ESTROFA DOS

GEORGE ENTREGA SU PRIMERA CARTA

El es como el hijo que pude haber tenido

Si Dios me hubiera dado esa bendición.

El verano muere poco a poco,

Cuan pronto vuelan los días.

Yo soy mayor y pronto me habré ido,

Pero a él…

Traelo a casa.

Su rostro aún no perdía la lozanía de la juventud, el brillo de sus enormes ojos negros habían prendado a más de dos. La juventud se regodeaba con ella como una de sus máximas creaciones. De espigada figura y porte altivo, de sonrisa fácil y discreto rubor en las mejillas. Los carnosos y rojos labios que sonreían sin discreción alguna.

Ella tocaba el piano como los ángeles, deslizaba las delgadas manos por el ébano y marfil del instrumento, arrancaba melodías sentidas y llenas de gozo. Su voz era cristalina y potente al entonar cualquier canción que callera en sus manos.

Sus padres le permitían exhibir su arte en las reuniones que se llevaban a cabo en la Mansión, todos celebraban que una jovencita tan agraciada tuviera ese don tan singular.

Un joven alto y delgado, sentado en el fondo del salón, también lo notó. La piel blanca del muchacho contrastaba con la increíblemente negra cabellera ondulada. Él la observaba con insistencia, mientras una jovencita le hablaba de quién sabe que trivialidad, él contestaba con monosílabos y una que otra vez sonreía tímidamente.

Ella percibió un calor inusual en la piel de su cuello, era como si el aliento tibio de la noche se decidiera a llamar su atención de alguna manera. Volteó y de repente se topó con ese par de ojos negros que se escondían tras unas gafas brillantes. Como toda señorita bien educada, bajó la mirada de inmediato, ¡No es propio mirar así a un desconocido!

Él notó que la mirada furtiva que la chica le regaló por unos instantes, se irguió cuan alto era para alizar el chaleco de su frac. Acomodó el corbatín de seda y su fistol. Se paró lo más derecho que pudo y… ella lo miró de nuevo.

Él se ruborizó como colegial y tiró el contenido de su copa en la espalda de una mujer que estaba a su lado.

Ella rió de buena gana ante las ocurrencias del despistado chico y se acercó rápidamente para auxiliar a tía Rose que tenía la espalda empapada de ponche frío.

Mientras el chico se deshacía en frases pidiendo disculpas, ella secaba con su pañuelo la espalda de la anciana tía.

Miró de reojo al chico atolondrado y se quedó estática al verse sorprendida por él. El pañuelo cayó de sus manos y ambos se inclinaron a recogerlo, un choque de cabezas no hizo esperar.

-Ayyy lo siento tanto –replicó el chico mientras entregaba el pañuelo a la joven

Él era menor que ella, ahora que lo veía de cerca, casi un adolescente, de ahí su falta de experiencia en cuanto al comportamiento en sociedad. Parecía que apenas estrenaba su primer par de pantalones largos. Pero su altura, el ancho de sus hombros y fuertes brazos denotaban que no lo era tanto. Ella sabía que la edad cronológica no era necesariamente correspondiente a el aspecto físico.

-No se preocupe Señor…

Ella guardó silencio esperando escuchar su nombre, él claro está se quedó mudo hasta que ella levantó la ceja para invitarlo a hablar.

-Ah si, perdón, Phineas –Respondió el chico mientras besaba la enguantada mano de la joven.

-Emilia –Respondió ella con una bella sonrisa.

-Si, lo sé… es decir, encantado.

Ella no pudo resistir el candor y la timidez del muchacho y sonrió. El resto de la velada la pasaron a la distancia. Con sonrisas ocultas tras el abanico y una nueva sensación en el estómago cuando sus miradas se encontraban por instantes.

La noche nunca había sido tan brillante, era luna nueva así que las estrellas podían verse en toda su plenitud. El negro cielo le recordaban sus ojos, su brillante cabello. La joven se cubrió el ruborizado rostro con la almohada sonriendo para sí. Nunca nadie había movido el corazón de esta manera y eso… le encantaba.

