—Basta, Draco, aquí no…

— ¿Y dónde entonces? —Espetó él, soltándola y hablando con firmeza, con una firmeza que no sabía que tenía. Al parecer la valentía de un Gryffindor se contagiaba — ¿Quieres que usurpemos el aula vacía de la torre de Hogwarts? Porque desde que salimos, no has querido verme, ¿qué pasa?

—Sabes muy bien lo que pasa, Malfoy —Hermione aún no comprendía que había sucedido entre ellos dos y le daba cierto temor detenerse a pensar en eso. Caminó un par de pasos para alejarse de él y se volvió, mirándolo con una mezcla de enojo y desesperación. La chica no sabía con quién estaba más molesta, si con él por ser un imprudente e ir a buscarla a su minúsculo cubículo en el Ministerio o con ella por permitirle tales libertades. No es que se las diera expresamente, porque jamás imaginó que el rubio llegaría a esos extremos. Era demasiado cauteloso y hasta cierto punto, cobarde y ella lo agradecía. Había muchas cosas en juego. Tanto de él como de ella. Las preguntas de siempre se atiborraron en su cabeza: ¿Qué pasaría si alguien lo veía? ¿O si veían que la besaba? ¿Qué dirían Harry y Ron? No, no quería ni siquiera pensarlo —No debiste venir aquí, ¿qué sucedió? Sabes bien que esto no está bien Draco, no es correcto… no es "normal".

El rubio la miró como si el tiempo se hubiera echado atrás y fueran otra vez esos muchachitos que eran enemigos, llenos de prejuicios y de odio, como si el último año en Hogwarts no hubiera existido jamás. La castaña conocía muy bien esa mirada, no le extrañaría que le escupiera un "sangre sucia" de un momento a otro. Más le valía no hacerlo o se encontraría con un buen encantamiento en la nariz antes de que terminara de pronunciarlo. Parecía que las viejas costumbres no se podían dejar de lado tan fácilmente y a Draco le gustaba olvidar a veces que las cosas ya no eran igual, que ella no era uno de sus gorilas, que ella no hacía lo que él ordenara, ni tampoco se encontraría con una absoluta disponibilidad cuando tuviera ganas de verla, ella no era ninguna muñequita. Y aun así, ahí estaba sin poderle pedir que se fuera inmediatamente de ahí.

— ¿Y lo que pasaba en el aula si te parecía normal? —le respondió de manera sardónica haciendo que las imágenes de ellos dos besándose como unos locos recobraran vida en la mente de la castaña — Dime, Granger, ¿te parecía lo mejor que nos viéramos clandestinamente ahí? ¿Qué diferencia hay en esto?

—Ya no estamos en el colegio, Malfoy —respondió ella alzando el perfil de manera orgullosa. Ya iba siendo hora de que él lo entendiera, ya no podían jugarse las líneas de su vida de esa manera tan irresponsable, siempre lo había pensado pero cuando él estaba cerca le era difícil conectar sus pensamientos con sus acciones. Hermione se había jactado toda la vida de ser una muchacha inteligente, tanto que podía aprenderse un hechizo de sexto grado cuando apenas estaba en tercero, ¿qué sucedía con ella? Y sobre todo, ¿qué sucedió con él? —Ya no podemos seguir actuando de la misma manera que dos adolescentes.

Durante el último año en Hogwarts demasiadas cosas habían cambiado, la guerra había hecho mella en cada uno de los alumnos que habían vuelto a las aulas, esquivando las ruinas en los pasillos y sintiendo las huellas de magia en cada rincón, viviendo entre los recuerdos de una guerra que los había transformado a todos. Iban reconstruyendo sobre lo que se había derrumbado y aquello también incluía las nuevas escalas sociales, en la que los mortífagos habían quedado de últimos. Draco había sido uno de ellos, todo el mundo lo sabía, los Malfoy habían quedado con la reputación por los suelos y Hogwarts, que había sido el reino del Slytherin, no lo recibió con el mismo entusiasmo. No era más que una carga para su casa y una vergüenza para sus colores. Si bien la casa de Slytherin había sido siempre tachada de purista y con políticas anti muggles, la mayoría de ellos no habían sido fieles a la causa de Lord Voldemort o si lo habían sido, tuvieron el cuidado de ser más discretos. Malfoy no era más que desecho de la guerra, su cara había vuelto a ser la máscara que solía ser pero con menos admiradores. La gente de su propia casa le volteaba la cara, ¿qué podía esperar de los demás?

