Rufus parpadeó hasta que perdió la cuenta. Las rugosidades del pomo aún se le clavaban en el interior de la palma. Estaba frío, y dolía un poco. Pero él no se movió.

De repente sacudió la cabeza con fuerza, como si fuera alguien que acababa de despertar y quisiera librarse del sopor y el aturdimiento propios del sueño interrumpido. Una mueca de incredulidad sustituyó a la de sorpresa en su cara.

Soltó el pomo, dejando caer el brazo contra su cuerpo, como si no fuera suyo, y comenzó a andar.

Atravesó los pasillos del gremio con paso firme y mirada estrangulada. Si dijo algo o habló con alguien es algo que no pudo recordar, pues en seguida estaba cerrando la puerta de la habitación de Orga.

—¿Ya estás de vuelta?

Rufus pegó un respingo. Se agarró el pecho como si eso pudiera calmar su desbocado corazón. Le dirigió a Orga una mirada aturdida.

—¿Y ahora qué te pasa, Rufus? —increpó el aludido. Salió del baño con una enorme toalla por faldón anudada a la cintura, el espeso pelo atado a una coleta, y la piel brillante y húmeda. Del baño escapaba una niebla semi-opaca que olía a limón.

Rufus no dijo nada, se acercó a la enorme cama, prácticamente deshaciéndose encima del barullo de sábanas. Orga frunció el ceño y resopló, volviendo a desaparecer en el baño.

—Cualquiera diría que has vivido algo horrible —afirmó desde dentro. —¿La señorita te ha dicho que estabas muy guapo?

Rufus soltó una carcajada irónica.

—Veo que no... ¿Yukino te ha dado la charla sobre sexo seguro?

—Asqueroso.

Esta vez fue Orga quien se rió, y su risa fue ronca, potente y muy grave. Como si se estuviera descojonando una montaña.

Rufus negó suavemente, poniéndose los brazos bajo la cabeza para estar más cómodo.

—Jamás adivinarás lo que he visto —afirmó.

Orga asomó la cabeza por la nube de vapor. Sonrió, altanero. Su pelo ahora caía desparramándose sobre su cara, dándole un aspecto peligroso.

—¿Has pillado a Lector y Fro haciendo cochinadas?

Lo siguiente fue un cojín directo a la cara de Orga, un Rufus entre ruborizado y asqueado por la imagen y un Orga esforzándose por no echar el bazo entre carcajada y carcajada.

Salió del baño, aún con la sombra de la sonrisa en sus labios, y se sentó en la cama. Su peso hizo que Rufus pegara un pequeño saltito desde el otro extremo.

—Vamos, Rufus, dímelo. No me gustan las adivinanzas, ya lo sabes.

La súplica casi dulce en esa boca ruda hizo que Rufus le sonriera, complaciente.

—No quieres saberlo.

—Oh, sí que quiero.

—Que no.

—Que sí.

—Orga...

—Rufus.

El rubio sonrió de medio lado, cerrando los ojos para dar por finalizada la conversación. Pero Orga tenía otros planes. Prácticamente gateó hacia él, aprisionándolo entre su cuerpo y la cama.

—Responde o morirás aplastado —siseó. Rufus amplió la sonrisa—. Que peso bastante, eh.

—Tampoco tanto.

—¿No? —Se tiró sobre él. Rufus dejó escapar un resoplido de aire y le miró, claramente molesto.

—Quítate.

—Pues ya estás largando.

—Orga, que te quites. Me vas a arrugar el traje —Cómo única respuesta él acomodó sus brazos y cabeza sobre el pecho de Rufus; mirándole con una amplia sonrisa—. Cabronazo.

—No sé por qué no quieres decírmelo —Rufus hizo una mueca—. ¿Tan malo es?

—Horrible.

El silencio se interpuso entre ambos. Orga lo miró fijamente, como si la respuesta estuviera escondida en sus ojos rasgados, en sus finos labios o en su suave cuello. Sólo provocó que el rubio se sonrojara profundamente.

Orga suspiró, mirándole de medio lado.

—¿Qué? ¿Acaso has pillado a Sting en pleno "trabajo"...? —Rufus se tensó al instante—. ¡Ajá! ¡Estás así porque has visto a Sting follando! ... Pero, ¿y qué? Yo lo he pillado tantas veces ya que ni me acuerdo.

Rufus gruñó, empujando a Orga para que se quitara. Él rodó hacia un lado, dejándolo libre.

—No es el qué estuviera haciendo, ¡es con quien!

—¿Y? Vamos Rufus... ¿Estaba con Yukino?

—¿Qué? ¡No, joder!

—¿Entonces?

—Estaba con... Ya con quien nunca ha... Joder.

Orga frunció el ceño.

—Sting ha estado con todos; la única persona que se me ocurre es Rogue, pero... —Rufus se tapó la cara, avergonzado—. No me jodas. ¡¿Con Rogue?!

Ante su mudo asentimiento Orga quedó anonadado, boqueando sin saber muy bien qué decir.

—Pero si a Rogue le molan las tías... ¡Me lo dijo hace un par de semanas!

—Pues no parecía que fuera la primera vez —concedió, portando un gesto dolido. Orga se giró hacia él, agarrando su cara con ambas manos para que le mirara.

—Ahora entiendo.

Rufus negó frenéticamente, apartándose de él.

—¡No! ¡No lo entiendes! —exclamó, levantándose de la cama.

—Aún sientes algo. Rufus, no pasa nada —Él permaneció de espaldas, sin decir nada—. Crees que no puedo, que sólo soy una mole de músculos sin apenas sentimientos, pero te equivocas.

Se irguió, acercándose a él para ponerle un brazo en el hombro.

—Se te pasará —afirmó.

—Es sólo que... No es que no quiera que sea feliz. ¡Joder, si lleva encoñado de Rogue desde que eran niños! ¡Lo sé porque él me lo confesó! Sólo que... Me duele, quiera o no —Se giró hacia Orga, los ojos vidriosos—. Lo siento.

Cómo única respuesta Orga lo acercó para así, besándolo con fuerza, impidiéndole apenas coger aire. Rufus le abrazó, desesperado, recorriendo la interminable espalda con ansias, con desesperación. Deseando que, con cada beso, con cada caricia y promesa húmeda, el recuerdo de Sting terminara al fin de cicatrizar.