Aquí va el segundo capítulo. Esta vez toca la infancia de Naruto, que gracias a Kishimoto ha sido desastrosa.
Naruto tiene solo cinco años y lleva soportando toda esa mierda tanto tiempo que cree que tiene más. Así que agacha la cabeza para protegerse cuando le lanzan piedras, y la agacha todavía más cuando las piedras pasan a ser puños y patadas.
Finge que no le importa nada. Que las palabras crueles, los golpes, las burlas y el vacío no le afectan. Finge que todo aquello no le hunde más en la miseria de lo que ya está. Aunque sea mentira.
Así que aguanta todo, aunque no sepa porqué le hacen eso, aunque no sepa porqué ÉL, lo aguanta en silencio y no intenta defenderse. Hace mucho ya que dejó de hacerlo.
Naruto se abraza a sí mismo mientras tiembla de frío, sentado en un callejón demasiado oscuro y húmedo, mientras espera, porque había gente esperándole en frente de su casa, y tiene miedo, tiene miedo de demasiadas cosas, y de que un día ya no pueda soportarlo más.
Pero lo hace, aguanta, porque Naruto tiene la tonta esperanza de que alguien sabrá apreciarlo algún día, que dejará de estar tan solo y que un día, como en los cuentos, una chica (no tiene porqué ser una princesa) bonita y dulce se enamorará de él, y le dará todo ese cariño que se le ha negado.
Naruto sueña y camina cada vez más fuerte y firme, porque hay algo en él, no sabe qué, que está cambiando, y sus esperanzas ya no le parecen tan tontas e inalcanzables.
Realmente estoy segura de que Naruto sufrió abusos de la gente cuando era pequeño, aunque no se muestre demasiado. Es decir, se sabe que fue repudiado y temido, pero no se ha mencionado demasiado que le pegaran, y raro sería si esa gente prehistórica no tomara represalias ante lo que no puede comprender o dominar.
Con este capítulo termina el pasado de nuestra pareja, que como veis es horrible a partes iguales. Mañana por la tarde pasaré al ordenador otros cuatro capítulos, y tan pronto como escriba el último lo subiré. Ahora me voy a la cama, porque es tarde y no me levanta ni Dios.
