Capítulo 1:
Se irían de vacaciones en pocas horas. Habían planeado aquel viaje por años. Según tío Harry, el lugar al que se dirigían no tenía comparación con ningún otro que hubieran conocido antes; era un gran hotel, ubicado en una zona estratégica para que los muggles no metieran sus narices en él, y así los magos de todo el mundo pudieran vacacionar tranquilos. Por esto, habían tenido que reservar con mucho tiempo de anticipación.
Rose miró por la ventana del living una vez más. Vivían en un pueblo tranquilo, que en el verano quedaba casi desierto. No había ni una señal de autos muggles, y los pocos que pasaban no se detenían frente a su puerta.
– ¿Aún no ha venido Lauren? – Hermione pasó a su lado y preguntó por la amiga de su hija, aunque no prestó mucha atención en la respuesta de ésta.
– No, está retrasada – suspiró Rose.
– Envíale una lechuza, no podemos llegar tarde – le dijo apurada su madre, subiendo las escaleras.
– Es en vano, no va a llegar a tiempo a…
– ¡Hugo! – su madre no la escuchó, pero Rose si a ella – ¡Te dije que guardaras tu ropa interior! ¿Aún estás con esas malditas cartas?
Rose volvió a suspirar. Su madre volvería a regañar a Hugo por varios minutos, y estaba segura que pronto se uniría su padre.
– ¡Ron! ¿Qué haces? ¡Ayuda a Hugo! – Rose se sentó en un sillón del living, con la vista perdida.
La pelea entre su madre, su hermano y su padre era cosa de todos los días. Ya casi ni les prestaba atención, salvo cuando su nombre salía en ellas por alguna razón. En aquel momento la preocupaba su amiga, Lauren. Le había dicho que estaría allí a las cinco de la tarde, pero ya eran las seis y no había ni rastros de ella, ni de lechuzas que explicaran su ausencia. ¿y si al final sus padres no la dejaban ir con ellos? Lauren era la menor de una familia de muggles, y a sus padres jamás les gustó la idea de que su hija fuera una bruja. Nunca podía verla en los veranos, y a duras penas podían escribirse.
Miró la carta arrugada que tenía en su mano:
Querida Rose:
Deseo que tú y Lauren pasen unas maravillosas vacaciones. Es una pena que no pueda ir, mi madre es cada día más arpía, y el idiota de mi padre cada día más dominado. Hubiera escapado con ganas, pero se que si lo hago no me dejarán volver nunca… aunque tal vez sea lo mejor.
Espero que saquen muchas fotos y me escriban todos los días contándome cómo les va.
Con mucho cariño,
Tu amigo Kev.
Kevin ya le había dicho muchos días antes que no iría. Kevin era amigo de ambas chicas desde la primera semana que pasaron en Hogwarts. Era un chico sensible, inteligente y de gran corazón. Sin embargo, su madre lo trataba como si fuera todo lo opuesto. Nunca confiaba en él, y para ella sus notas no eran lo suficientemente altas. Siempre lo comparaba con ella y con su padre, quienes habían sido prefectos y premio anuales, y le decía que tenía suerte de no ser un squib como su hermano mayor. A Rose aquello le parecía terriblemente injusto. Tanto ella como Kevin tenían excelentes notas y eran los mejores de su año.
Fantástico… Había imaginado unas vacaciones con sus dos amigos. Primero se había bajado Kevin de sus planes, ahora Lauren. Sabía que con sus primos no la pasaría mal, pero sus amigos eran sus amigos…
Ahora su madre gritaba por algo que había encontrado en la mochila de Hugo. Al parecer, había querido colar en el viaje unos inventos de su padre y su tío, como idea de éste último para seguir expandiendo las fronteras de su negocio en el extranjero. Era Ron quien respondía a una furiosa Hermione.
En aquel momento sonó el timbre de la casa. Rose se levantó de un salto y salió corriendo hacia la puerta. Cuando abrió la puerta encontró a su amiga, con sus rulos rubios al viento. Sonreía de oreja a oreja. Detrás de ella Rose vio un alto último modelo que salió disparado en cuanto ella levantó una mano en señal de saludo.
