Esta historia forma parte del Intercambio "Debajo del árbol" del foro "El diente de león".

Regalo para MissKaro. ¡Espero te guste y nos leemos al final!


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A pesar de lo extraño de la situación, lejos de sentirme asustado —después de todo una de mis pacientes acaba de derribarme y yo he mandado a la seguridad a dar un paseo— me siento extrañamente energizado.

Katniss repite una y otra vez las mismas dos palabras, en un tono de voz tan bajo que me resultaría imposible entenderle de no ser porque está prácticamente pegada a mí:

—¡Estás vivo! ¡Estás vivo, estás vivo, estás vivo!

Sus dedos recorren mi rostro, como si quisiera memorizarlo mediante el tacto y una sola lágrima se desprende de uno de sus ojos, deslizándose por su mejilla.

La aparto con suavidad.

—¿Katniss? —sus ojos recorren mi rostro con aprehensión.

—¡Creí que habías muerto! Pero ¡estás vivo!

—Tú… ¿me recuerdas? — y por un momento vuelvo a ser el niño y el adolescente locamente enamorado de la vecina que no sabía que él existe.

Ella parpadea, como si no entendiera lo que le estoy diciendo.

—¿Recordarte? ¿Por qué no habría de recordarte? ¿Cómo escapaste? ¿Cómo llegaste aquí? ¡Peeta! —chilla ella de repente, asustándonos a ambos— ¡El Presidente Snow está aquí! ¡Y Plutarch le está ayudando!

—Plutarch se ha ido— le digo con suavidad, exprimiéndome el cerebro para dar con las palabras adecuadas—. Y Snow no está aquí.

Ella abre mucho sus ojos grises, luciendo sorprendida.

—¿Estás seguro?

—Sí— le prometo—. ¿Podemos hablar?

—No es seguro aquí— dice ella sujetando una hebra suelta de su abrigo y empezando a retorcerla entre sus dedos.

—Podemos ir al laberinto— sugiero yo.

—¿Cómo sabes que es un laberinto? —dice frunciendo las cejas, volviendo a parecerse a la chica que recuerdo.

—Porque lo he visto desde arriba— respondo.

—Creo que iba a ser parte de su nueva Arena— dice en tono confidente—. No estoy segura de por qué me han permitido verla—. ¿Crees que ahora que me han capturado vuelvan a…? —su rostro se transforma, volviéndose una máscara de horror.

—Nadie va a hacerte daño, Katniss. Te lo prometo.

Ella agita la cabeza.

—No deberías hacer promesas como esa, Peeta— dice dedicándome una mirada entre dulce y exasperada —. ¿En dónde has estado todo este tiempo?

La pregunta resulta complicada. Resulta evidente que Katniss se las ha arreglado para encajarme a mí en alguna parte de su mundo inventado, pero aún no estoy seguro de cuál es mi rol ahí. Mi respuesta podría echar a perder la evidente confianza que parece tener en mí.

—Es una larga historia— replico.

Ella asiente:

—Y no tenemos mucho tiempo. ¿Ya sabes cómo vas a escapar?

—¿Escapar?

—Este lugar es horrible— dice ella—. Tendrías que ver lo que han hecho con Johanna— dice arrugando la nariz—. Con Annie no se han portado particularmente mal, pero creo que se debe a que ellos piensan que ella no sabe nada. Lo cual es cierto ¿no? Y luego está Finnick— dice como recordando algo y una sonrisa tan ancha que parece una mueca estira sus delgadas mejillas— ¡Finnick está vivo, Peeta!

El laberinto de setos no es particularmente complicado, así que empezamos a recorrerlo mientras Katniss continúa hablando:

—Cuando vi a Finnick aquí pensé que tal vez Prim… ¿te dijeron lo de Prim? —pregunta con la voz rota.

—Sí— le digo con gravedad—. Lo siento mucho, Katniss.

Ella asiente, con nuevas lágrimas agolpándose en sus ojos.

—Aún no sé si fue la bomba de Gale o no— dice con tristeza—. Pero supongo que eso no importa demasiado ¿no?

—¿Gale Hawthorne? ¿Qué no era tu mejor amigo?

Ella me lanza una mirada interrogante:

—Lo era. Pero supongo que él tenía razón: nunca podré verlo de la misma forma sin saber si fue su bomba o no.

Katniss suelta un gran número de datos sobre su existencia, pero lo hace de manera tan caótica que me cuesta seguirle el ritmo. Agradezco internamente la presencia de la grabadora en el bolsillo y entiendo los motivos de Plutarch para haber ordenado de esa forma sus notas.

—Para un momento— le digo mientras me sujeto el puente de la nariz.

—¿Te encuentras bien?

Por algún motivo me parece gracioso que sea ella quien me pregunte eso a mí.

Muevo la cabeza, pesada como si la hubieran rellenado con plomo, hacia los lados.