— ¿Tan de pronto creciste? — inquirió Draco apoyándose en contra del escritorio y colocando sus manos encima de su pecho. Alzó la ceja al hacer la pregunta pero al final terminó soltando un bufido divertido y tomó la chaqueta que había arrojado al llegar encima de los papeles que Hermione — estás siendo completamente ridícula —dio unos pasos a la puerta, a la que la chica se aferraba como si la vida se le fuera en ello —Hace tres meses estábamos en Hogwarts completamente bien y ahora me sales con esto, ¿quién es el inmaduro Hermione, quién se está comportando como adolescente? —jaló la puerta arañando la piel de la chica con el movimiento y salió del cubículo con decisión.
Que imbécil había sido al ir a buscarla. Si Hermione no había respondido ninguna de sus lechuzas y lo dejó plantado en más de alguna ocasión donde la citaba, sería por algo. No quería volver a la Mansión y tampoco le apetecía quedarse ahí merodeando hasta que ella cumpliera su jornada laboral. No sabía a donde dirigirse y tampoco le interesaba mucho. Estaba enojado, consternado, tenía ganas de volver y gritarle un par de verdades a esa maldita sabelotodo. Él no había pedido su ayuda en ningún momento, en ningún maldito instante había vuelto la mirada implorante para que ella acudiera en su ayuda. Ella y su estúpido complejo de protección habían sido los culpables de todo. Los primeros días en Hogwarts habían sido horripilantes, terribles, sintiéndose como su mundo aún se encontraba en ruinas, sus amigos lo desechaban y el mundo le volteaba la cara, era la presa de bromas crueles y ella se entrometió en lo que no debía. Salió a defenderlo como una leona podría defender a sus cachorros, rugió delante de todos y él la miró por primera vez de manera diferente. Los chicos de sexto que le habían jugado la broma se quedaron mirando los pies completamente avergonzados. Su voz tronó dentro del pasillo y él se alejó sin decir nada. La culpa le carcomió durante días, no sabía si estarle agradecido o enojado con ella por dejarlo como un completo imbécil incapaz de defenderse solo, como un inútil desvalido que no podía hacer nada más que mirarse los zapatos mientras ella lo cuidaba. Una vez había sido suficiente para que las cosas cambiaran un poco para él, las bromas dejaron de ser tan seguidas y crueles y las miradas más amables. El recuerdo de como había comenzado aquello parecía tan nítido en su cabeza que le parecía volver a vivirlo en ese momento. Un comienzo extraño para una relación extraña, una relación más allá de las explicaciones lógicas y los argumentos que pudieran darse.

Todo había comenzado todo con una sonrisa tímida y un agradecimiento, después se volvió un ritual encontrarse y mantenerse callados, hasta que un buen día, él mismo se había decidido a besarla, pero le agradó ver que ella no se negó. Con el transcurso de los días, los momentos que robaban lejos del bullicio de Hogwarts, comiéndose a besos en completo silencio era por lo que ambos sonreían discretamente, casi en secreto cuando se encontraban en los pasillos. No podía faltar el día en que la consciencia de ella les volvía amargo el momento pero él sabía sacarla de esa jaula que se había autoimpuesto dentro de su razón. No perdería esos momentos sólo porque a esa mujer le volvieran los ataques morales que tenía cuando era la amiga inseparable de Weasley y Potter y él no era ninguno de esos dos como para estarle recalcando que estaba bien y mal, que lo que hacían estaba mal visto. Para Draco no era más que una chica común a la que besaba dentro de aquella aula hasta quedarse sin respiración, la rata de biblioteca, la sangre sucia, era un ser completamente lejano para él. Aunque por lo visto para ella no había marcha atrás, era Malfoy, el chiquillo que la había insultado y eso era más que suficiente para mantenerlo lejos.
"¿Y se lo puedes reprochar?" le preguntó algo que parecía ser la voz de su conciencia mientras salía al patio principal del Ministerio, había decidido volver a la mansión Malfoy, además ¿tenía otro lugar a dónde ir? Claro que tenía un lugar a donde ir, pero ahora le era imposible pensar en él.

