasillo y oscuro hasta la salida, puesto que tampoco quería despertar a los demás. Se aseguró los zapatos al salir por la puerta y antes de cerrarla comprobó el interior. Sus ojos verdes se fijaron en una silueta que parecía que llevaba mucho tiempo esperando lo que ella estaba haciendo. El chico, vestido con ropa de calle se acercó a ella con mucho cuidado.
— ¿Qué haces? —preguntó sin molestarse en bajar la voz—. Te pido que no lo hagas.
— Oye, no es de tu incumbencia, así que vuelve a la cama —respondió ella con un tono de voz muy bajo.
— No creo que la pequeña esté satisfecha con lo que estás haciendo —dijo él.
— Oye Dasan, te pido que no te metas en mis asuntos —respondió ella—. Pienso irme tanto si vienes como si no —añadió al ver que el chico llevaba en su hombro una mochila igual que ella.
— Por supuesto iba a venir —respondió él saliendo.
— Cierra con llave —dijo ella yendo hacia el coche que los esperaba a fuera.
— ¿Para qué? —preguntó Dasan confundido.
— ¿Cómo que para qué? —preguntó ella—. Para que no los roben, por supuesto.
— Oh, creía que lo decías para que no supieran que nos habíamos ido —él sonrió y lo hizo—. Porque al fin y al cabo notarán en seguida que no estamos.
— Si ya estás, nos vamos —dijo ella rodando los ojos. Tratar con un niño de doce años, aunque ella tuviera tan solo uno de más, siempre había sido complicado para ella.
— Te sigo, hermana —sonrió él. Ella entró en la parte de delante del coche y dejó la mochila en sus pies. Él entró en la parte trasera y se sentó al medio, dejando la mochila a su lado—. ¿Y bien? —preguntó al cabo de un rato de silencio, mientras el coche se perdía por las calles de la ciudad—. ¿A dónde vamos?
— ¿Vienes y ni siquiera sabes a dónde? —preguntó ella girándose para mirarlo.
— Bueno, sé que esa gente se te ha comido el cerebro, pero tampoco sé exactamente en dónde es eso —sonrió él.
— Vamos a internarnos en ese lugar —respondió ella mirando de nuevo hacia delante.
— Sí, eso también lo suponía —respondió Dasan rodando los ojos.
— Vamos a la fábrica abandonada de textiles —respondió el conductor por primera vez. Su voz empezaba a ser grave, pero aún así se notaba que seguía siendo un adolescente.
— ¿En dónde encontraron la bomba? —preguntó Dasan con el ceño fruncido—. ¿Para que iba a ir mi hermana a un lugar de suicidio?
— Hace tiempo que fue desconectada la bomba —respondió ella—. Pero debo de encontrar algo allí.
— ¿El qué? —preguntó Dasan.
— Mi madre me dijo que podía encontrar las respuestas en algo que ellos tenían, así que por eso he decidido entrar al final.
— ¿Vas a entrar en una secta solo para encontrar algo que tu madre no quiere decirte? —preguntó Dasan frunciendo su nariz con enfado.
— ¿Secta? —el conductor frenó de golpe y se giró para mirarlo—. ¿Cómo te atreves a llamarlo secta? Somos una comunidad.
— No pienso dejar a mi hermana sola —dijo Dasan sonriendo—. Si me bajo yo, ella también.
Los ojos grises del conductor se posaron encima de él, mirándolo de arriba abajo, como escaneándolo.
— Así que es eso, ¿eh? —el conductor sonrió y volvió a arrancar el coche.
— ¿Es el qué? —Dasan sabía que lo había entendido, pero aún así no sabía callarse. Observó como el pelo rubio del conductor se movía por el pequeño aire que entraba por la ventana mientras él se ruborizaba y daba gracias a la oscuridad de que no se viera. Sí, lo reconocía: estaba enamorado de su hermana adoptiva, ¿qué había de malo en ello? Al fin y al cabo no tenían los mismos apellidos, porque sus padres les habían querido conservar el apellido—. Bueno, aún así… será un placer colaborar con vosotros. Mi nombre es Smith Dasan y tengo un hermano más pequeño que acabo de dejar atrás que se llama Daniel. ¿Y tú?
— Nathan —respondió él terminando la conversación.