– Siempre tan simpáticos – fue lo primero que le oyó decir a su amiga, en relación al comportamiento de sus padres.
Rose la abrazó con fuerza, sonriendo también. La ayudó a cargar su baúl al interior de la casa y cerraron la puerta, dejando el atardecer detrás de ellas.
Luego de muchas y idas y venidas de parte de Hermione, Ron y Hugo, un par de gritos de los padres hacia el hijo menor, y de que todos lo baúles estuvieran en condiciones al lado de la puerta, listos para viajar, Hermione se dio cuenta que Lauren había llegado al fin.
– Creí que no vendrías ya, Lau – saludó encantada, con las mejillas algo coloradas de tanto ajetreo.
– No me perdería este viaje por nada del mundo, señora Weasley – sonrió la chica – Fueron muy amables en invitarme.
– Ya… – Hermione sacudió la mano, minimizando el hecho – No fue nada, y deja de llamarme así. Señora Weasley es mi suegra. ¿Ya estás listo?
Hugo había bajado, rezongando. Su madre lo había logrado meter en unos jeans "como la gente", ya que los que había intentado usar estaban todos reformados "como los del tío Bill".
Salieron a la hora estipulada. Ron introdujo en forma muggle los baúles dentro del auto. Hermione no dejaba que usaran la magia en la calle, donde podían verlos todos los vecinos. Los cinco se acomodaron en el auto, y salieron en dirección a la casa de los Potter.
Harry y Ginny Potter eligieron un pequeño pueblo muggle luego de casarse. Pensaron que sus futuros hijos crecerían libremente en un lugar así, donde pudieran refugiarse de los magos curiosos (de aquellos que siguieran a Harry) y a su vez pudieran compartir con niños muggles y aprender a respetar a los mismos.
A Ron y a Hermione les pareció una excelente idea, y cuando se casaron también se instalaron en el mismo lugar, aunque compraron una casa al otro lado del pueblo. A Ron le gustaba poder estar cerca de su amigo y de sus sobrinos, y que los niños crecieran juntos. Sin embargo, para la familia Weasley pronto llegó una pequeña nube al pueblo, una nube que a Ron lo hacía rechinar los dientes casi a diario, aunque su mujer intentara minimizar los hechos.
Estacionaron frente a una casa cuya fachada era la más hermosa de la cuadra. Poseía dos piso, igual a la de ellos, pero era más grande. La puerta principal estaba abierta, y en el jardín había unos cuantos baúles apilados. Uno más salió volando con fuerza por la puerta, y casi derriba a Rose, que acababa de bajarse del auto.
– ¡James! ¡No me hagas quitarte la varita!
Ginny salió de la casa. Sus tres hijos la siguieron.
– Soy MAYOR, mamá. ¡MAYOR! – aclaró su hijo, con orgullo.
– Si, el mayor de los idiotas – bufó su madre.
Su hija Lily y Rose rieron. Harry salió de su casa, cerró la puerta de la casa y con un golpe de su varita la aseguró.
– Bien ¿Estamos todos? – preguntó, contento. Miró a su familia y a sus sobrinos. Grandes y adolescentes asintieron con la cabeza. Cada uno tomó su baúl, y comenzaron a caminar, dirigidos por Harry.
Rose tenía entendido que su tío había dispuesto un trasladador en un bosquecito cerca de allí. Hubiera sido más cómo que lo hubieran colocado en el patio de alguna casa, pero Hermione les explicó que era mejor que los muggles los vieran partir, y no que todos desaparecieran de la noche a la mañana en el interior de una casa.
A la cabeza del grupo iban los cuatro mayores. Al medio estaban James, Albus y Hugo, que iban conversando sobre lo que harían al llegar al hotel. Al final estaban las tres chicas.
– ¿Qué llevas allí? – preguntó Lily a Lauren, jadeante, tratando de seguirles el paso y de iniciar conversación.
