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Capítulo 2:


Estupideces.

Eso era lo único que salía de la boca del docente frente a ellos, simples estupideces. Era la primera clase del curso, pero no podía llamarse como tal, pues el tío se limitaba a darles información sobre horarios y otras generalidades comunes de los dos primeros días tras la famosa "vuelta al cole", como decían voces de niños emocionados en los anuncios televisivos (¿desde cuándo a los niños les gustaba eso?). Algo plástico y surrealista. Igual que aquella clase completamente inútil para los alumnos que ya llevaban varios años en aquel endemoniado instituto con un nombre que los mataría por sobredosis de azúcar.

Ese era el caso de Castiel.

Él, a diferencia de lo que el delegado de pacotilla pensaba, no era ningún idiota. El simple hecho de haberse librado de repetir el curso anterior sin haber dado palo al agua decía mucho sobre ello. No obstante, no lograba entender el sistema educativo. Por más vueltas que le diera, las fórmulas matemáticas y el aprendizaje de lenguas "muertas" como el latín le parecían una total pérdida de tiempo. Y puestos a perderlo, prefería hacerlo fuera.

Lástima que Lysandro lo hubiese convencido para entrar en la dichosa clase.

Se moría por un cigarrillo.

Ladeó la cabeza hacia su amigo. Extraño. Así era como muchos podrían definirlo. Lysandro, lejos de antenderlo a él o al profesor, se dedicaba a escribir quién sabría qué en su libreta, sumergido en la irrealidad. Si bien no era alguien especialmente problemático (al contrario que la mayoría de la última fila), tampoco le resultaba agradable sentarse en un lugar visible, donde ya había comprobado que al noventa por ciento del profesorado no les hacía mucha gracia que se dedicara a labores ajenos a la clase. Lysandro era un "rebelde" a su pacífica manera. Aunque al contrario de otros, sí habían algunos temas escolares que llegaban a interesarle con respecto a lo clásico.

Pero el hilo de pensamientos de Castiel pronto se vio interrumpido. Todo a causa de un desagradable grito junto al ruido que había hecho una de las alumnas al levantarse con histeria.

—¡Hay una avispa!

Caos.

En cuestión de segundos, la clase ya se había revolucionado, en forma de efecto dominó. Más alumnos dejaron sus sillas, unos persiguiendo al pobre insecto tratando de golpearlo y otros alejándose lo más posible de la escena. Castiel se había quedado en su sitio, contemplando el espectáculo sin saber si reír o llorar. Aunque era probable que optase por descojonarse de sus compañeros y el pobre idiota del profesor, que intentaba inútilmente poner algo de orden. Lysandro seguía concentrado en su mundo. ¡Vaya tío! Con lo que le hubiera gustado a él poder dormir tranquilamente entre semejante griterío...

El estruendo cesó cuando algo cayó contra el suelo, causando que el resto de estudiantes dejaran de correr para mirar qué había pasado. Entonces, no fue difícil descubrir la figura de Emilie, con los ojos abiertos de par en par, sentada en el suelo casi aguantando la respiración. Su expresión estaba desencajada, como si la impresión del terror se hubiera grabado en su rostro. Y allí se encontraba la avispa: posada en su frente.

—Qui... Quitad... mela —balbucía la joven adquiriendo una nada sana palidez mientras comenzaba a transpirar.

Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Y el resto de alumnos paralizados.

—No me jodas —Castiel apoyó las manos en la mesa y finalmente se levantó, echando a caminar hacia la parte delantera de la clase—. ¿No podéis con un puto bicho?

Se acercó hasta Emilie y golpeó a la avispa con un dedo por un lado, haciendo que esta saliera disparada y emprendiera de nuevo el vuelo. Con un golpe preciso de su cuaderno, logró aprovechar la oportunidad de aplastarla contra la pared. Ya estaba. Problema resuelto. Luego pudo ver de reojo como Nathaniel (cuya inutilidad había quedado más que demostrada) movía una de sus manos frente a la alumna nueva, tratando de sacarla del trance, sin éxito alguno.

—¿Emilie? —la chica estaba en shock.

Los demás fueron juntándose a su alrededor, movidos por la inmensa curiosidad. Todos menos Lysandro, por supuesto, quien a penas se había dignado a levantar la cabeza de su amado cuaderno (y eso ya era mucho). Al mirar mejor, Castiel pudo notar como otra joven se encontraba más alejada de la multitud, con el ceño fruncido, observando los movimientos de su no tan amigo el delegado. Algo le decía que el estúpido iba a tener problemas. O al menos eso se veía dibujado en la cara de Melody.

Y había descubierto que la nueva tenía fobia a los insectos.

Menuda estupidez.