—Tienes buen aspecto— suelta ella con suavidad—. Te deben haber estado alimentando bien.

Eso me hace levantar la cabeza de golpe.

—Tú pareces no haber comido decentemente en semanas. ¿Por qué estás tan delgada?

Ella se atusa el pelo, luciendo incómoda y sus mejillas se tiñen de rosa.

—¿Cuánto tiempo más vas a estar aquí?

Parpadeo.

—¿Por qué? ¿Quieres que me vaya?

Ella agita la cabeza.

—No. Pero tampoco quiero que te atrapen.

—No me atraparán.

Ella suelta un bufido.

—¿Qué ha sido eso? —pregunto ligeramente divertido.

—No eres la persona más sigilosa que conozco, Peeta. Y eso no ha hecho más que empeorar desde lo de tu pierna.

Me congelo. Dejo de caminar y siento como el aire escapa de mis pulmones.

—¿Qué has dicho?

Katniss ríe, pero no sonríe.

—¿Qué? ¿Te he ofendido? Pensé que habíamos quedado claros en que eras tan sigiloso como un elefante en una cacharrería.

—¿Cómo lo has sabido?

—¿El qué?

—¿Cómo sabes que perdí mi pierna?

El agua de la ducha se lleva el sudor y el polvo que se ha acumulado en mi piel durante el día, pero no hace nada por lavar la confusión.

Meto los dedos entre los mechones de mi cabello, hundiendo las uñas en el cuero cabelludo como si con eso fuera a lograr que la sangre circulara mejor y, por ello, que las ideas en mi cabeza empiecen a tener sentido.

Me sostengo con una mano de la barandilla que he hecho que instalen dentro de la ducha. Por lo general mantengo bien el equilibrio, pero a veces termino tan cansado que las fuerzas me fallan. Me costó su tiempo, pero finalmente aprendí a reconocer mis limitaciones y he aprendido a vivir con las dificultades de sufrir una amputación a tan temprana edad.

Perdí la pierna hace cuatro años, cuando fui parte de un accidente automovilístico y mi pierna quedó atrapada en la carrocería. Perdí tanta sangre y estuve tanto tiempo ahí atrapado, mientras los bomberos intentaban llegar a mí cortando y empujando los restos retorcidos del auto en que viajaba, que no fue posible salvar la extremidad. Pero no soy alguien particularmente importante y por ello creo que el asunto no trascendió mucho que digamos, lo cual solo hace que resulte más difícil para mí el entender cómo es que Katniss ha acabado enterándose.

Recuerdo su mirada herida cuando le dije que era hora de que volviera a su habitación y me siento mal de inmediato, pero tenía muchos pensamientos que gestionar en ese momento y no podía arriesgarme a perder los nervios frente a ella.

Cierro la regadera y agito la cabeza, haciendo que las pequeñas gotitas salgan disparadas de mi cabello.

Katniss se ha convertido, después de mi sesión de hoy, en un acertijo aún más complicado de lo que pensé que sería. ¿Qué papel juego yo en su enrevesada mente? ¿De qué manera puedo ayudarle? ¿Puedo ayudarle realmente?

Me seco con una toalla y me visto rápidamente, poniéndome unos pantalones de franela y una raída camiseta que conservo desde mi época en la universidad.

Tomo la grabadora y pulso el botón de play, intentando encontrarle sentido a las cosas.

Pasa un día y luego otro.

Me sumerjo en el trabajo, intentando agotarme, pero por las noches me cuesta trabajo conciliar el sueño. Los ojos grisáceos de Katniss se aparecen en la oscuridad y soy capaz de ver su rostro, una mezcla entre frustración y tristeza, observándome en la oscuridad.

Al tercer día, no soy capaz de soportarlo más. Le pido a Delly que cancele todas mis citas y que hagan que Katniss suba a mi oficina.

—¿A su oficina?

—Sí, Delly. A mi oficina— no sé qué espero sacar de esta reunión, pero necesito obtener respuestas.

—Como usted diga, señor.

—Por favor consígueme el archivo actualizado de Katniss.

—En un momento— dice ella inclinando la cabeza.

La versión más actualizada se encuentra en digital, así que me dedico a subir y bajar en el documento, tomando nota de los puntos más relevantes: se ha negado a tomar comidas sólidas desde nuestra reunión, así que han tenido que empezar a alimentarla vía intravenosa. Tuvo un pequeño avance en otro aspecto y es que solicitó que le permitieran tomar un baño, cosa que al parecer no hacía desde hacía una semana, lo que explica su cabello apelmazado por la suciedad. Fuera de eso no ha tenido mayores cambios en su comportamiento.

—¿Señor Mellark?

—¿Sí, Delly?

—La señorita Everdeen se encuentra afuera.

—Has que pase— le digo con suavidad— y dile a sus escoltas que pueden retirarse.

—Sí, señor.

