Primera parte: Enkidu
Capítulo 1: el secreto de sus ojos.
Un día como cualquiera, un día en donde Gilgamesh se encontraba recibiendo visitas del reino, apareció un agricultor de humildes vestimentas, con una cesta llena de verduras de rebosantes colores que tentaban incluso al paladar más exquisito.
Gilgamesh no gustaba de esta parte de su deber como rey. No odiaba a su pueblo, al contrario, lo amaba, pero se aburría enormemente con las conversaciones y ver como la gente se dirigía a él con sus peticiones mundanas y aburridas. Él se interesó particularmente en el hombre con la cesta de verduras porque ya iba siendo hora del almuerzo. Hizo caso omiso a la mujer que llevaba una charla larga que le dejó de interesar cuando habló de los canales de riego.
Se encontraba jugando con uno de sus anillos de oro, cuando el hombre que le causó interés se apersonó ante él.
—Alteza—comenzó, dejando la cesta junto con otras que se agolpaban a un lado, mantuvo la vista gacha y le reverenció. Gilgamesh se acomodó en su trono y movió un poco la pierna derecha: comenzaba a dormírsele al estar tanto tiempo en la misma posición—, hoy no he venido a contar sobre nuestra vida campesina ni tampoco tenemos peticiones, tal como ve, la cesta esta llena de verduras frescas y grandes. Hemos sido bendecidos por Antu en la abundancia de nuestra mesa y por supuesto, en la suya propia. Mi señor, esta vez hay un tema extraño y bastante peculiar.
—Tienes permiso para contarme, adelante—contestó Gilgamesh, apremiando a su súbdito, ya que añoraba una historia extraña dentro de su rutinaria vida—, ¿Qué es aquello que te trae con prisa a este palacio?
—Verá, hace al menos varios días atrás, explorando un bosque cercano en busca de bayas y setas, vi que mis trampas de cacería habían sido malogradas. Enojado, busqué el autor de aquel trabajo y me interné profundo en el bosque. Cuando creí que ya no encontraría al culpable, vi a lo lejos un ser antropomórfico con cornamentas como los de un alce, que caminaba desnudo sin miedo de los guijarros y las rocas que laceran nuestros pies. Aquel ser tenia cabello verde, como el trigo tierno y sin madurar más espléndido que jamás he plantado en mi vida. Asustado, me escondí tras un árbol y un enorme lobo salió a su encuentro. Más extrañado me quedé cuando aquel lobo recibía a tan peculiar ser como un igual, lamiendo sus dedos. La inverosímil criatura se aproximó al estanque y comenzó a beber agua para luego bañarse. Intrigado, me acerqué unos árboles más y él logró escucharme. Cuando sus ojos lograron dar conmigo, tuve miedo de perder la vida en aquel instante. Sus ojos son algo extraño, no tienen color, pero a la vez tienen todos los colores que existen.
Gilgamesh se incorporó levemente al oír aquello y su rictus de aburrimiento cambió a preocupación. El hombre no le dirigía la mirada, pues nadie mundano debía mirarlo a los ojos sin su propia autorización:
—Mírame, hombre—el campesino dirigió sus ojos cafés a los escarlatas de su rey—: ¿Aquella criatura parecía un oso? ¿Un lobo? ¿Era gigante?
—Para nada señor. Su cuerpo era tan increíble como el de un dios. Tenía los músculos marcados con sutileza, en el abdomen, en sus brazos. La suavidad de su rostro me ha hecho dudar, pero definitivamente es un hombre. Un hombre salvaje que no importa mostrar su desnudez al mundo.
Gilgamesh parecía impactado. Frunció el ceño y alzó la voz:
—¡Guardias y escribanos! —cuando Gilgamesh gritó aquello, el pobre campesino temió un momento por su vida—. Denle a este hombre un collar de lapislázuli para su esposa, una túnica de la mejor tela para él y guíenlo de vuelta a su finca. Deben también ir al templo de Ishtar y pedir por la mejor sacerdotisa que tengan en su gama. Ambos deben llegar a las tierras de este hombre, pero antes, debo conversar con dicha sacerdotisa.
La orden no se hizo esperar y el campesino, aliviado, fue invitado a almorzar con la servidumbre del hermoso y gran palacio de Uruk, la ciudad amurallada.
Gilgamesh almorzó en sus aposentos, rodeado de dos de sus consortes favoritas: Nidasag y Kinnamu. Ellas jugueteaban muchas veces con los dedos a través de los tatuajes de su amo, entrelazando miradas tentadoras y risas cautivadoras, pero aquellas tácticas que siempre servían, esa tarde no surgieron efecto.
Gilgamesh pensaba en las palabras de su madre, que hace mucho tiempo atrás, ella le dijo en su templo, una vez que él fue desesperado por su interpretación, cuando soñó que una piedra cristalina había caído del cielo.
