Capítulo 2

"De cómo sobreponerse a las terribles primeras veces"

Ino decidió que lo hecho, hecho estaba.

Aunque no podría haber contado con todos los elementos para decidir si la vida shinobi era la mejor opción antes de dedicarse a ello, ahora era una kunoichi. Era una mujer madura que elige y vive con sus decisiones. Podría haber renunciado. Pudo haberlo hecho cuando su sensei o su padre murieron. Pudo haber argumentado que debía buscar una forma de vida más segura que le permitiera perpetuar la existencia de su clan. Pudo haberse decantado por tareas que la sacaran de la primera línea de fuego, como formar parte del equipo médico, o incluso dedicarse a atender la florería de tiempo completo.

Decidió que después de aquella conversación con Shikamaru, ya había llorado suficiente. Decidió que tendría que replantearse algunas ideas con las que había crecido, o más bien, permitir que esas ideas evolucionaran como ella misma lo había hecho. En el fondo, una parte de su corazón se había aferrado a seguir creyendo en cuentos rosas con finales felices, aunque fuera ya lo suficiente mayor para saber que la vida no funciona así. Era tiempo de madurar y empezar a forjar su propio destino con las cosas que la vida iba poniendo en su camino. Ella no necesitaba un príncipe azul y si el final feliz no llegaba por sí solo, ella buscaría su propio final feliz.

También decidió que sus motivos para ser una shinobi eran los correctos. No eran los principios los que estaban mal, quizá algunos de los métodos sí, pero al final ella creía firmemente en el propósito. Se recordó la razón por la cual había accedido a ir en aquella misión y decidió que no iba a retractarse, que no quería retractarse, de las razones por las cuales accedió.

Ella era una kunoichi hecha y derecha. Era un arma al servicio de Konoha, empleada para mantener la paz en su país. Todo shinobi hacía sacrificios por su país y, el que ella había hecho, había valido para frustrar una conspiración que en el peor de los escenarios habría erosionado las relaciones diplomáticas con Sunagakure de manera importante.

Ino suspiró y decidió que tenía dos opciones. Por un lado, podría sentir lástima por sí misma y eventualmente convertirse en una mujer amargada que reniega de todo lo que una vez juró defender. Por el otro, podría simplemente dejar de llorar y seguir con su vida.

El ocaso pintaba el cielo de colores anaranjados y llenaba de luz cálida su habitación a través de las claras cortinas que se encontraban cerradas. Acababa de salir de bañarse y aún se encontraba envuelta en la toalla mientras se miraba al espejo y reflexionaba. Hoy saldría con Sakura a tomar unos tragos y pondría fin a todo el drama de la semana previa.

Ino dejó que la toalla se deslizara hasta el piso y comprobó que su piel volvía a ser inmaculada. Era una mujer realmente sensual, pensó. Tenía un aspecto físico perfecto, que le ganaba siempre la atención de todos a su alrededor, ya fuera ésta deseable o indeseable. Decidió que le gustaba ser Yamanaka Ino, la irresistible rubia que nadie podía ignorar. Se vistió con un vestido sencillo que se amoldaba a su perfecta figura y cubría su pecho con recato, pero que mostraba un atrevido escote en la espalda. Terminó de maquillarse, recogerse el cabello y calzarse unas sandalias. Admiró su imagen en el espejo para comprobar que nuevamente había logrado vencer a la vulgaridad y su apariencia era fresca, elegante y sexy.

Sakura ya la esperaba cuando llegó al bar. Su amiga estaba sentada en la barra, con un frasco de sake enfrente.

—¡Frentona! —la llamó sonriente desde la puerta del bar, haciéndose oír por sobre las conversaciones de todos.

—¡Cerda! —Sakura correspondió su sonrisa.

Siempre era así. Ino saludaba con un insulto a voz en cuello y un abrazo afectuoso.

—Ese vestido que llevas está increíble, frente de marquesina. Claro que a mí se me vería mejor, pero tengo que admitir que te ves bien.

