Disclaimer: Isayama Hajime es el puto amo *-*


Sombras.

...

...

Eran las seis de la mañana, Armin y Eren revisaban sus escopetas y contaban los cartuchos que llevarían para cazar a la bestia que le hizo eso a las muchachas.

Luego de que Eren encontrara el cuerpo de Mina algo cambió en él, ya no solo era un problema para la familia de las muertas, sino que lo había tomado como suyo. Pudo por un momento imaginar que esa chica, aquella tan alegre, era su hermana. Y su corazón pareció detenerse por un instante, pudo haber sido Mikasa. Lleno de ira tomó esa decisión en la asamblea y se unió a los valientes voluntarios que partirían a la caza de "eso" al amanecer.

En ese momento Armin le miró sorprendido, esos ojos reflejaban un sentimiento más profundo del que podía imaginar, no era como ver a su amigo, era similar a la mirada de un animal herido profundamente, entonces supo que debía partir con él a protegerlo. Eren era muchas veces más fuerte que él, pero era imprudente, no lograba muchas veces vislumbrar las consecuencias de sus actos, por eso Armin alzó su mano también, con el miedo reflejado en su pupila, pero con el corazón palpitándole tan fuerte y rápido que podía sentir una energía correr por sus venas que le llenaba de vida.

El dolor en el pecho de Mikasa al ver como su hermano se ofrecía a ser parte de ese grupo de suicidas no logró llegar a concretarse en su rostro, pero el sentimiento estaba, latiéndole en la sien, su intuición se lo decía, Eren saldría lastimado si partía. Acabada la reunión se movió por inercia hacia la casa, siguiéndole en total silencio, sintiendo las miradas de toda la aldea, nadie creía que ese muchachito huérfano fuera a ser de ayuda, aunque todos sabían lo fuerte que era a la hora de pelear, Eren tenía una gran desventaja, él jamás en su vida había usado un arma de fuego, él no las conocía y menos podría cargar una para disparar.

-Solo un campesino –murmuró Jean refiriéndose al moreno.

Para todos allí Eren Jaeger no era más que un campesino cuya única gracia era cuidar de las aves de corral ya que ni cerdos tenía en su terreno. Pero había otro grupo de personas que mantenía su fe en él, Annie, por ejemplo, al enterarse de boca de Armin que el chico partiría con la expedición le observó con un brillo único en sus ojos. La rubia le había enseñado lo suficiente como para poder enfrentarse a cualquier hombre que pudiera doblarle en tamaño, Eren había sido su pupilo en combate cuerpo a cuerpo. Ignorando toda esa basura machista el mismo joven se lo pidió una mañana arrodillándose en su puerta bajo la curiosa mirada de sus vecinos, ella aceptó con la condición de que no abandonara su entrenamiento hasta que este hubiera terminado.

Y así fue, la chica vio a ese escuálido adolescente convertirse en un hombre fuerte y capaz de hacerle frente en una batalla, satisfecha de su alumno le dedicó una sonrisa luego de haber concluido con el examen final, Eren había logrado lo que parecía imposible, Annie yacía bajo sus pies con los ojos abiertos, la había superado.

-¿Estás seguro de esto? –preguntó al sorprenderlo en medio del bosque recolectando leña.

-Mikasa tampoco confía en mí. ¡¿Qué les pasa?! ¿Es que acaso no he demostrado lo que valgo ante tus ojos? –inquirió hastiado, al parecer había tenido una discusión con su hermana hacía poco.

-Sí lo has hecho –le miró Annie con esos ojos azules claros que desnudaban el alma –Tienes el coraje y la fuerza necesaria. Pero no sabes a lo que te enfrentarás allá afuera, Eren.

Titubeó un poco su respuesta, sabía que la blonda nunca decía palabras innecesarias, y en el fondo, muy en el fondo, aceptaba que tenía razón, ambas la tenían, nadie sabía que cosa era aquella que mataba a las chicas.

-No importa, lo hago por Mikasa, por ti y por todas las chicas de acá –respondió seguro lo que provocó sorpresa en los ojos de su maestra –Si he de morir será luchando por protegerlas.

Annie bufó, ella y Mikasa podía protegerse solas, aunque su relación no era buena en ningún aspecto tenía que aceptar que la asiática era fuerte y que la preocupación de Eren por ellas era infundada, aun así apreció sus sentimientos y los atesoro en un lugar de su alma, ese donde nadie podría arrebatárselos.

-Te acompañaré a tu casa –habló Jaeger antes su silencio.

-No es necesario. Solo, cuídate mañana.