– Ropa, toallas, cremas, accesorios de todo tipo –sonrió la chica, llevaba dos bolsos inmensos – Son quince días, hay que estar preparada para todo.
Rose y Lily cruzaron la mirada y rieron por la exageración de Lauren. Ésta se les adelantó con algo de esfuerzo.
– ¿Cómo has estado, James? – Lauren intentó parecer despreocupada con aquella pregunta que iba dirigida a al mayor de los Potter. El viento llevó sus palabras hasta las chicas. Rose no pudo evitar revolear los ojos al ver la sonrisa estúpida que le dedicó.
– Muy bien, ¿y tú? – contestó James.
James era dos años mayor que Rose y Lauren, e iba a Gryffindor. Lauren y él no habian cruzado nunca más de unas pocas palabras, pero Lauren (como todas las mujeres de Hogwarts) estaba loca de amor por él desde los años. Rose no podía hacerle entender que su primo era en realidad un idiota sin remedio, y no el amable caballero que fingía ser cuando tenía dos buenas tetas y un culo de compañía.
– Voy a pegarle – masculló Lily. Rose no sabía si se refería a su hermano o a Lauren. Si era por ella, les pegaba a ambos.
Llegaron a destino con sólo un minuto de anticipación. Allí los esperaba un viejo reloj, que había sido convertido en traslador.
– Por poco…– murmuró Harry – Ahora, toquen todos el reloj. Muy bien, así – se dispusieron alrededor del aparato, empujándose con sus baúles – Lily, no te sueltes.
– ¡James! ¡Deja esa araña ya!– la que gritó fue Ginny.
James había agarrado una araña e intentaba ponerla en el cabello de Albus. Ron, que estaba próximo a James, pegó un salto horrorizado.
– ¡Ron! ¡Sujeta el traslador! – gritó Harry a tiempo, y Ron llegó por poco –pálido– a tomar el reloj.
Aterrizaron en un bosque parecido al que dejaron, con la diferencia de que allí estaba atardeciendo. Ron cayó de bruces dando arcadas. Rose observó que la araña, que había viajado con ellos en la mano de James, pasó junto a él al escaparse.
Resultaba que tenían que seguir caminando. Tomaron sus cosas y siguieron a Harry que estaba muy concentrado recordando un camino invisible entre los árboles. Hermione ayudó a su marido a recomponerse. Rose vio una sonrisa burlona en el rostro de su madreo. Siempre le causó gracia que Ron no pudiera solucionar su miedo a las arañas.
Por otro lado, James fue separado por su madre del resto del grupo, para contrariedad de Lauren. Los regaños de Ginny se hicieron oír todo el camino (¡Prometiste que te comportarías!)
– ¿Tuviste un buen viaje, Lauren? – Albus se acercó a nosotras.
Así como Lauren estaba enamorada de James, Rose sospechaba que su enclenque primo llevaba meses detrás de la chica rubia. Lauren contestó a la pregunta de Albus con amabilidad, pero sin la gracia con la que hablaba con James. Rose miró con tristeza a ambos. Tenía la sensación que los dos iban a terminar con el corazón roto tarde o temprano. Lauren no entendía que James no era para ella, y Albus ni se imaginaba que la chica estaba interesada en su hermano.
James era alto, de hombros anchos, y poseía unos músculos que se podían observar aún con la túnica puesta. Tenía todo el aspecto de galán de tele novela, con los años se había encargado de que así fuera. Albus, por su parte, siempre fue flacucho, y bajito. Ahí donde su hermano era puro músculos, él era puro piel y hueso. Su padre decía que era el único de sus hijos que heredó la fisonomía de los Potter. Físicamente, no tenía cómo competir con James. Tampoco en el campo social. James era amado por todos. Era el revoltoso del castillo, pero tenía un corazón noble y todos terminaban amándolo tarde o temprano. Albus era el bicho raro que pertenecía a Slytherin, al que le costaba socializar, y al que le gustaba la magia avanzada y pasarse horas encerrado en la biblioteca.
– ¡Aquí es! –Harry se había adelantado. Gritó desde unos cuántos metros más adelante.
