Nuevo hogar, nueva vida

Aquélla era una iglesia pequeña para el acontecimiento que se suponía que albergaría: La boda de la viuda de Sergei Arlovski.

Es más, apenas había asistentes, tal vez por lo tardío del evento, que se llevaba a cabo durante la medianoche. O muy seguramente sería por lo poco sociable de ambos novios: Ella siempre había sido muy fría y muy celosa, aparte de falsa; él era un desconocido, muy tímido pero igual de frío que ella. Sólo estaban, aparte del novio, el sacerdote y el juez. La novia por el momento parecía reusarse de aparecer, intentando seguramente que la luz de la luna la iluminara.
El novio parecía no entenderlo, más preocupado por llegar puntualmente a su nuevo hogar en esa pequeña ciudad italiana. Su postura se tensó, volviéndole más tenebroso aún, incluso con su pelo rubio peinado muy formal, sus ojos celestes gélidos y su gran altura y musculatura. Tosió un par de veces con impaciencia y cruzó sus brazos sobre su pecho, dando una forma aún más terrorífica.

-¿Cuánto puede quedarle?

-No lo sé, señor Klausz. Si quiere puede observar lo maravilloso de nuestra decoración. Por ejemplo, apenas hay muro, casi todo son vidrieras. Es por el llamado estilo gótico, que intentó elevarse e iluminarse hasta el cielo, pues buscaban la gracia de Dios y los ángeles de esa forma.

Ludwig se rió en sus adentros. La humanidad era curiosa, era totalmente incapaz de ver que no había más Dios que lo que su mente deseaba, y que esos ángeles no eran más que otros demonios como él. No había una gracia divina bondadosa, no más que la que ellos quisieran. ¿Querían un Dios bueno? Pues como tal lo verían. ¿Lo preferían cruel y vengativo? Así se comportaría para ellos. Y por supuesto, dicha percepción no prestaría más o menos atención por lo bonitas y grandes que fueran unas vidrieras.

Quién sabe, tal vez por eso Mijaíl, anterior rey de los demonios, padre de Iván, atacó a la humanidad. Porque debieron olvidar que ese Dios al que adoraban debía ser alguien amoldado a cada persona que le guiaría para vivir, no para matar. O quizá fue por esa escasez de recursos en la que la Tierra había sido sumida, aunque Iván, compasivamente, los aumentó y entregó nuevos a los supervivientes de la masacre. Y todavía había gente que tenía la desfachatez de decir que todos los demonios eran malvados...

No pudo pensar por más tiempo, pues las puertas de la iglesia se abrieron, dejando paso a una figura vestida de negro con un velo de tal color que no permitiría ver sus rasgos delicados, su hermoso pelo rubio platino y sus brillantes ojos azules. Más que parecer una dulce y sonrojada novia, Nataliya parecía una horripilante figura espectral, casi la muerte reclamando las almas de los condenados.

-Ya ha llegado la viuda negra...-Susurró el párroco sin que nadie le oyera, afortunadamente. -Bien, estamos aquí reunidos para celebrar la unión entre Nataliya Arlovskaya y Ludwig Klausz. Ludwig, ¿aceptas a Nataliya en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

-Sí quiero.-Respondió con seguridad y firmeza.

-Y tú, Nataliya, ¿aceptas a Ludwig como legítimo esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

-Sí quiero.-Ella entrelazó su brazo con el de su futuro marido, no dejando duda alguna sobre su intención de no dejarlo ir nunca bajo ninguna circunstancia, ni siquiera la muerte.

-Bien, yo os declaro unidos en matrimonio. Podéis besaros.-Ni intentó aquello de una posible oposición, no había nadie en ese lugar.

Ludwig apartó el velo, hallando una sonrisa que le invitaba a sellar tal unión, así que sin pensarlo unió sus labios a los de ella, recibiendo otro beso por parte de Nataliya. Los otros dos presentes pensaban más bien en la estabilidad de ese matrimonio, no queriendo preguntar en voz alta por temor a lo que ambos pudieran hacerles.

Ambos salieron sin que hubiera nadie que les tirara arroz o flores, o nadie a quien lanzar el ramo, aunque Nataliya igualmente lo hizo, cayendo éste en uno de los sucios canales que rodeaban la pequeña iglesia. Esperaron a un bote, cosa que les llevó apenas unos minutos.

-A la Isla Arlovski, por favor.