La castaña se desplomó en su silla tras el minúsculo escritorio del que era dueña en la oficina que le habían asignado en el Ministerio. No podía creer que fuera tan imprudente como para ir y montarle una escena precisamente ahí, a su trabajo, donde todo mundo podía verlos y peor aún intentar besarla. ¿Es que Draco había perdido el sentido común?

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Aún le parecía inverosímil la tarde en que había comenzado todo aquello y más aún que no fuera la primera y última vez que pasara. Había insistido en acudir aquel lugar cada tarde de los martes, sin fallar ninguno y siempre a la misma hora. Algo había en aquellos encuentros furtivos, ignorado por el mundo entero que hacía que la sangre de Hermione corriera como si fuera impulsada por algo más. Ver a Draco en Hogwarts había hecho nacer en ella el instinto de protección. Había luchado contra ella misma constantemente antes de levantar la voz en defensa de aquel rubio malcriado que veía su antiguo mundo reducido a cenizas. A veces, en medio de las noches en que no podía dormir, se preguntaba si toda aquella situación no sería su culpa. La insidiosa voz de su conciencia le decía que así era, que ella había sido la culpable, no tendría por qué defenderlo.
"No debería haberlo hecho" pensó mientras se intentaba concentrar en los papeles que tenía delante pero era imposible, no había manera alguna de dejar que la situación que pude haberse convertido en un desastre la dejara tan emocionalmente fatigada. Lo mejor sería salir de una vez y volver al día siguiente.

Era ridículo como un encuentro tan pequeño con Draco Malfoy la dejara completamente descolocada, era imposible que dejara que todo eso pasara dentro de ella con sólo tenerlo cerca, ¿cómo podía comportarse de una manera tan patética frente a una persona que había representado todo lo que ella detestaba?

— ¿Has visto la invitación? —preguntó una bruja que Hermione había visto en la recepción del Ministerio de Magia mientras abordaba el elevador que la sacaría de ahí.

—Sí, estaba encima de todos los papeles que le entregué al Ministro hoy en la mañana – contestó Dorothy después de sonreírle a Hermione amablemente, era la secretaría de Kingsley, una chica morena y sonriente — ¡Oh, era tan bonita! Cuando yo me case quiero algo así.

—Vamos, tú y yo ni trabajando un año pagaríamos lo que debió costar esa invitación — respondió la otra con una risita. La charla se le antojaba a la castaña sumamente superficial y cansina, esperaba salir pronto de aquel suplicio — Pensé que no encontraría una esposa… con la fama que ganó su familia… — añadió de manera insidiosa.

—Es un Malfoy, ¿en serio esperas que alguien se pierda esa fortuna? —contraatacó Dorothy — Aunque dicen que la chica es igual de adinerada, lo importante es que la boda será el evento del año, todo mundo está invitado.

Hermione levantó la cabeza del suelo mirando a las dos chicas como si ellas supieran que acaban de echar algo de sal en su herida. Draco iba a casarse.

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"¿Qué farsa es ésta?" Se preguntó al mirarse al espejo. Lucía un vestido blanco casi tan impecable como la nieve recién caída y un tocado alto y elegante. Las doncellas dando vuelta por toda la habitación, deshaciéndose en halagos y atenciones. Según su madre y Daphne estaba hermosa, tan hermosa que nunca habían visto una novia así. Ese día había decidido usar la sonrisa perfecta, aquella que hacía que todo estuviera bien, la que nada ni nadie podría quebrantar. Era fácil, la había usado durante mucho tiempo, casi siempre dedicada a esa misma persona que hoy la esperaba para unir su vida a la de ella, aunque le pareciera una abominación. Las palabras de su futuro marido le seguían rondando en la cabeza, como un montón de abejas furiosas, zumbando en cada rincón de su mente. Y aún así no notaba tensión en su cuerpo y tampoco un nudo en el estómago, fuese de emoción o de tristeza ante el eminente fracaso augurado de su vida matrimonial. ¿Acaso eso importaba?