Las siguientes horas transcurrieron con algo más de tranquilidad, pero la falta de nicotina empezaba a ponerlo nervioso. A veces se regañaba a sí mismo como sus padres no hacían (pues vivía solo) y se mentía prometiéndose que iba a dejar de fumar. Lástima que el mal trago de encontrarse a diario las caras de Nathaniel y la directora hicieran trizas sus intenciones de superar el hábito. Y es que lo ponían enfermo. Si bien con la directora no podía hacer mucho, ya se había metido en más de una pelea con el "alumno modelo", y debía admitir (aunque nunca lo diría en público) que el muy desgraciado sabía defenderse. Pero aquello no quitaba que fuera un energúmeno y un hipócrita que se ocultaba detrás de su supuesta amabilidad. Aún apretaba los puños al recordar el pleito con el que se habían declarado la guerra definitiva, el día en que ese niñato se había atrevido a ponerle una mano encima a su novia.

Debrah.

Todo por Debrah.

¿Qué dirían los demás si supieran que incluso él aún no lograba superar a su ex? Probablemente, se reirían en su cara. Castiel era un rebelde: se escapaba de clase, no firmaba los justificantes, despreciaba a los alumnos modélicos, se metía en peleas, ¡incluso había robado la llave de la azotea! Y como un hombre que era, no podía permitirse tonterías tales como sufrir por una ruptura teniendo más de una joven a sus pies con quien divertirse y dejarla tirada cuando se cansara.

El amor era una estupidez.

O al menos, así lo dictaba el canon.

Castiel jamás sentiría algo más allá de la simple atracción, todo el mundo debía pensar así, como pasaba con todos los chicos como él. Incluso era fácil inventar excusas para el ataque de ira que aquella vez había sentido contra su desde entonces némesis: Debrah le pertenecía. Nadie tenía derecho a tocar lo que era de su propiedad. Pero él no era realmente capaz de ver a las mujeres de aquella forma. Llegaba a sorprenderse a sí mismo cortando malhumorado cualquier tipo de conversación con gente que, como era obvio, tomaban su actitud dentro del estereotipo del matón sin empatía que disfrutaba con el sufrimiento ajeno. O eso, o el típico casanova que se hacía el interesante. Quizás, lo metían en una mezcla intermedia de ambos.

Cuando un alumno lo conocía, solía recrear en poco tiempo esas ideas preconcebidas. Y entonces era cuando él los invitaba amablemente a irse a la mierda. Casi le costaba creer que la chica nueva, quien en esos momentos salía de la enfermería (pues allí había ido a parar después de su casi infarto por la estúpida avispa), aún no hiciera ningún comentario al respecto. Aquella mañana se había limitado a preguntarle acerca de su inscripción, sobre la cual parecía bastante perdida. Aunque en un principio se había mostrado bastante mordaz con ella, pues no sabía como interpretar que Emilie se le hubiese acercado mirando las líneas del suelo en vez de su cara. Probablemente, a pesar de no hablar de ello, la había intimidado. Después, simplemente se burló de ella, sin ir demasiado en serio y finalmente se había puesto de un humor de perros cuando la mosquita muerta había cometido el error de empezar a hablar de Nathaniel.

"No te conviene juntarte conmigo, y menos si te interesa ese delegaducho de pacotilla".

Probablemente, Emilie se había enfadado después de que la dejara con la palabra en la boca. Pero no le importaba, lo que ella pensara de su persona no era su problema.

—Ah... ¡Castiel! —casi creyó que se había imaginado la llamada hasta que vio a la nueva caminar hacia él, con una inseguridad claramente marcada en el rostro—. Yo quería... darte las gracias por matar a esa.. a esa cosa —terminó de hablar con un tono perturbado al recordar al insecto.

—No es como si lo hubiera hecho por ti —espetó—, pero con tanto grito no podía ni dormir, debería haberos grabado en vídeo —añadió en tono burlón recordando lo patético de la escena. Si esa dichosa reportera de Peggy hubiera estado en su clase, probablemente en un par de días estarían llenos de fotos de la estampida que se había armado.

Por alguna razón, Castiel sintió que había dado una excusa poco creíble.

—Lo sé—¿cómo que lo sabía?—, ¡pero realmente fue un alivio! —la joven finalmente lo miró a los ojos, por primera vez—. No eres tan mal tipo.

Y tras aquel murmullo, Emilie se alejó de él, pasando por su lado mientras elevaba una de sus manos en un saludo hacia alguien en el pasillo, quien resultaba ser un chico con gafas que podría haber pasado por un alumno de secundaria, en vez de bachillerato. "Ken", lo había llamado ella. Y Castiel alzó una ceja.

—Qué tía más rara —masculló mientras ambos adolescente se alejaban perseguidos por las maliciosas risillas del grupo de Ámber, quienes salían de su clase en esos momentos.