Delly abre la puerta, sonriéndole tranquilizadoramente a Katniss que la observa con el ceño fruncido.

—Pasa, Katniss— digo mientras observo su aspecto detenidamente: parece haber perdido otro kilo, su rostro está encendido, con las mejillas rojas y brillantes y trae el cabello ligeramente húmedo y recogido en una trenza— ¿ya has almorzado?

Ella levanta la barbilla y me fulmina con la mirada. Niega, casi imperceptiblemente, con la cabeza.

—Bueno, yo tampoco he comido. Delly ¿podrías arreglar que nos trajeran el almuerzo aquí?

—Sí, señor —dice inclinando la cabeza y cerrando la puerta suavemente detrás de sí.

—¿Estás trabajando para ellos? —Katniss casi parece escupir las palabras.

—Siéntate, por favor.

—Respóndeme.

—No de la manera en que pareces pensar. Solo quiero ayudarte, Katniss.

—¿Aliándote con ellos? Todo este tiempo he estado muerta de la preocupación ¿y tú estabas con ellos? —su tono de voz se vuelve ligeramente más agudo.

Sé que en este momento debería estar diciéndole que lo que sucede en su cabeza no es real. Que los Juegos del Hambre de los que ella parece tener tanto miedo son solo una invención de su mente enferma. Sin embargo lo que sale de mi boca es algo completamente diferente:

—Lo estoy haciendo para ayudarte.

Mi respuesta no parece sorprenderla, pero frunce el ceño y me dice:

—¿Cómo?

—¿Cómo qué?

—¿Cómo se supone que estás ayudándome haciendo esto?

—Estoy obteniendo información — "principalmente sobre ti", pero esa parte no se la digo.

Katniss entrecierra los ojos.

—¿Cómo has conseguido convencerlos de que estás de su lado? Espera— dice levantando un dedo—, ni siquiera sé por qué lo pregunto… Siempre has sido un mago con las palabras.

—¿Siempre?

—Desde que tengo memoria, al menos. Siempre te elegían a ti para los debates en la clase de historia. Hasta que le dabas vuelta al argumento del libro y entonces decidían interrumpirte— dice con una mueca.

—¿Crees que puedas ayudarme?

—¿Con qué? —dice finalmente sentándose en la silla frente al escritorio.

—Estoy teniendo… algunos problemas para recordar.

Su boca se transforma en una O mayúscula.

—¡No! ¿De nuevo te…? —sus ojos se llenan de lágrimas—. ¡No debiste meterte en esto, Peeta!

Se ve tan afligida que ni siquiera lo pienso antes de estirar la mano, de manera que mis dedos rozan los suyos. Ella no parece sorprenderse por el contacto. Por el contrario, gira la mano, de manera que mis dedos reposan sobre su palma. Ella cierra el puño y de alguna manera mis dedos acaban entrelazados entre los suyos.

—Lo siento. Lo siento mucho —dice suavemente y me sienta fatal porque, con mis mentiras, he conseguido hacerla sentir mal.

—No lo sientas. No es tu culpa— y esa parte es cierta, no es su culpa que yo aún no entienda la forma en que funciona el mundo para ella. Y no puedo ayudarla hasta que pueda entenderla.

Ella sorbe por la nariz y se seca los ojos con la manga de su abrigo.

—¿Qué necesitas que haga? —dice en cuanto se ha calmado.

Abro la boca para responderle, pero en ese momento tocan a la puerta.

Me aclaro la garganta:

—Adelante.

Delly entra en la oficina empujando un carrito lleno con fuentes de comida. En la parte inferior hay platos, tazas y un par de jarras con refresco.

—¿Desea que les sirva, señor Mellark?

—Así está bien, Delly. Yo me encargo.

Ella inclina la cabeza.

—¿La recuerdas a ella?— dice Katniss en cuanto se ha cerrado la puerta.

—¿Debería? —digo mientras me llevo la mano al bolsillo y presiono el botón de grabar.

—Es Delly Cartwright. Iba con nosotros a la escuela ¿recuerdas?

La información resulta equivocada, pero frunzo el ceño como si me concentrara en recordar.

—En realidad no.

—Su padre llevaba la zapatería en nuestro distrito— continúa ayudando Katniss mientras alarga la mano y toma un bollo de pan relleno de queso. Le da un mordisco y luego sonríe —. Solías hacer estos para mí ¿recuerdas?

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que horneé pan, Katniss.

Su labio inferior sobresale unos milímetros.

—Te ves menos como tú mismo —dice antes de terminar de comerse el pan.

—¿Qué tan bien nos conocíamos?

Sus mejillas se sonrojan y ella desvía la mirada.

—¿Vamos a comer?

Bueno, pienso mientras me levanto y empiezo a servir la comida, al menos está comiendo.

Establecemos citas diarias, justo a la hora del almuerzo, para vernos.

Consigo información y me aseguro de que Katniss coma bien. Parece un buen trato.