Astoria había sido educada para ser una princesa, la esposa de un ilustre mago y la elegante invitación a la boda con Malfoy era una especie de diploma por su esfuerzo. Se había graduado de la escuela de actuación y máscaras; ahora, mientras se miraba en el espejo, la realidad estallaba frente a sus ojos. Las pruebas apenas comenzaban, la vida de Astoria sería una constante prueba, todos los días mientras mirana el ir y venir de su esposo.
¿A dónde se había ido la niña que había soñado tanto tiempo con ese día? ¿Dónde estaba esa chiquilla con sueños en la cabeza y tanto amor en el corazón? ¿Dónde estaba aquel enamoramiento? Seguía amando a Draco como el primer día, de eso no le cabía duda, pero no encontraba esa misma emoción que sentía cuando lo veía cruzarse por su camino en los pasillos de Hogwarts. No sentía la sacudida en el estómago ni como la respiración le faltaba. Quizás el amor le había madurado o quizás se había terminado. No, eso no. Ni siquiera ella podía negarse el amor que profesaba por ese malcriado, pero sentía que aquello no le era suficiente. Soñó con aquel día tantas veces y la realidad estaba tan por debajo de sus expectativas que se sentía vacía y desolada.

Bajó del banquillo en el que estaba, escuchando como sus zapatos golpeaban la madera, dejó caer la falda con gracia sobre el piso y le pidió a todo el mundo que se fuera. Quería estar sola y pensar, hundirse en el abismo de sus pensamientos y desenmarañar aquellas sensaciones que se apoderaron de ella. Nadie discutió y sus órdenes se cumplieron al instante.

—Ventajas de ser la señora Malfoy —se dijo una vez a solas mientras observaba la habitación. Y aún así, ese título no la llenaba. Ella no quería un título, no quería una mansión. Lo quería a él, a Draco.

Y hoy tendría, sólo a medias, caminaría hacia él en el altar y vería la ausencia en sus ojos grises, la triste sombra de una resignación que ella se negaba a aceptar, de la que ella no quería ser dueña. No era su sueño, no era como ella lo quería. Pedir algo soñador era estúpido, la vida no era color rosa y sabores dulces, ella lo sabía muy bien. No pensaba en sus sufrimientos, no era una niña que sufría por amor. Había tenido suficiente de las lágrimas de sus compañeras de cuarto para saber que eso no era para ella, ella no había derramado ninguna lágrima por él y sabía muy bien que no lo haría, así se desangrara por dentro. A veces agradecía a su madre en aquella educación que con tanto esmero había inculcado en ella.

—He dicho que quiero estar sola— dijo suavemente, dando la espalda a la puerta que acababa de abrirse, quizás fuera ya hora de la ceremonia y ella ni se habría dado cuenta. Probablemente era su madre para, que llegaría para amenazarla con sacarla a rastras si no se daba prisa. A veces la chica creía que Alice Greengrass tenía más ganas de realizar esa boda que ella.

—Es tradición que el padrino venga a desearle suerte a la novia — aquella cálida voz logró fisurar la máscara de Astoria. La muchacha se volvió, con la primera sonrisa sincera de ese día dibujándose de pleno en su rostro. Sabía que n la dejaría sola y mucho menos ese día que tan importante era para ella.

—Mentira — replicó ella volviendo a su estadio de niña de apariencias — Lo único que quieres es burlarte de mí antes que todos y por eso has venido — el moreno soltó una risita contenida —Mentiroso, debería haber impedido que Malfoy te invitara como padrino, me habría ahorrado demasiados disgustos.
Zabini se acercó a ella y levantó una mano a su rostro, colocando un mechón que había caído de su peinado tras su oreja.