"Oh, hijo, yo se de donde proviene aquella preocupación. Los dioses han recibido demasiadas quejas por como gobiernas a tu gente, por tu despotismo y tu egocentrismo. Quizás tus acciones arrastren tu reino a la miseria y los dioses han decidido hacer algo para evitar que aquello suceda. Necesitas un igual que detenga tu arrogancia y maldad. Hijo mío y querido, los dioses han enviado su propia lanza a acabar con tu vida"
Gilgamesh se puso de pie abruptamente, dejando a Kinnamu sin siquiera prestarle atención a su desnudez. El rey caminó ensimismado, saliendo del comedor, sintiendo por primera vez el revoltijo en el estómago que produce el miedo ¿Acaso alguna vez temió de algo en su vida? Necesitaba respirar y pensar, calmar su mente y centrarse ¿Quién era tan importante y tan poderoso como para destruir su estilo de vida, su realeza y sus queridísimas murallas?
El rey se detuvo en un espacio abierto de sus palacios. Amaba aquel lugar, donde las enredaderas repletas de flores caían a través de los pilares que sostenían en piso superior. Muchas veces se liaba con alguna consorte en aquel lugar, solo por la belleza de sus suelos y paredes. De noche, era aún más espectacular: el camino de Anshar dios del cielo, se marcaba en puntitos luminosos que tendían un manto de luz azulada y sacaba pequeños destellos a las dos cascadas artificiales que rodeaban el jardín de aquel salón abierto.
Gilgamesh se permitió suspirar, soltando la tensión de sus puños.
—¿Qué quieres? —dijo, en un tono algo altanero cuando escuchó los pasos de una mujer; eran diferentes, más cortos, mas silenciosos.
—Usted me ha mandado a llamar señor, soy Shamhat, sacerdotisa de Ishtar a su servicio—se presentó la mujer. Gilgamesh no volteó a verla.
—Sí, te he llamado. Tengo un trabajo para ti y para el sacerdote que consideres digno de tal labor—Gilgamesh hablaba mirando los jardines colgantes, sin dirigirle la mirada en ningún momento—. Hoy un campesino, con el que tendrás que ir, me ha comentado que ha visto un ser en el bosque, en estado salvaje. Necesito que le enseñes a ser un hombre civilizado. Que aprenda a comer de un plato, a hablar como uno de nosotros, a contestar y a obedecer. Enséñale todos los placeres de la vida y enséñale bien, pues quiero que el día de su muerte lamente no haber disfrutado de todo eso antes—el rey finalmente se volteó y cruzó los brazos, mirando a la sacerdotisa fijamente—. Conviértelo en un hombre y tráelo a Uruk de vuelta para darle muerte.
La sacerdotisa asintió con nerviosismo, asimilando las palabras del rey.
—Como guste mi alteza.
Shamhat se retiró, atribulada por tan extraña petición.
Ya para la tarde, el campesino de la noticia, cuyo nombre era Hetmme, se encontraba enlistado con la sacerdotisa Shamhat y el sacerdote Mathma en una carreta de vuelta a su finca. Ambos sacerdotes llevaban una pequeña daga en sus vestiduras holgadas y suaves con las cuales podían defenderse si era necesario. Debían traer tal criatura con vida y educado, bajo las órdenes claras del rey.
El viaje duró aproximadamente dos días y cuando llegaron al campo y la casa de Hetmme, él le indicó a Shamhat el camino al bosque para encontrar a la susodicha criatura.
—Cuando hagan todo lo que el rey dijo, pueden pasar por mi casa y les proporcionaré comida y agua fresca—ofreció el amable campesino, despidiéndose sin más de ambos sacerdotes y encomendándolos a Aruru, diosa creadora de la humanidad.
Shamhat y Mathma caminaron lentamente en el bosque, observando con cautela las ramas y las trampas del campesino, todas mal logradas. Se internaron más y más en el bosque hasta que decidieron montar una pequeña tienda de campaña, ya que la noche parecía próxima a llegar.
—Siento que Gilgamesh considera esta tarea muy importante para él—comenzó Shamhat, después de comer un montón de bayas rojas que resaltaban el color de sus labios—. Juro por Ishtar, nuestra diosa fértil y hermosa, que es miedo lo que he leído de sus ojos.
—No comprendo bien la prisa de esta diligencia—contestó Mathma, desprendiéndose de su túnica y quedando desnudo a la cálida intemperie del bosque—, más que nosotros somos un tipo de sacerdote muy diferentes a los demás.
—Es aquello lo que también llama mi atención—añadió Shamhat.
Luego de la charla, ambos sacerdotes se encontraban desnudos y yacieron en amor y lujuria hasta que la noche colmó el cielo de estrellas.
