El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
An Endless Tale
Parte 2
VIII
Kouji se sintió observado. A menudo tenía la sensación de que una mirada permanecía fija en él, hiciese lo que hiciese. Sus hombros se tensaron de forma inmediata, sus ojos se estrecharon y giró la cabeza hacia atrás, para ver si podía distinguir algo. Pero el ascensor era lo único que podía captar. El cubículo de metal por el que él y sus amigos habían bajado al subsuelo de la estación donde habían iniciado sus aventuras y que estaba totalmente vacío. Todo el sitio permanecía imperturbable. Suponía que no se trataba de algo real, quizás Takuya tenía razón y se estaba volviendo paranoico.
Nada había cambiado, excepto la soledad que inundaba los andenes oscuros.
Frunció el ceño, siguiendo pasos extrañamente conocidos. Salir de su casa e ir a la estación Shibuya era algo que no debería sentir tan normal, hacia mucho tiempo habían desandado el camino que había unido sus pasos. Pero se sentía exactamente como la primera vez. La ansiedad recorría cada rincón, arrastrando consigo a la preocupación y a la curiosidad. ¿Podía existir alguna mezcla de sentimientos más letal? Él creía que no.
No había ni un solo Trailmon a la vista, ni una sola alma vagando en el sitio. Sólo ellos cinco habían llegado a ese lugar, en esa oportunidad. Ni siquiera existía el consuelo de que seis destinos se unirían. ¿Revelarían más respuestas? Ojala tuviese la certeza de que eso sucedería.
—¿Hola? —dudó Takuya. Sus manos aprisionaban las de Izumi, no las habían soltado desde que salieron del hogar Minamoto. Kouji no pudo evitar tocar su mejilla izquierda, imaginando la marca de los dedos finos de la muchacha. Orimoto siempre había tenido un fuerte carácter— ¿Hay alguien aquí?
—Que extraño —murmuró ella— Ofanimon nunca nos había llamado en vano.
No hubo respuesta. Kouji sintió un escalofrío y volvió a pasear la mirada por la estación, con más apremio. Seguía sintiéndose extraño, seguía notando algo que lo incomodaba en cada sitio, unos ojos. Algo los observaba, no podía estar equivocado.
El problema era saber si ese algo era real o estaba solamente en su mente.
—No entiendo nada de esto— aseveró Shibayama, cuando toda la respuesta que obtuvieron fue silencio— ¿Quién nos habrá llamado aquí? Estoy seguro que era la voz de Ofanimon.
Todos lo estaban, no sólo Junpei, pero nadie se atrevió a poner en palabras aquellos pensamientos. Cuando las palabras suenan son más peligrosas que cuando están ocultas en las mentes de sus dueños. Por eso se dice que es mejor ser dueño del silencio. Cuando las palabras suenan, cuando se liberan, es fácil ser esclavizado.
Kouji apretó el teléfono dentro de su bolsillo.
Jamás se despegaba de ese aparato maldito, ni siquiera cuando se acostaba o cuando desayunaba, lo llevaba a todas partes. Tenía la estúpida esperanza de que Kouichi le devolvería las llamadas perdidas, de que su hermano le diría que estaba bien donde sea que estuviese, de que escucharía su voz y pondría fin a la agonía de la espera. Porque esos ausentes días podían haber sido una eternidad con la enfermedad llamada incertidumbre.
Y él conocía mucho de ese mal al que no podía darle una cura.
Un sonido rompió el silencio y sus pensamientos. Kouji lo agradeció como pocas veces había agradecido algo en su vida. Su mente era un torbellino de ideas oscuras, nunca le pareció tan irónico que él fuese el guerrero de la luz. Por eso no quería hablar con Takuya, por eso prefería quedarse encerrado y ser cobarde. Pensar en Kouichi era doloroso, era doloroso porque hablaba de que —otra vez— había perdido algo precioso. Su hermano, su familia, había escapado de sus dedos y no había podido hacer nada para salvarlo. Ni siquiera correr por los pasillos de un hospital, implorando por algo llamado milagro.
Kouichi había desaparecido, como antes. Pero, esa vez, no había consuelo.