— ¿Solo Nathan? —Dasan frunció el ceño—. Está bien, Nath —sonrió al ver que él no respondía—. Y por cierto, ¿tú no tienes la edad por conducir, cierto?
— Tengo quince años —respondió él—. Pero eso es lo bueno de que mi padre sea un político. Puedo hacer lo que me dé en gana porque él cubrirá mis espaldas.
— Oh…
— En realidad todos los que están allí, excepto nosotros tres son hijos de políticos, ¿no? —ella miró al conductor con una sonrisa y el conductor la miró sonriendo igual.
Dasan cruzó sus brazos entendiendo perfectamente lo que estaba sucediendo. Su hermana se había enamorado de ese tipo y era por eso que estaba yendo a ese lugar del que no podría volver a escapar. Y por ese motivo había dejado a su hermana pequeña, asustadiza, sola en esa casa con los demás que eran sus hermanos adoptivos.
— Yo soy como vosotros —informó Nathan—. Yo fui vendido por Ms. Blanchette a una familia de políticos que se habían quedado sin herencia. Pero seguí manteniendo el contacto con tu hermana y por eso nos conocemos.
— Oh… —Dasan hizo como que le importaba, pero en realidad le importaba poco como se hubieran conocido. Ese tipo tenía más suerte que él: vestía con esmoquin, conducía un Ferrari y tenía el amor de su amada. ¿Qué podía hacer él en realidad? No, no podía ser pesimista en esos momentos. Su padre adoptivo le había encargado la protección de su hermana, porque él sabía que no podría detenerla sin atarla en la casa, y por ese mismo motivo él había ido allí. Él la protegería y haría que esa chica de ojos verdes hundidos en un pozo sin fondo volviera a brillar, enamorándose de él. Jamás dejaría que ese tipo que estaba parando el coche de nuevo le hiciera daño a su querida mujer—. ¿Ya llegamos?
— Así es —su hermana salió del coche y él la siguió con rapidez, poniéndose a su lado.
La fábrica de paredes blancas y con grietas en todos sitios, tenía luz y parecía más animada que durante el día. Dasan suspiró largamente, dándose valor a sí mismo. Iba a entrar en un lugar del que no se podía salir para que ella pudiera estar bien. Cogió la mano de la chica, notando que estaba temblando. La miró. Su hermana lo miró asustada. Él sonrió para que ella entendiera que todo iba a ir bien. Pero si la información que ella buscaba estaba allí, eso también la haría feliz, ¿no era así como iban las cosas? Entraron cogidos de la mano. Un chico de dieciocho años y pelo rubio les dio la bienvenida con efusión. Él, con sus ojos azules, escrutó a los dos nuevos.
— ¿No era una chica solo? —dijo el chico mirando hacia Nathan que estaba entrando en esos momentos.
— Sí, pero su hermano se ha pegado a ella —respondió el de ojos grises que se encogió de hombros y se puso detrás de los cuatro que estaban en esa sala.
— Bueno —el chico sonrió ampliamente—. Mi nombre es Dean. Ellos son Chevelier —señaló a su lado, a un chico de pelo largo hasta media espalda de color negro y mirada profunda—, Leroy —señaló a su otro lado, en dónde había un chico musculado y moreno vestido de deporte y con el collar de un perro en su cuello—, y Travis —añadió señalando al lado de este, en dónde un chico afroamericano llevaba su pelo oscuro, medio rizado, de forma punk—. Si venís por aquí daremos inicio a nuestra prueba de entrada.
— Claro —la voz de su hermana estaba temblando, pero él apretó su mano para darle fuerza.
Ellos los guiaron hacia un lado de la fábrica, un poco alejada del resto. Pasando por en medio de jóvenes que hablaban animadamente, bebiendo alcohol y fumando algo que para él olía terriblemente mal. Dean se detuvo en una sala aislada de las demás, delante de un cubo lleno de fuego, con un palo sobresaliendo de él.
— Quemaros el brazo derecho con esto —dijo él sonriendo—. Si no gritáis estáis dentro.
Ella se giró rápidamente a mirar a Dasan. Él estaba tan sorprendido como ella. Pero aunque sus miradas se cruzaran, ella lo miró con miedo, preocupándose por él.