Estaban todos cansados ya de arrastrar sus pertenencias. Tardaron en llegar a él, pero cuando lo hicieron, todos tuvieron la certeza que el camino, las peleas durante la preparación y la espera valían la pena.
Se encontraban sobre un acantilado. El atardecer ya se recortaba en el cielo y se fundía con el mar de fondo, dando a la imagen un aspecto de postal. Muchos metros más abajo podía verse una enorme playa, y en el centro, lo que parecía un pequeño castillo.
– Ese es el hotel – dijo sonriendo Harry – Vamos, las escaleras están escondidas por aquí, bajen con cuidado.
Bajamos unas escaleras de piedra natural en silencio, contemplando el paisaje. Era imposible que los muggles encontraran el lugar.
– Es genial…– susurró Lauren.
Rose no pudo contestar.
Cuando terminaron de bajar las escaleras tardaron otros minutos más en alcanzar el hotel. Una vez abajo, el lugar parecía más grande.
La puerta del hotel estaba ubicada frente al mar.
– ¡Esperen! – Ginny se hizo oír por sobre el ruido del mar. Todos frenaron antes de entrar. Eran un grupo numeroso y los de la recepción los miraban con curiosidad desde adentro.– Vamos a establecer algunas reglas en común aquí….– miró a todos con los ojos entornados, y se detuvo especialmente en sus tres hijos – Número uno, nadie bajará a la playa sin ninguno de nosotros.
– Tienen miedo que mi hermanito se ahogue – susurró James a Lauren por lo bajo, pero todos lo oyeron. Lauren rió, pero Albus se puso de un feo gris, por la rabia y la vergüenza.
– ¡O que tú lo ahogues! – contestó mi tío enojada. James contuvo la risa.
– Número dos…– continuó mi tía – Nada de varitas. Quitaremos la varita a quien se atreva a usarla.
– Como si la tuviera…– murmuró Lily enojada – ¿Esto es una dictadura o unas vacaciones?
– Ambas, y te mandaré con la abuela a desgnomizar el jardín si intentas usar una varita – advirtió su madre – y tercero…– continuó – Nadie, pero NADIE, deja este complejo. Aquí estamos protegidos contra los muggles. Allí afuera hay todo un pueblo muggle, y es peligroso.
– Bueno, bueno… basta de reglas, o no disfrutaremos las vacaciones…– Ron padre salió en defensa del grupo que estaba siendo hostigado – Aunque creo que están muy bien lo que han dispuesto – agregó, mirando a su mujer, quien había apoyado a Ginny con la cabeza todo el rato.
– Andando – Harry fue el primero en entrar.
Resultaba que les habían dado habitaciones en el primer piso. Un mago vestido con una túnica bordó los ayudó a subir todas las maletas una vez que Harry los registró en el hotel. Subieron las escaleras muchos más livianos, viendo cómo flotaban las maletas por delante.
– Aquí estamos, gracias – el botones se alejó luego de dejarlos frente a una serie de puertas. Harry fue el que tomó el mando aquella vez – Habitación 101, Ron y Hermione.– Alcanzó a sus amigos una llave. – Habitación 102 es la nuestra. – dijo, pasándole la llave a su mujer. Era la puerta de la esquina, a la izquierda estaba la 101. – La 103 será de los chicos – comunicó, y le pasó la llave a un ansioso James, quien se la arrancó prácticamente de las manos. – La 104, para ustedes, chicas.
– Instálense y nos vemos abajo en media hora para cenar. Hugo, acuérdate dónde dejas las cosas, no empieces a dejar todo por ahí tirado – dijo Hermione, pero los chicos ya habían entrado a la habitación.
Las tres chicas hicieron lo mismo.
El cuarto era espacioso. Tres camas con idénticos cubre camas estaban puestas en hileras. Una enorme ventana dejaba entrar la luz de la luna que acababa de asomarse.
– ¡Woow! ¡Es como la bañera del cuarto de prefectas! – Lily había entrado al baño, y salió maravillada. Rose no quiso preguntar cómo sabía el aspecto del baño de prefectos cuando apenas acababa de pasar a tercero.
