Espero que lo disfruten, y ya se sabe, Sherlock y Doctor Who no son míos, solo me gusta escribir de ellos.


02

En algún punto alrededor de 1978.

En algún lugar Hampshire, Inglaterra.

El joven de cabello rubio dirigía a las enfermeras de aquí para allá. Estas no eran más que un grupo de chicas que no habían sufrido quemaduras o heridas, y estaban bien dispuestas a ayudar a quienes gritaban adoloridos o agonizantes. Había demasiados heridos, y muy pocos doctores. Pero ese joven había caído como una bendición.

Venía acompañado de un anciano (al que también le atendían una quemadura en la mano derecha) y una jovencita menor que él. Nadie sabía quiénes eran, ni de donde habían salido, pero habían ayudado mucho a controlar el incendio que había arrasado con gran parte del pueblo, reduciéndolo a cenizas. Ahora, el anciano descansaba bojo los cuidados atentos de la muchachita y el joven se esforzaba por atender a todos los heridos.

Había sorprendido a todos con sus magníficos conocimientos médicos, la habilidad que tenía para tratar las heridas, fueran las que fueran, y por su extensa energía, pues no tenía un poco de agotamiento surcando su rostro. Incluso parecía alegre de ayudar, de ver como se recuperaban sus pacientes y como los gritos agónicos se iban cada vez reduciendo pues el alivio llegaba con aquel muchacho.

El anciano, miraba aquello sorprendido, con un suspiro escapando de sus viejos labios cada tanto. Era viejo, muy viejo, y entendía el brillo en los ojos del joven. Lo conocía porque él mismo había tenido aquel brillo en sus ojos en épocas de juventud. Cuando aún era joven.

Observaba a aquel muchacho, ir y correr, atender a personas y alentarles a seguir luchando. Su voz, sus movimientos, sus ojos. Oh, el joven cuanto amaba a los humanos, pensó en anciano con un suspiro cansado en sus labios, y su nieta le miro, con sus ojos curiosos, preocupados.

― ¿Estas bien abuelo?― Le miro preocupada la mano vendada, ¿la había vendado mal? ― ¿Quieres que llame a Épsilon? Seguramente él sabrá que hacer…

―Oh, no, mi querida niña. Ve a Tardis, ¿recuerdas cómo te mostré que debías posicionar los instrumentos para ponerla en marcha?― La joven asintió y se levantó para correr a Tardis, haciendo lo que su abuelo le insinuó que hiciera.

El anciano suspiró y se acercó al joven Épsilon que atendía las heridas de una niña pequeña, que poco a poco paraba de llorar escuchando las palabras amables que le daba aquel joven rubio.

Cuando la niña quedo lista, y solo debía esperar un poco para que los verdaderos doctores determinaran que estaba bien, el joven rubio se giró, descubriendo a su abuelo ahí, de pie, con su gesto de hombre mayor algo arisco. El joven le sonrió suavemente, y fue hasta él.

― ¿Necesitas algo, abuelo?― Le sonrió el joven, tomándole la mano para ver el trabajo que su hermana, Sussan, había realizado. ―Creo que te daré algunos antibióticos para evitar problemas, ¿está bien?

―En la Tardis tengo lo necesario― El anciano aparto su mano, odiaba sentirse inútil aunque era un anciano y no hacia gran cosa, salvo cuando usaba su cerebro. Observo un poco a su nieto, que le sonreía con esa cara nueva. Durante el incendio, salvando a la niña que justamente había atendido hacía unos minutos, el joven había muerto por aspirar demasiado humo y por quemaduras graves, pero, al ser él un Time Lord, había regenerado hasta esa nueva cara. Su segunda cara. ―. Sientes demasiado apreció por estas personas, por este planeta.

El joven le sonrió. Oh, a veces su abuelo era un viejo cascarrabias y demasiado devotó a su posición como científico Time Lord que no se inmiscuye en los asuntos de los planetas que visitaban. Pero él era otra cosa, era médico. Él salvaba vidas, fuera el planeta que fuera, fuera el tiempo que fuera. Siempre lo haría. Pero la tierra, oh, la hermosa Tierra era especial.

Sentía un devoto amor por la Tierra. Quizás porque su bisabuela era de la Tierra, volviéndolo a él una tercera parte humano, y sentía que la Tierra era también su hogar. O tal vez era que la gente de la Tierra se sentía siempre tan cálida y amorosa, aun a pesar de la guerra y la destrucción. Aun a pesar de aquellos que buscaban mal para los demás.

―Claro que si abuelo, si no tuviéramos a Tardis, al salir de Gallifrey sin duda alguna hubiera vendo directo a la Tierra. Incluso hay veces en que pienso que debería quedarme aquí, pero entonces, ¿qué sería de tu y de Sussan? El anciano hombre escucho las palabras de su nieto, y luego le dedico una muy suave sonrisa. Aquella que solo sus seres queridos podían ver, que solo sus nietos podían ver ahora que estaban de viaje. La mano anciana apretó el hombro del muchacho, que se veía muchísimo más joven debido a la regeneración, y le atrajo para abrazarlo.