Un escalofrío recorrió la espalda del hombre al oír mencionar ese infame lugar. Arlovski había sido un gran científico y médico, pero su pasión por las jovencitas le habría hecho perder a su mujer, quien le daba la poca cordura que poseía. Con ella se fue su razón, incrementándose los casos de muertos en el hospital de Città Acquatica. Su riqueza era tal que nunca pudieron acusarle sin más pruebas que habladurías, muy ciertas, pero insuficientes. Finalmente, Arlovski murió al caer por una ventana, aunque había quien acusaba de tal suceso a la chiquilla que ocupaba el lugar de la primera esposa. Ahora esa dama había crecido y había encontrado a un galán para ella.

La Isla Arlovski no era excesivamente grande, pero sí estaba bien comunicada a través de un excelente sistema de canales que permitirían un enorme dinamismo. Sobre el cielo nocturno se alzaba una mansión de un color tan oscuro como su escenario. La casa debía estar esperándoles, pues de sus ventanas salían luces invitando a los recién casados a entrar.

-Cariño mío, bienvenido a tu nuevo hogar.-Susurró Nataliya en el oído de Ludwig mientras las pesadas puertas se abrían.

Una enorme sala llegó a los ojos del demonio, de tal magnitud y con tanta cantidad de detalles que una sola ojeada no permitiría explorarla con toda la soltura que le pudiera gustar. Pero, hubo algo, al final de esa retorcida escalera, que le llamó profundamente la atención.

Inició su camino siendo seguido por Nataliya, quien también frenó en seco frente al retrato de un anciano que una placa junto a ese cuadro concreto entre miles de esa pared acreditaba como Sergei Arlovski.

Debía tener el pelo largo cano, habiéndose quedado calvo con el paso de los años. Sin embargo, destacaban sus ojos claros que reflejaban como la mirada de Sergei Arlovski debía haber sido inquisitoria y fría, cosa que el artista había reflejado con tanto detalle que Ludwig en verdad parecía sentir cómo debía juzgarle. Su flamante nueva esposa no sentía tal efecto y sin más, abandonó la sala, dejándole a solas contemplando ese cuadro que parecía advertirle del peligro en el que se había metido con su "Sí quiero".

La llamada de Nataliya al dormitorio fue lo que le sacó de su ensoñación, guiándose sólo por la voz a un dormitorio de tamaño acorde al lugar, con un estilo tan recargado y con tal contraste entre el dorado del techo y decoraciones y el negro presente en lo demás que lo último en lo que se fijó fue en que Nataliya cerró la puerta tras él.

-¿Te apetece jugar, amor mío?-Ronroneó en su oído, restregando su cuerpo contra su espalda, abrazándole por detrás.

Nataliya sintió una caricia en su mano antes de que las apartara. Ludwig se vio libre del abrazo, pero rápidamente ella cogió su mano y lo guió hacia la cama, que retumbó bajo el peso de ambos. Él estaba tumbado bajo ella, quien se incorporó, quedando sentada sobre su cuerpo. Con una facilidad sorprendente, el vestido de bodas cayó al suelo, así que sentir las caricias de Ludwig ansiosas sobre su piel fue mucho más fácil.

Recorrían su abdomen, su espalda y, una vez eliminado el sostén de encaje, su pecho. Pronto fueron acompañadas de besos sobre su tren superior, cuando él se animó a incorporarse también. Nataliya le desabrochaba la ropa, desde la chaqueta, que cayó suavemente sobre el colchón acompañada por el chaleco, la corbata y la camisa, hasta los pantalones; aprovechó así para tocar cada línea de ese descomunal cuerpo. Pudo sentir como Ludwig se tensaba más y más a cada roce que ambos se daban, sintiendo presión sobre la poca tela que conservaban entre ellos.

-¿De verdad quieres?-Preguntó con su voz grave sobre su cuello de cisne tras haber bajado la goma de su ropa interior.

-Sí.-Un sonido se le escapó de la garganta en cuanto una mano se introdujo por sus braguitas y la tanteaba, pero no llegó a introducir sus dedos, fastidiándola.

-Que así sea, mi amor.-El tono resultó tan salvaje como el mordisco sobre el pálido hombro, llegando hacerle sangre, pero que Nataliya pareció disfrutar a juzgar por su gemido, esta vez más alto, y por cómo clavó sus uñas sobre su piel, dejando marcas en forma de media luna.