Empiezo a obtener más información y puedo dedicar el resto del día a otros pacientes y a mis labores administrativas.

Finnick resulta ser un paciente particularmente agradable, aún y cuando su pasado resulta desgarrador. Me cuenta que lo que más extraña al estar aquí encerrado, es el mar. Le prometo que si noto mejorías, haré arreglos para que pueda ir de visita durante un par de días.

Cinna se divierte en el área del arte, una de las secciones del salón recreativo. Es particularmente bueno recortando pequeños patrones en papel y pegando botones en un pedazo de tela, lo cual no debería sorprenderme, tomando en cuenta que ha trabajado toda su vida en el área de los textiles, pero cuando notas el temblor de sus manos, un efecto secundario de sus medicamentos, resulta bastante impresionante.

Revisando el expediente de Cinna me doy cuenta de que comparte una importante relación con Katniss: en una de las primeras semanas de ella en el Centro, Cinna consiguió robarle un encendedor a uno de los enfermeros y le prendió fuego a su ropa. Él bromea llamándola su "Chica en llamas".

Retiro la reclusión en que Plutarch había colocado a Katniss y me dispongo a observarla interactuar con los otros pacientes: mantiene relaciones cordiales con Finnick y, a pesar de su pasado, con Cinna. De hecho inclusive podría decirse que ambos tienen ahora un vínculo afectuoso. Con Johanna y Haymitch, por su parte, no hay antagonismo al cien por cien, pero sus interacciones están salpicadas de comentarios mordaces.

Le pregunto al respecto a Katniss en nuestra siguiente sesión:

—¿Responderías unas preguntas por mí? —le digo mientras ella sirve la sopa que Delly nos ha traído en pequeños cuencos de porcelana.

—¿Has empezado a recordar algo?

—Algunas cosas— miento—. Pero lo que te voy a preguntar es más sobre ti que sobre mí.

Su ceño se frunce.

—Adelante— dice dubitativa.

—¿Cómo te llevas con Cinna y Finnick?

Su rostro se relaja.

—Bien —responde sencillamente.

—¿Sólo bien?

—Cinna es posiblemente la persona más talentosa que conozco. Es una lástima lo que el Capitolio le ha hecho a sus manos— dice mientras estira las suyas e imita el temblor.

—Sí, una terrible pérdida de talento —concuerdo con ella—. Aunque tal vez sea por el medicamento que le han dado para tratar sus quemaduras— señalo —. Ya sabes que tiene el hábito de prenderle fuego a las cosas.

Ella se ríe un poco.

—¿Cómo a nosotros? Aún recuerdo tu cara de pánico cuando nos contó su plan antes del desfile.

La sorpresa se refleja en mi cara.

—¿A nosotros?

Ella inclina la cabeza hacia un lado.

—Dos veces. Tres para mí, en realidad, si cuentas el traje de las entrevistas del Vasallaje—dice agitando los brazos como si tuviera alas—. Aunque la segunda vez no eran llamas, eran más bien como carbones ardientes ¿recuerdas?

Agito la cabeza.

—Lo siento— me excuso cuando ella me ve con pena.

Me sorprende cuando estira la mano para sujetar la mía.

—No lo sientas. Creo que tienes suerte. A mí me gustaría poder olvidarme de todo también.

—Katniss…

—¿Sería más fácil si te lo contara todo desde el principio? Tal vez entonces algo te haga recordar.

Sonrío débilmente mientras sujeto una salsera blanca y mojo su carne de ternera con ella, que aún está ocupada con la sopa.

—¿Y si no funciona? ¿Qué pasará si nunca llego a recordarlo?

Ella se encoje de hombros.

—Entonces estaré aquí para recordarlo por ti.

Resulta surreal. En un momento ella está diciendo esas palabras y al siguiente la salsera se está resbalando de entre mis dedos. Podría atraparla en el aire, aún y cuando el daño está hecho y la inmaculada alfombra blanca de Plutarch ahora tiene una amplia mancha de color café claro en medio.

No intento detenerla.

Lo siguiente que sé es que mis dedos se encuentran abiertos en abanico alrededor del rostro de Katniss y mis labios están sobre los suyos. Sus pequeñas manos me rodean el cuello y un sonido bajo y grave brota de su garganta.

¿Me he movido yo o ha sido ella? ¿Importa acaso?

Sus labios se mueven alrededor de los míos y yo intento memorizar su tacto, aunado a las miles de sensaciones que me rodean ahora: el roce de los mechones que se escapan de su trenza sobre mis dedos, el cosquilleo de sus dedos en mi nuca, el sabor ligeramente ácido en sus labios, producto de la limonada que acaba de beber.

Ella me suelta y me aparta casi con violencia, un segundo antes de que se abra la puerta.

No me imagino cual debe ser la expresión en mi cara. ¿Qué dice esto de mí como profesional? ¿Qué hará Plutarch si se entera? ¿Qué pasará con Katniss si me voy?