— Oye, si…
— Cierra el pico —Dasan la soltó y cogió el hierro. No iba a dejar que ella se echara atrás ahora. El chico de pelo negro llevaba una pistola, así que sabía que si no lo hacían ahora, estaban muertos—. ¿Está bien así? —añadió después de subirse la manga del jersey hacia arriba y poniendo el hierro ardiente en una posición.
— Al revés tiene que ser —respondió Dean sonriendo con malicia.
— Bien —Dasan cogió aire y lo soltó. Luego apretó el hierro ardiente contra su piel. Quemaba. Quemaba mucho. Sus ojos también ardían por el dolor, deseosos de dejar caer lágrimas. Pero aún así mordió su lengua y ni un solo gemido salió de su boca. Volvió a dejar el hierro en el cubo y volvió al lado de su hermana. Aquello podía llamarse algo peor que una secta. Ella lo miró preocupada y sorprendida—. ¿Qué? —preguntó él en un hilo de voz.
— Gracias —susurró ella parpadeando confundida.
— A ella se lo hago yo —dijo Nathan cogiendo el hierro.
— Como quieras —Dean sonrió de lado mirándolo y luego volvió a mirar a la chica. Ella se acercó a Nathan con miedo y levantó la manga de su brazo derecho. Él le cogió el brazo con brusquedad y clavó el hierro ardiente en ella. Ella apartó la mirada de su brazo. Dasan en esos momentos quería correr hacia ellos y hacerles el mismo daño que le estaban haciendo, pero si lo hacía, los sueños de su hermana terminarían rápido. Cuando Nathan la soltó, ella volvió a su lado y le cogió de la mano. Estaba temblando tanto que él quería abrazarla, pero las palabras del cabecilla de ese lugar, lo detuvieron de hacer cualquier cosa—. Bien, por nuestro Dios estáis dentro. A partir de ahora solo obedeceréis las órdenes de nuestro Dios —Dean levantó un libro rojo a la altura de sus ojos y sonrió. La mano de su hermana lo apretó con fuerza, dándole a entender que eso era lo que ella estaba buscando—. Cuando hayáis cumplido diez misiones, podréis acceder a una de las páginas, así que no tengáis prisa para verlo —añadió Dean al ver que los ojos de la chica estaban brillando de impaciencia.
Dasan tiró un poco de su mano para advertirla de que tuviera paciencia. Esperaba poder hacerlo rápido y huir cuanto antes. Sin saber que iban a pasar tres años antes de que ellos pudieran escapar, y después de que el dolor se apoderara de los dos corazones inocentes.
.
Ya había pasado una semana, y Kazuki seguía quejándose de su vida en Tokio, pero aun no se había atrevido a irse. Kyooi, Yuna y Kotarou lo obligaban a entrar en el club de baloncesto, algo que para él no estaba tan mal y Takuma lo obligaba a ir al de futbol, para terminar de rematar sus días de aburrimiento. De nuevo, Kyooi volvía junto a él y su padre, en un intento de ser amable con él. Ellos dos como siempre iban delante y Mamoru como siempre iba detrás. En todo el camino no habían intercambiado una sola palabra, algo raro en Kazuki, cuando entraron al edificio, fueron directos hacia el ascensor. Kyooi tan solo los miraba de reojo, intentando relajar el ambiente en cuanto Kazuki estallara de nuevo.
— Ya sé que es pedirte demasiado, tal vez, pero… —habló el chico finalmente—. Al menos intenta hacer ver que te importa.
— Aunque no lo parezca me importa —respondió Mamoru al ver que él golpeaba el botón del ascensor con el puño. ¿Cuánto odio llevaba dentro de sí? El joven se giró mirándolo con los ojos inundados en sangre.
— ¿Cómo te atreves a decir eso después de lo que hiciste? —lo cogió por el jersey con fuerza. Kyooi se apartó de ellos—. ¿Cómo te atreves?
— No te debo ninguna explicación a ti, solo eres un niño —Mamoru lo miró con indiferencia, mientras notaba la mano de él temblando de rabia contenida, cogido a su jersey. Iba a pegarlo, pero estaba dispuesto a recibir el golpe si así ellos podían perdonarlo.
— Hey, que viene alguien —dijo Kyooi cogiendo la mano de Kazuki para tranquilizarlo, sin darse cuenta de que ese alguien era su padre—. Por favor, tranquilo.