Durante los dos años previos habían sido extremadamente cuidadosos en cuanto al sexo se refería, quizá por temor a espantarse, pero una vez se habían unido, ¿para qué mentirse? Disfrutaban con los arañazos en su espalda y en sus piernas y nalgas, así como los mordiscos en el cuello, hombros e incluso sobre el pecho. Sentían un placer inigualable cuaando lamían y succionaban la piel propia o contraria. El dolor les satisfacía tanto como las rápidas y contundentes acometidas acompañadas de movimientos rápidos en respuesta a éstas.

Así sus cuerpos se habían pegado más a medida que el cansancio se iba haciendo paso junto la cada vez más cercana gloria final, mezclándose el sudor con la escasa sangre que pudiera quedar de alguna que otra pequeña herida abierta, mientras en sus bocas danzaban el sabor salado y el metálico en un intento de contener los gemidos, gritos y gruñidos que habían invadido la mansión previamente, cuando su vista había ido nublándose cada vez más y sus instintos primaban. Un orgasmo silenciado por aquel beso selló definitivamente la unión previa.

Volvieron a caer sobre el colchón, haciendo sonar los muelles una vez más. Ludwig se abrochó los pantalones, Nataliya se cubrió con una sábana. Los dos trataban de recuperar el aliento cuando se miraron a los ojos y se dedicaron una sonrisa, apenas una curva en su cara por parte de él y una panorámica a sus dientes pequeños y blancos por ella. Se juntaron y durmieron así por horas.

Fue el despertador el que hizo despertar a Ludwig. Confuso, recordó detalles de la noche anterior y buscó a Nataliya en la cama, no encontrando nada más que unas arrugas sobre las sábanas que atestiguaran que ella durmió allí. Recordó que había invitado a sus tíos a pasar unos días allí, y viendo lo unida que estaba a ellos debía estar esperándolos fuera.

Buscó su maleta enviada días atrás, aunque encontró su ropa ya planchada y colocada en el armario. El orden de los trajes le gustó tanto que realmente creyó que iba a tener una buena vida en la Isla Arlovski. El optimismo anidó en su corazón y salió del cuarto con una sonrisa que ni se esfumó cuando chocó con una chica morena.

-Vaya, lo siento.

-No se preocupe. ¿Es usted Ludwig Klausz?-Asintió, observando a la chica apuntar algo en una libreta.-Un placer, soy Luljeta Hoxha, y trabajo como asistente desde... Hace dos horas.

-Me alegra saberlo.-Observó las puertas abiertas y, destacando sobre la nieve y el gris cielo, la figura expectante de Nataliya.

Se acercó con cuidado de no hacer ruido, abrazándola por las caderas. Ella soltó una risita y giró su cabeza hacia atrás para besarse unos segundos. Un barco rompió el paisaje y el contacto, descendiendo Iván Braginsky, Amelia Jones y, en los brazos de ella, una niña de no más de un año de edad con el pelo rubio ondulado como su madre.

La cara de ambos palideció. En todos esos años Ludwig jamás había visto a los queridos tío de su reciente esposa más que aquella vez en el baile en Musiker Seele y de espaldas, no pudiendo reconocer a su antiguo jefe. Nataliya se fijaba más en la criatura a la que Amelia le hacía arrumacos diversos y que tarde o temprano robaría la atención que antes recaía solamente en ella.

-Buenos días. Hola, Nataliya, cielo. ¿Cómo estás?-De momento Iván parecía no haberla olvidado.

-Bien.-Fingió que por su mente no pasaban celos por la recién llegada.

-Vaya, Klausz, cuánto tiempo. Veo que todo os va estupendamente. Me alegro.

-Chicos, temo deciros que Vanya y yo no podremos quedarnos aquí por causas laborables.

-¿Qué? Si hacía mucho que no os veía...

-Nataliya, no te preocupes, pronto estaremos aquí. ¿Os importaría cuidar de Madeleine? No podemos llevarla con nosotros.

-Claro que no, señores.-Ludwig no quería problemas con los reyes de los demonios, recordando lo que le ocurrió al traidor de Musiker Seele.

-Así me gusta.

La charla continuó apenas dos minutos más. Nataliya y la niña entraron juntas a la casa, luciendo la primera un gesto de rechazo más que evidente y que posiblemente sería la causa de su principal peligro, del cual Arlovski intentó advertirle.

Lo que Sergei Arlovski jamás habría adivinado es que Ludwig la quería demasiado, y aunque exterminara a medio mundo, no sólo la amaría, sino que la ayudaría. Tal vez el cuadro debía advertir del peligro que eran ellos dos conjuntamente.