En el andén más cercano, una figura familiar comenzaba a materializarse y atraer las miradas de los jóvenes. Tomoki respiró como si algo bueno hubiese sucedido, Kouji vio sus hombros relajarse ante la súbita aparición, como si indicase una señal de que las cosas mejorarían. Las vías resonaban, vibrantes. Estaban siendo aplastadas por el peso del Trailmon azul que corría hacia ellos.
Pero, pese al alivio experimentado por sus compañeros y amigos, él solamente podía pensar en obtener respuestas a las miles de cuestiones pendientes.
IX
El tiempo es relativo. Kouichi había aprendido de eso en su estancia en el mundo digital.
En aquel lugar todo era diferente, no era fácil medir los días. Muchos ni siquiera lo intentaban. Había estado sumergido en ese lugar durante lo que le habían parecido meses, pero no podía estar seguro… Tampoco quería estar seguro.
Lo bueno de estar en un lugar así es que uno descubre que el tiempo es relativo, que realmente no importa si avanza o retrocede. Pasa. Y eso es todo.
También estaba rodeado de criaturas que no envejecían, como él. Eso le daba la sensación de que el mundo se ponía en pausa pero —al mismo tiempo— todo seguía su curso. Era una impresión curiosa, irreal. Pero lo consolaba.
Era lo mejor que podía hacer en ese momento, porque no tenía idea de que pensar realmente sobre lo que había sucedido desde que había abandonado su casa. Una punzada de culpa le recordó la mirada ilusionada que su madre le había dado la última vez que la vio. Odiaba saber que esa esperanza se había hecho pedazos por su causa.
Pero tampoco tenía la fuerza inhumana de regresar y ver como se rompía su propio corazón. Nunca había sido una persona que se considerase así misma fuerte. Ese era Kouji. Su hermano gemelo se repondría, saldría adelante. Sin importar cuanto costase, él siempre lo hacia. Nunca había sido el hermano débil de corazón.
—Estás muy sombrío —murmuró Löwemon, en voz baja.
Kouichi apartó la mirada de sus amigos, que estaban subiéndose al Trailmon azul y se volvió hacia el guerrero de la oscuridad, que estaba junto a él.
Los ojos rojos le recordaban a los azules de Kouji: siempre veían más de lo que él quería mostrar. Más allá, sentados en diversos asientos estaban cinco de los diez guerreros. Kouichi creía saber por qué estaban allí. Habían querido acompañarlo y lo agradecía… Pero pensaba que no necesitaba tantos ojos que viesen como destruía su propio futuro.
Incluso a pesar de que su futuro había estado condenado de antemano.
—Lo siento —susurró.
—No debes disculparte por tus sentimientos —Löwemon declaró, en voz baja y suave—, nadie puede decirte lo que debes sentir ni como manejar tus emociones. Aunque agradecería que fuese menos duro contigo mismo —le lanzó una larga mirada, parecía debatirse entre un regaño y el consuelo que necesitaba. Kouichi pensó que el guerrero oscuro se inclinaría más por el reproche— No te olvides que puedo sentir la oscuridad que hay en ti.
De alguna manera retorcida, Löwemon le recordaba a Kouji. No estaba seguro de si eso lo alegraba o le dolía —ambas emociones podían ser tan similares en el abismo— pero era bueno saber que había alguien que se preocupaba de que no se hundiese en sus propias tinieblas.
Sonrió. —No lo olvidaré de nuevo.
—Ellos van a ir con Ofanimon, lo sabes ¿no? —Kouichi asintió—. Y ella le dirá lo que han acordado —parecía intrigado mientras hablaba— ¿qué fue?
Después de haber llegado al Continente de la Oscuridad, Löwemon lo había llevado con Seraphimon. Luego, se reunió con Ofanimon y Cherubimon. Los Tres Ángeles del Mundo Digital le contaron lo que ocurrió y las palabras se marcaron para siempre dentro de su mente. El tiempo era relativo, por eso sentía que habían sido pronunciadas una eternidad atrás.
—Nos alegra mucho verte, Kouichi-han —había saludado Bokomon, hablando también por Neemon—, aunque es muy triste que sea en estas condiciones…
No recordaba mucho de lo que había platicado con el digimon que había conocido en sus aventuras.
Su mente había permanecido embotada desde que Löwemon le dijo que estaba maldito. Sólo recordaba haber asentido y negado, que las palabras se fueron al aire, que nada de ello se sintió lo suficientemente real como plasmarse en un recuerdo. Aunque claro, cuando te dicen que estás condenado a no-morir, ¿qué es lo suficientemente real para plasmarse en un recuerdo? Aun tenía que hallar una respuesta para eso.