Los días pasaron y una tarde recibió una visita inesperada.

-Emilia

-¿Si madre?

-Emilia, mi buena amiga Clare ha enviado a su hijo para que le des lecciones de piano, ella quedó prendada de tu interpretación en nuestra última reunión y su hijo también. Por esa razón ha insistido en que le enseñes a interpretar en el pianoforte.

-Mamá yo no…

-Yo le dije a Clare que lo harías encantada Emilia. –Replicó la mujer en tono severo

La chica bajó el rostro y con una reverencia contestó

-Si madre, estaré encantada de hacerlo.

La chica bajó la cabeza y se encaminó al salón de música para inicial las clases.

-Ojalá no sea un chiquillo sin talento, las madres siempre culpan al maestro cuando sus retoños aporrean el piano en lugar de tocarlo.

Escuchó algunas notas que su alumno sacaba del instrumento al descuido, ella arreció el taconeo para pillar al mozalbete que se atrevía a poner sus garras en su piano sin su consentimiento.

Entró al salón con resignación y se paró en seco al ver la espigada figura de un joven conocido para ella.

-¡Phineas! –Exclamó con indiscreta alegría-

-Hola –saludó el chico besando la mano de Emilia con un inocente galanteo.

-Pero… ¿Tú eres el chico al que debo dar lecciones de piano?

-¿Decepcionada? –preguntó el muchacho mirándola sobre los espejuelos brillantes.

Emilia pudo ver de cerca los hermosos ojos negros y las increíblemente largas pestañas que velaban los anteojos del joven Phineas.

-No… ¿Por qué habría de estarlo? –respondió ruborizada.

-Me alegra

-Bueno ¿te parece si comenzamos?

-Encantado.

Así pasaron los días, las semanas y los meses. Una temporada maravillosa de primavera, de miradas furtivas, de roces discretos de las manos. De acercamientos poco discretos de ambos a la partitura hasta quedar tan cerca que podían confundir sus alientos, los latidos de su corazón en uno solo.

Esa tarde él había vencido el miedo y se había acercado a ella mientras discutían el tiempo del compás, otra vez inclinados sobre la partitura, otra vez tan cerca que…

El chico cerró la distancia entre ambos con osadía, depositando una caricia húmeda sobre los rojos y palpitantes labios de la chica. Ella cerró los ojos y se dejó llevar por la deliciosa sensación del ósculo.

Él se alejó gentilmente sin dejar de mirarla, ella no se apartó ni se sintió ofendida en ningún momento, él juntó su frente con la apiñonada frente de Emilia y susurró en un suspiro.

-Te amo Emilia, desde el primer momento en que te vi, te entregué mi corazón, por eso yo… le rogué a mi madre que me permitiera tomar lecciones contigo a pesar de… -él se detuvo de pronto

-A pesar de que ya sabías tocar el piano ¿Verdad?

Él la miró sorprendido y sonrió como un niño cuando es pillado en alguna travesura.

-¡Lo sabías!

-Desde el principio –contestó ella sonriendo- nadie toca tan bien el piano en tan poco tiempo.

-¿Te molesta?

-No… en lo absoluto.

El chico volvió a cerrar la distancia entre ellos en un nuevo y delicioso beso.

-Esta noche hablaré con mi padre y vendré a pedir tu mano.

-Estaré esperando Phineas

Pasaron los días y una tarde la madre de Emilia entro a su habitación, abrió el armario y sacó un hermoso vestido.

-Vistete Emilia que esta noche tendremos visitas muy importantes, tendremos un gran acontecimiento en la familia.

-¿Si madre?

-Si, un verdadero acontecimiento.

Emilia se vistió apresuradamente, retocó el carmín de sus labios y perfumó su cuello. Revisó su imagen en el gran espejo de su vestidor y sonrió satisfecha.