Katniss lo soluciona todo arrodillándose sobre la alfombra y recogiendo los pedazos de porcelana en que se ha convertido la salsera.

—Se me ha resbalado de entre los dedos— dice ella frunciendo el ceño.

Delly nos observa a los dos mientras me arrodillo y la ayudo a recoger el desastre.

—¿Crees que salga la mancha? —pregunto tranquilamente y Delly parpadea, luciendo confusa, antes de responder.

—Lo dudo, he salpicado una de mis blusas hace un par de semanas con la misma salsa y ha sido imposible limpiarla.

Me encojo de hombros:

—Bueno, de todas formas no me gustaba mucho. ¿Podrías llamar a alguien del equipo de limpieza para que se la lleve?

—Por supuesto, señor— dice Delly, toda eficiencia.

—Cierra la puerta, por favor.

Ella obedece con una sonrisa y Katniss suspira y arroja los pedazos de porcelana sobre una servilleta de tela.

—Eso estuvo cerca— dice en un susurro—. ¿Te imagina lo que nos harían si se enteran?

La observo confundido, pero ella llena el agujero en mi entendimiento antes de que yo tenga que preguntarle:

—Ellos deben seguir creyendo que estás de su lado. No pueden saber que estamos juntos.

—¿Juntos? —mis mejillas se calientan.

—Más o menos— dice ella tomando su plato y empezando a comer, como si quisiera evitar a toda costa esta conversación.

—Ah… vale— digo aún muy confuso.

—Es bueno ver que algunas cosas no han cambiado— es todo lo que dice antes de seguir comiendo.

—¿Qué tengo que hacer con esto? — pregunta ella mientras sostiene el cuaderno entre sus manos, como si se tratara de una bomba.

—Contarme la historia— respondo mientras unto un par de panes con mantequilla.

—¿Y por qué tengo que escribirla? —pregunta frunciendo el ceño.

—Porque el tiempo que tenemos al día para estar juntos es demasiado escaso— le digo con una tristeza que no es fingida—. Se me ha ocurrido que con esto puedes dedicar todo el tiempo que quieras a escribirla para mí. Así, cada vez que tenga preguntas, podré ir al libro y recordar.

—Podrías pedírselo a Haymitch— dice ella—. Él conoce a muchos más tributos que yo.

—Ya, pero Haymitch no ha vivido lo mismo que tú.

—Que nosotros— me corrige ella.

—Que nosotros— acepto yo.

—Vale. ¿Tienes un lápiz?

Le entrego dos.

—¿Puedes darme un cuchillo para afilarlos? —pregunta con inocencia.

La observo con los ojos como platos.

—¿Qué? —dice de inmediato—. No es como si estuviera pensando en matar a alguien con él.

—¿Qué tal si mejor te doy un sacapuntas? —digo abriendo uno de los cajones de mi escritorio y pasándole el pequeño objeto plateado.

Ella lo observa con suspicacia.

—¿Y cómo se usa esto?

Me río y ella me dedica una mirada furiosa.

—No te burles, nunca he usado uno de estos.

—La verdad es que no tiene mucha ciencia— le digo tomando el lápiz y metiendo el extremo afilado en el agujero redondo—. Simplemente lo metes aquí y empiezas a girarlo.

—Ah— dice luciendo decepcionada—. Creo que sigo prefiriendo el cuchillo.

—Bueno, Katniss. Tampoco debemos darles motivos para sospechar.

Ella sonríe.

—Tienes razón —dice llevándose el cuaderno, con alegres dibujos en la portada, al pecho—. Me parece una buena idea hacer esto.

—¿Sí?

—Creo que me ayudará a mí también —confiesa—. A veces siento que las ideas se revuelven en mi cabeza.

Enarco las cejas.

—¿Podrías explicarte?

—Creo que es algo parecido a lo que te pasaba a ti después de… lo que te hicieron. A veces siento que tengo dos tipos de recuerdos— dice en voz baja—. Como si tuviera dos vidas en mi cabeza en lugar de una.

—Continúa, por favor.

—Como si tuviera recuerdos de dos Katniss. Solo que una de ellas no se siente como yo. Y no sé en dónde estás tú la mayor parte del tiempo— dice mientras juguetea con uno de sus lápices. Es decir, creo que éramos compañeros cuando éramos más pequeños, pero de repente desapareces, como si te hubieras marchado a otro lugar sin dar explicaciones.

Siento un agujero en el estómago cuando entiendo que lo que ella está describiendo como una vida de fantasía es su vida real.

El intercomunicador suena:

—Señor Mellark, faltan veinte minutos para su próximo compromiso.

Aprieto el botón y le ordeno a Delly, tal vez con demasiada dureza, que lo cancele.

—¿Qué más hay en esos otros recuerdos, Katniss?

Ella titubea.