Cuidarse, claro que lo haría, volvería con la cabeza del demente ese y la vida de todos volvería a la normalidad. Él cuidaría de Mikasa, su única hermana, lo único que le quedaba, la persona que lograba hacerlo feliz con gestos simples como hacer su comida favorita en los momentos en que se sentía triste, o doblarle las ropas de tal manera que jamás tenían ni una sola arruga.

Visitó su habitación esa noche, la vio dormir, sus ojos parecían tan serenos cerrados que le pareció increíblemente casta e indefensa, deseó poder capturar ese momento para siempre en su memoria.

Esa mañana ella también los acompañó a despedirse, estaba en un rincón observando como cargaban los bolsos de municiones y se preparaban para todo.

-Tranquila, jovencita –le habló la apacible voz del señor Braus –Prometo que nada le pasará a tu hermano, lo protegeré.

Mikasa no podía hacer nada más que confiar en las palabras de ese hombre. Agachó la mirada y tomó la mano de su hermano, estuvieron así por unos minutos mientras terminaban de alistar las cosas.

-No mueras.

Eso fue lo último que le dijo mientras veía como todos dejaban el cuarto y partían a pie a la caza de ese monstruo.

El señor Braus no era originario de la zona, era un cazador que por extrañas circunstancias se perdió de su clan y no logró cruzar el paso que separaba su hogar de ese pueblo, debido a esto no tuvo otra opción más que quedarse hasta la llegada del verano cuando él, su hija y sus caballos pudieran cruzar y reunirse con su clan.

-Sé que esto podría parecer suicida, pero necesito que alguno de ustedes cruce el paso y de aviso a las autoridades de lo que aquí ocurre, podríamos necesitar refuerzos –habló el hombre dirigiéndose al grupo.

-Yo iré –una alegre voz se escuchó desde la caravana, era Marco Bolt, un chico alto y de cabellos negros cuyo rostro y cuerpo se encontraban bañados en pecas. Además era el mejor amigo y única familia de Jean.

-Marco, no, estás loco. Eso es imposible –le habló en voz baja intentando hacerlo cambiar de opinión.

-Ya verás, Jean, volveré con ayuda –le sonrió y miró luego a Braus quien asintió.

-Lleva unas pocas balas más.

Jean maldijo por lo bajo, ese maldito, no era capaz de cruzar el paso por sí solo pero se atrevía a mandar a un joven inocente a hacerlo. Eso no era justo, Marco no lo lograría, estaba seguro. Aun cuando quería ir con él no lo hizo, porque sabía que el moreno se negaría de inmediato.

Tan solo unos minutos después de que Marco abandonara el grupo Eren sintió otra presencia en los alrededores, abrió bien sus ojos, debía estar alerta, aunque se decía que los vampiros no aparecían con la luz del sol nada le decía que esto fuera cierto, o que el asesino fuera uno de esos seres.

-Sasha –habló Braus en voz alta –sal de ahí ya. Estás poniendo a todos nerviosos –articuló alzando la mano.

Entonces apareció la morena sonriendo a su padre y al grupo, la muchacha llevaba un arco en sus manos y flechas en un carcaj de cuero. Eren la conocía claramente, ella gustaba de pasar tiempo con Mikasa y a veces visitaba su hogar a la hora de cenar, lo que por un momento hacía ver a su hermana como una adolescente normal, era por eso que sentía cierto aprecio por la joven, quien a su vez le dedicó una agradable sonrisa.

-Padre, he encontrado huellas a unos tres kilómetros de aquí. Aunque es extraño porque aparecen de la nada y desaparecen luego –susurró esto último aunque todos pudieron oírle claramente.

-¿Qué… qué hace una niña aquí? –preguntó uno de los hombres –. Creí que no traeríamos mujeres, tampoco queremos hacerle una invitación a cenar.

-Son pequeñas –siguió Sasha como si no hubiera escuchado nada aunque le miraba de soslayo –me atrevo a decir que no mide más de un metro con sesenta centímetros –hablaba ahora dirigiéndose a su padre, quien con orgullo le sonreía, sin dudas su hija se había convertido en una gran rastreadora –su peso no es superior a los 65 kilogramos tampoco.

-¿Hablamos de una mujer? –preguntó alguien al fondo.

-No, es claramente un hombre, lo sé por la forma de caminar que tiene. Aun así podría ser muy joven, eso no lo sé –dijo tocándose el cabello, estaba comenzando a dudar de sus propias deducciones, entonces sintió la palma de su padre en su hombro, ella solo asintió –. Eso también, él está cerca, esas huellas son frescas.