Castiel frunció el ceño cuando vio a esa niña rubia eguida por Li y Charlotte. Las tres eran insoportables y cargaban con más arrogancia de la que él mismo tenía. Disimuladamente, fue apartándose del lugar para evitar que lo vieran. No tenía ganas de tener una "animada charla" con la hermana del estúpido de Nathaniel. Y menos si iba a saltarle con alguno de sus cotilleos sobre los dos alumnos nuevos. Si Ámber llegara a enterarse de que Emilie se había sentado al lado de su querido hermano mayor, ya iban a tener bastante sus compañeras escuchándola despotricar contra ella. Para colmo, ya se oía desde lejos su voz chillona burlándose del niño con apariencia de parvulario que acababa de llegar. Si seguía oyendo tales estupideces, Castiel acabaría por volverse estúpido.

Así que huyó en cuanto tuvo camino libre hacia las escaleras que llevaban a la azotea, con la esperanza de ahogar sus males en sus cigarrillos. No era su problema lo que fueran cuchicheando los alumnos. Eso ya se lo dejaría a la cotilla de Peggy. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta en busca de la cajetilla que ocultaba sus objetos de deseo (o de repugnancia en ocasiones) junto al encendedor y la llave de la azotea, que el idiota del delegado aún no había conseguido pillarle:

Castiel: 1.

Nathaniel: 0.

Y así sin pensar más en su alrededor, empezó a subir escalón tras escalón...

—¿Qué diablos? —masculló cuando su pie chocó contra algo que no debería haber estado en la escalera.

Cuando miró hacia abajo, pudo descubrir que el culpable no era más que un simple cuaderno abandonado. Alzó una ceja y, con algunas sospechas de su procedencia, lo recogió antes de abrirlo por una página al azar.

—¡Pero mira que es subnormal! —exclamó al descubrir que efectivamente era la tan famosa libreta de su amigo Lysandro.

Era curioso, si bien el chico podía llegar a parecer alguien tranquilo y responsable a primera vista (además de extravagante), al final solo resultaba ser un desastre con patas. Castiel estaba seguro de que olvidaría su propia cabeza si no la tuviese pegada al cuerpo... Trató de no imaginarse la inquietante escena del chico descabezado mientras escribía en clase (¿que como veía la hoja? Dios sabría).

—Qué se joda.

Dejó el cuaderno tirado en algún lugar, procurando que estuviera en donde nadie pudiera pisarlo como le había pasado a él. Ya veía a Lysandro movilizando a medio instituto en busca del objeto de sus anhelos (aunque tanto no lo podía querer, si lo dejaba caer a la mínima oportunidad). Como fuera, no era su problema, y si alguien decía que era un mal amigo por no devolvérselo, no tendría problemas en hacer que cambiara de opinión con una visita al hospital por cortesía de su querido puño. Al fin y al cabo, era el matón sin sentimientos, ¿no? La gente amaba hablar de la vida de los demás sin tener la más mínima idea.

Menos mal que allí, en la azotea a la que al fin había llegado, se encontraba solo.

Trató de ignorar la leve sensación de auto-decepción que le produjo encender el primer cigarrillo, y a cambio recibió algo de alivio y tranquilidad, liberando el estrés. Se dedicó a estar así durante un rato, viendo como el humo se esparcía por el aire de forma desagradable, y se acercó al bordillo del edificio donde apoyó los brazos, esa que lo separaba de acabar algún día estampado contra el piso del patio en un descuido. Aunque él no tenía mal equilibrio, pero hubiera sido tronchante el lío que se habría armado si el dichoso perro de la directora (sobre el que aún se preguntaba cómo demonios le estaba permitido traerlo) pudiera haber llegado hasta allí. Tampoco era que le deseara mal al pobre chucho, al fin y al cabo, él también tenía un perro.

Olvidando esa idea, frunció el ceño al reconocer dos figuras a lo lejos, acabantes de salir al patio del recinto (lo cual, por quienes eran, parecía algo inverosímil). Allí estaba el delegado de pacotilla en compañía de la otra ex-delegada de pacotilla. La que hasta hacía poco no había recordado su nombre, ya que normalmente quedaban en clases diferentes. Lo único que sabía realmente de ella era que solía pegarse como una lapa al energúmeno de Nathaniel. Dos alumnos modelos, dos hipócritas que fingían ser amigos cuando uno tan sólo buscaba a alguien que manipular y la otra una estúpida ilusión de interés sentimental.

Tal para cual.

Aunque ese día, por alguna razón, parecía ser que habían comenzado a discutir (bueno, por la distancia tampoco podía haber estado demasiado seguro). Si Castiel hubiera sido un cotilla, como Peggy o Ámber, ya se habría desesperado por no escucharlos. Pero aquello no era problema suyo, así que tan sólo ignoró la escena apagando el cigarrillo contra el muro antes de darse media vuelta.

A él no le interesaban esas cosas estúpidas.