—Mucho mejor así — le sonrió y ella lo hizo también. No sabía que poder tenía ese imbécil sobre ella, no podía mantener la máscara frente a él. Le había desecho las defensas toda la vida, convirtiéndolo en la única persona digan de ver a la verdadera Astoria, la que lloraba, la que sufría, la que sentía, la que pensaba. —Aún podemos fugarnos, he visto una salida maravillosamente accesible por el vestíbulo…

Siempre se lo decía, que se fugaran y fueran a vivir su vida, su verdadera vida, que se liberara de las ataduras que la familia y la posición social le habían fijado, que no importaba a donde fueran pero que lo hicieran. Zabini estaba tan descontento con las normas sociales como ella. Le respondía que era un idiota y que una dama no huía de sus responsabilidades, pero ahora le parecía todo tan tentador, una idea utópica, que tuvo que dejar de mirar a su mejor amigo antes de que la convenciera y terminara fugándose de una vez por todas con él. Admiraba a Zabini en tantos aspectos, como no había dejado que su futuro marido lo mangoneara como al resto de sus compañeros de curso, como hacía lo que le pegaba la gana y sin importarle el qué dirán, como había seguido su amistad como si nada después de que le dijera que la amaba. Y ahora con el valor para ser su padrino de bodas. No era un mal partido y era guapo a su modo, con sus ojos rasgados y ese aire de superioridad. Pero cuando intentó llegar a ella había sido tarde, ella amaba a Draco por encima de todas las cosas y en su idiotez, en su testaruda razón sabía que así sería toda la vida.

—Es un poco tarde — la sonrisa se le quebró en ese instante, olvidando que debía permanecer impasible, sosteniendo el antifaz que amenazaba con caerse en ese instante —Nunca me imaginé que mi boda sería así– Zabini la miró fijamente, ¿cómo podía aceptar que ella le contara eso y siguiera tan fuerte, tan duro? Si ella escuchara a Malfoy decirle que amaba a otra, se quebraría por dentro y por fuera, sería como una lápida caerle sobre el pecho. Y sin embargo Blaise seguía ahí escuchándola con comprensión —Siempre creí que sería el día más feliz, que saltaría de habitación en habitación, sonriendo. Desde que supe que me habían comprometido con él…

Una sonrisa melancólica la atravesó, el recuerdo de su rostro y de ese entusiasmo brillante que sentía, de un amor inocente, infantil, casi blanco le provocó una desolación aún peor. ¿Qué pasaba con ella? ¿Por qué se estaba quebrando así? Sin duda la visita de su amigo no había hecho más que salir todo lo que llevaba por dentro. Y no podía volver el rostro, no podía esconderle a Blaise lo que le estaba pasando.

—A veces lo que queremos no se da tal y como nosotros lo pedimos, Astoria —respondió él con voz suave, casi taciturna pero sin dejar de mirarla con ese aire que siempre lo rodeaba cuando hablaran, como si cada palabra le doliera un poco más —¿Alguna vez te has preguntado qué pasó después de que me dijeras que amabas a Malfoy? — la chica sintió como si estuviera contándole algo tan secreto que no tenía derecho a mirarlo, a saberlo —Sentí que el corazón se me había hecho polvo Astoria, salí de la sala común flotando, como si no existiera. Pasé toda la noche pensando en mis posibilidades, en lo que pasaría conmigo si te perdía. Perder es una palabra curiosa, ¿cómo iba yo a perderte si jamás te tuve Astoria? Al menos como yo quería, eras mi amiga, no una mujer que me viera como alguien que podía amar. ¿Alguna vez tú tuviste a Malfoy?

"Jamás" pensó ella con nostalgia. Jamás había sido algo más para Draco que la chiquilla molesta que lo perseguía en su mansión, que lo miraba con admiración cuando era una niña y que había estado para él en su peor momento aunque él no quisiera apoyarse en ella. Como la mujer con la que algún día lo casarían quisiera o no. Pero nunca como Zabini quería que ella lo viera a él. Al parecer todo cuanto hacía, la vida se lo devolvería.