No aparentaba tener los 28 años que tenía, su jovialidad y alegría de vivir le hacían ver mucho más joven. Nunca había estado enamorada, nunca como ahora. El tiempo no había hecho mella en su rostro, su corazón era como el de una chiquilla. Ella era la prueba viviente de que la felicidad perpetúa la juventud, a pesar de su destino…

Cuando ella bajó los caballeros se levantaron de su asiento ella saludó a cada uno con una leve reverencia y una encantadora sonrisa.

El anfitrión de la noche, el padre de Emilia llamó la atención de los asistentes a la reunión.

-Caballeros, me complace en presentarles a Lord Ernest Cornwell de Inglaterra y a su hijo el Joven Phineas Cornwell.

Emilia sintió que el corazón le daba un vuelco al ver a el hombre del cuál estaba locamente enamorada tan guapo.

-Es el único hijo de los Conwell –susurró una mujer a la derecha de Emilia.

-Si, es tan alto y tan gallardo que no parece tener apenas 17 años.

Emilia sintió que la tierra se movía bajo sus pies.

-¿17 años? –preguntó la joven a las damas

-O 18 a lo sumo -le contestó una de ellas

Emilia observó el rostro de Phineas, estaba serio, con los ojos enrojecidos como si hubiera llorado.

-Así es damas y caballeros –continuó hablando el anfitrión-

-Lord Cornwell ha tenido a bien el pedir la mano de mi…

Emilia dio un paso al frente con una gran sonrisa.

-Sobrina Janice Andrew

Emilia se quedó de una pieza, mirando a Phineas con los ojos muy abiertos. Phineas la miraba con un dejo de súplica, le temblaba la barbilla y parecía que rompería en llanto en cualquier momento.

Los invitados aplaudieron la noticia, Emilia sintió que todo se tornaba negro a su alrededor, le faltaba el aire, tomó la falda de su vestido y caminó rápidamente a la salida del jardín que estaba lleno de rosas.

-Ahora mi hija Emilia interpretará una melodía en honor de los novios-Dijo en voz alta su padre.

Emilia se detuvo y giró sobre sí misma lentamente, caminó con paso firme al pianoforte y se sentó.

Puso las manos sobre el teclado y miró a la concurrencia. Ahí estaba el amor de su vida, con su sobrina colgada de su brazo. Ella sería su tía…

El ronco garraspeo de su padre la sacaron de su introspección y se dispuso a toca una bella y melancólica melodía, cerró los ojos para evitar que las lágrimas salieran de ellos. Respiró profundo para no sollozar.

Chopin su músico favorito, cuánta melancolía en su música, ella quería desvanecerse en el ébano y marfil de pianoforte. Quería morir de melancolía, esperaba caer en ese momento sobre su piano sin vida, para no sentir tanto dolor, para no tener el corazón despedazado cayendo en pequeñas partículas que hacían pesados sus dedos.

Los presentes guardaron silencio ante la melancolía de la interpretación. Cuando terminó de tocar abrió los ojos y más de tres personas se secaban las lágrimas con un pañuelo ante la ternura de la actuación de la joven. Después de unos segundos de silencio, ella se puso de pie y sin más se encaminó a la salida del salón seguida de una furiosa ovación.

Salió corriendo al jardín aprovechando que Janice estaba rodeada de jóvenes interesadas en ver el anillo de compromiso que adornaba su dedo y su madre no la tenía bajo la vigilancia acostumbrada. Su padre hablaba con Lord Cornwell así que tampoco le prestaba atención.

Ella escapó…

-¡Tu padre no quiso darme tu mano! –Le dijo Phineas a la joven cuando le dio alcance en el jardín

-Me dijo que tú no te casarías porque era tu deber cuidarles hasta su muerte. Mi padre me apoyó ofreciéndoles las amas de llaves más experimentadas de Inglaterra para que cuidaran de ellos. ¡Se negaron! ¡Tu madre no quiso escuchar! Tu padre le dijo al mío que eras mayor… que eras 11 años mayor que yo, que eso ponía en peligro la posibilidad de tener herederos.