Seguramente algo más desagradable. Como que todas las personas que amas te abandonaran, aunque no lo quieran. Porque la muerte es la única deuda que todo hombre debe pagar.
—Ella les dirá lo que ha pasado conmigo —replicó.
—¿La verdad?
¿Qué el deseo de que él volviese al mundo real había activado alguna clase de conexión con el Mundo Digital y que estaba condenado, por eso mismo, a seguir viviendo a menos de que ese mundo pereciese? No podía decirles eso. Les darían una versión más ligera, algo que no los señalase como responsables. Algo que les ayudase a marcharse a su casa siendo sólo cinco, como debió ser la primera vez.
Löwemon estaba subestimando la situación. O a él, pero eso no importaba realmente.
—Algo así.
Agnimon, Fairymon, Blitzmon, Chackmon y Wolfmon se habían subido al Trailmon oscuro apenas antes de que saliesen y no habían emitido una palabra alguna durante el viaje. Los guerreros legendarios que allí se encontraban bien podrían haber sido estatuas de cera. A excepción de aquel con el Kouichi había compartido sus poderes, claro. Los ojos rojos desacreditaban cualquier duda porque ardían. Löwemon se parecía más a lo que quería dejar atrás de lo que debería.
El guerrero de la oscuridad cerró los ojos, pero Kouichi sabía que había dentro de su mirada cuando la devolvió a su rostro. Parecía dolor y tristeza pero había algo de resignación también.
—Siento que tengas que hacer tantos sacrificios.
—No son sacrificios, Löwemon —discutió, sacudiendo la cabeza. Era triste pero no era simplemente cosas que resignaría, eran más. Y menos —Son actos egoístas.
—Creo que eres el único ser que conozco que ve sus propias virtudes como horribles defectos.
Eso no debería tomarlo como un cumplido ¿Cierto?
La sonrisa de sus labios podría reflejar cualquier cosa pero sus ojos sólo habían mostrado amargura. Después de todo, las apariencias no afectaban en nada a Löwemon porque parecía ser el único capaz de ver las sombras detrás de la sonrisa.
X
Kouji se quedó en el final del Trailmon, de espaldas a la entrada y con las manos en el barandal del final. Sus ojos se concentraron en el andén que desaparecía bajo los rieles, Izumi se preguntó si esperaba que Kouichi llegase hacia ellos, corriendo y pidiéndoles que lo esperasen.
A su alrededor estaban sus amigos, su equilibrio necesario, sus tesoros invaluables. Takuya le apretó la mano, como si estuviese percibiendo su inquietud y ella apoyó la cabeza en su hombro, queriendo cerrar los ojos y despertar de la pesadilla. Tomoki y Junpei hablaban en un mundo muy lejano. Kouji estaba a cinco universos de distancia.
Ella no podía decidir como sentirse en realidad. Después de todo lo ocurrido, simplemente, su mente no tenía espacio para seguir hundiéndose en preguntas sin resolver.
—¿Creen que encontraremos a Kouichi en el Mundo Digital? —dudó el pequeño Himi.
Izumi abrió los ojos pero la pesadilla no había terminado.
Allí estaban, los cuatro. El quinto estaba medio ausente, medio perdido pero también debería ser contado. Eran cinco, de nuevo. Sus mejores amigos y su novio arriesgándose en una misión sin sentido en la que nada parecía real. Buscando a su otro amigo perdido. Para así poder ser seis.
Era horrible aquella sensación que la invadía cuando mencionaban a Kouichi. Las palabras que había gritado a Kouji después de abofetearlo habían sido sinceras, reflejaban simplemente la realidad en la que había vivido. Ella ya sabía que había algo malo con su mejor amigo, ella ya había sentido que él parecía alejarse más y más… Pero no había podido hacer nada cuando se escurrió entre sus dedos.
—Kouichi, ¿qué sucede? —le había preguntado sin poder reprimirse, algunos días atrás, antes de que él se marchase por cuenta propia. Izumi nunca había sido una persona que meditase demasiado las cosas, en especial cuando se trataban de sentimientos y de sus seres queridos.