Él finalmente soltó a Mamoru empujándolo contra la pared. Tetsuya rodó los ojos al verlo y se quedó aparte observando con indiferencia el número que marcaba dónde estaba el ascensor. Parecía no importarle nada esa conversación.
— Te aseguro que no me arrepiento de mi decisión de entonces. No lo hice ahora y no lo haré nunca —respondió Mamoru, porque sabía a lo que él se refería y también sabía que no conseguiría calmarlo solo con palabras. Así que esperaba al menos hacerle entender lo que él quería que supiera. Él no dijo nada más mientras las puertas del ascensor se abrían. Todos subieron y Kyooi apretó los botones antes de que Kazuki volviera a golpearlos—. Kazuki en realidad no espero que me perdones —añadió Mamoru bajando la mirada al suelo.
— Perfecto, porque no pensaba hacerlo, viejo —respondió Kazuki de malos modales.
— Si no tienes un poco de respeto con los mayores, al menos deberías de tenerlo por tu padre, que gracias a él estás vivo —dijo Tetsuya mirando los números del piso que marcaba en el interior del ascensor.
— A mí no me das órdenes.
— ¡Kazuki basta! —interrumpió Kyooi—. Está bien que estés enojado con el mundo, pero la gente no tiene la culpa de ello. Intenta controlarte un poco.
Al llegar al piso que Mamoru y Asami habían comprado, Tetsuya y Kyooi, con una sola mirada en sus ojos decidieron bajarse también en el mismo piso y acompañarlos durante un rato. Al entrar, Yuki y Asami estaban a dentro, parando la mesa para más de tres personas. Kyooi frunció el ceño y miró a su madre.
— Oh, ya habéis llegado. Sentaros que vamos a comer —Yuki sonrió ampliamente.
— ¿Aquí? —preguntó Kazuki confundido, llevándose un golpe en la cabeza por parte de Tetsuya—. Oye, que aunque tuviera muchas ganas yo jamás te pegué —se quejó encarándolo.
— Eso va por muchas cosas —respondió él mientras Kazuki se alejaba hacia el lado de Kyooi, que se había sentado ya en la mesa, obediente.
— Papá, por favor, deja de pegar a las bellezas —dijo Kyooi—. Tienes una terrible manía en hacer eso…
— ¿Quieres que te pegue a ti también? —preguntó Tetsuya arqueando una ceja y levantando su puño hacia él.
— ¿Por qué lo pregunta? —preguntó el chico mirando hacia su madre—. Jamás lo ha preguntado, ¿por qué lo hace ahora?
— Cierto —Tetsuya lo golpeó en la cabeza también.
— Pero bueno —Yuki se puso al medio—. Deja de pegarles en la cabeza que los vas a volver tontos al final.
— ¿Más aún? —Mamoru se rio.
— ¿Quieres recibir tú también? —Tetsuya arqueó una ceja y sonrió con malicia—. Porque de ganas no me faltan, la verdad.
— Deja de comportarte tan violento con todo el mundo, ¿quieres? —Mamoru sonrió acercándose hacia él y puso sus manos en sus hombros para hacerle un masaje—. Relájate y tómate algo.
— No puedo relajarme con eso —Tetsuya lo miró con seriedad.
— No importa, al fin y al cabo es culpa nuestra por ser tan blandos —él sonrió forzadamente y Tetsuya arqueó una ceja.
— Dejádmelo un par de días y veréis como se le terminarán las ganas de trataros así —el cantante golpeó la palma de su mano con su puño y sonrió amenazante hacia Kazuki, que lo miró confundido.
— No importa, Te-chan —interrumpió Asami en un hilo de voz—. En realidad prefiero esto, porque significa que él está lleno de vitalidad.
— Pero a vosotros os está consumiendo —dijo Yuki sentándose en una silla.
— Papá dijo que se lo llevarían unos días, así que tampoco es tan malo —añadió Mamoru encogiéndose de hombros—. Si ellos pueden ayudarlo, entonces tal vez…
— Tranquilo viejo, que no harán cambiar mi manera de pensar —Kazuki sonrió amargamente.
— ¿Puedes dejar de llamarlo así? —Kyooi se encogió en medio de un escalofrío—. Da miedo.
— ¿Y cómo me refiero a él si no? —Kazuki arqueó una ceja mirándolo con indeferencia.