Las tres pelearon con un silencioso "piedra, papel o tijeras" por la cama que estaba al lado de la ventana (la que tenía la mejor vista) Terminó ganando Lauren.
Se cambiaron y bajaron a la recepción media hora más tarde.
La cena transcurrió en paz. Estaban todos muertos de cansancio. Sin embargo, no querían ir a la cama; los chicos propusieron ir a la playa aquella misma noche pero Hermione no lo creyó conveniente. Después de cenar, todos volvieron a subir, no sin antes que los adultos prometieran que por la mañana podrían ir todos a la playa.
Rose se encerró en el cuarto con su prima Lily y con Lauren. No había mucho ánimo de hablar, por lo que se pusieron sus pijamas y se metieron en la cama. A juzgar por su lenta respiración, la primera en dormirse fue Lily. Rose supuso que Lauren no podía conciliar el sueño, como ella, por la forma en la que se movía en la cama.
- ¿Qué son esos ruidos? – susurró la rubia, girándose hacia donde estaba su amiga. Rose contempló su rostro en penumbras.
- No lo se, vienen de al lado.
Ella también lo estaba oyendo. ¡Bam, bam, blum! Algo golpeaba la pared que daba contra la cabecera de la cama de las tres chicas, James, Albus y Hugo debían estar divirtiéndose de lo lindo. La única que no notaba los golpes era Lily, quien seguía profundamente dormida.
¡Bam, bam, blum! La pared se sacudió ligeramente, y Rose se incorporó asustada. Lauren hizo lo mismo.
Agudizaron el oído. Unos pasos ligeros se oyeron provenientes del pasillo. Golpes en la puerta de al lado. Los ruidos pararon al instante. Se escuchó un murmullo en la habitación de los chicos, y se sintió cómo abrían la puerta que estaba siendo aporreada.
– ¡Duérmanse ya! – mandó la voz enojada de Ginny
– ¡Es Albus! – era la voz de James.
– ¡Mentira! – chilló Albus.
– ¡Dile que me deje la cama de la ventana, soy el mayor! – reclamó James a su madre.
– ¡YO también la quiero!– Hugo estaba metido en la pelea.
– ¡Hugo, déjate de payasadas y toma cualquier cama!
La voz de Hermione, más potente y autoritaria que la de Ginny resonó en el pasillo.
Después de otros gritos, insultos y peleas los chicos volvieron a encerrarse. Se escuchó el ruido de dos puertas al cerrarse: Hermione y Ginny volvieron a la cama.
– ¿Qué estaban haciendo? – susurró interesada Lauren a su amiga.
Rose se encogió de hombros.
– Ni idea, tal vez intentaban destruir el hotel – bromeó. Con sus primos, nada era seguro.
Lauren no supo si reír o tomar en serio las palabras de Rose. Optó por darse vuelta en la cama y darle la espalda.
– Buenas noches – fue lo único que dijo, dando un bostezo.
– Buenas noches – respondió Rose, también bostezando.
Rose comenzó a conciliar el sueño de a poco. En su mente se dibujaba la playa que tenían en frente, y las expectativas del día siguiente la sumieron pronto en sueños agradables. Corrían por la playa con Lauren y Lily. Se metían al mar. Su madre gritaba que no se alejaran mucho. Las tres chicas reían, contentas.
¡Buuum!
Rose se sobresaltó. La soleada playa desapareció al instante de su cabeza. El suelo, las paredes, y las camas temblaron con violencia. Las ventanas de la habitación se agitaron de manera escalofriante, y las puertas del ropero se abrieron y cerraron con furia. Las mesas de luz se volcaron, igual que los baúles.
Lauren cayó de la cama, dando un grito de terror. Rose también gritó, igual que Lily. ¿Qué ocurría? ¡¿Terremoto?!
De pronto, tan rápido como comenzó todo, el suelo y las paredes dejaron de temblar. Rose quedó en su cama, jadeando por el esfuerzo de mantenerse en su lugar. Una cabeza asomó por el borde de la cama de su amiga.