-Entonces es mi edad lo que te molestó –Le gritó la chica soltándose del agarre del joven Cornwell

-No Emilia ¡Por Dios! ¿Crees que eso me importa? Yo te amo por lo que eres, por tu sonrisa, por tu maravillosa piel apiñonada que parece besada por el sol. La edad no importa Emilia

-¡Claro! ¿Qué va a saber tú? Si eres un chiquillo tienes 17 años… y yo…

Phineas abrazó a Emilia y cerró la boca de la joven con un apasionado beso.

-Apartate de mi, no vuelva a acercarte, vas a casarte con mi sobrina –Le reprochó la chica entre lágrimas- Dices amarme y vas a casarte, dices amarme y llevarás a Janice al altar…

-Lo sé – Contestó el muchacho- Pero… que podía hacer, si la única opción que me dieron para estar cerca de la mujer que amo es casarme con su sobrina.

-¡Pues robarme!

Emilia se soltó del agarre del chico Cornwell y corrió. Su falda se enredó y calló al piso, él trató de levantarla pero ella lo apartó con un movimiento brusco

-No te me acerques nunca más ¡Nunca más!

Ellos se casaron y Emilia nunca más toco el piano, nunca más volvió a enamorarse, nunca más volvió a creer en el amor, nunca lo olvidó…

Emilia pasó la mano en el teclado del pianoforte que había tocado por última vez hacía 23 años.

Una carta abierta estaba en el suelo del salón de música, escrita con la hermosa caligrafía que ella conocía tan bien. Ella misma había enseñado al chico a escribir con tanta perfección.

-Stear, amado Stear. Eres tan parecido a tu padre, con su misma jovialidad, con su mismo ingenio, son su mismo rostro. –Se lamentaba Emilia en voz alta-

-Cuando tus padres se fueron en su misión diplomática y Janice te encargó conmigo te crié como si hubieras sido mi hijo. ¡Yo sé que pudiste ser mi hijo niño adorado! Y ahora como tu padre me arrancas el corazón de un tajo, sin consideración alguna.

Phineas aceptó partir en misión diplomática para alejarse de ella, para no enfrentarse cada día al corazón cerrado de Emilia. Corazón sólo abierto para su primogénito. Él fue el que decidió que los chicos permanecieran bajo el cuidado de "La tía abuela" nadie, ninguna institutriz, ninguna nana los amaría como ella.

Emilia se sentó frente al piano puso las manos en el ébano y marfil y comenzó a tocar una melancólica y hermosa melodía.

Cerró los ojos elevando una plegaria mientras movía las manos ágiles en el piano. Una figura que había permanecido a una prudente distancia se encaminó a la salida.

-George –Le detuvo Emilia Elroy Andrew

-No te vayas, no me dejes sola –Le dijo suplicante la tía abuela.

George se acercó a ella y se sentó en el banco junto a ella y comenzó a tocar. Elroy se unió a él y elevó una plegaria silenciosa, suplicando por su bienestar. Pidiéndole a Dios que si era necesario sacrificar una vida ella gustosa daría la suya a cambio de la de su querido "hijo". Eso era Stear para ella, su hijo. El corazón dentro de su pecho latía con violencia, el estómago presionado en sus adentros por el miedo, por el terror de ver a su dulce hijo enfrentado al terrible ambiente de la guerra. No su hijo… no su niño.

Emilia Elroy Andrew ya no pudo tocar, las lágrimas corrieron por sus mejillas sin control. George tomó Emilia por los hombros y ella lloró en su pecho repitiendo sin cesar.

-Stear… Stear… hijo mío… no Dios… no mi hijo…

George oraba por ella en silencio, por él, por todos aquellos que aún no sabían la noticia. Cuando Elroy se tranquilizó un poco George comenzó a tocar suavemente e invitó a la acongojada mujer a tocar con la mirada. Entre lágrimas ambos tocaron con la esperanza de que esa ofrenda musical fuera aceptada y Stear regresara a casa.

CONTINUARÁ…