―Siempre has logrado que me sienta orgulloso de ser tu abuelo, Épsilon― Se apartó del muchacho, y le dio una palmada en la espalda. ―. Sigue ayudando, iré por antibióticos a Tardis y después vendré a ver en que puedo ayudarte.

―Claro, abuelo― El muchacho fue y continuo atendiendo a los enfermos y heridos, con una sonrisa radiante en sus labios.

Le alegraba tanto lograr que su abuelo se sintiera orgulloso de él, que le dijera aquellas cosas. Durante toda su vida, se había esforzado en ser alguien de quien el gran y famosísimo Doctor pudiera estar orgulloso,

Tan sumido estaba en su alegría, en ayudar a esas personas, que no noto como el anciano suspiraba resignado y entraba a la nave con forma de caseta telefónica de los años 50. Fue directo hasta los controles, mientras su nieta le miraba con sorpresa, curiosa.

El anciano comenzó a revisar los parámetros, los indicadores, todo lo necesario para determinar si el viaje era seguro, y luego saco su pequeña libreta negra para introducir los códigos necesarios para el inicio del despeje, y fue ahí cuando su nieta le hablo con sorpresa y preocupación.

―Abuelo, ¿no esperaras a Épsilon?― El anciano no le contesto, alzo los ojos cansados para verla, y luego los dirigió hacia el muchacho de claro cabello que atendía a una joven rubia que lloraba adolorida. Luego, continuó con su tarea. ―Abuelo, no estarás pensando… ¡Oh, abuelo, no puedes! ¡No podemos dejarlo!

Las puertas se cerraron en respuesta. Sussan dio un gritito ahogado y corrió a las puertas, golpeándolas con fuerza, pero estas no iban a ceder nunca. Doctor continuó con su tarea de preparar todo los detalles finales, ignorando los gritos de la joven por que le abriera para que su hermano pudiera abordar.

Épsilon, cuyos ojos azules se abrieron con sorpresa al sentir el sonido de las puertas de Tardis cerrarse, se giró sobre sí mismo para ver aquella nave sellada. La gasa limpia y la pinza con la que había estado removiendo la piel quemada del costado de aquella joven, se deslizaron de sus manos hasta el suelo.

No podía su abuelo hacerle aquello, y aun así estaba haciéndolo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y las piernas le temblaron cuando corrió a las puertas de madera, intentando abrirlas, pero ya era tarde. Estaban selladas.

Podía oír a Sussan gritar, llorar, exigirle a su abuelo que abriera aquellas puertas. Pero el anciano le ignoraba. ¿Había hecho algo mal? Pensó el joven, comenzando a golpear con su cuerpo la puerta, aun cuando su cerebro le decía que no iba a abrirse, que él era ahora un abandonado en ese planeta.

― ¡Abuelo, por favor no!― Le grito, comenzando a llorar. No quería dejar solo al anciano hombre, no quería dejar sola a su pequeña Sussan… Oh, su pequeña Sussan! ― ¡Abuelo, por favor! ¡No puedes dejarme aquí! ¡Sussan, los controles, antes de que despejen!

Sussan, llorando, corrió hacía el control para abrir las puertas, pero su abuelo la sujeto de los brazos y la atrajo a él, abrazándola con fuerza para impedir que ella se moviera. Él tenía un rostro serio, severo; ella lloraba como la niña que era.

―Abuelo, no por favor, él tiene que venir con nosotros… ¡Es tu nieto!― Sussan lloraba, mirando al anciano, la puerta y el control una y otra vez, como si así el anciano abriera aquella puerta.

―Oh, querida, él ya no estará feliz con nosotros― Susurró el anciano, y la joven se estremeció ante aquel tono lúgubre en la voz del hombre. Aquella triste que ella jamás le había escuchado. ―. Él quiere estar con los humanos, Sussan, y nosotros no debemos impedirle aquella decisión, ¿o querrías tu que él fuera infeliz?

El joven dejo de forcejar entre sus brazos, y poco a poco, llorando, cayó al suelo. Sabía que su abuelo tenía razón, pero le dolía dejar a su hermano de esa forma, y simplemente miro como su abuelo trabajaba en los controles de la Tardis de nuevo, haciendo que el sonido de aquellos motores retumbara con fuerza.

Pero fuera de la nave, al oír aquel sonido, el joven sintió como su corazón era apretado con fuerza, y el aliento le falto. Golpeo más fuerte, más fiero, aquellas puertas de madera, intentando abrirlas. Las golpeo hasta que le dolió el hombro y hasta que a la caseta comenzó a desmaterializarse. Era curioso como antes le había parecido genial aquello y ahora le daba un terrible pánico y dolor.

― ¡Abuelo, Sussan!― Grito con fuerza, comenzando a hipar como un niño pequeño, y aquella nave desapareció, provocando que él cayera al dar otra arremetida antes de notar que ya no estaba. Golpeo el suelo con sus puños, y las lágrimas cayeron por sus mejillas. ― ¡Vuelvan!... Por favor… regresen…

Los humanos que él había salvado lo miraban entristecidos, dolidos. Y él… Él era ahora un humano más…


Hasta aquí hoy, gracias por leer y ya saben, la mejor paga que puedo recibir son sus comentarios, gracias!