– ¿Qué fue eso? – preguntó, con un hilo de voz.
– Oh, por Dios… – jadeó Lily, sujetándose el pecho – Casi me mata de un infarto.
Rose no podía hablar. Aquello la había dejado sin palabras. Tomó su varita y se levantó de un salto. Abrió la puerta de la habitación de un tirón, pero pronto se arrepintió: una nube espesa de color negro invadía el lugar y la cegó. Salió al pasillo, tosiendo.
Rose chocó con una persona.
– ¡Ay!
– ¿Mamá, eres tú?– preguntó, asustada.
– Mi dispiace, non capisco – una voz desconocida contestó.
– ¡Ayy, suéltenme!– Lauren, quien había seguido a Rose, gritó aterrada.
– Scuse moi! – la voz de una mujer le respondió en francés, igual de asustada.
El pasillo se llenó de diferentes lenguas, todas de huéspedes había caminado a tientas, intentando llegar hasta donde suponía que estaba la habitación de sus padres. Chocó pronto con la persona a la que buscaba.
– ¿Mamá?
– ¿Rose?
– ¿Qué diablos pasa? – Rose escuchó la voz de su prima muy cerca.
– ¡Eso es lo que me gustaría saber! – la voz de Ginny se reconoció por sobre el murmullo de voces.
Todos tosían entre palabra y palabra. El humo los intoxicaba y no los dejaba ver absolutamente nada. De pronto, el pasillo se aclaró. Harry tenía la varita en la mano; había hecho desaparecer el humo.
Hermione, Ron, Harry y Ginny estaban parados en medio del pasillo. Rose pudo encontrarse con Lily y con Lauren. Unas cuantas personas desconocidas, que seguramente habían salido de las habitaciones continuas, se encontraban en el pasillo con ellos. Todos vestían pijamas y camisones, y se encontraban cubiertos de hollín.
Los desconocidos no sabían qué ocurría y comenzaron a protestar en otros idiomas, pero Rose se dio cuenta enseguida - y sus padres y tíos también - que faltaban Hugo, James y Albus en aquella ecuación. La puerta de su habitación, antes de un blanco inmaculado, estaba completamente negra. Ginny la abrió con un movimiento de varita. Tres figuras cayeron en el pasillo tosiendo, aún más negros que todos los que se encontraban en el pasillo.
– ¡Gracias, Merlín! ¡No encontrábamos la puerta! – James respiraba bocanadas de aire.
Albus salió gateando y tosiendo descontroladamente. Su madre lo tomó por el cuello del pijama y lo obligó a levantarse.
– ¿Me pueden explicar qué pasó? – Ginny y un dragón no tenían diferencia alguna en aquel momento.
Ninguno de los tres chicos pudo hablar, pues un grito se escuchó en el pasillo. Unos cuantos magos vestidos con túnicas bordó corrían hacia ellos, horrorizados. Gritaban hacia en la lengua del lugar, y nadie pudo entender nada. Aunque tampoco había que ser un genio para saber que estaban insultando.
Los demás huéspedes volvieron a sus habitaciones, mirando a los Weasley y a los Potter con reproche al comprender que eran los causantes del alboroto.
Luego de más gritos de parte de Ginny y Harry hacia los pobres empleados del hotel, y viceversa (Harry y Ginny no podían hacerse entender) apareció un encargado que hablaba varios idiomas y se llevó a los cuatro adultos a planta baja. Antes de desaparecer, Ginny se volvió y dijo, lívida:
– Adentro, los seis – abrió la puerta de su habitación y las tres chicas y los tres chicos tuvieron que obedecer.
Ginny se fue sin decir nada más, pero los chicos oyeron cómo cerraba con llave la puerta.
Rose quedó estupefacta, mirando el lugar por el que había desaparecido su tía. No entendía nada, y a juzgar por la cara de Lauren, ella tampoco.
– ¿Qué hicieron esta vez? – la única que parecía comprender era Lily, que miraba a sus hermanos reía de su aspecto.
