Corre, corre

La luz crepuscular iluminaba el angosto camino improvisado. Podía oír el crujido de las hojas bajo sus pies. La luz del sol acariciaba su delicada piel. Una suave brisa movía su cabello con dulzura.

Ella solía haber disfrutado esos efectos de la naturaleza, pero ahora sentía el dolor recorrer sus piernas, su respiración cada vez más tortuosa y difícil y los pasos ajenos se acercaban más, acelerando su ya por sí embravecido corazón. De ese modo, la luz que cegaba sus ojos sólo era una molestia, como la distracción de su cabello o las hojas que revelaban sus movimientos a sus perseguidores.

Sabía que no iba a resistir demasiado, así que la pobre presa se escondió entre unos arbustos. Mientras recuperaba el aliento observó los pies de su perseguidor pararse frente al arbusto. Contuvo la respiración un momento, hasta que los escuchó alejarse.

Los segundos se le hicieron horas, así que se asomó sin antes volver a comprobar su alrededor, cometiendo un gran error, pues no tardó en sentir un brazo aprisionando su cuello. Trató de zafarse sin éxito, sin pensar en que el esfuerzo sólo agotaba el oxígeno de sus pulmones y que la presión en su garganta no iba a permitir retornarlo.

Pronto se rindió, ahora más preocupada por poder respirar. El pecho le dolía cada vez más, encogiéndose para buscar algo de aire residual que hubiese podido quedar, pero por lo nublado que el bosque se tornaba, sabía que no era así, y sabía que su final era cada vez más próximo. Las piernas le fallaron, quedando colgada en el brazo de quien pasaría de persecutor a asesino en tan sólo unos segundos.

El teatro retumbaba ante los gritos que recorrían cada rincón de su enorme extensión y penetraban como un taladro en el oído de la compañía de baile recién llegada desde lo más profundo de Rusia.

-¡No lo volveré a decir una vez más! ¿Dónde está Irina?-Gritó Madame Eloise Bonnefoy, dueña del teatro con su mismo apellido.

-No lo sabemos.-Respondió una de las figurantes, una tal Roxana a la que acompañaban su marido Konstantin y su hijo Grigori.

-¿Y tú quién eres?

-Roxana Vasilescu. La última vez que vimos a Irina iba a salir a buscar un vestido para su boda.

-¿Y por qué no ha vuelto aún? ¡La actuación es en quince minutos!

-Deberíamos suspenderla. El único número en el que ella no salía era en el baile del cisne solitario de Nataliya. O, sólo realizar ese número.

-¡Pues hacerlo! ¿Cuál es Nataliya?

-Yo, señora.-Una de las chicas se adelantó.

-Quiero que te prepares: Esta noche tendrás tu oportunidad de brillar. ¡Y que alguien busque a Irina!-Eloise Bonnefoy se dio la vuelta y cuando iba a marcharse ante las narices de la compañía, Bastian Zwingli, un guardabosques local, apareció y preguntó:

-¿Conocéis a los familiares de Irina Malevich? Hemos encontrado su cadáver.

Fingerless

El agua del mar permanecía en calma. Posiblemente por eso, Alex Finnigan corrió hacia el agua, siendo perseguido por una damisela.

La chica en cuestión tenía el pelo castaño ondulado, los ojos verdes y llevaba un atuendo de estilo piratesco. La dama empuñaba una alabarda mayor que ella, intimidando al ladrón de poca monta.

Fingerless era uno de los ladrones más buscados en Inglaterra, conocido por el robo de los frisos del Partenón que estaban en el Museo Británico. En más de tres años había desplumado a buena parte de la isla sin dejar más rastro que la nota en la que escribía su irónico mote.

O eso debía creer.

Ahora corría desesperado por no ser atrapado por la mujer que en un impulso sobrenatural había sabido la realidad sobre su paradero. Ella movió su arma, que generó un silbido suficiente como para que Fingerless cayese ante ella.