Todos apretaron sus dientes y algunos también sus armas, esa cosa estaba por ahí dando vueltas, dejando rastros solo por diversión, él los acabaría en un segundo si así quería. La sangre se les heló por completo y solo en ese momento Eren logró darse cuenta de la dimensión de los hechos, la posibilidad de que no volviera existía, la posibilidad de que Mikasa volviera a quedar sola se hacía un hecho, pero ya no podía dar marcha atrás, ni él ni ninguno de ellos.

-Descansaremos unos momentos –habló Braus, habían estado buscando pistas desde que salieron esa mañana, pero solo estaban aquellas huellas que su hija había logrado encontrar –Sabemos que ataca de noche, las niñas de la aldea y cualquier otra persona tiene prohibida la salida, por lo que si tiene hambre vendrá directo hacia nosotros, estaremos listos.

La problemática de Eren se encontraba entre dormir y no hacerlo, solo podría descansar unos cuantos minutos porque la noche ya estaba pronta, el momento en que aquel ser endemoniado atacaba estaba por llegar. Observó la fogata recién encendida por Conny y suspiró a su pesar.

-Oye, me han dicho que no sabes ocupar un arma –le susurró Sasha intentando no hacerlo sentir incómodo, el solo asintió molesto y apretó el rifle entre sus manos –Relájate, yo te enseñaré –le sonrió la joven y sus ojos se iluminaron al verla, era muy bonita y su piel se veía increíble a la luz de las llamas.

-¿En serio le enseñarás? –preguntó Conny sorprendido y ella asintió con una enorme sonrisa –Entonces ¿podrías enseñarme a mí también?

-¡¿Y a mí?! –pidió Armin avergonzado.

Sasha Braus era una gran persona, no tuvo problemas en mostrarle a los tres chicos todo lo que sabía sobre armas de fuego en pocas palabras y pasos para que les fuera más sencillo entender. Los demás que había decido mantenerse de pie les miraban sorprendidos, habían perdido toda vergüenza y le habían pedido a una mujer que les enseñara, definitivamente esos tipos eran los más débiles del grupo, todos se aliviaron al saberlo, ellos serían entonces los primeros en morir.

-Me alegra que lo hayan entendido, chicos –sonrió Sasha al final aplaudiendo el esfuerzo de los tres.

-¿Eh? ¡¿Qué es eso?! –gritó alguien a la derecha con gran desesperación -¡Ahh! –volvió a gritar y solo en ese momento todos se pusieron de pie alistando sus armas.

-¡Maldición, Samuel! –gritó otra persona por ahí, la noche había llegado y la tenue luz de la fogata no servía de mucho.

Y luego hubo un gran silencio que pareció durar horas. Jean estaba horrorizado, él había estado sentado al lado de Samuel, fue solo cosa del destino lo que le salvó de una muerte prematura, pudo haber sido distinto de no ser por el tonto capricho de recostarse en un tronco caído. Al otro lado Armin reflejaba más que miedo en sus ojos, pero aun así era uno de los únicos que apuntaba su arma contra la penumbra.

-¡¿Qué diablos?! –gritó otra persona al ver como un cuerpo era arrojado hacia ellos, la sangre que de este se desprendía volaba hacia todos los lados, finalmente terminó por impactar directamente hacia un joven rubio -¡Armin! –gritó Reiner y apuntó a la nada para comenzar a disparar.

-¡Reagrúpense! –gritó el señor Braus intentando devolver la calma -¡Todos prepárense para disparar! Le mataremos cuando se atreva a salir de la oscuridad.

-Armin –dijo Eren quitándole el cuerpo de Samuel de encima, entonces pudo ver mejor al primer atacado –Demonios –murmuró aterrado.

-Eren, le… le sacaron la garganta –habló Armin intentando alejarse del cadáver –Le sacaron la garganta, Samuel está completamente desangrado, Eren –había comenzado a llorar sin darse cuenta y pronto comenzaría a perder la razón.

-Oye, ya basta, ahora solo hay que acabar con eso –le habló Jean desde arriba tendiéndole la mano, cosa que Eren apreció puesto que también él había perdido la cordura.

-¿Oh? ¿En serio? Dime, entonces, niño ¿cómo pretendes hacer eso? –habló una voz a sus espaldas y la fogata se apagó en ese mismo instante. Un dolor profundo atravesó el hombro del chico a la vez que la voz volvía hablar –Uh, sucio.

-¡Maldito! –gritó una voz femenina dispuesta a atacar a esa sombra que no hacía más que mirar su mano cubierta de sangre –No dejaré que escapes.