Ninguno de los tres contestó. Parecían muy enojados unos con otros. Esperaron un rato en silencio, pero nadie volvía.
– ¿Crees que nos echarán?– preguntó asustada Lauren – No quiero volver a casa tan pronto, será una tortura pasar el verano con mis hermanas…
– Descuida, seguro mis tíos arreglan todo…– la tranquilizó Rose, aunque no sabía qué daños podrían haber causado sus primos y su hermano.
En un momento se escuchó gente que caminaba por el pasillo. Se confundían las voces de Harry con las del encargado del hotel. No se entendía bien lo que decían, pero parecían estar teniendo una discusión acalorada. Veinte minutos después, oímos cómo se despedían con claridad, Ginny, Harry y Ron entraron en la habitación. Hermione, por alguna razón, no se encontraba con ellos.
Ron estaba serio y una arruga se formaba en su frente, como cada vez que se enojaba. Harry y Ginny, por el contrario, estaban rojos de ira, y hasta de vergüenza también.
– ¿Nos volvemos a casa, no? – el primero en atreverse a hablar fue Hugo.
– No – fue la seca respuesta de su tía – Pero por poco nos echan, si no hubiera sido por la influencia de Harry.
– ¿Qué pasó? – preguntó Ron, a Hugo y a mis primos.
Empezaron a hablar los tres a la vez.
– ¡James no aceptó que hubiera ganado la mejor cama y...!
– ¡Hiciste trampa! – chilló James.
– ¡No es verdad! – gritó Albus aún más fuerte. Ambos estaban rojos de ira.– ¡No aceptas que sea mejor que tú en el snap explosivo!
– ¡Te vi hacer trampa! – Hugo se metió en la pelea, enojado – ¡Siempre haces trampa!
– ¿Ves? – chilló James – ¡Eres un Slytherin asqueroso!
Albus, fuera de si, se abalanzó sobre su hermano. Harry, viendo venir aquella pelea, sujetó a su hijo a tiempo y lo alejó de James.
– ¡Cobarde! ¡Te crees mejor por estar en Gryffindor! – Albus estaba muy enojado. No le gustaba que lo maltrataran por ser de Slytherin.
– ¡Basta!
Tía Ginny gritó, y Albus dejó de forcejear, pero quedó muy agitado. Harry no lo soltó, por miedo a que volviera a atacar a James.
– ¡No puedo creer que no puedan estar en la misma habitación por media hora sin hacer estallar algo! – exclamó enojada la mujer.
– ¡No fuimos nosotros! – gritó a su vez Albus.
– ¡Ahh, no! ¿Y quienes entonces? – preguntó con sarcasmo Ginny – ¿fueron los franceses de la otra habitación?
– ¡Noo! Pero nosotros no fuimos, ¿por qué siempre nos culpan de todo?– James estaba enojado.
– ¡Dígannos entonces quién fue! – tío Harry comenzaba a perder la paciencia.
Albus y James no hablaron. Se miraron por un segundo, como haciendo una especie de tregua momentánea. Rose miró a Hugo sin poder creerlo. Si ellos no habían sido, entonces había sido…
La puerta se abrió. Hermione entró finalmente, blanca como el papel.
– Hugo…– habló en un susurro, pero su voz sonaba peligrosa. Todos se volvieron a mirarla. En su mano llevaba un objeto que no identificaron hasta después – ¿No te dije que dejaras estas bengalas en casa?
Ron abrió la boca, horrorizado. Hugo fue el único que tuvo más miedo que él.
Resultaba que James y Albus no habían sido los que habían destrozado por completo la habitación, no habían tenido la culpa; por lo menos no directamente.