Él había parpadeado, confuso. Sus ojos la habían contemplado con extrañeza pero la sonrisa de su rostro tuvo la decencia de borrarse, para mostrar confusión —¿Disculpa?
—Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Te ayudaré en todo lo que pueda —mil y una vez debería haber pronunciado esas palabras. Así, tal vez, él las creería.
Kouichi le había sonreído, antes de despedirse. Le apretó el brazo y nunca lo vio más adulto que en ese momento, pese a que seguía siendo dueño del cuerpo de un niño.
—Lo sé, Izumi-chan. Gracias.
Y sólo unos días después, Kouichi había desaparecido. Con un mensaje a medio escribir en el que pedía disculpas, dejando a una madre desconsolada, a su gemelo descolocado y al resto, perdidos. Para Izumi el mundo, su mundo, había cambiado. Pero a su vecina poco le importaba el paradero de su mejor amigo.
¿No es curioso como el mundo es, en realidad, algo pequeño?
—No lo sé, niño —Junpei replicó a la pregunta de Tomoki. El pequeño se mostró apenado y el mayor le revolvió el cabello, aunque su expresión era mitad simpática, mitad inquieta— Esperemos que sí.
La esperanza es aquello que uno espera contra cualquier adversidad.
Izumi siempre pensó que era un sentimiento fortalecedor, ahora comprendía los alcances destructivos que podría llegar a tener cuando estaba ausente. Nada duele más como ver destruidas las esperanzas.
Por muy falsas que estas puedan ser.
XI
—Creo que pronto llegaremos —Fairymon suspiró. Sus alas parecían perder sus brillo dentro del vagón y Kouichi se preguntó si era algún juego de la luz— Izumi-chan se siente tan mal. Creo que voy a llorar.
Agnimon le rodeó los hombros con un brazo después de oír la declaración. Su gesto abatido hablaba de que compartía los mismos sentimientos, como si también estuviese conectado a las emociones de Takuya. Kouichi no pudo evitar pensar en él y sus primeros roces torpes con Izumi, al inicio de su noviazgo. Siempre se había divertido de verlos actuar juntos. Sin embargo, recordaba también que advertirle a Kanbara sobre lo que ocurriría si le hacia daño no había sido divertido.
—Con el tiempo, adoptamos algunas cosas de ustedes. Todos estamos conectados y no nos pertenecemos exclusivamente a nosotros mismos. Algo de ustedes se ha quedado con nosotros y algo nuestro se ha ido con ustedes —Wolfmon habló.
Su voz era profunda, llenaba cada rincón y Kouichi sintió sus ojos perforándole la espalda. Ese digimon sí le recordaba a Kouji, pero le recordaba todo lo que Kouji había sido para él. La luz que le permitió salir de la oscuridad.
Y, por eso, jamás había podido mirarlo a la cara.
—Tiene sentido —declaró. Sus ojos volvieron a pegarse a la ventana, evitando todo lo demás. Era más seguro ver el mundo sin paisajes que sumergirse en ese abismo de imágenes familiares frente a sus ojos.
Wolfmon caminó hasta llegar a su lado. Kouichi se preguntó por qué Löwemon se había marchado de allí. El guerrero de la luz parecía tenso, con los brazos cruzados en su pecho y los ojos tan rojos como la sangre que se espesaba dentro de sus venas.
—¿Has pensado en pedirles su opinión?
Miró por el rabillo del ojo al guerrero de la luz. Su expresión reflejó toda su inquietud y luego, suspiró. Era evidente que Wolfmon no iba a dejar pasar el tema.
—¿Crees que debería decírselos?
—Creo que ellos tienen derecho a elegir.
—Y yo no.
—No he dicho eso —fue la replica helada de Wolfmon, Kouichi luchó para no retroceder por acto reflejo.
—Wolfmon —lo detuvo Löwemon, en voz baja. Un brazo negro apareció en el campo de visión de Kouichi posándose en los hombros pintados de blanco y amatista. Nunca había agradecido tanto su presencia como en ese momento— Déjalo.
Luz y oscuridad se encontraron en sus miradas. Kouichi se sorprendió de lo mucho que podían comunicarse sin decir nada, se preguntó si alguna vez su relación con Kouji había sido tan significativa. Una punzada de dolor le recordó que sí y volvió a apartar la mirada de ambos, como si la simple visión fuese horrenda.