-¿Y tú eres el increíble ladrón?-Preguntó ella con sorna mientras le arrastraba con desprecio fuera del agua.

Lo peor para ella era rellenar todo el papeleo de la detención, puesto que sentía que así cada intervención perdía la emoción por completo. Por si fuera poco, el sujeto se negó durante buena parte del tiempo a decir su verdadera identidad, lo que alargó innecesariamente un proceso ya finiquitado. Además, como no era policía, sino una detective en asesoramiento, la gestión se alargó aún más, dejándola totalmente agotada.

Dos horas después, la mujer llegó a su casa. No se molestó a comprobar el buzón con los nombres "Isabel Fernández Garrido & Arthur Ignatius Kirkland", sino que entró directamente, encontrándose la casa a oscuras.

-¡He capturado a Fingerless! ¿Arthur? ¿Constança? ¿Hay alguien?

Se quitó las botas y el abrigo, y sin hacer mucho ruido se dirigió a la sala de estar que, pese a la oscuridad, dejaba intuir una figura estante.

-¿Quién eres?

La figura dio unas palmadas, a lo que una mano mecánica del techo respondió encendiendo una vela tras una pantalla. La figura era Arthur, un chico rubio de ojos verdes, con grandes cejas y piel muy pálida. Le pareció que iba muy elegante, lo que junto al ramo de rosas le hizo sospechar lo que iba a pasar.

-Oh, cielos...

-Isabel, sé que han pasado sólo dos años desde que nos conocemos, y uno y medio desde que empezamos a salir, pero... Me he dado cuenta, bueno, en realidad me di cuenta hace mucho, pero bueno, el caso es que estoy enamorado de ti, y tú de mi, y no parece un sentimiento que se vaya a ir de repente. Aunque haya veces que nos peleemos, y con ganas porque somos muy cabezotas y orgullosos, que sepas que siempre te amaré. Y sé que puede parecer un mero formalismo, pero de verdad deseo confirmarte este amor, de modo que... Isabel Fernández Garrido, ¿me harías el honor de ser mi esposa?

-¡Sí! ¡Dios mío, claro que me casaré contigo!-Respondió ella entre lágrimas de emoción. Su prometido sacó un anillo de entre el ramo, encajándolo dulcemente en su anular, tras lo cual se fundieron en un beso.

La estación de tren

Feliciano observó el panorama que se le ofrecía desde lo alto del montículo que permitía ver los trenes pasar mientras se acercaba más a su parada.

La estación estaba techada con una telaraña de hierro y cristal, iluminadas artificialmente en de instante al ser de noche. A esa mortecina luz falsa se añadía el humo y una suerte de chispas que salían de las chimeneas de las máquinas al quemarse el combustible de nombre Turba Lumínica, por esas lucecitas que generaba a su alrededor, y que contribuían a dificultar la visión de los objetos.

Con suerte, Feliciano Vargas siempre había sido un chico inteligente, así que con una linterna iluminó la carta que le había hecho elegir un tren:

"Querido Feliciano Vargas:

Escuché tu última maqueta hace poco y he de decir que has mejorado mucho en estos años, con lo que me agradaría acogerte como mi alumno.

A día de hoy mi residencia sigue siendo Musiker Seele, el cual compré. Mi residencia habitual es el Kleine Hashaults. Te estaré esperando.

Atentamente,

Roderich Edelstein"

Aunque Roderich Edelstein era su tío y una eminencia en el mundo de la música, por un momento se negó por completo a volver a Musiker Seele al recordar los horribles sucesos ocurridos. Con esa carta no sólo se abría la posibilidad de iniciar su carrera como tenor y violinista de la mejor de las maneras, sino también reabría una horrible herida que tanto le había cerrar.

"Al menos iré a verte pronto, hermano", pensó mientras subía al tren y recordaba la impresión que los ataúdes dejaron en su mente...