La discusión comenzó en cuanto Harry repartió las habitaciones. Las tres chicas habían decidido quién se quedaba con la mejor cama por medio de un simple e inofensivo juego muggle. Los chicos jugaron al snap explosivo. Hugo fue el primero en perder. Cuando bajaron todos a cenar aún quedaba que jugaran "la final" entre James y Albus. Hugo, aburrido, había sacado los artículos que había logrado colar en su mochila. Se puso a jugar con una especie de canicas que, al hacerlas rebotar en la pared (que daba al cuarto de las chicas), dibujaban grotescas y hermosas figuras: aquello habían sido las vibraciones y explosiones que Rose y Lauren habían sentido desde el cuarto, puesto que aún estaban en prueba, y producían un leve movimiento en la superficie sobre la que rebotaban. Ginny y Hermione fueron a ver qué ocurría. Allí se produjo la conversación previa al desastre. Luego de mandar a todos a la cama, las dos madres se fueron, pero ninguno de los tres chicos se acostó: Hugo siguió con su experimento, Albus y James con su juego, que iba tornándose cada vez más violento a medida que más trampa se hacían uno a otro. Entonces, Albus ganó, y James no pudo soportarlo. Fue más rápido que su hermano: sacó su varita, y le lanzó un conjuro, pero tuvo mala suerte y rebotó en una de las canicas que justo acababa de tirar Hugo al aire. El rayo se desvió, y cayó sobre una de las bengalas, encendiéndolas. Una prendió a la otra, y al explotar todas en un lugar tan cerrado produjeron que comenzara a temblar literalmente todo el hotel, mientras se formaba una nube de humo que llegaría hasta los pasillos.
Aquella noche los chicos fueron re ubicados, en la habitación de las chicas. Hermione hizo aparecer tres bolsas de dormir, que fueron colocadas en los espacios libres del cuarto.
– ¡No quiero dormir con ellos! – protestó Lily, expresando lo que Rose no se animaba a decir.
– Será por esta noche, hasta que veamos cómo solucionamos todos – Ginny lanzó una mirada asesina sobre sus dos hijos mayores.
Aquella noche ninguna de las tres mujeres durmió. Rose y Lily no podían conciliar el sueño: Albus y James roncaban con la fuerza de dos gigantes. Por su parte, Lauren estaba demasiado alegre para poder dormir.
– ¿No parece un ángel? – susurró, dando un suspiro. Rose revoleó los ojos, su amiga miraba en dirección a James.
– Si, un ángel de demonio – Lily la había oído, y estaba de muy mal humor.
Le revoleó a su hermano mayor una almohada, pero el chico no se despertó. Sólo se giró, y siguió roncando aún con más fuerza.
Aquel parecía más un castigo para las tres chicas que para los verdaderos culpables, que habían conciliado el sueño con mucha facilidad. ¿Por qué tenían que pagar ellas por algo que habían hecho otros? Sin embargo, tener que compartir la habitación con tres aspirantes a demonios no había sido lo peor de la noche.
– ¡Es mía! ¡Soy mayor de edad!
– ¡Ooooh, cierto! – Ginny fingió no recordar aquel detalle sobre su hijo – Harry, ¡James pagará los destrozos que causaron!
Ginny había cumplido con la promesa de quitarle la varita a Albus. Intentó hacer lo mismo con James, pero éste se resistió. Tuvo que intervenir Harry para que James le diera a regañadientes la varita a su madre.
Hermione se la quitó a Hugo también, aunque el chico no opuso resistencia.
– ¿Por qué a mi también? – preguntó horrorizada Rose, cuando su madre se la pidió. La alejó de la mujer, con recelo. Amaba su varita, como todos los magos. No le agradaba que se la quitaran, por más que no tuviera permitido hacer magia fuera del colegio.
– No desconfío de ti, cielo, pero tengo miedo que tus primos te la quiten – le dijo apenada su madre. Y agregó – Lauren… se que no tengo autoridad para hacerlo, pero te pediría que también me des tu varita, para evitar problemas.
Lauren se la dio tan a regañadientes como Rose. Lily también tuvo que entregar la suya a su madre, por las mismas circunstancias. Fue la que más se enojó de las tres.
Antes de lograr quedarse dormida -finalmente- Rose pensó que, conociendo a Lily, la muchacha encontraría la forma de vengarse de su madre por haber tomado esa medida con ella. Aquellas vacaciones prometían ser bastante entretenidas…
