Epílogo
Otro día de revisar pociones. Esa tarde había poco trabajo porque (afortunada o desafortunadamente) Neville había hecho estallar media aula y por tanto solo tuvo las primeras clases. Severus le gritó hasta provocarle un colapso nervioso y en la noche tendría que hablar con su abuela, que ahora lo velaba en la enfermería.
Severus levantó la vista sobre el resto de las pociones para revisar. Unos croassaints de fresa recién hechos lo esperaban del otro lado del escritorio. Debía admitir que la Trelawney cocinaba mejor que los elfos. Una vez que la convenció de suprimir las muestras cariñosas en público las cosas empezaron a ir mejor. De hecho, Sybill Trelawney era buena acompañante cuando se esforzaba por mantener la boca cerrada, y a veces hasta conversaban de anécdotas históricas de la Edad Media.
Poco a poco la escuela había vuelto a una normalidad relativa. Usó uno de los boletos de Flitwick para ir él solo a la opera, vendió el otro y se compró una suscripción a una de esas revistas de artículos de investigación y avance en pociones. Para su sorpresa, eran boletos muy caros. Llevó a Sybill tomar un trago a Las Tres Escobas en su cumpleaños con lo que le quedó (era eso o iniciar otro rosario de lamentos, se justificaba ante sí mismo). Y la Trelawney le regaló una bolsita que mantenía frescas las especias cuando se arriesgó a aprender a cocinar bajo su atenta mirada.
Se habría tenido que tomar definitivamente la cicuta si Sybill misma no le hubiera especificado que quería mantenerse virgen hasta el matrimonio (y no iba a ser él quien la convenciera de lo contrario), pero ya no se tensaba cuando la mujer lo abrazaba. Rayos, incluso se había acostumbrado a la lengua de Sybill intentando entrar en su boca cuando lo besaba.
Aunque seguía siendo el mismo Severus Snape, de alguna manera se sentía un poco menos furioso. Solo un poco. De hecho, debía admitir que comenzaba a sentirse a gusto con el asunto. No más alumnas (o alumnos) coqueteándole, se acabaron los intentos de emparejarlo y ahora tenía un poderoso pretexto para no ir a las fiestas.
Cuando levantó la mirada otra vez, se encontró con Sybill observándolo desde el otro lado de su escritorio. La anciana seguía arreglándose regularmente el cabello pero volvió a su indumentaria habitual.
«Sybill, estoy trabajando» Explicó Severus con un tono carente de reproche. Casi con cariño.
«Tenemos que hablar» Seriedad y preocupación. Esa no era una buena señal
«¿Tan urgente?» Lanzó con un ensayado tono de indiferencia, mientras pensaba "Otra vez lo del embarazo psíquico, no por favor"
«Es que... estoy pensando en lo que ha pasado entre nosotros» No solo no era una buena señal, se convertía en francamente alarmante cuando la profesora bajó la mirada «Las últimas semanas han sido exactamente como los hados dijeron que sería... pero creo que vamos mal»
«¿Qué? (¡Me está dando el certificado de liberación, y todo lo que se me ocurre decir es "que"!) ¿De qué hablas?» Repaso mentalmente sus actos de la última semana. Su comportamiento había sido por demás intachable.
«Es que... esto desde el principio ha estado basado en la atracción física... y creo que por eso no va a funcionar por mucho tiempo más» Severus estaba confundido pero su cara debía reflejar tristeza, porque la profesora le tomó la mano «Lo siento, Snivellus, pero tenemos que terminar. Eres un buen hombre y sé que encontrarás otra chica, aunque no la vas a querer tanto como a mí»
Y sin más, la profesora salió del despacho y de su vida. Severus no sabía si estaba triste o feliz. Se levantó, dio un par de vueltas por el despacho.
"¿Y qué diablos se supone que hago ahora con el libro que iba a regalarle?" Se preguntó el profesor de pociones. Sacudió la cabeza. En realidad iba a regalárselo para pedírselo después y leerlo, ahora se sentiría culpable por gastar en estúpidas novelitas para sí mismo.
Tendría que acomodarse a estar solo de nuevo. Pero en un instante se había prometido no ir a rogarle que regresara.
"No va a ser difícil. Siempre he vivido solo. Era una etapa temporal, ¿no?. Para volver a la normalidad, solo tengo que quemar sus cartas, tirar el cuaderno de las recetas de cocina, quitar de mi habitación la chimenea portátil que insistió en comprar, devolverle todos sus libros, recoger la capa y los guantes que dejé en su armario, decirle a Lucius que no iremos con él y Narcissa a la velada de parejas, deshacerme de las plantas que me regaló, esperar a que mi cabello crezca de nuevo después del corte que me hice y cancelar el pedido de las bengalas Filibuster que íbamos a lanzar en Navidad"
Severus sonrió sardónicamente para sí, mientras reprimía las ganas de gritar. Sacar de su vida a la Trelawney iba a ser más difícil de lo que fue acostumbrarse a ella.
¿Quién entendía a las mujeres? Al menos la cicuta siempre iba a estar ahí para él.