—Ya que sabes como se siente no tener opción, creí que sabrías cuanto valdría para ellos —fueron las últimas palabras que le dirigió Wolfmon.
El guerrero del resplandor le lanzó una larga mirada de reproche y se marchó. Kouichi tuvo que reprimir las lágrimas que llenaron sus ojos porque también había percibido tristeza en todos a su alrededor.
—Sabes que aun puedes cambiar de opinión —Löwemon suspiró, acariciándole el cabello— No tienes que cargar con todo esto solo, Kouichi.
Él levantó la mirada. Los ojos oscuros tenían lágrimas brillantes —No quiero estar solo, Löwemon. Quédate conmigo.
XII
El Trailmon se detuvo frente a un bosque, en una terminal que parecía familiar. Kouji reconoció, en la distancia, la magnificencia del Castillo Sagrado de quien era considerado el líder entre los Tres Ángeles. Era una obra de arte, una construcción sin igual. Muros del más exquisito cristal, que adquirían el reflejo del arco iris y que sólo se encontraba en los sitios más remotos del mundo.
—¡Increíble! —Tomoki exclamó, cuando todos estuvieron fuera del vehículo y encaminándose hacia la nueva aventura. Takuya sonrió por el recuerdo del niño maravillado que vivía en el más pequeño— ¡Es la Terminal del Bosque!
—Parece que está vez nos traen sin rodeos —musitó Junpei.
—Se ve tan —Izumi fue incapaz de hallar la palabra correcta durante unos segundos—… vivo.
La luz del sol se filtraba entre las ramas de los árboles, marcando sus sombras en el verde y luminoso césped que coloreaba el paisaje. Resultaba curioso pensar que, en un tiempo no muy lejano, aquel sitio estaba colmado de niebla y penumbra cuando ahora relucía con el esplendor de los años dorados.
—Bien —Takuya decidió que permanecer impresionándose por los cambios en el Mundo Digital no harían nada y presionó la mano de Izumi, antes de comenzar a caminar—, andando.
Conocía el camino de memoria, como si hubiesen sido infinitas las veces que debieron recorrer sus senderos y atravesar sus atajos. Avanzaron en silencio, impacientes e impactados, admirando los cambios que no llegaron a apreciar en su momento pero del que simplemente eran causantes.
Todo a su alrededor parecía brillar con luz propia.
—¿Quién es? —cuestionó una figura familiar.
—Socerymon —saludó Takuya, cuando recuperó el habla. Sus amigos habían quedado estupefactos— Nos alegra verte de vuelta, ¿te acuerdas de nosotros?
El digimon era el más fiel de los guardias que protegian al ángel que residía en el bosque y siempre permanecía detrás de la puerta de la entrada al castillo. Sus ojos se abrieron de forma inmediata cuando cinco adolescentes se presentaron delante del enorme portal.
Rara vez mostraba su boca. Quizás por eso, la sonrisa se reflejaba, igualmente, en sus ojos. —La paz ha regresado a nuestro mundo gracias a ustedes, nunca podríamos olvidarlos —rememoró él, con afecto— Son bienvenidos, los estaban esperando. Ofanimon-sama creyó que vendrían pronto. Me alegra verlos en tiempos de paz, Guerreros Legendarios.
Kouji entrecerró los ojos, sin poder evitarlo. Eran tiempos de paz, todo lo indicaba. Entonces, ¿por qué los habían llamado? Su corazón palpitó más fuerte cuando las puertas se abrieron por completo, recibiéndolos. ¿Y sí, finalmente, obtenía las respuestas que buscaba? Quizás, incluso…
Kouichi.
Ni siquiera se detuvo a considerarlo, sabía que alimentar sus propias esperanzas podría ser perjudicial aunque no quisiese. Siguió a sus amigos a través del pasillo, perdiéndose en los ecos confusos que azotaban sus oídos.
Al cruzar la puerta sintió que el brillo reflejado del cristal golpeaba de lleno en su rostro y tuvo el impulso cubrir sus ojos pero lo reprimió. Pese a todo, no llegaba a desagradarle totalmente la luz.
—Bienvenidos de nuevo, Guerreros Legendarios —Seraphimon saludó, con voz firme y segura. Ya no había vestigios de la inocencia de Patamon. Junto a él, Kouji encontró dos figuras familiares también.