—Un hospital—dice mientras abre el cuaderno en una página al azar y empieza a hacer garabatos—. Al menos creo que es un hospital. Tiene largos pasillos blancos y… —la punta del lápiz se rompe con un chasquido cuando ella empuja con demasiada fuerza y ella alza la vista sobresaltada. Un velo parece cubrir su mirada gris —. Perdona ¿qué estaba diciendo?

La observo con tristeza.

—Ya lo averiguaremos luego. ¿Comemos?

Katniss me muestra el cuaderno en cada una de las sesiones posteriores, que incluyen los fines de semana, donde ella es mi única paciente.

Aprendo un poco más con cada pequeño fragmento. Katniss salta entre tiempos verbales en su narración: del pasado al presente y de vuelta al pasado, pero me enfoco en el fondo y no en la forma. Sostengo el cuaderno mientras ella come en mi oficina, sintiéndome secretamente feliz por los kilos que ha ido ganando en las últimas semanas, haciendo preguntas de vez en cuando y tomando aire cuando me encuentro con partes demasiado impactantes, como cuando me doy cuenta de que su compañero en sus Juegos inventados soy yo o que ella cree que perdí la pierna por culpa de la pérdida de sangre, después de que un "muto" atrapara mi pantorrilla entre sus fauces.

Poco a poco encajo las piezas de la historia que Plutarch solo había conseguido armar a retazos: Haymitch Abernathy deja de ser el alcohólico con problemas de depresión que se pasea gruñendo por los pasillos y pasa a ser un borracho que duerme con un cuchillo bajo su almohada, para protegerse de los demonios que lo acosan en sus sueños.

Finnick Odair se transforma en el símbolo sexual de una nación entera a la cual el "Presidente" Snow ha obligado a prostituirse a lo largo de sus años como "Vencedor". Johanna Mason, la chica con hidrofobia, es ahora una chica a la que han torturado —junto conmigo— para sacarle información sobre los rebeldes.

Cinna se convierte en el talentoso diseñador que creó llamas artificiales con las cuales nos prendió llamas a ambos. La persona encargada de darle un nombre que el público pudiera corear a viva voz: "Katniss Everdeen, la Chica en Llamas".

Los miembros del personal del Centro tampoco se escapan de su construcción: Effie Trinket, la Trabajadora Social que se encarga de que Katniss llegue a tiempo a todos sus tratamientos, se convierte en la excesivamente entusiasta— y amante de la moda— "escolta" del Distrito Doce. Beetee Latier, uno de nuestros desarrolladores de equipo médico, pasa a ser otro Vencedor, esta vez especializado en desarrollo armamentístico. Darius, uno de sus enfermeros, pasa a ser uno de los "Agentes de Paz", aunque a través de sus ojos resulta claramente el más agradable de todos. Delly se convierte en una antigua vecina que ha sobrevivido al bombardeo de nuestro hogar.

Mi boca se seca cuando leo la forma en que Katniss percibe la Arena en la que han encerrado para pelear por su vida y, en esa ocasión, por la mía:

Como un reloj. Casi puedo ver las manecillas moviéndose por las doce divisiones de la arena. Cada hora empieza un horror nuevo, una nueva arma de los Vigilantes, dando fin al anterior. Rayos, lluvia de sangre, niebla, monos... Ésas son las primeras cuatro horas del reloj, y, a las diez, la ola. No sé qué ocurre en las otras siete, pero estoy segura de que Wiress ha acertado.

Ahora mismo está lloviendo sangre y estamos en la playa por debajo del segmento de los monos, demasiado cerca de la niebla para mi gusto. ¿Permanecen los ataques dentro de los confines de la jungla? No tiene por qué. La ola no lo hizo. Si esa niebla sale de la jungla, si vuelven los monos...

Soy capaz de imaginar el pánico constante que debe vivir Katniss con ideas como esta en su cabeza y, por otra parte, solo soy capaz de imaginar el dolor que le produjo la muerte de su hermana para preferir una realidad como esta antes que tener que seguir enfrentándose a su pérdida.

—¿Recuerdas algo? —pregunta ella mientras rebaña la salsa que ha quedado en su plato con un pedazo de pan.

Levanto la mirada y ella toma aire.

—¿Estás bien?

Cierro los ojos, tratando de tranquilizarme.

—¿Estás cansada? —le pregunto cuando estoy razonablemente seguro de haberme controlado.

—Un poco— dice ella—. Anoche estuve escribiendo hasta muy tarde. Por cierto, gracias por la lámpara.

Le sonrío con cansancio.

—No hay de qué. ¿Quieres ir a tomar una siesta?

—Me gustaría más ir afuera. ¿No te parece que hace un bonito día?

—Puedo convencerlos de que te dejen salir— le digo—. Pero no puedo ir contigo. Tengo que encargarme de algunos asuntos.

Ella parece decepcionada.

—Igual podemos dejarlo para otro día.

