Disclaimer: todos los personajes pertenecen a J. K. Rowling
El callejón Diagon
Marlene había estado muy emocionada enseñando a su familia la fotografía de sus amigos en la Orden y había llegado a la conclusión, que había sido una excelente idea. Estaba pensando en enmarcarla y colgarla en el salón de la casa de sus padres, donde actualmente vivía, para recordar todos los buenos momentos entre amigos. Seguro que al finalizar la guerra, se sentiría muy orgullosa de todos ellos, no que no lo estuviera ya, pero tendría tiempo para pensar en eso.
Su madre irrumpió en la habitación, haciéndola sobresaltar.
—Nos vamos al callejón Diagon, ¿quieres venir?
Marlene no se lo hizo repetir dos veces, se levantó de un salto, tomó su varita y se encaminó hacia la chimenea junto a la mujer. Su padre estaba esperando a un lado con el tarro de polvos flu en la mano. Minutos más tarde, se encontraron en el Caldero Chorreante.
El lugar se veía desierto, había solamente un par de clientes en una esquina. El Señor McKinnon saludó a Tom y le preguntó el por qué de ese cambio en la taberna.
—La gente tiene miedo— dijo soltando un suspiro —casi nadie sale de sus casas.
Marlene sintió un nudo en el estomago, sabía que la guerra y los continuos ataque de los mortífagos había hecho que la población temiera asomar la nariz por la ventana, pero también sabía que, si se dejaban caer en presa al pánico, no podrían pararle los pies.
—No se preocupe, Tom. Tendremos cuidado, además, recuerda que soy Auror— comentó la chica mientras dirigía a sus padres hacia la entrada del callejón.
Empuñó su varita con fuerza y les indicó a su padre y su madre que hicieran lo mismo. En cuanto los ladrillos terminaron de moverse, se asomó un poco e inspeccionó el lugar. El callejón se veía desierto, el único movimiento que se podía notar, era el de los dependientes dentro de las tiendas.
Un hombre salió de Flourish & Blotts y comenzó a caminar hacia su próximo destino. Marlene lo apuntó con su varita hasta que lo perdió de vista y decidió que no era una amenaza. Les hizo un gesto a sus padres para que caminaran rápidamente hacia el boticario, la primera parada de la familia. En cuanto los dos mayores entraron, la chica volvió a inspeccionar minuciosamente el callejón, y al no ver nada peligroso, entro con ellos.
La familia se apresuró en comprar los ingredientes que les hacían falta, sacaron los galeones y pagaron la mercancía. Al momento de alejarse, Marlene volvió a vigilar el lugar. El movimiento de una puerta cerrarse, le indicó que alguien acababa de entrar en una de las tiendas, pero no le dio mayor importancia. Se quedó unos segundos ahí y al ver que nada sucedía, les indicó a sus padres que podían pasar.
En cuanto la puerta de la boticaria se cerró tras ellos, un grupo de hombres encapuchados apareció frente a ellos. Marlene los reconoció enseguida, eran magos del bando contrario. Sin pensarlo dos veces comenzó a lanzar hechizos y maldiciones a diestra y siniestra, tratando de proteger a sus padres. No tenía tiempo para mandar un patronus avisando del ataque a la Orden, tenía que librarse de ellos sola.
Los dos mayores no se quedaron atrás, comenzaron a lanzar cuanta maldición recordaban tratando de herir a los contrincantes. Marlene vio como un hechizo punzante, lanzado por su padre, le daba en pleno a uno de los mortífagos. El hombre se dio la vuelta para ver quien lo había hechizado y, apuntando con la varita al Señor McKinnon, lanzó la maldición asesina. Su padre cayó al piso con una expresión de terror, y pocos segundos después su madre yacía en el suelo también.
—¡No!— gritó Marlene con lágrimas a los ojos .
Esa pequeña distracción, le costó caro. Ni siquiera tuvo tiempo de ver a su atacante, cuando se encontró acompañando a sus padres en el más allá.
oOoOo
—¿Es cierto?— preguntó Emmeline.
Todos en el cuartel estaban callados, mirando atentamente a Albus Dumbledore, esperando que él les dijera que era un rumor sin fundamentos. Nadie quería creer que Marlene había muerto.
—Me temo que sí— respondió en un murmullo.
Una vez más, todos se quedaron en silencio. Fabian tomó la mano de su novia, estrechándola para darle ánimos. Sabía que Emmeline, Dorcas y Marlene se habían vuelto muy unidas desde que habían entrado a la Orden del Fénix y le partía el corazón verla tan desolada. Dorcas se acercó a su amiga y la estrechó en un abrazo, soltando lágrimas silenciosas.
—Deberíamos dejar de luchar en esa guerra. Es obvio que no vamos a ganar— comentó Diggle de mal humor.
—No seas estúpido Dedalus, ¿qué se supone que significa eso? ¿Nos vamos a quedar viendo mientras matan a todos los que no consideren dignos?—reclamó Minerva enfadada.
—¡No estamos cambiando nada!— gritó exaltado, para después mirar a Edgar Bones —Vamos Edgar ¿no quieres ver crecer a tus hijos?
El interpelado endureció su expresión. Dedalus se había acercado demasiado a un tema delicado para él. Estaba convencido que debía hacer todo lo posible para asegurarle un futuro seguro a sus hijos y a su familia, pero a veces quería simplemente esconderse con ellos y no salir jamás al mundo real.
—Tal vez deberíamos hacer como los Longbottom y los Potter, también deberíamos escondernos— comentó Caradoc, intentando que el grupo se calmara. No lograrían nada enfadándose entre ellos.
—¡No somos cobardes!— exclamaron los hermanos Prewett al mismo tiempo— Lucharemos.
—Bien dicho— intervino Moody.
Dumbledore decidió intervenir en la pelea.
—Los Longbottom y los Potter se están escondiendo por algo importante. Yo mismo les he aconsejado hacerlo— muchos ojos se abrieron con sorpresa al escuchar eso —De todas formas, quien desea dejar de luchar en la Orden, es libre de irse. Nadie los obliga a quedarse.
Todos miraron a los compañeros que habían estado indecisos. Caradoc ni se inmutó, realmente no deseaba esconderse, lo había dicho simplemente por decir. Dedalus enrojeció por la atención recibida, pero no se levantó de la mesa, dando a entender que se quedaría para luchar.
—Muy bien, tendremos que encontrar estrategias más efectivas ¿Alguna idea?— Dumbledore dio por terminada la discusión, empezando con un nuevo tema.