Como en la estatua que habían destruido los Royal Knigths en ese mismo lugar, los Tres Ángeles del Mundo Digital resplandecían cuando estaban juntos.
Pero las dos figuras que hicieron que todo a su alrededor fuese olvidado eran dos pequeños digimon, que corrieron hacia ellos entre gritos emocionados. A cuenta gotas, había pocas cosas que le provocaban alegría. Bokomon y Neemon, emocionados, era un detalle que era imposible de ignorar. Kouji no pudo evitar que una pequeña sonrisa se le escapase.
Sus amigos siempre habían hecho posibles los milagros. Y encendían una pequeña luz en las zonas más oscuras.
XIII
Fundirse en uno fue más simple. Quizás ya no tenía su D-Scan consigo pero había sido tan sencillo que no dejaba de sorprenderse. Era como existir dos veces. Un pequeño sector de su mente era plenamente conciente del cambio, el otro se había abandonado a los instintos. No se parecía a la vez anterior, cuando simplemente su cuerpo tomaba otra forma. Ahora… Era como si apropiase de las cosas que antes eran ajenas.
Vio el mundo a través de los ojos de Löwemon, inmerso en sus recuerdos del mismo modo que el guerrero estaba entre los suyos.
Después de la derrota definitiva de Lucemon, el Mundo Digital debió ser reorganizado. Patamon, Plotmon y Lopmon tuvieron mucho que aprender antes de lograr la Digievolución e igualar la etapa anterior que habían poseído. Los diez Guerreros Legendarios se encargaron de su cuidado, junto a Bokomon y Neemon —los dos ampliamente conocidos por escribir una historia testimonial de la actuación de los salvadores del Digimundo— hasta que tuvieron la formación suficiente para hacerse cargo de sus responsabilidades.
Desde entonces, los Tres Ángeles habían hallado el equilibrio necesario para gobernar tranquilamente.
—No son los primero en llegar —avisó Socerymon, después de dejarlos atravesar la puerta pero antes de que estuviesen lo suficientemente lejos para no oírlo— Sus niños humanos ya están aquí.
Agnimon aceleró el paso, seguido de cerca por los otros cuatro. Löwemon se preguntó si Kouichi estaba listo para enfrentar a sus compañeros, aunque era claro que estando en ese cuerpo nadie lo reconocería.
—Ten cuidado con lo que has decidido —Wolfmon le advirtió— No te lo digo a ti, Löwemon. Sino a él.
Löwemon estaba tratando duro de que el guerrero de la luz comprendiese su postura. No necesitaba que intentase derrumbar más a Kouichi.
—Respeta su decisión, Wolfmon.
—¿Estás de acuerdo? —inquirió, sorprendido el guerrero.
Löwemon suspiró —No he dicho eso. Pero Kouichi es quien tiene que decidir su propio futuro. Ni tú ni yo podemos intervenir en ello.
—Va a destruirse solo y lo sabes. No podrás recolectar sus restos.
—Si fuera al revés, ¿Qué harías? —dudó el guerrero de la oscuridad.
Wolfmon suspiró —Lo mismo que tú.
—¿Qué decidiría Kouji?
—Probablemente, lo mismo que él —aceptó Wolfmon— Pero, en ese caso, tú estarías tratando de convencerme de lo contrario. Simplemente es una inversión de roles.
—No estás ayudando a Kouichi, lo sabes.
—No quiero ayudarlo —Wolfmon declaró. Löwemon le frunció el ceño— Quiero salvarlo.
XIV
—¿Cómo es…? —dudó Takuya.
Después de haber visto a Agnimon cruzar la puerta principal, todas sus capacidades habían sido reducidas a la mitad. La atención, especialmente. El guerrero de fuego había ido a su encuentro despeinándolo con sus manos y él solamente había podido estar allí, observando pasmado como los otros guerreros se reunían a sus amigos.
Ofanimon pareció enternecida por el reencuentro. Su rostro se había posado en Löwemon durante más tiempo del debido pero cuando se giró hacia los niños, sonreía otra vez. Seraphimon y Cherubimon también parecían encontrarse feliz de presenciar el encuentro tan esperado entre los humanos y los digimon.
Después de la última batalla, los Spirits se habían alimentado de los datos que los niños dejaron atrás y, gracias a ello, habían podido materializarse en un cuerpo propio. Los diez tenían un cuerpo propio, ya podían luchar por sí mismos. Pero el vínculo forjado entre ellos jamás sería deshecho.