—No. Así está bien. Te prometo que mañana tomaremos el almuerzo afuera ¿qué te parece si vas con Darius y escoges el mejor lugar?

—Darius me cae bien— dice ella—. Pero no le conviene que lo vean ayudándome. La última vez que quiso ayudarme lo convirtieron en un avox ¿recuerdas?

Darius suele guardar silencio la mayor parte del tiempo, tal vez por eso ella ha decidido que él y Pollux han perdido sus lenguas como una forma de castigo del Capitolio.

—No se van a enterar de que él te ha ayudado. Estoy seguro de que Darius sabe ser discreto.

—¿Vas a tomar tú una siesta?

Niego con la cabeza.

—Tengo algunas cosas en las que me gustaría pensar.

Ella asiente.

—¿Cómo van tus sueños? —le pregunto.

—Raros— responde con una mueca—. Anoche soñé con una casa… una casa que ardía.

Me estremezco.

—Vale. Menos mal que solo ha sido un sueño.

Ella se muestra de acuerdo conmigo. Cuando me levanto para acompañarla afuera, ella frunce el ceño y luego me abraza.

—Trata de descansar un poco ¿sí? Si recuerdas todo de golpe podrías acabar enloqueciendo.

Fuerzo una sonrisa.

—Lo tendré en cuenta.

Saco el expediente físico de Katniss y rebusco entre las páginas hasta que encuentro un recorte de periódico: la noticia sobre la muerte que se cobró la vida de Prim.

Era verano, pero una tormenta durante las últimas horas de la tarde había dejado al vecindario entero sin electricidad. Katniss estaba colgando su abrigo del perchero, aún con la puerta abierta, cuando Primrose, de tan solo catorce años, dejó un candelabro sobre una de las mesas en el recibidor y encendió una cerilla. El impacto de la explosión de la casa empujó a Katniss a una distancia de unos ocho metros, pero no lo suficientemente rápido como para que ella no viera el cuerpo de su hermanita envuelto en llamas. Su madre no se encontraba en casa porque había estado trabajando doble turno como enfermera en la clínica local.

El artículo viene acompañado por una fotografía en blanco y negro que muestra la casa, una diminuta construcción de madera, envuelta en llamas. Hay una, más pequeña, de la familia de Katniss, con Primrose sonriéndole a la cámara.

Reviso los registros médicos de Katniss: tuvieron que inducirle un coma, del que despertó cuatro días después del accidente, pero cuando lo hizo, ya no era la misma Katniss. La idea de los Juegos y todos los sucesos que creó para ese mundo habían reemplazado sus memorias y estaba convencida de que vivía en un país llamado Panem en donde el gobierno tenía el concepto de diversión más retorcido del mundo.

Katniss ha tomado pequeños segmentos de la realidad y los ha retorcido de manera que han adoptado la forma que mejor se ajustaba a su nuevo mundo de fantasía. Lo que no llego a comprender es como fue que pasé a ser una parte central de su historia si en ese momento ni siquiera nos hablábamos.

Aprovecho que faltan unos minutos para que llegue Beetee a mi oficina, para discutir un nuevo programa de escaneo cerebral, y cierro los ojos, apoyando la frente sobre mis brazos cruzados.

Recuerdo el día en que tuve mi primer contacto con Katniss: su padre acababa de morir y ella llegaba cada día a la escuela con el rostro un poco más delgado. Recuerdo que la vi sentarse, sola, al pie de uno de los manzanos que papá había plantado afuera de la panadería y cerrar los ojos, como si ya no le alcanzaran las fuerzas para mantenerlos abiertos. Yo estaba tomando la cena en la cocina y mamá seguía gritándome porque el perro que habíamos adoptado no dejaba de ladrar afuera de la casa.

Empezó a llover y mi madre salió a recoger la ropa tendida. Entonces tomé los dos emparedados que me había preparado yo mismo y los envolví en una servilleta. Caminé hacia ella, que apenas si abrió los ojos, y los coloqué junto a su mano, sin reunir suficiente valor para poder hablarle.

Katniss ha cambiado algunos aspectos de la historia: el perro se convierte en una porqueriza llena de cerdos. Mi madre me golpea cuando quemo a propósito los panes, le arrojo los panes en lugar de ir a dejárselos… Pero lo esencial se mantiene ahí.

Nunca, hasta ahora, había comprendido lo trascendental que había sido aquella acción, hecha con mente infantil, para Katniss.

Insisto en cargar con la cesta de picnic, aunque Katniss se muestra en desacuerdo porque pesa tanto que, según ella, hacerlo representa forzar mi pierna.

Le digo que hace mucho eso dejó de ser un problema, lo cual es una mentira porque en los días largos, la pieza de metal y plástico se convierte en un instrumento de tortura, pero Katniss no tiene por qué saberlo.

Ella elige un lugar justo afuera del laberinto de setos y tiende la alegre manta a cuadros que Delly nos ha metido en la cesta.