— ¿Cómo referirte a mí? —Mamoru sonrió—. Oh, dejáme ayudarte en eso: 'bonito y queridísimo padre' —Mamoru movió sus manos como si estuviera poniendo el titular de un periódico al aire.
— Mejor le añado un 'malvado y feo' al viejo —respondió Kazuki sonriendo con travesura hacia él.
Mamoru se rio con fuerza, haciendo que Asami lo mirara y sonriera.
— ¿Eso ha tenido gracia? —Kyooi miró a la madre que se rio con él.
— Bueno, hacía mucho que Kazuki no nos hablaba casi, así que eso tal vez sea la primera conversación normal que hayan tenido —respondió ella mirándolo con una sonrisa de alivio—. Kazuki es un buen chico, yo lo sé, pero aun con la ayuda de Himitsu-kun tampoco se ha recuperado de aquello.
— Ni vosotros lo habéis hecho, así que no hace falta que os sigáis culpando por ello, Asami —dijo Tetsuya con el ceño fruncido—. Por favor, recuperad vuestras sonrisas. Esto es doloroso.
— Lo siento, Te-chan —Asami sonrió con tristeza hacia él—. Pero gracias por preocuparte por nosotros de nuevo.
Por la noche, Shinichi y Heiji se presentaron puntuales en la casa, junto a Ran y Kazuha. Kazuki suspiró con amargura, tan solo de pensar que se pasaría dos días junto a sus abuelos, recibiendo sermones de cómo debía de comportarse. No era que culpara a nadie de la muerte de Kizuna en realidad: porque aquello había sido su culpa. Si él hubiera sido más grande, quizás la hubiera podido salvar y eso era lo único que había ocupado su mente todos esos años que habían pasado. Por ese mismo motivo había intentado comportarse como adulto desde entonces y había intentado ser el mejor para todo el mundo, pero eso lo había agotado tanto por dentro que ahora solo sabía comportarse así.
— Llévate bien, Kazuki —susurró Asami en un hilo de voz dándole su mejor sonrisa. Esa sonrisa hacía que Kazuki quisiera golpearse contra una pared con fuerza, y hacía que él por dentro se sintiera aún peor. Eso hacía que él estallara de nuevo, aunque quisiera controlar su ira. Jamás lo había conseguido.
— ¡No me des órdenes! —respondió Kazuki fulminándola con la mirada, aunque en realidad no era eso lo que quería decir. Shinichi iba a acercarse a Kazuki, enojado por como el chico trataba a su propia madre, pero Mamoru se acercó antes. Tenía terribles ganas de golpearlo pero aquello había sido también su culpa, así que precisamente por eso no merecía sus golpes. Kazuki intentó apartarse de él, pero él avanzó más rapido hacia delante que el joven hacia atrás, así que cerró los ojos esperando el golpe. Mamoru lo abrazó—. ¿Qué haces?
— Perdónanos a los dos. Sigo siendo tu padre —susurró él al oído del niño. Asami sonrió tristemente, sabía que Kazuki estaba deseando escuchar esas palabras—. Si estás sufriendo intentaré apaciguar tu dolor, pero ahora mismo ya no sé qué más hacer para que nos cuentes tu dolor —Mamoru se apartó y lo miró. Kazuki estaba completamente sorprendido—. Así que, por favor, sé bueno, ¿vale? Pensaré en otro modo de ayudarte, mientras tanto.
— Lo siento —susurró Kazuki bajando la mirada de nuevo.
Shinichi y Heiji se miraron y sonrieron con alivio.
— Vamos, Kazuki —dijo finalmente el moreno.
El joven sin despedirse salió de la casa con una mochila en sus hombros.
— Cuidaremos de él —Shinichi sonrió hacia los dos que miraban preocupados la espalda de su hijo—. Si sucede algo os llamamos, ¿vale?
— Gracias papá —susurró Asami.
— Tenéis tres días para normalizaros —Shinichi le guiñó un ojo a Asami—. No desaprovechéis esta oportunidad.
— Gracias —Mamoru sonrió mientras rodeaba con un brazo a Asami.
Espero que os haya gustado y hablamos en el siguiente capítulo! Dejad un poquito de quesito a este ratoncito: reviews please!
Próximo capítulo: 'Llega Kaki'.