Ella solo tenía un machete en sus manos, había soltado su rifle hacía unos segundos y comenzó a dar estocadas que de no ser por la increíble velocidad de su enemigo hubieran sido certeras. Pero no, ella no dejaría que escapara, lastimó a Jean y mató a Samuel, esa bestia debía morir, luego, luego su padre estaría orgulloso de ella. Pero ahora solo debía asesinarlo de la manera que fuera.

-Oh, una chica muy ágil, y que bonito pelo –se escuchó de nuevo esa voz ronca y grave en la oscuridad, todo esto dio paso a que algunos hombres dieran con su ubicación y disparan –Creo no han logrado dar en el blanco –bufó tomando el mentón de la joven entre sus dedos. Ella solo logró abrir sus ojos con estupor, ese hombre… él…

-Jean, Jean, ¿estás bien? –preguntaba Armin intentando detener la hemorragia –Sasha ahora está peleando contra esa cosa. Eren también ha partido al bosque, estarás bien, ya verás.

-¿Qué pasó? –decía con sus ojos bien abiertos –Dime ¿qué me hizo ese hijo de puta?

-Creo… él atravesó tu hombro con su mano –susurró Amin con sus ojos llenos de lágrimas mientras buscaba entre sus cosas agua limpia.

-¡Sasha! –gritó el señor Braus deteniendo al vampiro quien comenzaba hacerse del cuello de la joven –No toques a mi niña –siseó al tiempo que con solo una flecha le atravesaba la mano de aquel ser, visiblemente le había provocado un gran dolor y desapareció entre las penumbras –Hija.

-¡Señor Braus detrás de usted! –gritó un joven.

-No seas una rata, maldito –gruñó el vampiro apareciendo frente al chico. En comparación con él era bastante bajo, pero tenía una fuerza increíble, le tomó del cuello y le elevó en el aire mientras el cuerpo del hombre comenzaba a retorcerse.

-¡Suéltalo! –gritó Eren al momento en que disparaba directo a la espalda del monstruo. Esperaba haber dado en el blanco cuando el cuerpo que se encontraba en aire cayó al suelo, lo que en vez de aliviarlos los horrorizó aún más de ser posible, la cabeza aún seguía en las manos del otro sujeto.

-¡Lo… Lo decapitó! –gritó una persona a un costado de ellos, soltando su arma y llevando sus manos a su boca, situación que aquel monstruo aprovechó para atacarle y abrirle también la garganta de un solo brusco movimiento.

Para ese momento la sangre esparcida por el suelo derretía la nieve. En menos de quince segundos habían muerto dos hombres en manos de esa cosa que nuevamente había desaparecido entre las penumbras. El silencio era total, Eren veía los cuerpos de los dos chicos muertos, y la cabeza de uno observándole con tristeza, no había sido capaz de salvar a ese joven, Thomas, uno de sus amigos de la infancia, no le había reconocido en el momento en que ese demonio le había tomado, de otra manera él hubiera hecho algo más.

-¡Maldito! –gritó a todo pulmón -¡Te asesinaré, maldito psicópata! –su voz hizo eco en todo el lugar y todas las miradas se dirigieron hacia él, ese chico sí tenía agallas.

-¿Ah, sí? –habló una voz a su oído desde atrás, se giró con rudeza y con sus ojos verdes descargó toda la ira en su alma hacia aquel demonio a su lado –Oh, tienes una bonita alma, y tu sangre despide un olor que me llama –le sonrió con aquellos afilados dientes.

Por primera vez Eren le veía la cara a esa cosa, era un hombre común, era bajo, tendría unos veinte y algo, tal vez menos, calzaba con la descripción de Sasha y por un segundo la admiró con todo su ser. Pero entonces fue capturado por unos ojos plata totalmente inertes bajo un flequillo negro que cubría su frente parcialmente, parecía muy joven, su rostro era algo redondo, no podía imaginar que él era quien había cometido tan crueles crímenes. Lo recordó todo al momento en que llegó a su sonrisa, no, no era una sonrisa, le estaba mostrando sus afilados colmillos.

-Eren, despierta –habló el señor Braus al tiempo que golpeaba al vampiro con la culata de una de las escopetas, el joven Jaeger cayó al piso al momento que el cazador seguía con su ataque, pero todos sus esfuerzos fueron opacados por una sola patada del asesino que lo llevó a estrellarse contra un árbol –Mierda.

-Me llevaré a este –le dijo con total indiferencia tomando el mentón del chico haciendo que éste le observara –Les advierto, no intenten seguirme –terminó llevando al joven entre sus brazos hacia el oscuro bosque.