—¿Has preparado tú todo esto?

—He elegido la comida, pero Delly la ha encargado en las cocinas y luego ha empacado todo.

—¿Qué has preparado para hoy? —pregunta tomando aire profundamente.

—¿Estás bien? —le cuestiono sin responderle.

Ella sonríe:

—Bien… Sí. Suelo sentirme algo claustrofóbica la mayor parte del tiempo, por eso trato de disfrutar todo lo que puedo los días que me permiten salir.

La observo con el ceño fruncido.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes?

Ella me observa con sorpresa.

—¿Y para qué?

—Pues, para empezar, pudimos haber hecho la se… nuestras reuniones— me corrijo rápidamente— aquí afuera desde hace mucho tiempo.

—¿En serio?

—Sí.

—Pues bien. Entonces no volvamos a ese horrible lugar —dice con una mueca—. Y ahora que lo pienso, a este lugar le vendría bien que lo podaran a fondo. Deberías deshacerte de las rosas ¿sabes?

—¿No te gustan las rosas?

Un estremecimiento recorre su cuerpo.

—No, no me gustan las rosas.

Cinna consigue que su hermana le traiga una máquina de coser y yo le doy permiso para utilizarla. En unos días, las cortinas de su habitación se han convertido en un nuevo vestido para Annie, que sonríe y aplaude encantada. El acabado final de la prenda, tomando en cuenta las circunstancias, resulta increíble. Muevo algunas influencias y un paquete con metros y metros de diferentes telas aparece en el siguiente tren. Su estado mejora.

La abuela de Finnick, una ancianita adorable que me pide que la llame Mags, se hace cargo de él por un fin de semana y se lo lleva a su pueblo, en la costa. Es el único pariente que le queda y no le permitieron hacerse cargo de su nieto después de que quedara huérfano porque había sufrido una apoplejía. Para cuando se recuperó, la adopción de Finnick se había concretado y ella no tenía ni los medios ni las fuerzas para cambiarlo. Él parte un viernes por la tarde y regresa el domingo, luciendo más animado que nunca. Su abuela le ha regalado un trozo de cuerda de un metro de largo. No representa un peligro para él, pero cuando paso por su habitación él me hace una demostración de las decenas y decenas de lazos que ha aprendido a hacer.

Haymitch desempolva un viejo ajedrez y se empeña en enseñarme a jugar cuando nos reunimos. Soy pésimo, pero él parece divertirse, así que intento jugar con él al menos un par de veces a la semana.

Katniss se anima cuando nuestras sesiones dejan de hacerse en mi oficina. Empieza a ganar peso más rápidamente y su rostro deja de tener aquella palidez fantasmal. Metaboliza mejor sus medicamentos, de manera que sus "sueños" sobre aquella realidad que le resulta ajena empiezan a volverse más recurrentes, lo que suele dejarla confusa la mayor parte del tiempo.

Empiezo a dedicar treinta minutos a la semana para hablar con la señora Everdeen, que se ha mudado a una ciudad en la costa oeste donde trabaja como enfermera. Se sorprende cuando le digo que su hija ha estado teniendo grandes progresos en las últimas semanas y llora al teléfono cuando le pregunto sobre Prim y la enfermedad mental de Katniss.

Aprendo más cada día sobre el mundo que ha construido para refugiarse y mi corazón se rompe un poco cada vez que ella me cuenta sobre las partes de ese mundo que me incluyen a mí: me dice sobre el niño—nuestro hijo— que inventé para intentar parar el Vasallaje. La tortura a la que fui sometido. La cantidad de veces que intenté matarla.

Resulta atroz. Me desgasta física y mentalmente el saber que, de alguna manera y pesar de todo el tiempo que hemos pasado separados, ella me convirtió en alguien esencial en su vida.

Y luego está, por supuesto, el saber que le he estado mintiendo todo este tiempo. Porque, al menos para mí, las omisiones cuentan como mentiras. ¿Qué pasará el día en que Katniss se entere de lo que estoy haciendo? Estoy seguro de que no me lo perdonará. Jamás.


¡Hogar dulce hogar! Oficialmente de vuelta a mi casa y a pesar de que la pasé super bien, sienta bien volver.

¡Aquí la segunda parte! Me tiene super contenta la acogida que le han dado a esta historia. Mil gracias por tantos reviews. Espero que este segundo capítulo les haya gustado. Ya solo queda uno más.

Una aclaración: tomando en cuenta que Katniss y Peeta son una década mayores a lo que estamos acostumbrados y que Peeta, de paso, se ha criado en un mundo distinto al de Panem, he modificado ligeramente—espero— sus personalidades.

¡Esta historia ha sido todo un reto! Me habría gustado tener el tiempo para hacerla más larga, pero con algo de suerte les gustará la forma en que la estructuré.

Nos leemos por última vez en el siguiente capi.

Saludines, E.