—Lo sabía — antes de que ella pudiera hablar, Zabini adivinó su respuesta—Jamás lo has tenido, por eso no puedes perderlo, Astoria, necesitas tenerlo para poder hacerlo. Tu juego apenas va comenzando y tú ya te has dado por vencida, no eres así, esa no es la Astoria que conozco. No me decepciones.

—La Astoria que tú conoces no es la adecuada.

—Tampoco te has detenido a pensar porqué me enamoré de ti —el moreno sonrió secretamente, dispuesto a todo con tal de verla feliz, quería saber que al menos ella podía serlo al lado de la persona que amaba — Nunca pensaste porqué, no importa, no es algo importante. Me mostraste una Astoria que era otra persona, que había dejado la máscara que siempre llevaba puesta, que vivía y que sentía, que era como cualquier chica digna de amar, no una máquina dispuesta a complacer a todo el mundo menos a sí misma. Muéstrale eso a él, demuéstrale que eres más que un jarrón que se verá bonito en su sala de estar, que vea que eres una mujer dispuesta a amarlo.

—Siempre se lo he mostrado —dijo ella testaruda, ¿cómo podía decirle aquello? En todo lo que Malfoy necesitara estaba a su lado, apoyándolo cuando lo pedía, amándolo aunque nadie más lo hiciera, ni él mismo.
—No, le has mostrado que eres su apoyo, una compañera que le quedará bonita colgada del brazo, pero no que eres una mujer que necesita, que merece ser amada, muéstrale como a mí quién eres, no quién debes ser. Y el día que él lo descubra, te amará.

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"Es mejor que te cases e intentes ser feliz"

Sentía como el aire se le escapaba de los pulmones cada vez que veía llegar a alguien al lugar y tenía que sonreír. El día de la boda había llegado demasiado rápido para su gusto, aunque había tenido la vida para prepararse. Un matrimonio arreglado saliendo de la escuela, era como debía hacerse. Todo lleno de ritos y tradiciones. Dos familias adineradas uniendo a sus hijos para que el linaje puro no se perdiera. Una muchacha educada para ser su esposa y madre de sus hijos. Su madre y padre en primera fila, recibiendo los halagos de las demás familias, posicionados de nuevo en su antiguo estatus, gracias a la buena obra de Potter y ahora al matrimonio arreglado.

"Vete, Draco, por favor. Es lo mejor para ti y para mí"

— ¿Estás listo? —su padrino interrumpió los recuerdos frescos de lo que había pasado esa mañana. Se había aparecido en su casa buscándola para decirle que no quería hacer aquello, pero que era necesario, que la quería a ella, pero que era imposible llegar a más. Por fin cuando había tenido el valor para decírselo, era demasiado tarde

. — ¿Tú lo estarías? — arqueó la ceja mientras Zabini se ponía a su lado— ¿Dónde estabas?

— Resolviendo unos asuntos —el moreno se encogió de hombros —¿No te emociona ni un poco la perspectiva de casarte?

Draco la miró, ¿de dónde venían tantas preguntas? ¿Desde cuándo estaba él tan preocupado por su futuro o por el de Astoria? ¿Por su matrimonio? Le parecía extraña la manera en que estaba actuando y recordó su cara fría y ausente de emoción cuando le pidió ser su padrino. No le había parecido extraño en su momento, Blaise era así, frío, duro, como si nada le importara. ¿Por qué le venía ahora con preguntas estúpidas?

Antes de poder abrir la boca, el mundo se volvió en sus sillas y la música de un arpa encantada comenzó a vibrar. El sol golpeó la tela blanca, inmaculada del vestido de Astoria y caminó por el pasillo entre los asistentes a su boda. Como una reina, como una dama, como algo que no se podía tocar. Las caras de sorpresa inundaron a los presentes y él no se percató de nada, excepto de esa mujer que jamás había visto, como si una luz nueva la rodeara, quizás fuese el vestido o el peinado, la inusitada belleza de Astoria parecía acentuada. Y aun así, en su cabeza, sólo podía pensar en Hermione.