—Los dejaremos solos, por el momento. Tienen mucho de que hablar.
Kouji Minamoto frunció el ceño de forma inmediata. Al ver a Wolfmon todo el resto del universo se había borrado pero no había olvidado que aun tenía cosas que resolver. Algo le decía que los Tres Ángeles sabían donde estaba Kouichi, él no iba a marcharse sin que le dijesen algo sobre su hermano. Lo que fuese, necesitaba saber.
—Espera —Wolfmon lo detuvo.
Ranamon, Mercuremon, Grottomon y Arbormon hicieron una pequeña inclinación antes de marcharse detrás de los Ángeles gobernantes.
Löwemon permaneció un minuto más, dubitativo, antes de encaminarse hacia la puerta de salida. No tenía nada que hacer allí, en ese momento. Sólo haría las cosas más difíciles…
—No te vayas —Kouji lo detuvo. El guerrero de la oscuridad sintió que sus pies eran atrapados por raíces invisibles que se clavaban en el suelo— Tengo que preguntarte algo —suspiró. Al no recibir respuesta, caminó lentamente hacia donde se encontraba el guerrero. Wolfmon se convirtió en su sombra—¿Ha venido a verte mi hermano? —cuestionó, sin titubeos.
Todo el lugar se había sumergido en silencio profundo. Wolfmon tuvo la impresión de que podría cortar la tensión en cualquier momento con cualquiera de sus espadas. Kouji no fue conciente de que todos los demás presentes le lanzaban miradas al que había sido el compañero de su hermano. Intrigadas y esperanzadas las de los humanos, tristes y apenadas las de los digimon.
Kouji no pudo definir la sensación que lo sacudió de pies a cabeza cuando el guerrero de la oscuridad le devolvió la mirada. Sus ojos eran rojos pero estaban invadidos de tristeza y amargura. Como los de Kouichi. Si esa mirada fuese azul no dudaría que le pertenecía a su hermano.
—Sí —fue la replica que le dio Löwemon.
—¿Se encuentra bien? —inquirió Kouji, pero sacudió la cabeza: era una pregunta tonta. Tomó aire, antes de corregirse— ¿Esta aquí?
Reprimió mirar hacia todos los rincones en busca de la figura de su hermano gemelo. El corazón le brincó en el pecho mientras su ansiedad se retorcía en angustia.
—Él está bien —respondió Löwemon, evasivo. Había renuencia en su tono, tristeza en su postura.
Kouji enarcó una ceja. Si su pregunta le había parecido estúpida, la respuesta que había llegado distaba mucho de dar consuelo.
—¿En. Donde. Está?
—Está bien.
Kouji resopló pero permaneció en su sitio gracias a que Wolfmon había colocado una mano en su hombro —Entonces, llévame con él —detrás de la demanda, Wolfmon podía reconocer la esperanza. Löwemon también— Quiero verlo —hizo una pausa, al no recibir respuesta alguna y su voz bajo hasta ser casi imperceptible— ¿por favor, Löwemon?
El guerrero azabache apartó la mirada de los ojos de Kouji, sabiendo que lo siguiente iba a ser doloroso para todos. No podía ver morir la esperanza de sus ojos pese a que iba a ser el culpable de asesinarla.
Sin embargo, tenía que respetar lo que había decidido siendo Kouichi, por mucho que doliese. No podía dejar que una simple mirada a sus amigos quebrase todas sus barreras.
—Lo siento, Kouji —susurró. Las palabras le quemaron la garganta, los ojos se oscurecieron ante el dolor que podía sentir en su corazón— Él no quiere verte.
Vio que Wolfmon le lanzaba una mirada de advertencia, una plática pendiente que deberían tener. Tampoco se detuvo a escuchar las reacciones de los demás, que eran retenidos por sus compañeros digimon. Ellos podrían explicarles a los niños más de lo que él podría. Ni siquiera se volvió a mirar la expresión que reflejaron los ojos oscuros del joven que abandonaba.
El dolor que podía sentir en su propio interior era más que suficiente.
(***)
N/A: Tenía la esperanza de poder explicarlo todo en este capítulo pero no ha podido ser, así que nos leemos en el siguiente.