—¡Sueña, cerda! Tendrías que adelgazar dos tallas para poder entrar en este precioso vestido —replicó Sakura con fingido gesto de indignación, pero clara picardía brillando en sus ojos.

—¡¿Me estás diciendo gorda, frentona?! —exclamó Ino con fingida rabia y, señalando a sus caderas curveadas, agregó—. ¡Esto que ves aquí tiene el poder de hacer babear al País del Fuego entero!

Las dos chicas se miraron retadoramente y, tras breves instantes de electrizante silencio, rompieron a reír con ganas. Algunos shinobi a su alrededor las miraron por un instante con recelo y, al reconocer a las dos kunoichis, resoplaron y volvieron a sus propias conversaciones. El bar estaba bastante concurrido, aunque aún quedaban algunas mesas vacías aquí y allá.

—¡Te extrañé, Ino! Hace más de una semana que regresaste de tu misión y no puedo creer que no hayas encontrado tiempo para salir.

—Sí, sí… ya sabes cómo es esto. Una kunoichi debe descansar y reponer sus energías después de salvar al mundo —bromeó la rubia, provocando una risilla por parte de su amiga. Ino tomó asiento en el banquillo al lado de Sakura y se sirvió un trago de la botella de licor de aquella.

—¿Y cómo te fue en tu misión? —preguntó Sakura casualmente, sin embargo, provocando con sus palabras que un escalofrío se deslizara por la espalda de la rubia—. ¿Destrozaste algunas mentes ingenuas y primitivas, como tú las llamas?

—Tú sabes que las misiones son clasificadas, frente, y no podemos discutirlas. Aunque esta vez estoy segura que morirías de la envidia con mis divertidas aventuras —replicó Ino, con fingida frustración—. ¡Rayos! ¡Si tan sólo pudiera contarte!

—En otras palabras, estuviste tres meses enfrascada en la misión más aburrida del mundo, ¿o me equivoco?

—¡Claro que no! ¡Nada es aburrido cuando Yamanaka Ino está involucrada!

—Sí, claro, lo que tú digas…

Ino suspiró internamente con alivio. Aquella misión había sido probablemente la más trascendental de toda su vida y le había dejado cicatrices en el alma que jamás se borrarían. Sin embargo, se vitoreó internamente ante la inteligente manera en que había manejado la conversación. Tenía que admitirse que no había querido ver a Sakura por miedo a que ésta notara que había algo extraño con ella. Sin embargo, si había podido manejar su conversación con Sakura con la normalidad que había demostrado hasta ahora, no tendría que preocuparse por ella ni por nadie.

O eso es lo que ella creía, hasta que entraron al bar dos personas que hubiera deseado no ver ese día: Nara Shikamaru de la mano de su novia Temari. Entonces sintió cómo la pesadumbre que la había agobiado durante toda la semana volvía a ella.

—¡Venga, Ino! Quita esa cara —susurró Sakura con disimulo, al ver la expresión de la rubia a su lado—. Estoy segura que un día vas a conocer a un guapo shinobi que merezca y corresponda tu amor.

Ino suspiró profundamente, mientras concentraba su vista en el licor frente a ella. Por un segundo se sintió como una niña pequeña a punto de llorar, pero se recordó la promesa hecha ante sí misma de recuperar la normalidad en su vida. Por un lado, estar enamorada de su antiguo compañero de equipo, Nara Shikamaru, no ayudaba en absoluto a mejorar su estado de ánimo si se lo encontraba paseando con su novia cada dos por tres. Por el otro, Shikamaru era el único que sabía que algo había salido mal en su misión, por lo que verlo le recordaba lo que tanto quería dejar atrás.

—Tienes razón, frente. Ya debería estar acostumbrada a verlos juntos, ¿no? Además, creo que eso del amor no es para mí. Debe ser muy aburrido permanecer con la misma persona durante tanto tiempo.